8 #3
—Esta mañana tardé cuatro latidos en apagarla.
—En el paso has tardado tres respiraciones.
—Podía haberlo matado en una.
—Sí.
—Quise hacerlo.
Kaoran cerró la bolsa. Se quedó sentado en el banco que iban a dejar atrás.
—Te oí.
—Bastó con que hablara de Darian. He pasado un año y medio aquí y todavía puede hacerme eso desde otra ciudad.
—El capitán pronunció su nombre. Tú detuviste el fuego.
Isolde dobló la camisa por el borde quemado.
—Ceyr se apartó de mí como si fuera a volver a encenderlo.
—Le habías quemado la manga.
Ella asintió. Podía explicar la frase del capitán, la herida, el recuerdo de Darian. Ceyr había visto una mano que casi lo mataba cuando estaba rendido.
—¿Y si mañana vuelvo a querer hacerlo?
Kaoran recogió los libros que quedaban.
—Lo dices antes de salir. Cambiamos el plan, tu posición o quién se acerca a hablar. Ahora sabemos dónde cuesta más detenerse.
Isolde guardó la camisa. Tendría que llevarse también esa parte de la jornada.
Fuera, una corneta respondió desde el camino de Nydel. La patrulla había llegado al puesto.
Isolde apagó las lámparas de la casa. Tomó el cuchillo, los registros y el guante nuevo. Kaoran abrió la salida del pozo.
Antes de bajar, ella dejó tres marcas de ceniza sobre la mesa.
El enemigo conservaría su rostro, una cojera cada vez menor y la certeza de que una mujer de fuego vivía en la sierra. Isolde conservaba la elección que el capitán había intentado quitarle.
* * *
El informe tardó doce días en llegar a Caleryon.
Varek lo llevó a la sala del Consejo dentro de una carpeta sin sello. Esperó a que terminara la sesión sobre los puentes, despidió a los escribas y dejó cuatro declaraciones frente a Darian.
—Una muerta ha atacado a nuestros hombres —dijo.
Darian reconoció el nombre de Kaoran Thennar en la primera página.
Lo había buscado después de Cendral. Antiguo jinete, oficial del norte, expulsado o retirado según el archivo consultado.
Vivía cerca de Nydel desde hacía quince años y mantenía vínculos con mineros, curanderos y rutas que evitaban los puestos.
La segunda declaración pertenecía al capitán Rovan Bale, oficial de la patrulla del acueducto. Afirmaba haber visto el rostro de Isolde Valarys en el paso de las hayas. Describía su cabello, la lesión de la mano izquierda y una cicatriz bajo las costillas que él no podía haber visto.
—¿De dónde ha sacado el dato de la herida? —preguntó Darian.
—Estuvo en Cendral. Vio la sangre en la mujer que Thennar sacó de la garganta.
—Cientos de personas salieron heridas.
—Pocas usan fuego rojo y llevan el rostro de la heredera.
Darian pasó a la tercera declaración. Dos soldados aseguraban que la mujer se llamaba Iria. Uno no vio su cara. El otro quedó aturdido por la explosión de una piedra azul.
La cuarta llevaba la firma temblorosa de Ceyr Alen, recluta de diecinueve años.
La fugitiva había derrotado al capitán, podía haber matado a los hombres rendidos y eligió retirarse. Antes de apagar el fuego, respiró tres veces. Ceyr anotó las palabras que creyó oír: la montaña escucha.
—Quiero hablar con el recluta —dijo Darian.
—Está en la torre baja.
—¿Detenido?
—Desobedeció una orden directa.
—Se rindió después de perder el arma.
—El capitán le ordenó detenerla.
Darian cerró la carpeta.
—Un soldado desarmado contra una persona que acaba de derribar a seis hombres. Su decisión conservó un testigo.
—Su decisión permitió que escapara.
Varek se acercó al mapa de la sierra.
—La noticia no puede salir de esta sala. Si Isolde vive, el luto, tu cargo y cada acuerdo desde Cendral quedarán bajo sospecha.
—Ya lo están.
—Las dudas de Aelyn y las canciones de una taberna carecen del peso de un cuerpo vivo.
Darian leyó otra vez la descripción. La mano izquierda de Isolde había funcionado cuando cayó. La herida estaba bajo las costillas. Rheskan seguía con vida. Una supervivencia era posible; cada noche desde Cendral había intentado convertir esa posibilidad en una certeza o en un temor.
—Bale escribió que la mujer tiene veintidós años —dijo.
—Una estimación.
—Isolde los cumplió al empezar el verano.
Varek guardó silencio.
—¿Cómo lo sabe el capitán? —preguntó Darian.
—Quizá la interrogó.
—El informe describe una lucha. Ninguna conversación sobre cumpleaños.
—¿Sugieres que el hombre ha preparado una historia?
—Sugiero que quiere corregir su fracaso anterior. Ha tenido un año y medio para estudiar retratos y descripciones de los heridos.
Varek apoyó un dedo sobre Nydel.
—También existe la curandera. Enna Vael atendió a una mujer durante los días posteriores a Cendral. Sus vecinos la vieron subir con instrumental. Después apareció Iria Thennar y robó los registros.
—Registrasteis la casa.
—Tus hombres registraron la casa. La cámara oculta se descubrió meses después.
—Estaba vacía.
—Ahora también lo está la vivienda.
Darian conocía el método de Varek. Acumulaba hechos hasta que el temor obligaba a aceptar la interpretación más útil. El método funcionaba porque la interpretación podía ser cierta.
—¿Qué propones? —preguntó.
—Un equipo pequeño. Sin insignias. Vigilará los contactos de Thennar y las rutas de Nydel. Si aparece la mujer, la traerán viva.
—¿Por qué viva?
—Necesitamos saber con quién ha hablado.
—Después la matarás.
—El reino ya ha enterrado su nombre.
Darian volvió a abrir la carpeta. En Cendral había creído que una caída resolvería la elección que llevaba meses evitando. Isolde sobrevivía en cuatro declaraciones y en el temblor de su propia mano.
—Yo elijo al equipo —dijo.
—Tu afecto ya ha costado bastante.
—Mis hombres pueden acercarse sin incendiar la sierra.
—Tus hombres podrían advertirle.
—Entonces enviaremos uno de cada mando. Toda orden llevará ambas firmas.
Varek aceptó. La solución garantizaba que cada uno vigilara al otro.
Ceyr Alen fue conducido a la sala al anochecer. Tenía una venda limpia en el cuello y una marca de quemadura en la manga. Miró el trono vacío antes de bajar la cabeza.
—Contadme lo que ocurrió —dijo Darian.
El joven repitió el informe. Su voz cambió al describir el fuego. La fugitiva había podido matarlo con la llama. Se detuvo después de respirar tres veces. Ceyr ignoraba por qué.
—¿La llamaron Isolde? —preguntó Darian.
—El viejo lo hizo.
—¿Estáis seguro?
—Oí las primeras sílabas. El capitán ya había dicho que era la princesa.
—¿Ella respondió?
—Dijo que la heredera murió.
—¿Cómo llevaba el cabello?
—Corto por un lado. Trenzado atrás. Tenía ceniza en la cara.
Darian recordaba a Isolde inclinándose para leer el anillo junto al estanque.
Había tenido que apartarse una trenza de la cara; después lo besó con una mano en su cuello.
Podía encontrar todavía el calor de aquellos dedos.
Ceyr describía ahora un guante, cabello cortado y una mujer que casi lo había matado al oír el nombre del regente.
Darian dejó la pluma sobre el informe. Buscarla suponía llevar hacia ella a hombres de Varek. Acababa de discutir cuántos de sus propios soldados irían con ellos.
—¿Por qué os dejó vivir? —preguntó.
Ceyr tragó saliva.
—Me rendí.
—El capitán también estaba en el suelo.
—A él quería matarlo.
—¿Qué la detuvo?
—El viejo se puso a mi lado y le dijo que apagara la línea. Ella lo miró. Después respiró esas tres veces.
Darian apartó la mirada. Thennar había podido acercarse a Isolde mientras ardía el paso; ella había dejado que aquel hombre ayudara a alguien situado frente a su fuego.
Desconocía qué habían aprendido a hacer juntos.
Anotó la posición del viejo al lado de Ceyr y dejó fuera del acta el recuerdo del estanque.
—Quedáis destinado a la puerta oriental —dijo—. Sin arresto y sin hablar del paso fuera de un interrogatorio oficial.
Varek observó desde la sombra.
—El capitán recomienda expulsarlo —dijo.
—Yo soy el regente.
La afirmación tensó la sala. Ceyr inclinó la cabeza y salió con el guardia.
Darian llevó la carpeta hasta el brasero. Podía quemarla y retrasar la caza. Varek ya tendría copias. Destruir aquel ejemplar solo revelaría miedo.
Guardó las declaraciones dentro del archivo personal y cerró con llave.
En el mapa, marcó el paso de las hayas con tres puntos pequeños. Escribió debajo los caminos que llegaban a Nydel y entregó la hoja a quien prepararía la vigilancia. Conservó dentro de la carpeta la declaración del recluta sobre las tres respiraciones.