Ceniza sin nombre (Legado de Fuego 2) 8 #2
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La espada bajó. Isolde la desvió con el cuchillo y salió por el lado derecho. El alcance del oficial la obligó a mantener la distancia. El terreno estrecho impedía rodearlo. Detrás venían tres soldados.

Isolde retrocedió hacia una raíz marcada.

El oficial atacó la pierna izquierda. Ella retiró el pie, dejó que el filo entrara en el barro y golpeó la muñeca. La piedra azul se encendió. Un arco de frío le rozó el hombro.

La cicatriz ardió.

Isolde contuvo el fuego.

El segundo ataque buscó el cuello. Se agachó, entró bajo la guarda y clavó el pomo del cuchillo en las costillas del hombre. La armadura recibió el golpe. El oficial perdió aire. Ella tomó su brazo, giró desde la cadera y usó el impulso para lanzarlo contra la raíz.

La piedra azul cayó.

Isolde la pateó hacia la línea de hojas. El artefacto absorbió la llama y empezó a vibrar.

—¡Atrás! —gritó a los soldados.

El oficial trató de levantarse. Sus hombres continuaron avanzando.

La piedra se partió con un estallido blanco.

El aire lanzó hojas, barro y fragmentos de hielo. Isolde rodó detrás de un tronco. Dos soldados cayeron. Otro perdió la espada. El humo se abrió durante unos segundos y mostró el camino hacia la cavidad.

Isolde escuchó dos golpes en la tubería enterrada.

Enna y los mineros estaban a salvo.

Podía retirarse.

El oficial se puso en pie antes de que ella alcanzara la bifurcación. La cicatriz de la mejilla sangraba. Sacó un cuchillo con la mano izquierda.

—La princesa cayó con una herida bajo las costillas —dijo—. También perdió fuerza en una mano.

Isolde mantuvo la capucha baja.

—Y murió.

—El regente pagará una Casa por tu cuerpo.

—Antes ofrecía más.

La frase cambió la expresión del hombre. Recordaba el primer encuentro y las palabras de Kaoran sobre la recompensa. La certeza llegó a sus ojos.

—Eres tú.

Atacó.

Isolde bloqueó el cuchillo. El hombre usó el peso del hombro para llevarla contra un árbol. La espalda golpeó la corteza. Él le arrancó la capucha.

El cabello rojo cayó sobre el rostro.

—Viva —gritó el oficial—. ¡La quiere viva!

Un soldado tocó la corneta.

Isolde golpeó la garganta del oficial con el antebrazo. Él apretó la cicatriz de su costado a través de la camisa. El dolor abrió una línea de fuego bajo la piel.

Esta vez Isolde supo qué iba a ocurrir antes de que la llama apareciera.

Necesidad: salir del agarre.

Encendió la palma derecha junto a la hebilla de la armadura. El metal se calentó. El oficial soltó el cuerpo para apartarse. Isolde giró, barrió su pierna y lo llevó al suelo.

La corneta sonó.

Los soldados del risco responderían. También cualquier puesto cercano.

Isolde corrió hacia la bifurcación. El hombre desarmado se interpuso. Era joven, quizá de dieciocho años. Tenía barro en la cara y una quemadura en el cuello. Levantó ambas manos.

—Me rindo.

—Apártate.

—Me rindo.

El oficial gritó desde el suelo.

—¡Detenla, Ceyr!

El joven miró a su superior. Después dio un paso fuera del camino y dejó caer el cinturón de la espada.

Isolde podía pasar.

Entonces el oficial dijo el nombre de Darian.

—El regente sabía que el río no te mataría. Dijo que siempre elegías volver por alguien.

Isolde se detuvo.

Isolde oyó la promesa grabada dentro de un anillo: volver juntos. Recordó la caja abierta junto al estanque y la mano de Darian esperando la suya. Ahora un capitán que apenas la conocía empleaba aquella parte de su vida para retenerla en un camino.

Podía haber inventado las palabras. También podía haberlas recibido de un hombre que sabía cómo pedirle que se quedara. El fuego le alcanzó los codos antes de que lograra separar ambas posibilidades.

El oficial sonrió.

—También dijo que la rabia haría el resto.

Isolde levantó la mano. Quiso borrar de su boca el tono con que hablaba de ellos.

La llama cruzó el camino. El oficial rodó para protegerse. El joven rendido quedó entre ambos.

—¡Atrás! —gritó Isolde.

Ceyr cayó de rodillas. Había soltado las armas. La barrera de fuego cerraba su retirada y la llamarada avanzaba desde la mano de Isolde.

—Yo no estaba en Cendral —dijo—. Me reclutaron en invierno.

El aire alrededor de su ropa empezó a arder.

Isolde veía al muchacho y al mismo tiempo veía a Darian sobre el barranco. Una parte de ella quería atravesar cualquier cuerpo situado entre ambos. El Núcleo respondía a esa voluntad con una facilidad aterradora.

—Isolde.

Kaoran estaba al otro lado del paso. Había regresado sin el eslabón y sostenía el bastón. Dos soldados yacían atados detrás de él.

—Se ha rendido —dijo.

—Conoce mi rostro.

—Sí.

—Llevará la noticia.

—Si lo dejas marchar.

El fuego prendió la manga de Ceyr. Él la golpeó contra el barro y volvió a alzar la mano, con la tela humeando junto a la muñeca.

Kaoran avanzó hasta quedar a su lado.

—Apaga esa línea, Isolde. Nos vamos.

—Conoce mi rostro.

—La corneta ya ha llevado la noticia al puesto.

—Entonces no dejamos a ninguno.

Al oírse, Isolde vio la espada de Ceyr en el suelo. Él había elegido apartarse. La había dejado pasar antes de que el nombre de Darian volviera a ponerlo entre su mano y el oficial.

Kaoran extendió el bastón hacia el recluta para ayudarlo a salir de la manga quemada. Permaneció allí, dentro de su alcance. Isolde necesitaba cerrar la llama sin arrastrarla sobre los dos.

Tres respiraciones.

Tomó aire mientras el fuego pedía una salida.

Primera.

Vio el rostro de Ceyr, demasiado joven para la armadura que llevaba.

Segunda.

Vio al oficial arrastrarse hacia su cuchillo mientras ella miraba al muchacho. Darian había ocupado otra vez el espacio de una decisión presente. Podía seguir oyendo su nombre y apartar, aun así, la llama de Ceyr.

Tercera.

Vio la ruta abierta detrás del soldado y oyó tres golpes lejanos en la tubería. Enna necesitaba que salieran.

Isolde cerró la mano.

La llama de la manga se apagó. La barrera bajó hasta quedar reducida a brasas.

—Ya está —dijo Isolde.

Ceyr tardó en levantar la cara. Aceptó el bastón de Kaoran y se puso en pie alejándose de la mano de ella. Isolde bajó el brazo. La marca que dejaba en aquel hombre seguiría allí aunque apagase todas las brasas del camino.

—Vas a decir que Iria Thennar vive. Dirás que la heredera murió en Cendral y que has visto a una mujer que usa su nombre para asustar soldados.

—El capitán dirá otra cosa.

—Lo sé.

Isolde tomó el cinturón caído y cortó la bolsa de señales. Se guardó las bengalas y devolvió el arma dentro de la vaina.

—Recoge a los heridos. Si alguien sigue hacia la ladera, la próxima barrera cubrirá todo el paso.

Ceyr miró a Kaoran.

—¿Quién sois?

—El hombre que va a comprobar si cumples —respondió él.

El oficial intentó incorporarse.

—Varek os arrancará de esa montaña.

Isolde se agachó frente a él. El fuego había dejado una marca roja alrededor de su armadura. Podía ver el miedo detrás de la furia.

—Dile a Varek que la montaña escucha —dijo.

Kaoran condujo a Isolde por la bifurcación. Ambos corrieron hasta la cavidad. Teren esperaba con el cuchillo fuera. Enna había colocado a los mineros dentro del túnel del agua.

—¿Los has matado? —preguntó la sanadora.

—No.

—Entonces van a volver.

—Sí.

Teren levantó la caja.

—Han visto el metal.

—Kaoran dejó el eslabón cerca del risco —dijo Isolde—. Pensarán que la carga siguió al este. Sacamos los papeles por el túnel y cerramos la entrada.

El minero de la rodilla herida se llamaba Emon. La otra, una mujer de cabello rapado, era Sava. Habían trabajado durante meses junto a la pared antigua. La máquina de Varek perforaba vetas que reaccionaban al fuego. Cada carga debilitaba una raíz y hacía que el techo bajara.

—Hay personas dentro de Cendral —dijo Isolde—. Ydrael las sostiene.

Sava la miró.

—¿Cómo lo sabes?

El nombre de Iria ya había servido. El rostro estaba descubierto. El oficial llevaría una descripción a Caleryon. Isolde eligió el límite que aún podía conservar.

—He sentido al dragón a través de las vetas.

—Los hombres de la comisión dicen que es una bestia dormida.

—Mienten.

—¿Puede oírnos?

Isolde puso una mano sobre la pared de la cavidad. El pulso de Ydrael llegó lento, cargado por la distancia.

—Cuando decide escuchar.

Sava apoyó los dedos junto a los suyos. El dragón respondió con una vibración. La minera retiró la mano con los ojos abiertos.

—Está despierto.

—Y está eligiendo mantener viva a gente que participa en sus cadenas —dijo Isolde.

Emon bajó la cabeza.

—Trabajamos por deuda.

—Lo sé.

—La comisión nos dijo que reforzábamos la montaña.

—También lo sé.

Isolde extendió los registros sobre una piedra. Contenían cantidades, turnos y códigos de traslado. Sava podía explicar las marcas técnicas. Emon conocía los nombres de los capataces. Teren recordaba los carros. Entre todos, el documento empezaba a describir una operación mayor.

—Hacemos tres copias —dijo Isolde—. Una viaja con Sava. Otra queda en Nydel. La tercera se oculta aquí. Nadie lleva todos los nombres.

—¿Y la casa? —preguntó Kaoran.

Isolde miró hacia el túnel que regresaba a la ladera.

—El oficial la registrará otra vez.

—Esta vez traerá más hombres.

—Entonces vaciamos lo que no podamos perder y dejamos que encuentre una casa vieja.

Kaoran asintió. La decisión costaba el lugar donde Isolde había vuelto a caminar, aprendido a sostener un arma y conservado su nombre. Todavía podían usar los refugios de altura. La casa quedaría como puesto, señuelo y recuerdo.

Salieron por el túnel del agua. Isolde regresó a la ladera al anochecer. La patrulla se había retirado. Había sangre, huellas y un trozo de manga quemada en el paso. Ceyr había cumplido la orden de recoger a los heridos.

En la casa, Kaoran abrió el arcón. Separaron mapas, medicinas, dinero y registros.

Llevaron una parte a la cavidad del arroyo y otra al puesto del norte.

Enterraron la correa de Thalyon bajo una piedra seca.

Dejaron muebles, herramientas y comida suficiente para sostener la apariencia de una vivienda abandonada con prisa.

Isolde encontró la camisa que había usado aquella mañana. La manga seguía chamuscada.

—Cuatro latidos —dijo.

Kaoran cargaba libros dentro de una bolsa.

—¿Qué?