8
El día que cumplió veintidós años, Isolde escogió la camisa limpia para el ejercicio de fuego.
Kaoran levantó las cejas al verla ajustar una protección húmeda bajo la manga.
—Queda otra en el arcón.
—Esa ya tiene agujeros. Me importaría poco perderla.
Él dejó una manta mojada a su alcance y comprobó el cierre del protector.
Isolde tomó el cuchillo. Su tarea consistía en cortar una cuerda y responder a la llama que él acercaría en algún momento.
Habían ensayado con tela vacía, después con un saco atado al antebrazo. Aquel día probarían sobre la manga.
—Lista —dijo.
Sintió el calor al terminar el primer corte. Soltó el cuchillo, golpeó el antebrazo contra el suelo húmedo y rodó sobre el hombro. La llama se apagó. Kaoran retiró la mecha y esperó a que ella comprobara la piel bajo la protección.
—Cuatro latidos —dijo.
Isolde pasó un dedo por la quemadura de la tela.
—Doven podrá arreglarla.
—Doven va a cobrarnos la manga entera.
—Entonces podrías haberla quemado por los dos lados.
Kaoran dejó escapar una risa. Durante el año anterior habían separado el fuego en tareas pequeñas: apagar tela con agua, cubrir aceite con arena, cortar el aire bajo una manta.
Isolde conservaba un cuaderno de intentos fallidos.
La llama llegaba todavía antes que la elección cuando el sobresalto era fuerte.
Esa mañana había soltado una hoja que quería conservar.
—Cuatro latidos siguen siendo demasiados —dijo ella.
—Para una manga, quizá. Para elegir, pueden ser pocos.
Kaoran dejó una caja sobre el tocón. Dentro había un par de guantes nuevos. El izquierdo llevaba una correa flexible y refuerzo alrededor de los dedos dañados. Doven había cosido pequeñas placas de cuero en la palma para sostener el cuchillo sin bloquear el cierre.
—Enna dice que un regalo de cumpleaños debería carecer de utilidad —dijo Kaoran—. Doven considera esa idea una pérdida de material.
Isolde se puso el guante. La correa seguía el movimiento de la mano y repartía la presión hacia la muñeca.
—¿Qué has puesto en el otro?
—Nada.
—Eso resulta sospechoso.
Kaoran mostró las manos vacías.
—Pruébalo.
Isolde tomó el cuchillo de empuñadura clara y cerró la mano alrededor del mango. El guante mantenía los dedos en su sitio sin obligarla a forzar el nervio. Cambió el arma a la derecha y usó la izquierda para desviar el bastón que Kaoran lanzó hacia su cabeza.
La placa de la palma absorbió el golpe.
—Funciona —dijo.
—Doven espera ocho cuchillos afilados.
—Eso deja de parecer un regalo.
—Él lo llama economía.
Isolde guardó el arma. La mañana estaba clara.
Empezaba el verano y las últimas nieves de las alturas seguían llenando los arroyos.
Había pasado un año y medio desde Cendral; sobre la ladera, los brotes cubrían otra vez el terreno que había quemado.
Desde Nydel llegaban los golpes de las nuevas máquinas.
El sonido viajaba por la piedra y aparecía en la casa a determinadas horas.
Ydrael respondía algunas noches.
Rheskan llevaba cuatro meses sin abrir el vínculo.
Isolde observó el cielo mientras recogía la cuerda.
—Hoy subimos al puesto del norte —dijo Kaoran—. Enna espera al mediodía.
—¿Por qué no viene por el sendero habitual?
—La Guardia ha colocado un registro junto al roble.
—Ayer estaba limpio.
—Encontré una marca esta mañana.
Kaoran mostró un trozo de corteza. Alguien había grabado un círculo partido, la señal que Doven usaba cuando los recaudadores vigilaban los caminos. Debajo había tres puntos. Enna traía a otras personas.
Isolde guardó agua, vendas y dos paquetes de comida. El puesto del norte era una torre de vigilancia abandonada, escondida entre pinos. Desde allí podían ver la ruta de Nydel, el puente y parte de las minas.
Subieron por una pendiente de roca. Isolde ya caminaba sin bastón.
La pierna izquierda seguía perdiendo fuerza al final del día y el frío la volvía rígida, aunque podía recorrer varias leguas si medía el ritmo.
Kaoran avanzaba delante con una carga mayor y la paciencia irritante de quien nunca parecía cansarse.
—Caballos —dijo al llegar a la cresta.
Isolde se agachó. Contó los que salían del recodo y esperó a que la columna terminara de aparecer.
Seis jinetes y dos hombres a pie avanzaban por el camino bajo. Llevaban un perro sujeto con una cuerda. Las casacas azules mostraban el círculo de Varek. Un carro pequeño avanzaba detrás con herramientas de registro.
—Van hacia la casa —dijo Isolde.
—Todavía pueden seguir a la mina alta.
El perro se detuvo en el cruce. Olió el suelo y tiró hacia el sendero de la ladera.
Kaoran abrió el catalejo. El oficial al frente tenía una cicatriz nueva en la mejilla y un vendaje de cuero alrededor de la frente.
—El hombre del acueducto —dijo.
—Un año y medio buscándonos.
—Y esta vez ha traído ayuda con mejor olfato.
La patrulla entró en el bosque.
Isolde calculó la distancia. Podían llegar a la casa en menos de una hora. El establo estaba vacío; Bruma pastaba en un valle oculto. Los documentos importantes permanecían dentro de la cámara del pozo. Habían preparado dos rutas de salida y un techo falso. La casa podía soportar otro registro.
—Dejamos que busquen —dijo Kaoran.
—Enna sube con tres personas.
—Cambiará al ver la señal.
—Si viene por el cauce, cruzará delante del perro.
Kaoran miró el sol. Faltaba poco para el mediodía.
—La interceptamos en el paso de las hayas.
Descendieron por la cara oeste. Isolde conocía cada raíz, piedra y pendiente. Durante su primer deshielo en la casa, el recorrido le habría exigido una jornada. Llegó al paso en veinte minutos con la respiración controlada.
Oyeron voces antes de ver a Enna.
La sanadora avanzaba con Teren y dos mineros. Uno caminaba apoyado en una vara. Su compañera llevaba una caja pesada entre los brazos. Detrás, a menos de cien pasos, el perro ladraba.
—Nos han visto en el cauce —dijo Enna—. El guardia del puente llevaba una lista.
—¿Qué hay en la caja? —preguntó Isolde.
Teren abrió la tapa. Dentro había piezas de cadena azul, tres clavos de piedra roja y un registro manchado.
—Lo sacamos de la tercera galería —dijo—. Las máquinas han roto un muro antiguo. Encontramos esto detrás.
Los eslabones emitían un frío seco. Isolde sintió a Ydrael a través del metal.
El perro ladró más cerca.
—El minero no puede correr —dijo Kaoran.
El hombre de la vara tenía una venda alrededor de la rodilla. Isolde reconoció a Teren, pero los otros eran nuevos.
—¿Saben quién soy? —preguntó.
Enna negó con la cabeza.
—Han venido a ver a la mujer que lee las órdenes.
—Entonces Iria sigue viva durante una hora.
Isolde señaló una depresión cubierta de helechos.
—Teren, llévalos a la cavidad del agua. Esperad dos golpes en la tubería. Enna va con ellos.
—Puedo ayudarte —dijo la sanadora.
—Puedes impedir que esa rodilla se abra.
—También puedo golpear a un guardia con la vara.
—Guárdala para el paciente.
Enna aceptó con un gesto poco amable. Teren tomó la caja. Kaoran lo detuvo.
—El perro sigue vuestro rastro. Dame el trapo que llevas sobre la caja.
Teren retiró la tela sucia con que había protegido la carga. Isolde separó los documentos y un eslabón pequeño. Kaoran tomó otro, lo envolvió en el trapo y ató el bulto a una cuerda. Teren cerró la caja con las piezas restantes.
—Arrástralo hacia el risco oriental —dijo Isolde.
—Eso aleja al perro —dijo él—. También divide nuestras posiciones.
—Tú puedes bajar por la cuerda. Yo cierro el paso de las hayas.
—Hay ocho hombres.
—El paso admite dos.
Kaoran miró la mano con el cuchillo, el terreno y la ruta de Enna. La decisión afectaba a ambos. Isolde conocía las objeciones antes de oírlas.
—Necesito atraer sus miradas hasta que los otros lleguen a la cavidad —dijo.
—Si el oficial te reconoce, la casa queda perdida.
—Ya la busca.
—El rostro añade una certeza.
Isolde se cubrió el cabello con la capucha y extendió ceniza húmeda sobre las mejillas.
—Los informes de Iria ya le han cambiado hasta el color del cabello.
Kaoran comprobó el nudo del bulto que arrastraría.
—Tres golpes si tienes que salir.
—Dos cuando estén dentro.
Él se marchó hacia el risco. El perro cambió de dirección casi de inmediato. Dos soldados lo siguieron entre los pinos. El resto avanzó por el paso.
Isolde tenía minutos.
Ató una cuerda baja entre dos raíces, aflojó una piedra sobre la pendiente y vertió aceite sobre un tramo de suelo. Después encendió una línea de hojas lejos del camino. El humo cruzó las hayas y ocultó la bifurcación. La llama era pequeña, contenida por tierra mojada.
El oficial apareció con la espada fuera de la vaina.
—¡Alto!
Isolde permaneció detrás del humo.
—El camino está cerrado —dijo.
—Por orden del regente, buscamos bienes robados y a una fugitiva.
—Habéis encontrado humo.
—Iria Thennar.
El nombre ya carecía de casa. Isolde dejó que lo ocupara el bosque.
—Esa mujer se fue el verano pasado.
—El perro ha seguido su rastro desde Nydel.
—Los perros siguen comida, sangre y miedo. Vuestro camino ofrece los tres.
El primer soldado cruzó el humo. Pisó la cuerda y cayó sobre las manos. El segundo tropezó con él. Isolde soltó la piedra. Rodó por la pendiente y se detuvo contra un tronco, cerrando parte del paso sin golpear a nadie.
—Rodeadla —ordenó el oficial.
Dos hombres subieron por el lado derecho. Isolde arrojó el aceite restante sobre una roca y encendió una barrera entre ellos. La llama alcanzó la altura de las rodillas. Los soldados retrocedieron.
El oficial avanzó solo.
Llevaba una piedra azul colgada de la muñeca. Cuando cruzó el humo, la alzó. El artefacto absorbió el fuego de la barrera y lo convirtió en una luz dura alrededor de su espada.
Isolde sintió el tirón en el Núcleo.
En el barranco había sentido aquel mismo tirón. El dispositivo del oficial tenía ahora un aro de metal alrededor de la piedra. Isolde ignoraba qué cambiaba; supo que debía apartar su fuego antes de que el hombre volviera a alzar la muñeca.
—Sabía que volverías —dijo el hombre.
—Me confundes con tu vergüenza.