Ceniza sin nombre (Legado de Fuego 2) 7 #2
21%

7 #2

Isolde llamó su nombre. La conexión se volvió roja durante un instante. Sintió viento, hambre y el dolor de un ala que había soldado mal. También recibió una emoción áspera dirigida hacia ella: rabia por la ausencia, miedo y una determinación que llevaba meses buscando rutas propias.

La señal desapareció antes de que pudiera responder.

Isolde abrió los ojos con lágrimas en el rostro.

—Vive —dijo.

Kaoran se levantó de la manta frente al hogar.

—¿Lo has visto?

—He sentido el ala. Está lejos de Cendral.

—¿Dónde?

—Había viento salado.

—La costa queda al sur y al oeste.

—Se mueve.

Isolde tomó el mapa. Marcó las rutas posibles desde la montaña hasta el mar.

Rheskan podía haber seguido gargantas ocultas o desplazarse de noche.

Su ala le permitía volar, aunque el dolor limitaba la distancia.

Si los hombres de Varek lo perseguían con piedras azules, cada contacto podía delatarlo.

—No volveré a llamarlo hasta que él abra el vínculo —dijo.

Kaoran puso otra pieza de leña en el hogar.

—Buena elección.

—Quiero ir a buscarlo.

—Eso también puede ser una buena elección cuando sepamos dónde empezar.

La tormenta duró cuatro días más.

Cuando el cielo abrió, el mundo había perdido caminos, muros y distancias. Isolde subió al tejado con una cuerda. Esta vez Kaoran permaneció abajo para pasarle las tablillas sueltas. Ella limpió la nieve, reparó una grieta y miró hacia el sur.

No vio a Rheskan.

Dejó una piedra negra sobre el alero, marcada con una garra roja.

El viento podía borrarla. El dragón podía pasar a cientos de leguas.

Se quedó un momento mirando la marca. Había pasado la mañana trabajando sobre el tejado que no pudo reparar durante el deshielo.

Ahora podía bajar por sus propios medios.

El ala que había sentido en el vínculo seguía lastimada en algún lugar que su mapa dejaba en blanco.

* * *

En Caleryon, el segundo invierno de la regencia empezó con una fiesta.

Darian ordenó iluminar el puente del río y abrir los graneros durante una tarde. Los pregoneros hablaron de estabilidad, victoria y reconstrucción. Varek distribuyó pan entre las familias registradas. Cada hogaza llevaba una marca circular en la corteza.

Aelyn observó la plaza desde el balcón del Consejo.

Había recuperado el derecho a moverse por tres alas del palacio. La Guardia seguía a dos pasos. Sus cartas se abrían, sus visitas se anotaban y cada criado que entraba en sus habitaciones aparecía después en una lista. Varek consideraba aquella libertad una concesión. Aelyn la usaba como una ruta.

Neral trabajaba otra vez en el archivo bajo la supervisión de dos escribas de Rhyne.

Orla administraba ropa de cama en la torre sur.

Lord Sevran permanecía recluido en su casa, aunque recibía informes escondidos en facturas de vino.

Ardan seguía vivo en la torre del río. Los sanadores alternaban las dosis para permitirle despertar algunas noches.

La señal de tres nudos había salido del palacio.

Una lavandera ataba hilos en las asas de los cestos. Los barqueros marcaban tres líneas bajo los embarcaderos. En los barrios orientales, los panaderos dejaban tres cortes pequeños en las hogazas destinadas a familias borradas del censo. Cada grupo guardaba una tarea, una salida y un contacto.

Aelyn llevaba los nombres en la cabeza.

Varek había encontrado tres células durante el año. Dos se dispersaron antes de las detenciones. La tercera perdió a cuatro personas. Sus nombres figuraban en un registro de traslado sin destino. Aelyn los repetía cada mañana mientras se vestía.

—El regente os espera —dijo el guardia.

—El regente lleva un año esperando que acepte sus invitaciones.

—Esta vez es una orden del Consejo.

Aelyn dejó la plaza y entró en la sala de mapas.

Darian estaba solo. Había retirado a los escribas y colocado dos tazas sobre la mesa. Vestía una chaqueta sencilla, parecida a las que usaba antes de Cendral. El gesto pretendía recuperar una intimidad que ya carecía de lugar.

—Gracias por venir —dijo.

—He venido con cuatro guardias.

—Puedo pedirles que se retiren.

—Seguirán detrás de la puerta.

Darian sirvió té. Empujó hacia ella la taza de borde más fino y dejó el asa orientada a la derecha. Aelyn conocía aquel cuidado. Lo había visto preparar sitio a Isolde antes de una conversación difícil.

—¿Quién escogió esto? —preguntó.

Él siguió su mirada hasta las hojas de Vayren, difíciles de conseguir desde el cierre de las rutas.

—Recordaba que os gustaban.

Aelyn giró el asa hacia el centro de la mesa.

—Puedes empezar por decirme qué necesitas.

—La ciudad quiere verte en la fiesta. La gente confía en ti.

—Y tú necesitas que me vea a tu lado.

—Quiero que el Consejo escuche a alguien capaz de discutir conmigo.

—Ya tienes a Varek.

—Varek convierte cada discusión en el coste de negarse.

Darian tenía un borde rojo en los ojos. Aelyn había leído sus órdenes de suspender algunas ejecuciones, rebajar cuotas en dos barrios y destituir a un capitán por tortura.

Guardaba esas fechas junto a las de los impuestos permanentes y los traslados sin destino.

La misma firma terminaba unas hojas y otras.

Dejó la taza sobre el platillo sin probarla.

—Puedes abandonar la regencia —dijo.

—Y dejar a Varek con el Consejo, la Guardia y el sello de mi padre.

—Esas cosas las tiene porque tú abriste la puerta.

Darian apretó la taza.

—Creí que podía contenerlo.

—Isolde también creyó que podía confiar en ti.

El nombre quedó entre ellos. Darian miró el mapa de Cendral.

—He mantenido exploradores en las gargantas —dijo.

—Suspendiste la búsqueda oficial tres días después de la investidura.

—Varek controlaba las patrullas. Envié hombres propios.

—¿Encontraron un cuerpo?

—No.

Aelyn había esperado un año esa admisión. Conservó la postura.

—Entonces el decreto continúa siendo una mentira.

—El río llegaba hasta las cavidades térmicas. Nadie habría sobrevivido.

—Acabas de decir que la buscaste.

Darian caminó hasta la ventana. Las luces de la fiesta se reflejaban en el agua.

—Necesitaba saberlo.

—¿Para enterrarla o para terminar el trabajo?

Él cerró los ojos.

—Me has dejado claro lo que piensas de mí.

—Bien.

—Espero que ayudes a mantener vivo el reino.

—Empieza devolviendo a las familias los nombres de quienes trasladáis. Puedo traerte una lista esta noche.

Darian sacó una carpeta. Dentro había cuentas de grano, informes de invierno y una propuesta para crear un consejo civil. El nombre de Aelyn figuraba en la primera línea.

—Acepta un asiento —dijo—. Tendrás los registros de rutas y provisiones.

Aelyn pasó las hojas. El juramento de confidencialidad estaba en la última.

—Tres semanas como observadora. Quiero las actas, las copias y mi voto escrito incluso cuando me niegue. Retira esto.

Señaló el juramento. Darian acercó la carpeta.

—Varek exigirá que los movimientos militares queden fuera.

—Los traslados de trabajadores entrarán en rutas civiles.

Él sostuvo la página unos segundos antes de asentir. Aelyn anotó sanidad y provisiones bajo la misma condición. Darian le ofreció la mano al terminar; ella recogió el papel.

—Que lo redacte Neral.

Salió de la sala con un acceso que podía costar nombres si cometía un error.

La red tendría que reducir el contacto mientras ella acudía al Consejo.

Orla sería la única enlace dentro del palacio.

Neral entregaría información mediante los registros autorizados, de modo que cualquier hallazgo pareciera trabajo legítimo.

En el pasillo, una criada tropezó con una cesta de carbón.

Tres piezas rodaron hasta los pies de Aelyn.

La criada recogió dos. Dejó la tercera boca abajo, con una línea blanca pintada en la base. Aelyn pisó la marca y siguió caminando. El mensaje indicaba que había información en la lavandería.

La encontró cosida dentro de una toalla.

Era una copia de las cuentas de Nydel. Mostraba deudas infladas, niños incluidos como exenciones y trabajadores asignados a una galería de veta roja. Alguien había robado los originales, repartido copias y ayudado a dos hermanos a salir del pueblo.

El informe de la Guardia culpaba a una mujer llamada Iria Thennar.

Aelyn leyó la descripción: unos veinte años, cabello oscuro o rojo bajo ceniza, cojera leve, dos dedos rígidos en la mano izquierda y capacidad para encender fuego.

El recaudador afirmaba que había oído mencionar a la heredera en el molino.

El capitán descartaba la declaración porque el hombre sufrió un golpe en la cabeza.

La toalla se deslizó hasta el suelo. Aelyn la recogió deprisa, como si alguien pudiera entrar y preguntarle por qué había dejado caer ropa limpia.

Volvió a leer los dos dedos rígidos. Pensó en la mano con que Isolde le apartaba las listas para obligarla a comer; en la que había ofrecido a Darian al volver del invernadero.

Esa lesión tendría que haber ocurrido después.

Alguien, en algún lugar, habría necesitado sostenerle la taza mientras ella discutía por hacerlo sola.

Aelyn dobló la hoja siguiendo los pliegues anteriores. La descripción podía corresponder a muchas mujeres. Guardó el informe bajo la manga y tardó todavía un momento en levantarse. Quería encontrar a Iria antes de que otro lector llegara a las mismas preguntas.

Aquella noche visitó a Neral en el archivo como parte de la preparación para el Consejo. Los guardias permanecieron junto a la puerta. Ella abrió un libro de impuestos y señaló Nydel.

—Quiero los movimientos de piedra roja —dijo en voz alta.

Neral buscó el volumen correspondiente. Dentro colocó una ficha en blanco.

Aelyn escribió tres palabras: localiza a Iria.

El archivero leyó, pasó la ficha a otra página y continuó explicando cifras.

—Los envíos de la sierra aumentaron durante el invierno —dijo—. Una parte viaja a Arkhe. Los registros reservados mencionan Cendral.

Aelyn subrayó ambas rutas.

—Necesito las listas de trabajadores.

—El consejero Varek las clasifica como asunto de defensa.

—Mi acuerdo incluye traslados.

—Aún no está firmado.

—Lo estará mañana.