Ceniza sin nombre (Legado de Fuego 2) 7
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La nieve cerró el camino.

Kaoran lo comprobaba cada mañana desde el muro.

Hundía una vara en el paso, medía la capa nueva y regresaba con hielo en la barba.

Al sexto día, el tejado del establo desapareció bajo una pendiente blanca.

Al décimo, el pozo empezó a congelarse. En el decimocuarto, la leña quedó reducida a dos filas.

Isolde partía los troncos más gruesos con una cuña y un mazo. La mano izquierda guiaba la madera. La derecha golpeaba. Había aprendido a detener el movimiento antes de que la fuerza llegara a los dedos débiles.

—Quedan ocho jornadas —dijo Kaoran.

—Diez si apagamos el hogar de arriba.

—La pared norte acumula hielo.

—Dormiremos abajo.

—Bruma necesitará más agua caliente.

Isolde miró los sacos de avena.

—Reducimos su trabajo.

—Su trabajo consiste en permanecer dentro.

—Bruma lo realiza con dedicación.

La yegua golpeó la pared del establo, como si hubiera oído.

Organizaron la casa alrededor del frío. Una sola habitación conservaba calor.

Colgaron mantas en las puertas, bajaron el colchón de Isolde y llenaron botellas con agua caliente para evitar que las raíces medicinales se congelaran.

Kaoran enseñó a construir una lámpara con grasa de cabra.

La primera mecha produjo tanto humo que tuvieron que abrir la ventana.

El viento entró con nieve.

Isolde rió mientras intentaban salvar las mantas.

La risa le tiró de la cicatriz. Se apoyó en el banco mientras Kaoran luchaba con la ventana. Había pasado casi un año desde Cendral y aún le sorprendía quedarse sin aire por algo tan pequeño.

Quiso guardar la historia para contársela a Darian. El pensamiento llegó entero, con la mesa donde lo habría buscado y las palabras con que él se burlaría de la lámpara. Isolde dejó de reír antes de decidirlo. Se quedó mirando la grasa derramada sobre el suelo.

Kaoran había conseguido cerrar una hoja de la ventana.

Le tendió la cuerda para asegurar la otra.

Ella la tomó. Tenía un hombre delante que necesitaba ayuda con un nudo y, en otro lugar, a quien todavía encontraba por costumbre al terminar un día.

Apretó la cuerda hasta que la contraventana dejó de golpear.

Kaoran recogió la grasa derramada.

—Tu lámpara intenta matarnos —dijo ella.

—La has encendido tú.

—Siguiendo tus instrucciones.

—Eso demuestra por qué desconfío de los juramentos.

Volvieron a reír. El humo tardó una hora en salir.

La tormenta redujo el espacio de entrenamiento al hueco entre la mesa y la chimenea.

Retiraban los platos al terminar el desayuno, apagaban la lámpara cercana y ponían un saco sobre cada mueble que Isolde debía proteger.

Kaoran le lanzaba pequeños fardos desde distintos ángulos.

Al acabar, ella contaba los que había desviado; después devolvían las cosas a su lugar.

Una mañana, mientras recogían, Isolde pidió un intento más. Kaoran levantó el mango liso del mazo para que lo viera y aguardó su asentimiento. Luego salió de su campo de visión.

Isolde giró, atrapó el objeto con el antebrazo y colocó el cuchillo bajo la muñeca de Kaoran.

—Estaba preparando el pan —dijo él.

—Con un mazo.

—La masa se ha vuelto agresiva.

—Ríndete.

Kaoran abrió la mano. Isolde recogió el mazo antes de que cayera.

—Uno —dijo.

—Has tardado un año.

—Llevas décadas practicando excusas.

El viejo cortó una marca en el borde de la mesa. Era la primera a favor de Isolde. Había diecisiete del otro lado.

Por la tarde, el viento cambió.

La casa sintió el movimiento antes que ellos. Las vetas rojas del suelo se calentaron. Los animales quedaron en silencio. Una vibración subió por las patas de la mesa y apagó la llama de la lámpara.

Isolde dejó el cuchillo.

—Espera.

Isolde apoyó la palma en la mesa. El pulso regresó, lento, seguido de dos golpes que llegaron hasta la cicatriz. Durante meses había buscado a Ydrael en vetas calientes que se enfriaban antes de responderle. Aquello persistía aunque apartara la mano.

—Creo que es él.

Kaoran tocó la pared.

—Llega desde más abajo.

Isolde contó el tiempo entre las vibraciones. La segunda cambió cuando ella respiró. Se acercó al hogar sin llamar aún al dragón por su nombre.

Isolde se arrodilló. La piedra bajo el hogar tenía una grieta reciente. Colocó los dedos en el borde. El calor entró por la mano izquierda y recorrió el brazo hasta la cicatriz.

El borde de la chimenea quedó detrás de una claridad azul. Isolde seguía sintiendo la piedra bajo las rodillas, pero vio un corredor como si estuviera tumbada dentro de él. Reconoció las vetas de Cendral. Intentó mirar hacia la entrada y la imagen se resistió; respondía a una voluntad distinta.

Hombres cubiertos con máscaras arrastraban cadenas por una galería. Cada eslabón estaba unido a una piedra clavada en el suelo. El metal llevaba marcas nuevas, líneas que se extendían hacia el oeste. Detrás de una pared translúcida había un ojo inmenso.

Ydrael la miraba.

Isolde sintió su cuerpo como una extensión imposible de la montaña: una garra bajo el río, un ala comprimida entre cavidades, el cuello rodeado por aros que extraían calor. En su pecho había cansancio. También una voluntad tensa, despierta y furiosa.

—¿Dónde estás? —preguntó Isolde.

El dragón respondió con una presión sobre la herida.

La imagen cambió. Vio tres galerías, una torre de piedra azul y un cauce desviado. Los hombres colocaban cargas alrededor de una raíz roja. Al otro lado había prisioneros con herramientas.

—Retírate de ahí.

Ydrael cerró el ojo.

El rechazo golpeó a Isolde en el pecho. La conexión se cortó. Volvió a la casa de rodillas, con sangre en la boca.

Kaoran la sostuvo por los hombros.

—¿Qué has visto?

Isolde tosió sobre el suelo. Una línea roja cayó entre sus manos.

—Han extendido las cadenas. Hay trabajadores dentro.

—¿Cuánto tiempo estuviste enlazada?

—Unos segundos.

—Has dejado de respirar durante más de un minuto.

—Le he dicho que se retire.

—¿Y qué ha dicho?

—Me ha expulsado.

Kaoran le dio agua. Isolde se enjuagó la boca. Le dolía la mandíbula de haberla apretado. Kaoran examinó la boca y encontró una encía abierta.

—En Cendral lo viste sostener la montaña —dijo Kaoran—. ¿Has visto qué habría caído si se moviera hoy?

Isolde intentó recuperar la galería. Recordaba herramientas, un brazo alzado y la curva de una garra bajo el suelo.

—Había trabajadores.

—¿Podía dejarlos?

Ella se enjuagó la boca. Había entrado pidiendo una ruta y, cuando la recibió, ordenó al dragón que abandonara el lugar desde donde podía mostrársela.

—Necesito volver a verlo.

Kaoran apoyó dos dedos en su muñeca.

—Primero recupera el aire. Cuando responda, deja que termine.

Isolde miró la grieta. El calor estaba bajando. Temió haber perdido de nuevo el vínculo y tuvo que contener la urgencia de apoyar allí todo el cuerpo para alcanzarlo.

Durante dos días, Ydrael guardó silencio.

Isolde tocaba la piedra al amanecer y al anochecer. Encendía una llama pequeña, la sostenía durante tres respiraciones y la apagaba. Después retiraba la mano. Kaoran vigilaba el pulso del cuello y el color de la piel.

Al tercer día, la raíz respondió con una vibración corta.

Isolde mantuvo la palma abierta.

—Quiero escuchar —dijo.

Esperó.

La conexión entró con menos violencia. Ydrael le mostró oscuridad, agua y el peso de una cadena alrededor de la garganta. El dolor carecía de bordes. Había durado tanto que formaba parte de cada respiración.

—¿Qué quieres que sepa?

Una imagen llegó desde el dragón: la galería de los prisioneros. Una viga de piedra se había partido. Ydrael sostenía la raíz inferior con una garra. Si se apartaba, el techo caería sobre las personas. Los hombres de las máscaras aprovechaban su decisión para colocar otra cadena.

Miedo.

Ydrael conocía el miedo y lo ofrecía sin esconderlo. Temía el aro nuevo. Temía aplastar a quienes estaban encima. Temía que Isolde confundiera el vínculo con obediencia.

Isolde mantuvo la mano abierta, quieta sobre la roca. Vio la garra bajo los trabajadores y dejó que la imagen durara. Cuando la presión de su costado disminuyó, pudo reconocer el borde de la chimenea junto al ojo inmenso.

—Kaoran está aquí. ¿Quieres que lo vea?

El ojo se abrió en la oscuridad. La atención pasó hacia la presencia del hombre junto al hogar. Ydrael envió una imagen de una correa enterrada en ceniza.

Kaoran recibió el golpe a través de la piedra. Se sentó con brusquedad.

—Thalyon —dijo.

El dragón antiguo había encontrado el nombre dentro de él.

Kaoran apoyó la mano junto a la de Isolde. Ydrael mostró las cadenas una vez más. Después cerró el vínculo.

Ambos quedaron frente a la grieta, respirando con esfuerzo.

—Nos ha escuchado —dijo Isolde.

—Lleva mucho tiempo escuchando.

—Tiene miedo.

—Sí.

Kaoran tardó en retirar la mano.

—¿Thalyon estaba prisionero en Cendral?

—No lo sé.

—Ydrael ha visto la correa.

—Ha visto lo que yo llevaba conmigo.

Isolde quiso pedir más. El pacto le daba derecho a noticias sobre Ydrael, aunque la historia de Thalyon pertenecía a Kaoran. El primer fragmento ya le había costado suficiente.

—¿Qué hacemos con las cadenas nuevas? —preguntó.

—Registramos lo que ha mostrado. Cuando el paso abra, comprobamos las rutas de piedra.

—Podría avisar a Nydel.

—Enna lleva doce días sin poder subir.

—La chimenea de señales.

—El viento cubre el valle. Verían el humo desde el puesto de Varek y desconocemos si Nydel lo recibiría.

Isolde miró la nieve contra la puerta. Ydrael sostenía una galería mientras ellos estaban encerrados por el invierno. La distancia volvió inútiles muchas de las capacidades que había recuperado.

—Entonces seguiremos escuchando —dijo.

Cada noche repitió el contacto durante tres respiraciones.

Ydrael decidía cuándo responder. A veces enviaba un pulso.

Otras permanecía ausente. Isolde empezó a distinguir sus estados: un calor lento cuando dormía, golpes breves cuando los hombres perforaban la roca y una vibración profunda cuando movía el cuerpo bajo la montaña.

Una noche oyó otra presencia en el borde del vínculo.

Era más joven, rápida y conocida.

Rheskan.