6 #3
Isolde recordó el campo ardiendo. Había usado fuego para negar una caída. La llama carecía de una necesidad fuera de su orgullo.
—¿Seguías llevando esa espada?
Kaoran asintió.
—Podía defenderme con ella. Usé esa certeza para seguir esperando. Thalyon llevaba las cadenas mientras yo calculaba qué enfrentamiento podía ganar.
Dejó la correa sobre el muro. Isolde miró hacia la losa donde estaba el arma. Quiso preguntarle quién lo había ayudado a salir de aquel lugar y cuánto de esa ayuda seguía debiendo. Kaoran tenía los ojos fijos en el broche.
—Hoy has venido al campo conmigo —dijo ella.
—Hoy sabía dónde hacía falta abrir una zanja.
Ambos escucharon el agua correr por el canal reparado. Isolde dejó las preguntas restantes para otro día.
Isolde observó las manos manchadas de tierra. Había pensado en su regreso como una espada recuperada: aparecer, nombrar la traición y cortar la mentira. Darian había colocado raíces en el Consejo, la Guardia y las rutas de alimento. Una llamarada podía alcanzar a cualquiera que viviera entre ellas.
—No usaré a Rheskan para demostrar quién soy —dijo.
—Esa decisión le pertenece también a él.
—Se lo pediré si lo encuentro.
—Bien.
Un pulso recorrió la piedra del muro. Isolde mantuvo la mano donde lo había sentido. Podía ser una respuesta de la veta al calor de la tarde; tenía, sin embargo, aquella lentitud que buscaba cada vez que pensaba en Ydrael.
—Creo que algo nos ha oído —dijo.
Kaoran apoyó los dedos en la roca. Esperaron. El pulso había desaparecido.
—Ellos guardan historias más largas que las nuestras.
—También guardan rencor.
—Tienen derecho. Lo que hagan con él será su elección.
Terminaron de sacar las raíces al anochecer.
Las primeras lluvias de otoño llegaron dos semanas después. El cereal nuevo brotó en líneas verdes sobre la tierra quemada. Había claros donde el calor destruyó la semilla. Isolde volvió a plantar cada uno a mano.
Cuando la última franja quedó cubierta, Kaoran retiró la espada de la losa.
La limpió, reparó la mella y la envolvió otra vez.
—He cumplido —dijo Isolde.
—Sí.
—Entonces entrénzame.
Kaoran dejó el arma larga sobre la chimenea. Después tomó el cuchillo de empuñadura clara que le había entregado en su cumpleaños.
—Empiezas con esto.
—Ya sé usar un cuchillo.
—Sabes usarlo con el cuerpo que tenías.
Isolde recibió la hoja corta. La guarda protegía la mano izquierda y la correa estabilizaba los dedos. El peso quedaba cerca de la muñeca, de modo que podía recuperar la posición sin ayuda del otro brazo.
Kaoran clavó una sola vara de sauce en el patio.
—Córtala.
Isolde colocó el pie derecho delante. La posición protegía la rodilla, pero cerraba el ángulo del brazo. Cambió la cadera. El costado quedó libre. La pierna izquierda funcionó como apoyo posterior.
Avanzó.
El cuchillo atravesó la vara con un golpe corto.
—Otra —dijo Kaoran.
Isolde recogió el sauce y lo clavó de nuevo.
Kaoran cambió la vara por otra más gruesa.
—La hoja corta exige distancia corta —dijo—. Si intentas pelear como antes, el rival te alcanzará primero.
—Puedo entrar bajo su arma.
—Cuando la pierna lo permita.
Colocó el bastón frente al pecho. Isolde avanzó con el pie derecho, desvió la madera con la guarda y buscó el costado. Kaoran retiró el objetivo. El cuchillo quedó a un palmo de la camisa.
—Has perseguido mi cuerpo —dijo.
—Ese era el objetivo.
—El terreno era la distancia. Ya la has perdido.
Él extendió el bastón. Isolde tuvo que retroceder. El talón izquierdo encontró una piedra y la rodilla se desvió. Kaoran tocó su hombro con la punta.
—Otra vez.
Repitieron el ataque hasta que oscureció. Isolde consiguió entrar cuatro veces. Ninguna terminó con un toque. La hoja corta parecía liviana al principio y pesada después de cien movimientos. La correa mantenía los dedos cerrados, aunque el antebrazo asumía la tensión y acababa ardiendo.
Al día siguiente, Kaoran marcó un círculo bajo sus pies. Isolde debía cortar sin levantar el talón de la línea. Los golpes amplios la sacaban del espacio; acortó el brazo y dejó que la punta recorriera trayectos pequeños.
Kaoran lanzó semillas desde distintos ángulos.
Isolde falló veinte antes de tocar una con la guarda.
Por la tarde logró tres seguidas, con el antebrazo dolorido.
Al cambiar las semillas por sacos de arena tuvo que aprender a desviar su peso.
La correa mantenía los dedos en su lugar; cada serie terminaba cuando Isolde dejaba de sentir el cierre.
Durante la primera semana, Isolde intentó vencer al bastón mediante velocidad.
Kaoran controlaba la distancia; ella debía detener la serie en cuanto reconociera el temblor de la rodilla.
Durante la segunda, ella atacó la mano que sujetaba la madera.
Él cambió el agarre y golpeó su hombro desde el extremo contrario.
En la tercera, Isolde dejó de perseguir la punta.
Esperó el movimiento que acercaba el cuerpo de Kaoran.
El cuchillo tocó su manga.
—Uno —dijo ella.
—Tela.
—En una lucha habría piel debajo.
—En una lucha yo llevaría otra manga.
Kaoran cortó el trozo rozado y lo dejó sobre la mesa. Isolde lo guardó junto a sus anotaciones.
Trabajaron el cambio entre arma y fuego con una vara encendida y una cuerda que debía conservar. Kaoran defendía el acceso con el bastón. Isolde tardó demasiado en soltar la correa del cuchillo y la cuerda se quemó.
En el segundo intento dejó caer el arma y alcanzó el cubo de arena. Apagó la vara, pero Kaoran le tocó el pecho con el bastón cuando aún tenía ambas manos ocupadas.
—Has llegado —dijo—. Ahora hay que poder salir.
Isolde cambió la correa por un cierre que podía abrirse con el pulgar. En el tercer intento desvió el bastón, soltó el arma dentro de su círculo y rodó hacia la arena. Apagó la vara. Kaoran buscó su espalda. Ella giró con una rodilla en tierra y le lanzó el cubo vacío a las piernas.
El viejo tuvo que saltar.
—El cubo no estaba pensado como arma —dijo.
—Tú lo trajiste al terreno.
Kaoran recogió el cubo.
—Me resulta desagradable cuando aprendes.
El entrenamiento avanzó con las lluvias. El campo quemado se cubrió de brotes. Isolde practicaba entre las líneas verdes y evitaba pisarlas. El límite obligaba a controlar cada retirada. Una caída podía destruir semanas de reparación.
Kaoran añadió una espada de madera a la mano contraria.
Su alcance duplicaba el del cuchillo. Isolde tuvo que aprender a entrar durante la preparación del golpe y salir antes de la recuperación.
La pierna izquierda servía como ancla; la derecha buscaba los ángulos.
El costado herido dejaba de estar protegido por una postura rígida y empezaba a participar en giros pequeños.
La primera vez que completó diez asaltos, vomitó junto a la acequia.
—Has dejado de respirar en los últimos tres —dijo Kaoran.
—Estabas golpeándome.
—Los rivales suelen hacerlo.
—Podrías avisar.
—He usado una espada de madera de casi un metro. Consideré que el aviso era visible.
Isolde bebió agua, esperó a que el estómago se asentara y regresó al círculo.
—Otros diez.
—Cinco.
—Diez.
—Cinco con aire valen más que diez sin él.
Aceptó. Antes del último asalto, Kaoran señaló la altura del costado con el extremo acolchado del bastón.
—¿Probamos por aquí?
Isolde tardó en asentir. Habían practicado la salida sin armas durante dos días; ahora la hoja tiraba de su mano y el miedo tenía más peso.
Vio empezar el movimiento, soltó el cuchillo y atrapó la madera con el antebrazo derecho.
El Núcleo se calentó mientras ella giraba fuera de la línea.
Kaoran mantuvo el arma y bajó la punta en cuanto Isolde levantó la mano.
Ella seguía en pie. Necesitó un rato para volver a cerrar el guante.
—Has soltado la hoja —dijo él.
—He conservado el cuerpo.
—¿Y el fuego?
—Esperando otra necesidad.
Kaoran le devolvió el cuchillo.
Al final del otoño colocó de nuevo siete varas en el patio.
Reprodujo las alturas, las piedras y los postes del primer día.
Isolde llevó la hoja corta en la mano izquierda.
El cierre sostenía los dedos dañados. La derecha permaneció libre para equilibrar, golpear o tomar el arma si la mano se agotaba.
La primera vara cayó con un corte bajo.
La segunda exigió un giro que Isolde resolvió alrededor del pie derecho.
En la tercera descendió sobre una rodilla y se levantó sin usar las manos.
Rodeó la piedra de la cuarta.
Desvió la quinta con la guarda y la rompió al regresar.
La sexta estaba detrás del poste. Isolde atacó el soporte, cambió el ángulo cuando la madera vibró y alcanzó la vara.
La séptima se movía con el viento.
Esperó.
El sauce entró en su distancia. La hoja avanzó apenas un palmo. La vara cayó sobre los brotes sin dañarlos.
Kaoran recogió la espada larga de la chimenea. Isolde creyó que iba a entregársela. Él la llevó al arcón y la guardó bajo llave.
—¿Cuándo la usaré? —preguntó.
—Cuando exista una necesidad que pida esa espada.
Isolde limpió el cuchillo y cerró la correa de la vaina.
La mano seguía temblando. Isolde abrió el cierre con el pulgar, masajeó los dos dedos y dejó el cuchillo donde podría alcanzarlo por la mañana. Las siete varas cortadas estaban junto al muro. Las recogió para el hogar, apartando los tallos húmedos de los que arderían bien.
Al otro lado del campo, la primera escarcha había blanqueado la acequia.