6 #2
Bruma se alzó sobre las patas traseras. Isolde mantuvo la cuerda y se desplazó hacia el lado sano. La yegua bajó con un golpe que hizo temblar el arado.
—Otra línea —dijo Kaoran.
—La acequia está cerca.
—El agua todavía no llega.
Abrieron un segundo surco. Isolde sentía el fuego en cada cicatriz. Podía entrar en él y tratar de dominarlo otra vez. La primera tentativa había aumentado el incendio. Mantuvo el Núcleo cerrado y trabajó con tierra, agua y fuerza.
La acequia se desbordó al fin sobre el sembrado. El agua cubrió la línea principal. Una nube de vapor ocultó la ladera. Kaoran y ella golpearon los últimos focos con mantas.
El incendio murió al mediodía.
De la cebada quedaba una mitad intacta, una franja negra y un borde húmedo que olía a sopa amarga. El granero seguía en pie. El techo tenía cuatro tablillas quemadas. Bruma había perdido pelo en un costado. Las gallinas se dispersaron por el bosque y una cabra desapareció.
Kaoran se sentó junto a la acequia.
Tenía las cejas chamuscadas y una ampolla abierta en la mano derecha. Isolde llevaba una quemadura en la palma, barro hasta los hombros y sangre en la rodilla.
La espada permanecía donde había caído. El metal conservaba un resplandor débil.
Isolde caminó hacia ella.
—Déjala —dijo Kaoran.
—Tengo que apagarla.
—Ya está fría.
—Sigue respondiendo a la veta.
—Entonces la moveré con una pala.
Isolde se detuvo.
—Puedo tocarla.
—Has vuelto a perder sensibilidad en la palma —dijo Kaoran—. Déjame retirarla.
—La hoja reaccionó. No me dijiste que podía llevar el fuego a la veta.
Él miró la franja negra que empezaba en el patio.
—Tendría que haberlo comprobado antes de dártela.
—Me alcanzaste en la cicatriz.
—Sí. Tendría que haber detenido el asalto cuando cayó tu hombro. Te vi insistir y seguí.
Isolde esperó la parte en que él le devolviera la acusación. Kaoran levantó la pala y comprobó la temperatura del metal desde lejos.
—Yo abrí el Núcleo —dijo ella.
El viejo dejó de moverse.
—Quería que te apartaras. Después intenté retirar el fuego y lo llevé hasta el segundo surco.
Podía recordar ambos momentos. En el primero aún había una espada en sus manos y espacio para soltarla. En el segundo, Bruma ya golpeaba la puerta del establo. La diferencia le impidió refugiarse en una sola explicación del incendio.
—¿Cuánto hemos perdido? —preguntó.
—Hay que medirlo.
Kaoran deslizó la pala bajo la guarda y dejó la espada sobre una losa alejada. Después sacó dos estacas y una cuerda.
Caminaron por el perímetro del incendio.
Isolde anotó pasos, anchura y profundidad.
La zona negra ocupaba casi dos quintas partes del sembrado.
Habían perdido alimento para el invierno, semilla para la primavera y paja para los animales.
La acequia necesitaría reparación. El arado tenía una cuchilla doblada.
Cuatro árboles jóvenes del borde estaban quemados hasta la raíz.
Kaoran sumó las cantidades en la mesa.
El dinero del arcón cubriría una parte del grano. Los impuestos habían triplicado el precio y Enna repartía sus reservas entre otras familias. Isolde anotó la deuda que aún tenían con Doven.
—Podemos trabajar por la mañana y entrenar por la tarde —dijo.
Kaoran señaló la acequia rota.
—El cereal de invierno necesita agua antes de que lo sembremos.
—Necesito saber cuándo podré volver a intentarlo.
Kaoran giró el libro para que ella viera las reservas.
—Cuando terminemos de reparar el canal y tengamos semilla. Yo trabajaré en la acequia. A ti te propongo separar lo que pueda salvarse del campo. Si mañana la mano empeora, cambiamos las tareas.
—¿Y la espada?
—Queda en la losa hasta que sepamos cómo transmite el calor. Antes del próximo ejercicio lo comprobaremos juntos.
Isolde miró el campo por la ventana. Una cabra seguía perdida; la semilla que había contado con Kaoran al recibir la llave ardió en menos de una hora. Cerró el libro dejando la página marcada.
—Empiezo junto al muro. Allí el agua llegó antes.
Salió a buscar una cesta.
El trabajo empezó antes de que el suelo se enfriara.
Separó espigas quemadas de las que conservaban grano.
Cada tallo manchaba las manos de negro. Kaoran se ocupó de Bruma y caminó hasta el bosque para buscar a los animales.
Regresó con las gallinas y una cabra. La otra apareció al anochecer junto al roble, cubierta de hollín y ofendida con el mundo.
Durante seis días cortaron, aventaron y guardaron lo salvado.
La cosecha llenó menos de la mitad del granero.
Isolde calculó raciones. Dos personas podían pasar el invierno si reducían pan, vendían una cabra y cambiaban trabajo por avena.
Los visitantes, las emergencias y los viajes quedaban fuera de la cuenta.
—La casa siempre guarda para quien llega —dijo Kaoran.
—Este año no puede.
—Entonces buscaremos otra forma.
—Dijiste que había que pagar el daño.
—Cerrar la puerta a un herido no recupera la cebada.
Isolde dividió las reservas en cuatro partes: consumo, semilla, animales y ayuda. La cuarta resultó pequeña. Kaoran la aceptó.
Reparar la acequia exigió levantar piedras, cortar raíces y reconstruir dos tramos del canal.
Isolde podía cargar peso con la derecha.
La mano izquierda guiaba las piezas pequeñas y se cansaba pronto.
Cuando el dolor aumentaba, recordaba la espada y continuaba hasta que el límite empezaba a comprometer la postura. Entonces lo decía.
—La mano necesita descanso.
Kaoran cambiaba la tarea. Ninguno trataba la frase como derrota.
Enna subió al octavo día. Vio el campo, la mano vendada de Kaoran y la espada sobre la losa.
—Habéis tenido una discusión —dijo.
—El viento participó —respondió Isolde.
—El viento vive aquí y suele comportarse mejor.
Enna llevó cebada de tres familias que habían recibido las listas del impuesto. Doven envió una cuchilla reparada para el arado. Teren aportó un saco de avena con un mensaje: «Por las puertas traseras».
Isolde puso todo sobre la mesa.
—¿Les has contado lo que pasó? —preguntó a Enna.
—Les he contado que el campo ardió y que estabais reparándolo.
—Lo prendí yo.
—Puedes decírselo cuando bajemos. Mella ha separado ese saco de su reserva; Doven eligió el trabajo de la cuchilla. Pregunta cuánto pueden dar el año que viene antes de decidir por ellos que van a necesitarlo todo hoy.
Isolde apoyó las manos junto al grano. Recibirlo le exigía bajar al pueblo con una explicación para la que aún buscaba palabras. Podía devolver cada saco y quedarse con la vergüenza dentro de la casa. Enna la miraba sin retirar la cesta.
Volvió el mensaje de Teren. La segunda línea decía: Lera y Oren cruzaron el vado.
—Guardaré una parte para quienes lleguen —dijo Isolde.
Enna acercó el recipiente de las semillas. Trabajaron juntas separando las cantidades.
El cereal de invierno llegó desde una aldea alta.
Isolde pagó con dos semanas de trabajo reparando muros de piedra en una granja abandonada.
Salía antes del amanecer, caminaba una hora y regresaba al anochecer.
Nadie la conocía allí. Usaba el nombre de Mara y mantenía el pañuelo bajo, aunque los granjeros hacían pocas preguntas a una mujer capaz de colocar piedras durante todo el día.
El trabajo endureció las manos. La rodilla ganó estabilidad en las pendientes. La cicatriz siguió doliendo al levantar bloques, pero Isolde aprendió a girar desde las caderas y a llevar el peso cerca del cuerpo.
Kaoran no tocó la espada.
Una tarde, mientras retiraban raíces quemadas, Isolde encontró una pieza de cuero enterrada junto al muro. Era una correa ancha, endurecida por el tiempo, con un broche diseñado para engancharse a una silla de montar mucho mayor que la de Bruma.
Kaoran se la quitó de las manos.
—¿De quién era?
Él limpió la ceniza con el pulgar.
—De Thalyon.
Era la primera vez que pronunciaba el nombre.
Isolde dejó la azada.
—¿Un caballo?
Kaoran miró hacia la sierra.
—Un dragón.
El viento cruzó los tallos quemados. Isolde esperó.
—¿Estaba unido a ti?
—Durante muchos años.
—Nunca hablaste de él.
—Hay nombres que necesitan un lugar seguro.
Kaoran se sentó sobre el muro reconstruido. Sostenía la correa entre ambas manos. La quemadura de la derecha empezaba a cerrar.
—Yo tenía veintitrés años y llevaba cuatro inviernos de frontera —dijo—.
Thalyon y yo nos conocíamos desde antes de entrar en el ejército.
Trasladábamos mensajes, sacábamos gente de pasos bloqueados y recibíamos órdenes de hombres que dibujaban esos lugares sin haberlos pisado.
Él encontraba el cambio de viento antes de que yo sintiera frío en la cara.
Kaoran intentó abrir el broche. Había tierra dentro. Isolde acercó una ramita para que pudiera limpiarlo; él la tomó sin mirarla.
—¿De qué color era?
—Oscuro bajo las alas. Gris cuando nevaba. Tenía una escama blanca junto al ojo derecho y odiaba las campanas.
La voz de Kaoran había perdido su aspereza habitual.
—¿Qué ocurrió?
—Había un juramento de custodia. Lo firmé sin que Thalyon conociera lo que aceptaba por él. Después llegaron los hombres que debían cumplirlo.
El broche se abrió al fin. Kaoran pasó el cuero por la hebilla y volvió a cerrarla, comprobando un ajuste que ya no sujetaba a nadie.
Isolde pensó en Ydrael bajo Cendral, en la luz azul alrededor de su cuello y en el registro de trabajadores tratados como cifras.
—¿Obedeciste?
Kaoran dobló la correa.
—Durante el tiempo suficiente para que colocaran cadenas a Thalyon.
—¿Murió?
—Lo perdí.
La respuesta cerró el detalle y dejó abierta la herida.
—¿Por eso abandonaste la Corona?
—Abandoné un rango, una casa y la idea de que un sello podía limpiar una decisión. Lo demás tardó más.
Isolde se sentó a su lado.
—¿El Kaor-Sai era suyo?
—La primera parte nació de verlo volar. Giraba porque el viento cambiaba, descendía porque alguien necesitaba salir de una tormenta y atacaba cuando había elegido el coste. Yo tardé años en entender lo que hacía con naturalidad.
—Los dragones tienen fuerza de sobra.
—Por eso pueden mostrar cuánto desperdicia una orden humana.