Ceniza sin nombre (Legado de Fuego 2) 6
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Kaoran descolgó la espada el primer día de la cosecha.

Había permanecido envuelta en tela desde que Isolde llegó a la casa. Ella la vio cada mañana sobre la chimenea y dejó de preguntar después de recibir siete respuestas distintas. La última afirmaba que dentro había una flauta muy larga. Kaoran tendía a empeorar las mentiras cuando se divertía.

Aquella mañana colocó el bulto sobre la mesa y retiró las tiras de cuero.

La vaina estaba cuarteada. El pomo llevaba una marca de ave casi borrada por los años. Cuando Kaoran desenvainó, apareció una hoja recta, más larga que las espadas de frontera y más estrecha que las armas de Caleryon.

Isolde dejó la cebada sin terminar de atar. Se limpió las palmas en el pantalón y sacó del cinturón el cuchillo de empuñadura clara. Lo apoyó junto al haz.

—¿Por qué hoy?

—Has llevado veinte haces sin que falle la rodilla. Podemos comprobar cómo sostiene otra carga.

Isolde adelantó la mano.

—Ensayos cortos —añadió Kaoran—. Paras cuando el brazo empiece a compensar la pierna.

Ella asintió, aunque solo había escuchado parte de la condición. La vaina, el pomo y aquella longitud de metal le devolvían un espacio que conocía. Podía dibujar con el cuerpo una forma anterior al invierno.

Kaoran le ofreció la empuñadura.

Isolde la tomó con la mano derecha. El peso tiró de la punta hacia abajo.

Ajustó el pulgar, elevó la guarda y sintió cómo el cuerpo reconocía una postura aprendida hacía años.

Pie izquierdo delante. Hombro derecho retrasado.

La mano débil debía cerrar alrededor del pomo para guiar los cambios de dirección.

Los dedos medio y anular no alcanzaron a rodearlo.

—La correa —dijo.

Kaoran dejó una tira de cuero sobre la mesa.

Isolde aseguró la mano izquierda. El arma quedó firme entre ambas. Avanzó una estocada corta. La hoja siguió la línea correcta, pero la pierna delantera cedió al recibir el peso. Tuvo que abrir el pie para mantener el equilibrio.

—Otra vez —dijo.

Repitió. El filo cortó el aire con un silbido conocido. El segundo movimiento buscaba un giro desde la cadera. La cicatriz frenó la rotación. El hombro intentó compensar y la punta se desvió.

Kaoran apoyó un bastón contra la pared.

—¿Qué haces?

—La cuarta forma de la Guardia Real.

—¿Dónde debería acabar la punta?

—Bajo el borde de un escudo. Aquí.

Isolde señaló una marca en la mesa. La hoja había pasado por encima.

—El hombro ha intentado terminar el giro —dijo Kaoran.

Ella volvió a colocarse. Antes podía corregir aquella distancia con el talón. El pie izquierdo recibió el peso y empezó a abrirse hacia fuera.

—Lo noto —dijo, bajando el arma antes de que él interviniera.

Kaoran señaló el patio. Había clavado siete varas de sauce a distintas alturas. Algunas se movían con el viento. Otras quedaban protegidas detrás de postes y piedras.

—Córtalas —dijo.

Isolde salió con la espada.

La primera vara estaba a la altura del pecho. Usó un corte diagonal. La hoja pasó un dedo por encima. Ajustó la distancia y acertó en el segundo intento, aunque el sauce se dobló sin romperse.

—El filo está mal —dijo.

Kaoran tomó la espada, cortó la misma vara con un giro mínimo y devolvió el arma.

Isolde atacó la segunda. Esta vez la hoja atravesó la madera. El impacto tiró de la mano izquierda y los dedos se abrieron dentro de la correa. El pomo giró. La punta cayó hacia el suelo.

La tercera vara exigía bajar la postura. Isolde flexionó ambas rodillas. La izquierda aguantó el descenso y falló al levantarse. Terminó con una mano en tierra.

—Puedo hacerlo con la derecha —dijo.

Soltó la correa y empuñó a una mano. La espada resultaba demasiado larga. El peso retrasaba cada recuperación. Cortó la tercera vara con fuerza, rozó la cuarta y falló la quinta.

Kaoran seguía junto a la puerta.

—Di algo.

—Estás cansando el hombro.

—Eso ya lo sé.

—La espada también.

Isolde atacó la sexta vara. Estaba detrás de una piedra baja. Tuvo que cambiar de dirección en mitad del avance. El pie izquierdo arrastró una fracción de segundo. La hoja chocó contra el poste y dejó una mella.

Se quedó mirando el metal. Recordó lo fácil que había sido buscar a Darian entre quienes la veían entrenar y encontrarlo ya pendiente de ella.

A veces aquel recuerdo conservaba el placer de sentirse deseada; otras le mostraba a un hombre aprendiendo qué pie retiraba primero.

Le costaba sostener ambas cosas sin que una devorara cada instante de la otra.

Enderezó la espalda aunque el costado tiraba. Kaoran seguía junto a la puerta y las varas esperaban donde las había clavado. Isolde buscó en su cara un juicio que pudiera combatir.

—La espada funciona —dijo Kaoran.

Isolde apretó la mandíbula.

—Toma el bastón.

—Las varas siguen ahí.

—Quiero probar contra alguien que se mueva.

—Tu hombro ha empezado a caer.

—Toma el bastón.

Kaoran lo tomó. Caminó hasta el centro del patio y adoptó una posición relajada, con la madera a la altura de la cadera.

—Un toque limpio —dijo Isolde.

—¿Dónde?

—En cualquier parte.

—Eso amplía demasiado el terreno.

—¿Tienes miedo?

—A que rompamos la olla del almuerzo.

Kaoran apartó la olla del banco y volvió al patio.

Isolde atacó primero.

La espada descendió hacia el hombro. Kaoran dio medio paso. El bastón rozó la guarda y cambió el corte lo suficiente para que pasara a su lado. Isolde giró con la hoja. La cicatriz frenó el cuerpo. Kaoran tocó su muñeca antes de que completara el movimiento.

—Uno —dijo.

—Ese no cuenta.

—La muñeca discrepa.

Isolde cambió la postura. Puso el pie derecho delante para proteger la pierna débil y atacó con una estocada. Kaoran retiró la cadera, desvió la hoja con el bastón y empujó contra la guarda.

La mano izquierda perdió la correa.

La espada cayó.

—Otra vez —dijo Isolde.

—Has perdido el arma.

—La recojo.

—En un combate, otra persona la recogería antes.

Isolde tomó la espada.

—Otra vez.

El segundo asalto duró más. Ella redujo los cortes, protegió la muñeca y obligó a Kaoran a retroceder dos pasos. Cuando él buscó la pierna izquierda, Isolde desplazó el peso hacia la derecha y atacó el costado abierto.

El bastón bajó.

Kaoran bloqueó cerca de la guarda. Isolde empujó ambas armas hacia abajo y quiso entrar por el costado que él dejaba libre. El pie izquierdo resbaló. La madera, que Kaoran estaba retirando, alcanzó la cicatriz.

El dolor le cerró el pecho.

—Paramos —dijo él.

Isolde vio su mano adelantarse. Había pedido que la miraran sostener una espada y volvía a caer delante del mismo hombre que la había sacado del río. Apretó la empuñadura para impedir que también se le escapara.

El Núcleo se abrió.

Una línea de fuego recorrió la espada desde la empuñadura hasta la punta. Kaoran soltó el bastón y agarró la muñeca de Isolde.

—Cierra la mano.

—Suéltame.

—La hoja está llevando el fuego al suelo.

Isolde vio el resplandor rojo dentro de la mella. El metal antiguo respondía como una raíz de confluencia. La llama descendió hasta la hierba seca del borde del patio.

—Puedo controlarlo.

Tiró de la energía hacia sí.

El fuego regresó por la hoja con demasiada fuerza. Isolde abrió la mano. La espada cayó sobre un haz de cebada.

Las espigas prendieron.

Kaoran las apartó con el bastón. El viento tomó las llamas y las llevó hacia el sembrado. Una franja naranja cruzó el primer surco antes de que Isolde pudiera ponerse en pie.

—¡La acequia! —gritó Kaoran.

Corrió hacia la compuerta.

Isolde extendió ambas manos. Buscó el borde del fuego, la parte que podía retirar sin alimentarlo. Había contenido llamas pequeñas durante meses. Aquella se movía sobre cientos de tallos secos y cada espiga abría otra boca.

—Tres —dijo para sí.

El aire entró con humo.

Tosió.

El fuego alcanzó el segundo surco.

Isolde llamó al calor. Las llamas se inclinaron hacia ella. Durante un instante creyó que obedecían. Después la cebada situada entre ambos puntos prendió a la vez. La llamarada la obligó a cubrirse el rostro.

Kaoran abrió la compuerta. El agua bajó por la acequia lateral y llegó a una zanja obstruida por raíces. El cauce se desbordó lejos del fuego.

—¡La pala! —gritó.

Isolde tomó la herramienta junto al granero. La rodilla falló al correr. Rodó sobre el hombro, protegió la cabeza y volvió a levantarse. El entrenamiento evitó que perdiera más tiempo.

Kaoran cortaba raíces dentro de la zanja. Isolde clavó la pala en la tierra y abrió una salida. El agua avanzó dos pasos. El barro absorbió parte, de modo que ampliaron el canal con las manos.

Bruma golpeaba la puerta del establo.

El humo había entrado dentro.

Isolde corrió hacia la yegua. Abrió el cerrojo, cubrió sus ojos con una manta y la llevó al pozo. Los animales pequeños chillaban en el gallinero. Soltó las gallinas y abrió el cercado de las cabras.

Una chispa cayó sobre el tejado del granero.

Isolde la apagó con la palma. El fuego mordió la piel antes de reconocerla. Otra chispa llegó más arriba.

—¡Kaoran!

—Mantén el tejado. Yo abro la zanja.

El sembrado ardía desde el patio hasta la mitad de la ladera. Las llamas avanzaban hacia los pinos. Si llegaban al bosque, Nydel vería una columna de humo y la casa perdería toda protección.

Isolde subió al tejado del granero. La pierna encontró cada peldaño. Extendió una manta mojada sobre las tablillas y aplastó las brasas. El calor atravesó las botas.

Desde arriba vio el camino del fuego. La línea principal seguía el viento. Una segunda buscaba los tallos caídos junto al muro. La acequia abierta podía detener la primera si el agua llegaba. La segunda rodearía la casa.

—¡El muro oeste! —gritó.

Kaoran miró. Entendió.

Ató el arado a Bruma y abrió el cercado. La yegua se resistió al humo. Isolde bajó del tejado, tomó la brida y apoyó la frente contra la suya.

—Vamos a cruzar una vez —dijo—. Después te llevo al agua.

Bruma resopló. Los ojos seguían cubiertos. Isolde tiró de la brida mientras Kaoran guiaba el arado. Atravesaron los tallos por delante de la línea secundaria. La tierra negra se abrió bajo la reja. Las llamas alcanzaron el surco y perdieron alimento.

Una explosión de semillas encendidas cayó alrededor.