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El sargento golpeó una vez. Isolde sintió el mango de su cuchillo contra el muslo y buscó la junta por donde saldría. Detrás de los hombres estaba la escalera de Lera. Al abrir, ofrecería a la Guardia una línea directa hacia ella. Retiró los dedos de la piedra.
El calor le resbaló por la espalda. Necesitaba estirar la rodilla, toser, oír al recaudador alejarse. El hombre golpeó otra vez y la manta dejó de aislar el hombro. Isolde mantuvo la boca abierta para soltar el aire sin ruido.
Arriba, Lera gritó.
Enna había empezado a retirar el vendaje. La voz de la sanadora descendió por la escalera.
—Mirad cómo se abre. Si queréis cargar con ella, ved primero qué vais a romper.
El sargento subió. El recaudador apartó la mano de la chimenea y lo siguió.
Isolde dejó salir el aire en cinco tiempos.
La inspección duró una hora. Enna mantuvo a los hombres alrededor de la herida hasta que dos palidecieron. La fiebre de Lera había aumentado. El sargento aceptó retrasar el traslado otras cuarenta y ocho horas bajo amenaza de encarcelar a todos si la joven desaparecía.
Antes de marcharse, el recaudador dejó un cartel con el nombre de Iria Thennar y una recompensa de cinco coronas.
Kaoran abrió la pared cuando los caballos llegaron al bosque.
Isolde salió con la pierna dormida y una quemadura roja a lo largo del hombro. Se apoyó en la mesa hasta que el pie respondió.
—Nueve coronas —dijo.
—El recaudador ofrece cinco. Deberías agradecer mi valoración.
—La próxima vez invento tu historia.
—Por eso conservo las llaves.
La fiebre de Lera bajó al día siguiente.
Las copias de las listas aparecieron clavadas en el molino, la herrería y el puesto de peaje.
Cada familia conoció la deuda original, los recargos y el destino de los trabajadores.
Dos empleados de la oficina abandonaron Nydel antes de que anocheciera.
El sargento dedicó a sus hombres a arrancar papeles, buscar a Iria y vigilar el almacén.
Aquella dispersión abrió la ruta para los hermanos.
Doven llevó un carro de carbón hasta el borde del bosque. Había construido un doble fondo con tablones y colocado sacos de grano alrededor. Teren conduciría hacia el sur, cruzaría el río por un vado de pastores y entregaría a Lera y Oren a su tía.
—Puedo ir con ellos hasta el vado —dijo Isolde.
Kaoran examinó la quemadura de su hombro.
—La patrulla busca tu rostro.
—Conoce el rostro de Iria.
—También ha visto cómo camina.
Lera tomó la decisión por ambos.
—Quédate —dijo desde el carro—. Si vienes, mirarán aquí.
Podía sentarse con la pierna extendida. El color había regresado a los labios. Oren permanecía junto a ella, abrazado a la bolsa de harina.
Isolde le entregó una copia de la lista y tres monedas del arcón.
—Teren revisará el vado antes de acercar el carro —explicó—. Doven conoce una piedra con dos líneas blancas. Si el agua cubre la inferior, seguiréis el cauce hasta el puente viejo.
—¿Y los soldados?
—Esperaréis entre los sauces mientras Teren comprueba la otra orilla. Si tarda demasiado, Doven os llevará al camino de pastores.
Lera miró al conductor. Esperó a que él confirmara el plan antes de guardar el papel.
Lera se volvió hacia Isolde.
—Cuando puedas decir tu nombre, quiero saberlo.
—Si vuelves a encontrarme, pregunta por la casa del viento.
—Esta casa apenas tiene nombre.
—Por eso sirve.
Oren sacó una figura de madera del bolsillo. Representaba un dragón pequeño con un ala más corta que la otra.
—Para tu cumpleaños —dijo.
Isolde aceptó la pieza. La talla era tosca y una de las patas carecía de garras.
—¿Quién te lo contó?
El niño señaló a Kaoran.
—El viejo habla demasiado.
El carro bajó entre los abedules. Doven caminaba delante y Teren llevaba las riendas. Isolde escuchó las ruedas hasta que el viento cubrió el sonido.
Isolde dejó la figura del dragón sobre el alféizar. Oren había alisado la madera donde apoyarían los dedos. Quiso contarle a Aelyn cómo el niño había traído harina al rescate de su hermana y se volvió hacia la mesa antes de recordar que allí faltaba su amiga.
Encontró la campana en la cama vacía. La llevó abajo, la limpió y la dejó junto a las vendas de Enna.
Kaoran sacó del armario un paquete envuelto en cuero.
—Esto puede ayudar.
Dentro había un cuchillo corto con empuñadura de madera clara. La guarda protegía los dedos sin cerrar la mano. El peso se concentraba cerca del mango.
—Perteneció a alguien que sabía usar una pierna herida —dijo Kaoran.
—¿Quién?
—Te lo contaré cuando puedas obligarme a soltarlo.
Isolde tomó el arma. La mano izquierda sostuvo la empuñadura gracias a una correa fina preparada por él.
—¿Es un regalo de cumpleaños?
—Encargué el cierre para tu mano —dijo Kaoran—. Puedes llamarlo regalo si ayuda a que lo mantengas afilado.
Isolde probó el cierre de la correa. Él dejó una llave de hierro junto al cuchillo. Abría el arcón de mapas, dinero y rutas ocultas.
—Las reservas de invierno están en el libro pequeño. Habrá que contar lo que damos y lo que queda. Quiero hacerlo contigo.
Ella tomó la llave. La mañana de su cumpleaños había deseado que alguien lo recordara. El cuchillo conservaba las marcas recientes de una mano que lo había adaptado en silencio.
Abrió el arcón, sacó el libro y dejó un lugar a Kaoran junto a la mesa.