Ceniza sin nombre (Legado de Fuego 2) 5 #3
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Isolde empujó a Oren hacia la tolva. El hombre alzó la espada en el hueco entre las cajas.

Ella entró antes de que bajara el brazo y golpeó su muñeca contra un canto de madera.

El filo abrió la manga de Isolde al caer.

Apoyó la cadera en la caja para sostener el giro y recogió la espada con la derecha.

La punta quedó bajo la barbilla del recaudador. Isolde necesitó abrir más el pie sano; la rodilla izquierda vibraba. Oren arañó la pared de la tolva a su espalda. Aún tardaría unos segundos en pasar.

—Grita y tu oficina arderá con las cuentas dentro —dijo.

El hombre miró su mano izquierda. Una llama pequeña iluminaba los dedos rígidos.

—La heredera...

—Murió en Cendral.

Isolde golpeó su sien con el pomo. El recaudador cayó sobre los registros.

Oren ya estaba dentro de la tolva. Isolde dejó la espada, cerró la caja y lo siguió. Kaoran esperaba junto a la compuerta. Oyó las voces del almacén cuando ambos salieron.

—Quedan dos minutos —dijo.

—Te los regalo.

Escaparon por el canal. Al llegar a la reja, una campana empezó a sonar en Nydel. Kaoran alzó a Oren sobre la pendiente. Isolde salió detrás y volvió a colocar los barrotes.

La pierna falló en el bosque. Kaoran ofreció el brazo. Ella lo tomó y siguieron sin detenerse.

Lera lloró al ver a su hermano. Oren dejó la harina sobre la cama como si fuera una ofrenda y se metió bajo la manta a su lado. Enna salió del rincón donde había velado a Lera. Revisó la herida después del abrazo, declaró que el viaje podría hacerse en dos noches y se sentó con las listas.

—Esto afecta a treinta y cuatro familias —dijo.

—Haz copias —respondió Isolde—. Una para Doven, otra para cada calle. La oficina intentará recuperar las hojas. Si toda Nydel conoce las cifras, el registro deja de pertenecerles.

—El recaudador te ha visto.

—Ha visto a Iria Thennar usando fuego. Ha dicho «la heredera».

Kaoran cerró la puerta. El amanecer empezaba a aclarar las ventanas.

—Iria Thennar no puede seguir aquí —dijo.

Isolde sintió el peso de la consecuencia. Había ganado dos días para Lera y Oren. También había agotado una identidad y acercado la vigilancia a la casa.

—Entonces prepararemos otra historia —dijo.

La campana de Nydel dejó de sonar. Poco después, una cinta roja apareció en el roble.

Enna recogió las listas y bajó por el cauce. Oren se ocultó en la cámara del pozo. Kaoran volvió a colocar la puerta sobre sus goznes y borró el barro del pasillo. Isolde guardó la ropa usada en el molino dentro de una vasija vacía.

—El recaudador dirá que Iria lo atacó —dijo.

—Eso facilita una parte —respondió Kaoran—. Mi sobrina ha resultado ser una ladrona ingrata. Discutimos y se marchó hacia el norte.

—Puedes decir que discutimos porque eres insoportable.

—Eso resultará fácil de creer.

Isolde tomó el cuchillo.

—Me ocultaré arriba.

—El recaudador te vio entrar en la tolva. Revisarán cada habitación.

—Puedo bajar con Oren a la cámara del pozo.

—Si bajan perros, os encontrarán a los dos.

Kaoran señaló la chimenea. Detrás del hogar había una pared falsa que Isolde había descubierto durante las reparaciones. El espacio entre las piedras apenas permitía sentarse. Una salida estrecha subía por el tiro antiguo y terminaba bajo las tejas.

—El calor será fuerte —dijo.

—Apaga el fuego.

—El hogar frío a primera hora llama la atención.

Isolde miró la olla.

—Déjalo bajo. Entraré cuando los oiga.

—La piedra puede quemarte la espalda.

—Pagaré ese coste.

Kaoran abrió la pared. Colocó una manta gruesa contra los bloques y una botella de agua dentro. Isolde probó el espacio. La pierna izquierda debía quedar doblada junto al pecho. Si permanecía demasiado tiempo, tardaría en recuperar la circulación.

Los soldados llegaron con el amanecer.

Esta vez eran ocho. El sargento entró primero. El recaudador llevaba un vendaje alrededor de la cabeza y un odio que le devolvía color al rostro.

—¿Dónde está? —preguntó.

—Arriba —dijo Kaoran.

Isolde cerró la pared falsa desde dentro.

Oyó a Enna discutir en la escalera. La sanadora había regresado por el sendero principal a tiempo para la inspección. Declaró que mover a Lera podía costarle la pierna. El sargento ordenó preparar la cama.

—También quiero a la mujer —dijo el recaudador—. La sobrina.

—Se fue anoche —respondió Kaoran.

—Me atacó en el molino.

—Eso explica la sangre de vuestra cabeza.

—Usó fuego.

—En verano suele haber lámparas.

El recaudador volcó una silla. Un soldado abrió el arcón de ropa. Otro golpeó las paredes con una lanza. Cada impacto llegó hasta la espalda de Isolde.

—La escondéis —dijo el hombre.

—Iria robó dinero de mi arcón y salió por el sendero norte —contestó Kaoran—. Si la encontráis, recuperad las nueve coronas.

Isolde apretó la mandíbula. El viejo acababa de tasar su ingratitud a un precio bajo.

—¿Nueve? —preguntó el sargento.

—Ha sido una temporada pobre.

Las botas se acercaron al hogar. El recaudador movió el atizador. Una ráfaga de calor entró por la ranura. Isolde respiró despacio. El sudor le bajaba por las sienes. El fuego del hogar buscó su Núcleo y la piedra empezó a vibrar.

El hombre apoyó una mano sobre la pared falsa.

Isolde contuvo la llama dentro del pecho.

—Está caliente —dijo él.

—Es una chimenea —respondió Kaoran.

—Las piedras de este lado suenan huecas.