5 #2
—Depende de la tarea.
—¿Quién establece el valor?
—La oficina de reconstrucción.
—¿Quién fija el precio del grano?
—La misma oficina.
—Entonces puede aumentar la deuda y reducir el pago hasta que Lera envejezca en una galería.
El hombre dobló la hoja.
—No te concierne.
—Está en mi cama.
El sargento llevó la mano a la empuñadura. Kaoran se apoyó en el marco, cerrando parte de la entrada. Isolde sintió el Núcleo bajo las costillas. Las vetas de la casa podían llevar el fuego hasta los pies de los tres soldados.
La habitación superior crujió.
Lera intentaba levantarse.
—Queda bajo responsabilidad de esta casa hasta que Enna Vael autorice el traslado —dijo Isolde—. Podéis dejar un guardia en el muro. Si la movéis hoy, la pierna se abrirá y tendréis un cadáver que descontar de vuestras cuentas.
—La custodia pertenece a la Corona.
—La Corona ha decretado reconstrucción. Una trabajadora muerta produce poco.
El razonamiento llegó al recaudador por la única ruta que respetaba. Miró al sargento.
—Hasta el amanecer —dijo este—. Volveremos con un carro.
—Un carro con suspensión —añadió Kaoran.
—Un carro —repitió el sargento.
El recaudador dejó una copia de la orden sobre la mesa. Antes de salir, señaló a Isolde.
—Mañana te registrarás en Nydel.
—Mañana estaré ocupada evitando que cobréis una deuda a un cuerpo frío.
Los soldados se marcharon. Kaoran cerró la puerta y apoyó la frente en la madera.
—Iria Thennar —dijo.
—Necesitaba un apellido.
—Podías elegir otro.
—El recaudador ya creía que vivía contigo.
—Ahora tengo una sobrina de veinte años que apareció después de Cendral.
—Veintiuno.
Kaoran se volvió.
—¿Cuándo?
—Hoy.
La respuesta ocupó el silencio que dejó la patrulla.
—Nunca me lo dijiste.
—No era información relevante para las vendas.
Kaoran miró la olla, la mesa todavía húmeda y la puerta por la que acababa de salir una orden de custodia.
—En mi último cumpleaños había músicos en tres patios —dijo Isolde—. Aelyn cambió las partituras para que tocaran una canción de taberna durante el brindis. Mi padre se quedó dormido antes del postre.
Le salió una sonrisa. Se quedó quieta al notarla.
—Darian empezó a cantarla —añadió.
Sobre la mesa se enfriaba el agua de la cura.
Isolde hundió las manos para quitarse la sangre.
Pensó en otro día bajo un granado, en la manga que había retenido después de un beso.
Habían hablado de una cena a la que podían llegar tarde y de cómo discutirían delante del Consejo.
Recordó el deseo de quedarse tumbada a su lado hasta que la sombra alcanzara la cesta.
Aquel futuro le había parecido cercano, hecho de decisiones que podrían tomar al día siguiente.
Kaoran le acercó un paño limpio.
—¿Quieres estar sola un rato?
—Lera nos ha oído.
—Puedo subir yo.
Isolde se secó entre los dedos. Podía quedarse y llorar por el cumpleaños que había imaginado; el permiso la alivió lo suficiente para levantar la mirada.
—Subimos juntos. Antes déjame terminar esto.
Kaoran tomó la orden mientras ella doblaba el paño. Llevaba la sangre de Lera en manchas que empezaban a secarse.
—Al amanecer se llevarán a Lera.
—Eso ha dicho el sargento.
—¿Qué quieres hacer?
—Quiero conocer su elección.
Subieron juntos.
Lera estaba sentada, pálida y sudorosa, con una mano alrededor de la campana. El vendaje mostraba una mancha pequeña. El pie seguía caliente.
—Han dicho que me llevarán —dijo.
—Al amanecer —respondió Isolde—. Podemos ocultarte en la sierra, llevarte con Enna o dejar que te trasladen y buscar otra forma de sacar a tu hermano. Cada ruta tiene riesgos.
—Si huyo, toman a Oren.
—Es probable.
—Si me llevan, iré a la mina.
—También es probable.
Lera apretó la manta.
—¿Puedes impedirlo?
Isolde quiso decir que sí. La palabra habría sido fácil. Podía quemar el carro, derribar a los guardias y llevar a Lera al bosque. Después el sargento regresaría con veinte hombres. Oren desaparecería. Doven, Enna y Teren pagarían por haber subido a la casa.
—Puedo ganar tiempo —dijo—. Puedo esconderte y organizar la salida de Oren. Tendríais que abandonar Nydel. También puedo estudiar las cuentas y demostrar que la deuda está calculada para crecer. Eso tardará y el regente controla a quienes juzgan.
—¿Quién eres?
La pregunta llegó sin fiebre.
Isolde sostuvo la mirada de Lera. La joven había visto retratos de la heredera en monedas, hojas de luto y quizá estandartes. La ceniza y el cabello cubierto modificaban una cara, pero el tiempo compartido empezaba a quitar capas.
—Iria vive en esta casa —dijo.
Lera entendió el límite.
—Quiero sacar a Oren —respondió—. Después iremos al pueblo de mi tía. Está más allá de los Llanos de Brasa.
—¿Puedes viajar con la pierna así?
—En un carro bueno.
Kaoran revisó la sutura.
—Dentro de dos días, si no aparece fiebre. Mañana sería peligroso.
—Entonces necesitamos dos días —dijo Isolde.
Lera soltó la manta.
—El carro llevaba registros del impuesto. Cuando volcó, una caja se abrió. Vi hojas con nombres de niños. El recaudador me golpeó porque intenté tomar una.
—¿Dónde están las cajas?
—En el almacén del molino. Tienen una guardia.
—¿Oren conoce alguna entrada?
—Se cuela por el canal para robar harina.
Isolde miró a Kaoran.
—Puedo bajar por él esta noche —dijo Kaoran.
—El sargento vigilará el camino.
—Conozco otra ruta.
—Y yo conozco las marcas que necesitamos buscar en los registros.
—Tú te quedas con Lera.
—Tú atiendes mejor una hemorragia si se abre la sutura.
El viejo cruzó los brazos.
—La casa ha funcionado con mis decisiones durante quince años.
—Llevo meses viviendo aquí. Te he dado las cuentas, he sostenido esa venda contigo y sé leer los sellos que necesitamos. Quiero participar en el plan.
—El recaudador acaba de verte a la luz de una lámpara.
—Entonces prepara conmigo una entrada por donde no tenga que pasar delante de él.
—El acuerdo exige escuchar objeciones.
—Te escucho.
Kaoran enumeró los puestos, la pierna, el registro pendiente de Iria y la posibilidad de que el oficial de Cendral estuviera en Nydel.
Isolde respondió con una ruta por la acequia, ropa de carbonero y un límite de tiempo.
Acordaron regresar si encontraban una patrulla antes del molino.
Si fallaba la pierna, ella esperaría junto al canal mientras Kaoran buscaba a Oren.
Enna llegó de la mina antes del anochecer.
Examinó a Lera y aceptó quedarse durante la salida.
Cambiaron el plan delante de las dos: la sanadora daría la alarma si subía alguien; Bruma aguardaría ensillada en el claro al que descendía la salida del tejado.
Lera pidió conservar la campana junto a la mano.
Isolde la dejó allí aunque Enna estuviera sentada a un paso.
Kaoran terminó las objeciones.
—Vamos juntos —dijo Isolde.
—Y regresamos juntos.
—De acuerdo.
El trato cambió la casa. Kaoran dejó de preparar la salida a solas. Puso el mapa sobre la mesa y escuchó cuando Isolde señaló los ángulos muertos, el cauce y la posición probable de los guardias. Ella escuchó cuando él redujo la ruta para proteger la pierna. Ambos explicaron el plan a Lera.
Esperaron hasta que la luna quedó detrás de la sierra.
El canal entraba en Nydel bajo una reja oxidada. Oren había soltado dos barrotes años atrás y los mantenía sujetos con alambre. Isolde pasó de lado, con el agua hasta las pantorrillas. Kaoran cerró detrás.
Caminaron por un túnel bajo el molino. El sonido de las ruedas cubría los pasos. A mitad del recorrido encontraron a un niño acurrucado sobre una repisa, con una bolsa de harina entre las piernas.
Oren tenía el cabello del mismo color que su hermana y los ojos abiertos por el miedo.
—Lera está viva —susurró Isolde.
El niño apretó la bolsa.
—Se la llevaron.
—Kaoran la sacó del carro. Está en la ladera.
Oren conocía al viejo. Salió de la repisa sin pedir más pruebas.
—Los papeles están arriba —dijo—. El hombre rojo duerme en la oficina. Guarda la llave dentro de la bota.
Kaoran miró a Isolde.
—Dos días —dijo ella—. Necesitamos borrar la deuda o dejarles una razón para buscar los registros lejos de Lera.
Oren señaló una compuerta lateral.
—Puedo entrar por el grano.
El conducto terminaba detrás de una tolva. El niño cabía. Isolde también, aunque el paso exigía arrastrarse sobre el costado sano. Kaoran tuvo que quedarse en el canal.
—Si tardas veinte minutos, saco al niño y cierro la compuerta —dijo.
—Quince.
—Veinte.
—Dieciocho.
Oren los miró.
—Lera discute así.
Isolde siguió al niño.
La tolva daba al almacén. Había cajas apiladas hasta el techo y una lámpara en la oficina. El recaudador dormía detrás de una puerta entreabierta. Sus botas estaban en el suelo.
Oren se movió entre los sacos con una habilidad aprendida por hambre. Entró en la oficina, sacó la llave y regresó sin ruido.
Isolde abrió la caja marcada con el sello de Nydel.
Los registros estaban ordenados por calles.
Encontró a Lera Vos en la tercera hoja. La deuda original era de once coronas.
Los gastos de administración, el precio del grano y la exención de Oren la elevaban a cuarenta y tres.
En una columna lateral figuraba una transferencia: doce trabajadores jóvenes destinados a la galería de veta roja.
Lera estaba incluida.
Isolde tomó la hoja y las dos que la acompañaban. Cambiar una cifra liberaría a una familia durante unos días. Llevarse el registro podía detener el traslado y obligar a la oficina a reconstruir cada cuenta.
—¿Hay otra caja? —preguntó.
Oren señaló el sello de Varek.
Dentro estaban las órdenes de transporte. Isolde leyó lo suficiente para entender que los trabajadores saldrían hacia la sierra al amanecer. El accidente del carro había retrasado la operación.
Guardó las listas bajo la camisa.
—Vamos.
Una tabla crujió en la oficina.
El recaudador apareció descalzo, con una espada corta en la mano.
—Tú.
Había reconocido los ojos de Iria aunque la capucha cubriera el resto.