Ceniza sin nombre (Legado de Fuego 2) 5
14%

5

El primer verano llevó sangre hasta la puerta.

Isolde estaba detrás del establo, reparando una cerca, cuando oyó a Bruma en el sendero. La yegua subía demasiado rápido. Las ramas golpeaban las alforjas y Kaoran repetía una palabra que el viento rompía.

—Quieta.

Bruma apareció entre los abedules con espuma en el pecho. Kaoran cabalgaba inclinado hacia un lado. Sostenía a una muchacha delante de él. La joven tenía el rostro cubierto de polvo y una pierna desnuda hasta la rodilla. La sangre bajaba por la bota.

Isolde soltó el martillo.

—¿Qué ha ocurrido?

—Carro volcado —dijo Kaoran—. La rueda le ha abierto el muslo.

—Dentro.

Kaoran desmontó con la muchacha en brazos. Ella tendría dieciséis o diecisiete años. Llevaba una falda de trabajo, una camisa remendada y un cordón verde alrededor de la muñeca. Los labios habían adquirido un tono gris.

Isolde abrió la cámara baja. Empujó las herramientas hacia el fondo de la mesa y extendió una de las sábanas que guardaban junto a la puerta. La pierna izquierda tembló al apartar el banco; lo dejó caer de lado para ganar espacio.

—Aquí.

Kaoran depositó a la muchacha sin retirar la mano que comprimía el muslo. Isolde acercó la lámpara. La llama mostró sangre en los nudillos del viejo y una pestaña pegada a la mejilla de la joven. Se arrodilló al otro lado de la mesa, donde ella pudiera verla.

La herida cruzaba la cara exterior del muslo. Un borde de metal había levantado piel y músculo. La tela que Kaoran usó para comprimir estaba empapada. Al retirarla, la sangre salió en pulsos oscuros.

—Agua hirviendo —dijo Isolde—. Pinzas. Hilo. La caja de Enna.

Kaoran fue hacia el hogar.

Isolde presionó por encima del corte. La muchacha abrió los ojos y trató de levantarse.

—Mi hermano.

—Está en Nydel —dijo Kaoran desde la chimenea—. Doven ha ido a buscarlo.

—Los hombres...

—Respira —dijo Isolde—. Dime tu nombre.

—Lera.

—Lera, voy a apretar la pierna. Dolerá.

—Ya duele.

—Lo sé. Puedes apretarme la muñeca derecha. La izquierda sostiene la venda.

Lera buscó el brazo ofrecido. Isolde acomodó los dedos de la joven y dejó que se aferrara.

Isolde encontró el latido con dos dedos y aumentó la presión. Lera gritó. El flujo disminuyó. La mano izquierda de Isolde apenas podía sostener la tela, de modo que pasó una correa alrededor de la palma y la anudó con los dientes.

Kaoran llevó el agua, las pinzas y la caja. Se arrodilló junto a la mesa.

—Tienes que soltar un momento para que pueda limpiar.

—Cuando estés listo.

Kaoran preparó un torniquete ancho, aunque evitó cerrarlo por completo. Isolde contó. Retiró la presión y él vertió el agua, ya templada, sobre el corte. Había tierra, fibras de falda y una astilla de madera dentro.

Lera volvió a moverse.

El miedo encendió una chispa en los dedos de Isolde. La apagó antes de que alcanzara la correa.

—Mírame —dijo a la joven.

Lera fijó los ojos en ella.

—¿Trabajas con él?

—Me está enseñando. Soy Iria.

Lera giró la cabeza hacia Kaoran.

—Enséñale a calentar las manos.

Él soltó una tos que podía haber sido una risa.

—Empieza siempre por lo más difícil.

Lera volvió a mirarla. Isolde frotó el paño entre los dedos antes de apoyarlo en su frente. La muchacha dejó de buscar la puerta durante unos segundos. Kaoran extrajo la astilla. La pinza encontró después una pieza de metal curva.

—Esto pertenece a una grapa —dijo.

—El carro llevaba cajas —murmuró Lera—. Se soltaron en la bajada.

—¿Qué cajas?

—Registros.

Kaoran miró a Isolde.

—Después —dijo ella.

La hemorragia había bajado. El músculo estaba cortado, pero la arteria principal seguía entera. Isolde limpió los bordes mientras Kaoran preparaba el hilo. Había visto a los sanadores de campaña cerrar heridas semejantes. También recordaba cada movimiento de Enna sobre su propio costado.

—Dos capas —dijo—. La profunda primero. Deja un drenaje.

—¿Quieres coser? —preguntó Kaoran.

La mano izquierda seguía atada sobre la compresa.

—Tú tienes mejor pulso.

—Creí que nunca lo admitirías.

—Aprovecha el momento.

Kaoran empezó a suturar. Isolde mantuvo la presión, contó las respiraciones de Lera y humedeció sus labios. Cuando la joven se agitaba, le pedía que describiera su casa.

Tenía techo de pizarra.

Una ventana miraba al molino.

Su hermano Oren dormía junto al horno porque todavía se despertaba con frío.

Su madre había muerto durante el invierno.

Cada respuesta devolvía a Lera a la mesa.

Kaoran cerró el último punto y dejó el drenaje. La pierna conservaba calor debajo de la rodilla. El pulso del tobillo era débil, pero estable.

—Ha perdido mucha sangre —dijo.

—Enna tiene que verla.

—La he enviado a la mina. Hay fiebre en la tercera galería.

—¿Cuánto tardará?

—Hasta la noche.

Isolde cubrió a Lera con una manta. El vendaje del muslo ocupaba casi toda la pierna.

—Necesita caldo, agua y reposo. Si el pie se enfría, abrimos la venda.

Kaoran asintió.

—También necesitamos limpiar el sendero.

Había sangre sobre la silla, la montura y las piedras de la entrada.

Isolde tomó un cubo. La pierna izquierda se mantenía fuerte después de meses de trabajo, aunque las carreras seguían fuera de su alcance.

Bajó hasta el primer recodo y arrojó agua sobre las marcas.

Kaoran cubrió las huellas de Bruma con una rama de pino.

—¿Quién venía detrás? —preguntó Isolde.

—Dos recaudadores y cuatro guardias. El carro cayó en la cuesta del molino. Lera estaba debajo cuando llegué. Los hombres querían sacar las cajas antes que a ella.

—¿Te vieron traerla?

—Sí.

—Entonces subirán.

—Han requisado los dos caballos de Doven para sacar las cajas. Tendrán que venir a pie.

Isolde observó la ladera. El follaje del verano ocultaba la casa desde el camino bajo. También cerraba las líneas de visión alrededor del muro. Una patrulla podía llegar a diez pasos sin que nadie la viera.

—Movemos a Lera a la cámara del pozo —dijo.

—El descenso puede abrir la sutura.

—Dejamos la mesa arriba y retiramos las señales. Si llegan, dices que la llevaste con Enna. Mientras registren el camino a la mina, Lera queda aquí.

—La cámara está fría.

—Encenderé la veta del suelo lo justo para calentarla.

—Tu fuego puede reaccionar con la piedra.

—He practicado durante seis meses.

—Con la cámara vacía. Si la veta cambia, tendrás que sacar a Lera por esa escalera.

Isolde miró el acceso. Tendrían que inclinar la puerta que usarían como camilla; la pierna vendada quedaría más baja que el cuerpo. Ya imaginaba la sangre atravesando la tela.

—La cámara la ocultaría de ellos —dijo—. Nos cerraría a nosotros el paso.

Kaoran esperó mientras ella examinaba la otra escalera. Habían retirado el arcón del rellano semanas atrás. Dos personas podrían girar allí sin doblar la camilla.

—La llevamos a la habitación superior —dijo Kaoran—. La entrada del tejado permite sacarla al bosque si registran la casa.

—El calor se acumula arriba.

—Abriremos las contraventanas.

—Verán movimiento.

—Entonces colocamos la cama detrás del muro y cubrimos la ventana con tela oscura.

Isolde midió la escalera, la anchura de la mesa y el estado de la pierna vendada.

—De acuerdo.

Subieron a Lera sobre una puerta desmontada. El traslado costó tiempo, aunque el vendaje permaneció limpio. Isolde dejó agua, un cuchillo y una campana junto a la cama. Después bajó y recogió cualquier objeto que delatara a una paciente.

—¿Qué hacemos contigo? —preguntó Kaoran.

—Vivo aquí.

—La patrulla ya busca una mujer en esta ladera.

—Buscaba a una herida que salió de Cendral durante el invierno. Iria camina, trabaja y tiene una cicatriz que nadie verá.

—Podrían reconocerte.

Isolde se cubrió el cabello con un pañuelo, se ensució las mejillas con ceniza y cambió la camisa por una túnica de trabajo. Guardó el colgante bajo una tabla.

—También podrían encontrar dos tazas si desaparezco cada vez que llaman.

Kaoran tomó una jarra y la puso frente a ella.

—La mujer que vive aquí se encarga de la casa mientras yo atiendo a la comarca.

—Y toma decisiones cuando tú te equivocas.

—Eso quedará para una conversación posterior.

Los guardias llegaron cuando Isolde terminaba de fregar la sangre de la mesa.

Tres golpes contra la puerta.

Kaoran abrió. En el umbral había un sargento con casaca de Varek, dos soldados de frontera y un hombre gordo vestido con paño rojo. El último llevaba una cartera de cuero pegada al pecho.

—Habéis retirado a una deudora de una propiedad requisada —dijo el hombre.

—He retirado a una joven de debajo de un carro —respondió Kaoran.

—Lera Vos debe cuarenta y tres coronas por grano, vivienda y exención familiar.

Isolde colocó la jarra sobre la mesa.

—¿Exención de qué?

El recaudador la miró. Sus ojos recorrieron la ropa, el pañuelo y la mano izquierda, donde dos dedos permanecían algo rígidos.

—Servicio de su hermano.

—Oren tiene nueve años —dijo una voz débil desde arriba.

Kaoran cerró los ojos durante un instante.

El sargento levantó la cabeza.

—Está aquí.

—Sí —dijo Isolde—. Tiene una herida abierta en el muslo. Si subís con esas botas, limpiaréis el suelo después.

El recaudador dio un paso.

Isolde se interpuso.

—¿Quién eres?

—Iria Thennar.

Kaoran la miró de lado, pero sostuvo la mentira.

—Mi sobrina —dijo—. Llegó antes del deshielo.

—No constas en Nydel.

—Vengo de las aldeas del oeste.

—Todos los residentes deben registrarse.

—Lleváis meses ocupados contando carbón —dijo Isolde—. Pensé que terminaríais antes de llegar a las personas.

El sargento ocultó una sonrisa. El recaudador abrió la cartera y sacó una hoja.

—Lera Vos queda bajo custodia por deuda y destrucción de bienes del reino.

—El carro cayó por una rueda rota —dijo Kaoran.

—La carga estaba a su cargo.

—¿Quién ordenó que una menor condujera un carro en la cuesta?

El recaudador señaló el sello.

—La autoridad del regente me permite cobrar en trabajo, bienes o custodia. Apartaos.

Isolde había crecido viendo cómo un sello cambiaba el peso de una habitación. Los funcionarios lo alzaban antes de pronunciar una decisión y esperaban que todos miraran la marca en lugar de la mano que la sostenía.

—¿Cuánto vale un día de trabajo? —preguntó.