Ceniza sin nombre (Legado de Fuego 2) 4 #3
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Perdió dos platos y un haz de leña. La cesta de huevos fue idea suya: quería probar con una carga cuyo resultado le importara. Salvó siete usando el cuerpo como barrera. Mientras limpiaba el octavo, Kaoran le pasó el asa rota y una tira de cuero. Al día siguiente comprobaron primero la reparación.

El sexto día, él intentó desequilibrarla junto al pozo. Isolde dio un paso diagonal, descargó el peso sobre el pie derecho y dejó pasar la fuerza. Kaoran continuó hacia delante y tuvo que agarrarse al brocal.

—Una persona dentro del pozo habría dificultado el entrenamiento —dijo ella.

—Por eso he elegido el lado seco.

—Yo habría elegido el otro.

Kaoran marcó una línea nueva junto a la casa. Quedaba a cincuenta pasos.

La siguiente tarea consistió en atravesarla con un cuenco lleno hasta el borde.

Isolde derramó agua en el primer paso porque vigilaba el pie.

En el segundo intento miró el cuenco y tropezó con una piedra.

En el tercero fijó la vista en un punto delante, dejó que el cuerpo encontrara el terreno y perdió unas gotas al llegar.

Kaoran bebió del cuenco y colocó seis piedras irregulares a lo largo del recorrido.

Isolde tardó cuatro intentos en comprender que podía rodearlas. Había asumido que debía pisar entre ellas porque Kaoran las había puesto allí. Él no había dado esa instrucción.

—Has usado mis expectativas —dijo.

—Tú las trajiste.

—Un enemigo hará lo mismo.

—También un aliado, si confías más en el hábito que en sus palabras.

Aquella noche, Isolde escribió la frase junto a la copia de la orden minera. Había llenado doce hojas con nombres, cantidades y preguntas. La escritura de la mano derecha seguía firme. Para entrenar la izquierda, trazaba círculos torpes en los márgenes. Kaoran no le pidió ver las páginas.

La respiración ocupaba la primera hora de cada mañana.

Kaoran ató una banda de tela alrededor de las costillas y le pidió que empujara contra ella sin levantar los hombros.

La cicatriz había enseñado al cuerpo a proteger un lado.

Isolde llenaba el pulmón derecho y dejaba el izquierdo a medias.

Cuando intentaba correr, el desequilibrio aparecía antes que el cansancio.

—Lleva el aire hacia la espalda —dijo él.

—Los pulmones carecen de puertas.

—El cuerpo entiende imágenes aunque la heredera prefiera discutir con ellas.

—Iria también discute.

—Entonces ambas van a pasar la mañana aquí.

Isolde apoyó las manos sobre las costillas. Al inspirar despacio, sintió cómo la parte posterior se ampliaba. La cicatriz tiró. Mantuvo el aire un tiempo y lo soltó sin encorvarse.

—Otra —dijo Kaoran.

Después de veinte respiraciones, el dolor se extendió hacia el hombro. Isolde pidió una pausa. Kaoran aflojó la banda y se quedó donde ella pudiera verlo. El día anterior había logrado llenar ambos lados; aquella mañana el pecho se cerraba al pasar de la mitad.

Esperaba sentir una mano sobre la cicatriz. Miró las de Kaoran, ocupadas en doblar la tela, y dejó los pies apoyados contra el suelo. Tras descansar consiguió tres inspiraciones completas. Guardó ese resultado junto al de ayer, sin tachar ninguno.

En la segunda semana, Kaoran le pidió que recorriera la línea de cincuenta pasos mientras contaba la respiración. Isolde llegó con el cuenco medio lleno. Al día siguiente llevó una olla. Después transportó un carbón encendido sobre una pala.

Una ráfaga llevó una chispa hasta la correa de la mano izquierda. Isolde llamó al Núcleo para contenerla. El fuego respondió con una oleada que ennegreció el cuero. Kaoran hundió el guante en el barro y le pidió que mirara la hierba mojada a sus pies: habría podido dejar caer la pala allí.

Isolde reparó la correa antes de repetir. Cuando volvió a cambiar el viento, apoyó la pala en el suelo y esperó a que pasara la ráfaga. Llegó a la línea con la brasa encendida y el guante entero.

Kaoran añadió pendientes, ramas bajas y sacos de distinto peso. Algunos días, Isolde avanzaba. Otros terminaban después de diez pasos porque la rodilla se inflamaba o la cicatriz limitaba el aire. Cumplió la condición de decirlo antes de caer. Cada confesión le costaba más que el dolor.

—Hoy el pie apenas siente —dijo una mañana.

Kaoran guardó el saco pesado y la llevó al arroyo para trabajar los dedos en agua fría.

—La costilla arde —admitió otra.

Él sustituyó la marcha por ejercicios sentados y revisó la cicatriz.

Algunas pausas le permitían estudiar las órdenes o reparar equipo.

Otras pasaban enteras junto a la ventana.

Oía a Kaoran trabajar fuera y buscaba tareas hasta que la fatiga le impedía sostener el pensamiento.

Aprendió a dejar el cuaderno cerrado en esas tardes.

A la mañana siguiente podía leer lo que había escrito.

La despertó cuando el cielo seguía negro. Había colocado tres lámparas en la ladera: una junto al pozo, otra en el roble partido y otra cerca de la cavidad del arroyo. La última quedaba a más de quinientos pasos.

—Vas a traerlas —dijo.

Isolde se puso el zapato de Doven y tomó el bastón.

—¿Con ayuda?

—La que decidas preparar.

Ató una cuerda corta al cinturón, guardó agua y envolvió la rodilla. Kaoran la siguió a diez pasos. Llevaba una manta y una pala. No ofreció el brazo.

El terreno hasta el pozo era casi llano. Isolde recogió la primera lámpara y continuó. Después del muro, el sendero bajaba hacia el bosque. El barro cedía bajo el pie izquierdo y obligaba al tobillo a corregir cada apoyo.

Se detuvo antes de que la rodilla temblara.

Tres al tomar aire.

Uno quieta.

Cinco al soltarlo.

El ritmo que usaba para contener el fuego servía también para medir el cuerpo. Continuó hasta el roble. Había tardado el doble que una persona sana. La segunda lámpara seguía encendida.

—Puedo volver —dijo Kaoran.

—Lo sé.

Isolde bebió y descendió hacia el arroyo.

La nieve derretida había cubierto parte del paso. El agua le llegaba a los tobillos y empujaba desde la izquierda, el lado débil. Colocó el bastón aguas arriba. El primer paso resistió. El segundo hundió el zapato entre piedras.

La corriente tiró.

Isolde liberó el pie antes de que la pierna girara. Buscó otro apoyo con el bastón y cruzó de lado. Cada movimiento pagaba una necesidad: equilibrio, avance, protección de la rodilla. El miedo a caer intentaba cobrarlo todo a la vez.

Alcanzó la otra orilla.

La cavidad quedaba veinte pasos más arriba. Cuando tomó la tercera lámpara, el amanecer había encendido las cumbres.

Kaoran se sentó sobre una roca.

—Ahora hay que volver —dijo.

Isolde miró el camino recorrido. El cuerpo entero temblaba. La herida ardía bajo la cicatriz y el pie izquierdo había perdido sensibilidad dentro del zapato mojado.

—Lo sé.

Guardó dos lámparas en la bolsa. Llevó la tercera en la mano izquierda, sujeta con una correa alrededor de los dedos.

La llama permaneció encendida hasta la casa.

Isolde dejó las tres lámparas sobre la mesa y descubrió que ya no podía desatar la correa de la mano. Los dedos estaban hinchados. El pie izquierdo había perdido el color bajo el zapato húmedo y una ampolla se extendía desde el talón hasta el arco.

Kaoran puso agua a calentar.

—He terminado el recorrido —dijo ella.

—La recuperación forma parte del recorrido.

—Puedo ocuparme.

—Entonces empieza por quitarte el zapato antes de que haya que cortarlo.

Isolde se sentó en el umbral. La primera correa cedió. La segunda tenía barro dentro de la hebilla. Los dedos de la mano izquierda no pudieron sujetarla. Probó con la derecha, pero el ángulo tiraba del costado.

Kaoran se arrodilló a una distancia prudente.

—Puedo abrirla —dijo.

Isolde siguió luchando con la hebilla.

La piel del tobillo adquiría un tono azulado. Había llevado tres lámparas desde la cavidad y cruzado el arroyo dos veces. Quedar atrapada por una tira de cuero le pareció una humillación desproporcionada.

—Ábrela —dijo.

Kaoran usó la punta de un clavo para sacar el barro. El zapato cayó al suelo. Isolde apoyó el pie sobre una manta y dejó que él comprobara el pulso del tobillo.

—Volverá la sensibilidad —dijo—. La cuña ha presionado demasiado cuando el cuero se mojó.

—Doven puede cambiarla.

—Tú puedes marcar dónde molesta. Él hará el resto.

Kaoran llenó una palangana con agua tibia. Isolde metió el pie. El dolor regresó en forma de agujas. Se aferró al banco y respiró hasta que disminuyó.

—En el arroyo he sentido que la rodilla iba a fallar —dijo Isolde.

—Lo he visto. Cambiaste el apoyo antes de que cediera.

Kaoran soltó la correa de la mano. Limpió dos zonas enrojecidas y dejó la hebilla abierta sobre el banco.

—La cuña tendrá que secarse fuera del zapato. Marca dónde presiona para Doven.

Isolde pasó un dedo sano por el borde. Había logrado regresar con las tres lámparas y seguía necesitando aprender qué hacer con el cuerpo al terminar. Tomó el carbón que él le ofrecía y dibujó una línea sobre el cuero. Kaoran colocó las lámparas en el estante.

Isolde miró las lámparas. La última tenía barro en el asa.

—Mañana puedo recorrer la misma ruta.

Kaoran señaló el tobillo, visible bajo el agua.

—Mañana veremos cómo amanece. Propongo llegar hasta el pozo.

Isolde empezó a protestar. El pulso del pie interrumpió la frase.

—Hasta el pozo —aceptó.

Kaoran le entregó un cuenco de caldo. Ella lo sostuvo con ambas manos, bebió y comió el pan que había dejado preparado. Al terminar, el cuerpo seguía cansado, aunque el temblor de la pierna había cedido.

Subió a la habitación sin bastón. Kaoran se mantuvo detrás por si caía. Isolde apoyó todo el pie izquierdo en cada peldaño, trasladó el peso y dejó salir el aire. La escalera tenía ocho pasos.

Llegó arriba con fuerzas para volver la cabeza.

—Mañana tendrás que ayudarme a mover el arcón del rellano —dijo.

—¿Adónde quieres llevarlo?

—A mi habitación. Si traes otro herido, habrá que poder pasar con él.

Kaoran miró el espacio entre el mueble y la barandilla.

—Después del pozo.

Isolde asintió y dejó la puerta de su habitación entornada.