4 #2
—¿De verdad crees que puedes ocultarla aquí? —preguntó a Kaoran.
—Está presente en la conversación.
—Lo sé. Por eso hablo para que me oiga.
Isolde se volvió.
—Puedes dirigirte a mí.
—Bien. ¿De verdad crees que puedes ocultarte aquí?
—Durante el tiempo necesario.
—Los hombres de Varek han tomado una planta de la mina. Registran el carbón y las vetas rojas. Doven dice que traerán máquinas cuando pase el barro. Habrá más soldados en el camino.
—¿Qué buscan?
—Piedra de confluencia. Dicen que reforzará los puentes de Cendral.
Isolde miró las vetas de la casa. Algunos días respondían con un calor que le recordaba a Ydrael; al volver a tocarlas encontraba piedra quieta. Desconocía cuánto llegaba del dragón y cuánto persistía en la red rota de Cendral. Las nuevas extracciones podían cambiar ambas cosas.
—Necesito ver las órdenes —dijo.
—Están en la oficina de la mina.
—Puedo llegar a Nydel.
Kaoran negó con la cabeza.
—Puedo —repitió Isolde.
—Has recorrido treinta pasos con un zapato nuevo.
—Entonces enséñame a recorrer más.
Enna recogió su cesta.
—Teren llevará una copia si consigue entrar en la oficina. Le gusta fingir heridas y nadie vigila a un hombre que se queja tanto.
—Ponlo en contacto conmigo —dijo Isolde.
—¿Con Iria?
Isolde tardó un momento.
—Con Iria.
Enna bajó hacia el roble. Kaoran esperó hasta que la mujer desapareció antes de guardar las hierbas.
—Has dado una orden —dijo.
—He pedido información.
—A una persona que arriesga el trabajo y la libertad.
—Enna puede negarse.
—¿Se lo has recordado?
Isolde bajó la vista hacia el zapato.
—Sabe que puede hacerlo.
—En Caleryon, quizá. Aquí ha visto tu colgante y conoce tu nombre. Para ella sigues siendo la heredera, incluso escondida bajo el nombre de Iria.
—Enna sabe discutir conmigo.
—También sabe lo que significaba tu apellido. Pregúntale si Teren conoce el riesgo antes de enviar a buscarlo.
Isolde golpeó la mesa con la palma.
—Darian me pedía que confiara en las decisiones que tomaba por mí. Vas a tener que soportar que pregunte por las mías.
Kaoran se apartó del umbral. El camino quedó a la vista entre ambos.
—Puedes bajar a hablar con ella. Lleva el bastón. Si prefieres esperar, volverá dentro de dos días.
La libertad de escoger una de aquellas dos cosas pequeñas la enfureció por un instante. Quería llegar hasta la oficina de la mina y exigir las órdenes. Quería hacerlo con una pierna que sostuviera la cólera hasta la vuelta.
—A veces aún espero que me explique por qué —dijo. Le salió más bajo de lo que pretendía—. Sé lo que decidió. Lo oí. Y sigo preparando preguntas para él.
Kaoran dejó el manojo de hierbas en el estante.
—Puedo escuchar esas preguntas.
Isolde negó despacio. Durante el invierno había contado los hechos de Cendral hasta quedarse sin voz. Lo que Darian le había pedido junto al estanque permanecía en un lugar al que todavía temía llevar a otra persona.
—Con Enna hablaré cuando vuelva —dijo—. Primero necesito saber qué puedo ofrecerle a Teren.
Kaoran se sentó al otro lado de la mesa. Esperó mientras ella tomaba un carbón y dibujaba la primera ruta.
Isolde miró la ladera. Había seguido quejas desde la ribera hasta los archivos con Aelyn; conocía el espacio donde un funcionario podía perder un nombre entre dos libros.
Antes disponía de escolta para volver a preguntar.
Teren regresaría a una galería cuyo capataz podía cambiarle el turno o tomar a su hermano.
Dibujó una salida adicional y dejó a su lado el coste del viaje.
—Doven hizo el zapato sin conocerme —dijo.
—Conoce a Enna. Confía en su juicio. Eso también tiene un coste.
—Pagaré las hoces.
—El metal cubre una parte.
Afilar la primera hoz le llevó toda la tarde. Sujetó el mango con la derecha y guio la piedra con la izquierda. Cuando los dedos fallaban, usaba una correa alrededor de la palma. La repetición dejó un surco doloroso en la base del pulgar.
Kaoran preparó la cena en silencio.
El trabajo había sido sencillo en Caleryon. Los armeros entregaban hojas listas y retiraban las melladas. Isolde conocía el sonido de una espada bien templada, pero nunca había tenido que sostener el ángulo de una herramienta durante cien pasadas.
Al terminar, probó el filo sobre una brizna de hierba seca. La hoja la cortó sin doblarla.
—Una —dijo.
Kaoran dejó un plato a su lado.
—Faltan seis.
—Sé contar.
—Las cucharas indicaban otra cosa hace unas semanas.
Isolde le lanzó la brizna. Kaoran la atrapó sobre el plato.
Dos días después, Teren subió con la primera orden robada.
El carbonero que había fingido cojera resultó ser un hombre delgado, de unos treinta años, con cabello oscuro y una facilidad inquietante para entrar en lugares ajenos. Llevaba el documento enrollado dentro de la manga y una mancha de tinta en la barbilla.
Isolde lo recibió en la cámara baja. Había guardado el colgante y se cubría el cabello con un pañuelo. Enna hizo las presentaciones.
—Iria necesita saber qué buscan —dijo.
—Iria me debe una puerta trasera —respondió Teren.
Isolde abrió el documento. El sello de Varek aparecía junto al del regente. La orden clasificaba la piedra extraída por color, temperatura y reacción ante una llama. Las vetas rojas debían viajar a un depósito de Arkhe. Las azules seguían una ruta reservada hacia Cendral.
—¿Qué significa la marca junto a las cantidades? —preguntó.
—Trabajadores asignados —dijo Teren—. Quieren doce por galería. Si una familia no puede pagar el impuesto, un adulto trabaja la deuda.
—¿Durante cuánto tiempo?
—El papel dice hasta cubrir la cantidad. La oficina fija el valor del día.
Isolde hizo el cálculo. Con los precios escritos, una deuda pequeña podía durar meses. Una familia sin grano pagaría con trabajo mientras los intereses crecían.
—¿Por qué has traído esto? —preguntó.
Teren miró a Enna.
—Mi hermano está en la tercera galería. Ayer le dijeron que debía dos estaciones por el techo que se cayó sobre su casa.
—Podrían encarcelarte si descubren la copia.
—Podrían llevarme a la mina si no hago nada.
—Puedo guardar el documento y buscar una forma de sacar la información. A cambio, os avisaré si sé de un registro o una redada. Mi capacidad termina ahí por ahora.
Teren observó el bastón apoyado junto a la pared.
—Enna dijo que ayudabas.
—Enna conoce lo que quiero hacer. Tú necesitas conocer lo que puedo hacer hoy.
El hombre se frotó la mancha de tinta y la extendió por la mejilla.
—Hoy basta con leer —dijo—. En la mina, la mitad firma con una cruz.
Isolde copió las cantidades, las rutas y los nombres. Después devolvió el original. Teren quemaría cualquier borrador que no pudiera esconder. Enna llevaría las cifras a Doven y a dos familias de confianza. Nadie usaría el nombre de Isolde.
Cuando ambos se marcharon, Kaoran permaneció junto a la puerta.
—Esta vez has preguntado —dijo.
—Ha elegido un riesgo que ya existía.
—Sí.
Isolde guardó su copia bajo una tabla del suelo.
—Quiero aprender el Kaor-Sai.
Kaoran cruzó los brazos.
—Ya has empezado.
—Quiero que seas mi maestro.
—Eso cambia lo que puedo exigirte.
—También cambia lo que puedo exigirte a ti.
—Dilo.
Isolde había pensado en los términos mientras afilaba las siete hoces.
—Explícame el riesgo y dame tiempo para decidir cuando lo haya. Quiero las noticias sobre Caleryon, Rheskan, Maelia y Ydrael en cuanto lleguen. Si dices que un ejercicio ha terminado, termina para los dos. Y si lo digo yo, sueltas el arma.
Kaoran miró su mano, cerrada alrededor del carbón.
—De acuerdo.
—Sin juramentos —añadió ella.
Kaoran asintió despacio.
—Mis condiciones: completarás las tareas aunque te aburran. Me dirás dónde duele antes de que el dolor te derribe. Repararás lo que dañes. Cada persona que participe conocerá el riesgo que podamos explicar. Cuando una decisión ponga otras vidas en peligro, tendrás que escuchar objeciones.
—¿Y si no estoy de acuerdo?
—Discutiremos.
—¿Y después?
—Elegirá quien pague el coste mayor.
Isolde extendió la mano derecha. Kaoran la miró.
—Repetiremos las condiciones cuando haga falta —dijo Isolde.
Kaoran estrechó su mano.
—Entonces mañana empiezas antes del amanecer.
—Ya empiezo antes del amanecer.
—Mañana tendrás una razón.
La razón fue aprender a caer.
Kaoran extendió tres sacos de paja sobre el terreno menos pedregoso. Isolde esperaba una carrera, una subida o una prueba de equilibrio. Él le indicó que se colocara de espaldas al barro.
—Dobla la rodilla derecha —dijo.
—Puedo hacerlo.
—Ahora deja que el cuerpo baje.
—Eso se llama sentarse.
—Si encuentras una silla durante una batalla, úsala.
Isolde descendió. Kaoran le pidió que metiera la barbilla, girara el hombro y rodara sobre la parte alta de la espalda. El primer intento terminó con el codo clavado en el suelo. El segundo golpeó la cadera. En el tercero, el pie izquierdo quedó atrapado debajo del cuerpo.
—Otra vez —dijo Kaoran.
—Ya sé caer. Lo he practicado durante meses.
—Sabes llegar al suelo. Quiero que puedas levantarte después.
Repitieron el movimiento hasta que la ropa absorbió el barro. Kaoran retiró un saco. Después quitó otro. Isolde aprendió a proteger la mano débil, a dejar salir el aire cuando el cuerpo golpeaba y a orientar la caída hacia el lado que soportaba mejor el impacto.
Al mediodía acordaron una serie en movimiento. Isolde empezó a caminar entre los sacos; Kaoran la empujó al pasar junto a él.
Isolde giró, tomó su muñeca y trató de arrastrarlo con ella. La pierna perdió el eje. Ambos cayeron. Kaoran quedó debajo, con la cara hundida en un saco.
—Has pagado una caída con dos —dijo él contra la paja.
—La tuya ha valido la pena.
—Eso también se entrena.
Durante cinco días, marcaron con una cuerda el espacio de práctica. Dentro, Kaoran podía desequilibrarla mientras llevaba cargas. Isolde aceptaba cada serie y podía detenerla levantando la mano derecha. Al cruzar la cuerda dejaban el ejercicio atrás.