Ceniza sin nombre (Legado de Fuego 2) 4
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El deshielo empezó con una gotera sobre la cama de Kaoran.

La primera noche colocó un cubo debajo. La segunda movió la cama. A la tercera, Isolde subió al tejado sin avisarle.

Habían pasado doce semanas desde Cendral.

La herida del costado había cerrado en una línea gruesa y violácea.

Podía rodear la casa con el bastón. Había llegado dos veces hasta la cavidad del arroyo y una hasta el roble partido.

Cada trayecto terminaba con Kaoran llevando de regreso la carga que ella había calculado mal.

La noche anterior lo oyó cambiar la cama de sitio.

Después oyó el cubo y su tos. Isolde permaneció despierta, contando las goteras.

Deseaba hacer algo que él encontrara terminado al levantarse.

La escalera llevaba tres días apoyada detrás del granero; había comprobado la distancia hasta el alero desde la ventana.

Con una cuerda y tiempo para descansar en cada peldaño, creyó que bastaría.

Apoyó la escalera contra el alero antes del amanecer. El suelo estaba helado y ofrecía una firmeza que desaparecería con el sol. Llevaba una cuerda atada a la cintura, una bolsa de clavos y un trozo de lona doblado bajo el brazo derecho.

El primer peldaño quedó bajo el pie sano.

Isolde tiró del cuerpo, llevó la pierna izquierda hasta el siguiente y esperó. El músculo del muslo tembló. El costado respondió con una presión sorda, soportable. Continuó.

En el sexto peldaño, la mano izquierda perdió el agarre.

Los dedos medio y anular se abrieron. Isolde cayó hacia atrás hasta que la cuerda de la cintura se tensó contra el poste. La escalera se separó de la pared y volvió a golpearla.

—La idea de la cuerda era buena —dijo Kaoran desde abajo.

Isolde miró sobre el hombro. Él estaba descalzo, con la camisa mal cerrada y una olla pequeña en la mano.

—Vuelve dentro.

—La olla tiene una opinión sobre el agua que cae del techo.

—La repararé.

—Ya veo.

Kaoran dejó la olla y sujetó la escalera. Isolde retomó el ascenso. Dos peldaños después, el temblor de la pierna subió hasta la cadera.

—Baja —dijo él.

—Quedan cuatro.

—Tu rodilla ha empezado a girar hacia dentro.

—Puedo corregirla.

—Corrígela bajando.

Isolde clavó el pie izquierdo sobre la madera. La rodilla obedeció durante un instante. Cuando trasladó el peso, la articulación cedió. El cuerpo golpeó la escalera. La bolsa de clavos cayó y las piezas se hundieron en la nieve.

Kaoran sostuvo la cuerda.

—No me levantes —dijo Isolde.

—No lo hago.

Ella recuperó el peldaño con el pie derecho. Bajó de espaldas, paso a paso, hasta tocar tierra. Kaoran soltó la escalera cuando tuvo ambos pies firmes.

Isolde desató la cuerda.

—Puedo reparar una gotera.

—Sí.

—Entonces, ¿por qué me haces bajar?

—Porque esta mañana el tejado no necesita tu vida.

Kaoran recogió un clavo de la nieve y se lo entregó.

—El Kaor-Sai empieza por mirar esto —dijo Kaoran. Señaló la rodilla, que seguía temblando—. Te quedaban cuatro peldaños de subida y diez de bajada. Habías gastado lo que necesitabas para ambos.

—Podías subir detrás de mí.

Él empujó apenas un larguero. La escalera se inclinó sobre el suelo blando.

Isolde guardó el clavo.

—Dijiste que hoy mediríamos mi fuerza.

—La estás midiendo desde que saliste de la cama. Falta que uses el resultado.

Miró hacia el tejado. La lona seguía bajo su brazo. Se la entregó antes de que Kaoran se la pidiera y sostuvo el pie de la escalera con la bota sana.

Kaoran subió al tejado. Tardó poco en encontrar la tablilla partida y asegurar la lona. Isolde permaneció debajo, localizando los clavos en la nieve. Cuando él bajó, ella había encontrado nueve de los diez.

—Falta uno —dijo.

—Lo buscarás cuando se derrita la nieve.

—Un caballo puede pisarlo.

—Bruma camina por el otro lado.

—Una persona puede pisarlo.

Kaoran le devolvió la bolsa.

—Entonces ya tienes una necesidad.

Pasaron una hora removiendo nieve hasta que Isolde vio un brillo junto a una piedra. Había dado más de doscientos pasos cortos, casi todos inclinada. La pierna ardía, pero seguía respondiendo. Encontrar el clavo le produjo una satisfacción que decidió ocultar.

Kaoran la vio sonreír de todos modos.

Aquella mañana cambió el entrenamiento.

Hasta entonces, Isolde había repetido ejercicios sobre una estera: levantar el talón, doblar la rodilla, cerrar cada dedo, sostener una taza, llenar los pulmones sin proteger la cicatriz.

El progreso podía medirse y odiarse en partes iguales.

Un dedo avanzaba el ancho de una uña. La pierna aguantaba cinco respiraciones más.

El dolor encontraba otra forma de esperar.

Kaoran guardó la estera.

—Trae agua —dijo.

Puso dos cubos vacíos junto a la puerta.

—El pozo está a veinte pasos.

—Veintidós desde aquí.

—Me alegra que hayas contado.

Isolde tomó un cubo con la mano derecha.

—Los dos.

—La izquierda no sostiene el asa.

—Busca otra forma.

Isolde pasó una cuerda por las asas y la apoyó sobre el hombro derecho. Los cubos quedaron a distinta altura y golpearon sus rodillas al caminar. Ajustó los nudos hasta equilibrarlos. En el tercer paso, la carga tiró de la cicatriz.

—¿Qué necesidad pagas con esa postura? —preguntó Kaoran.

—Llevar dos cubos.

—También estás protegiendo el costado y cargando todo el peso sobre una pierna.

—No puedo repartirlo.

—Puedes llevar menos agua.

Isolde lo miró.

—Has dicho los dos.

—He dicho que los trajeras. La cantidad pertenece a tu decisión.

Llenó el primer cubo hasta la mitad. Al levantarlo, el asa arrastró los dedos débiles y tuvo que dejarlo en tierra. Buscó en la bolsa de herramientas una tira de cuero, la pasó alrededor de la palma y volvió a probar. El peso descansaba ahora sobre la correa. Repartió el agua entre los dos cubos.

Regresó mirando el suelo por delante de los pies. El agua golpeaba las paredes de madera a cada paso. Al llegar quedaba bastante para el caldo y una franja oscura marcaba el camino que tendría que limpiar.

—Suficiente para el caldo —dijo Kaoran.

—Podría haber traído más.

—Mañana tendrás otra oportunidad.

Durante dos semanas llevaron el entrenamiento a las tareas de la casa.

Isolde aprendió a barrer girando desde la cadera y a colgar hierbas sin cargar todo el peso sobre una pierna.

Kaoran corregía lo que aumentaba el riesgo; ella debía encontrar el resto.

Al final de la primera semana llevó los dos cubos medio llenos hasta la puerta.

Al final de la segunda dejó el bastón junto al umbral para probar unos pasos.

El primer paso sin apoyo salió torcido. El pie izquierdo tocó el suelo por el borde externo y la cadera se desplazó. Isolde extendió los brazos para mantener el equilibrio.

—Otra vez —dijo Kaoran.

Ella regresó a la posición inicial.

—El talón primero —añadió él—. Deja que el peso avance por el centro.

—El centro no responde.

—Busca dónde responde hoy.

Isolde probó con el pie un poco abierto. La pierna aguantó. Dio el segundo paso y cayó sobre una rodilla.

El barro atravesó el pantalón.

Kaoran marcó una línea en la tierra con su bota.

—Dos.

—El primero apenas cuenta.

—Los dos cuentan. También la caída.

—¿Qué necesidad paga caer?

—Enseñarte dónde termina el movimiento.

Isolde se levantó con ayuda del bastón.

—Una lección cara.

—Las baratas suelen olvidarse.

Cada mañana, Kaoran movía la línea un poco más lejos. Isolde empezó a reconocer el instante anterior al fallo: una vibración bajo la rótula, un vacío junto a la cadera y una tensión en el tobillo. Si se detenía entonces, podía recuperar la postura. Cuando ignoraba la señal, caía.

Durante los primeros días ignoró muchas.

La piel de ambas rodillas se abrió. La muñeca derecha se inflamó por sostener el bastón. Enna llegó una tarde, vio los moratones y golpeó a Kaoran en la espinilla con la vara.

—Le dije que caminara —protestó él.

—También podías enseñarle a caer sobre hierba.

—La hierba está cubierta de barro.

—El barro tiene mejor carácter que las piedras.

Enna examinó la cicatriz. La zona inferior seguía dura y sensible. Le pidió a Isolde que levantara el brazo, girara el tronco y tosiera.

—La costilla ha unido —dijo—. Esa esquirla dejó trabajo dentro. El frío dolerá durante años.

—Puedo vivir con eso.

—Ya lo estás haciendo.

Enna abrió su cesta y sacó un paquete de tela.

—Hay otra cosa.

Dentro había un zapato izquierdo de cuero blando. La suela llevaba una cuña más alta en el interior y dos correas cruzadas sobre el tobillo.

—Doven lo hizo con mis indicaciones —explicó—. Mantendrá el pie recto mientras recuperas fuerza.

Isolde pasó el pulgar por las costuras. Enna acercó un taburete para examinarle el pie y esperó con las manos sobre las rodillas.

La noche junto al estanque regresaba con las hebillas y los dedos pacientes.

Darian había evitado el borde de su venda al ponerle el anillo.

Ella quiso llevarlo aunque quedara holgado.

Recordó la presión de su boca, la mano que había llevado hasta su rodilla y aquella certeza física de haber elegido bien.

El cuerpo todavía sabía encontrarla; la cicatriz tardaba menos en responder.

Isolde apoyó el talón sobre el taburete.

—Las correas las cerraré yo —dijo.

Enna acercó el zapato, dejando las hebillas a su alcance.

—¿Qué le has contado a Doven?

—Que una paciente pisa mal.

—¿Y él confecciona calzado para cualquiera?

—Le dije que la paciente pagaría.

—No tengo dinero.

—Puedes afilar herramientas. Doven tiene seis hoces que destrozan el grano.

Kaoran dejó una piedra de afilar sobre la mesa.

—La mano izquierda puede guiar el ángulo —dijo.

Isolde miró el zapato. Las correas permitirían ajustar la presión sin obligar a los dedos débiles a hacer un nudo. El trabajo de Doven llevaba horas. Aceptarlo ampliaba el círculo de personas que sostenían su secreto.

—Pagaré las seis —dijo.

—Siete —respondió Enna—. He traído la mía.

El zapato cambió su forma de caminar. Al principio, la cuña empujó la rodilla hacia un lugar doloroso. Después de varios intentos, el pie encontró una línea más estable. Isolde llegó hasta el muro sin bastón.

Enna observaba desde la puerta.