3 #4
—Si huyo hoy, mañana seguiremos huyendo. La pierna no cambiará porque el camino sea urgente.
—No.
—¿Cuánto tardaré en defenderme?
—Depende de lo que aceptes aprender.
—Dame una medida.
Kaoran miró la sutura, la mano izquierda y el bastón.
—Meses para moverte sin ayuda. Más para recuperar resistencia. Quizá la mano nunca vuelva a cerrar como antes. La espada que conoces puede dejar de servirte.
Isolde recibió cada frase sin apartar la mirada.
—¿Y el fuego?
—Podrías quemar Nydel esta noche. Dominar el lugar exacto donde se detiene llevará años.
—¿Cuántos?
—Los que necesites.
La respuesta habría sido insoportable unos días atrás. Ahora Isolde entendía que una cifra falsa podía matarla con la misma eficacia que un cuchillo.
Desdobló el decreto sobre la mesa. La esquina chamuscada dejó ceniza bajo la firma de Darian. Isolde alisó el papel con la mano sana y obligó a la otra a mantenerse abierta.
—Dejaremos que siga creyendo que morí.
Kaoran le acercó un peso para sujetar la esquina que se levantaba. Ella lo colocó sobre el sello.
—También Aelyn tendrá que creerlo —dijo Isolde.
Le costó pronunciar el nombre. Su amiga estaría buscando listas, abriendo puertas y soportando a los hombres que le explicaban por qué debía dejar de preguntar. Isolde apoyó el antebrazo en el borde antes de que la pierna empezara a temblar.
—Mientras llegar hasta ella pueda llevarles a su puerta —añadió—. Si encontramos una ruta segura, volveremos a hablarlo.
Kaoran asintió.
Isolde descubrió la firma y dobló el papel. Ocultar su supervivencia exigía dejar a quienes amaba con aquella noticia. Tendría que aceptar ese daño durante la recuperación y recordar por qué lo había elegido cada vez que le pidiera ayuda al hombre que acababa de subir la trampilla.
Kaoran fue hasta la pared y descolgó el mapa de la comarca. La lluvia había ondulado el pergamino durante años. Nydel ocupaba el centro, dibujado con siete casas cuando ya tenía más de cien. Dos trazos subían hacia la Sierra de Obsidiana y otro seguía el cauce hacia el este.
—Si nos quedamos, la casa necesita dejar de parecer habitada por dos personas —dijo.
—Ocultaremos mi cama.
—También tu ropa, el cuenco de más, las vendas y cada huella entre la puerta y el establo. Usarás la cámara cuando alguien cruce el muro.
Isolde estudió el mapa.
—Los soldados han visto que las huellas terminaban aquí. La próxima vez traerán perros o abrirán el suelo.
—Hay un acceso antiguo desde el pozo.
—Lo conocen si alguno ha servido en la frontera.
Kaoran señaló una línea desvaída al sur.
—La acequia desaparece bajo la ladera. El túnel llega hasta un aljibe seco detrás del granero.
—Eso da una salida. Necesitamos otra.
—El tejado del establo toca la roca. Desde allí se alcanza el pinar.
—Con mi pierna no.
Kaoran miró la distancia indicada.
—Podemos tender una cuerda.
—Una cuerda deja una dirección.
Isolde tomó un carbón y añadió dos marcas al mapa. Una seguía el muro oeste, donde las piedras formaban un ángulo muerto desde el sendero. La otra bajaba hacia el cauce.
—Si encuentran la salida del pozo, querrán que huya al bosque —dijo—. Coloca un rastro falso en esa dirección. Yo bajaré por el agua.
—El agua casi te mató hace once días.
—Por eso nadie esperará que la elija.
—Tampoco podrás mantenerte en pie dentro del cauce.
Isolde dejó el carbón.
—Todavía.
Kaoran recorrió con un dedo la ruta propuesta. Añadió un círculo en la unión de dos arroyos.
—Hay una cavidad aquí. Cabe una persona y queda por encima de las crecidas. Mañana guardaremos agua, mantas y comida.
—También una hoja.
—Una hoja corta.
—Una espada.
—Cuando puedas llegar hasta allí.
Isolde miró el bastón.
—He llegado al establo.
—Cayendo.
—He llegado.
Kaoran dobló el mapa.
Durante la hora siguiente desmontó la cama de Isolde y guardó sus piezas en la cámara superior, oculta detrás del arcón.
Preparó un jergón que podría enrollarse y bajar al hueco del pozo.
Entre ambos guardaron las prendas ensangrentadas en un arcón y repartieron las medicinas entre tres escondites.
Ella trabajó sentada. Anudó vendas con la mano derecha, clasificó comida y escribió una lista de señales en el reverso de un envoltorio.
Un golpe: persona en el muro.
Dos: patrulla en el sendero.
Tres: salida inmediata por el pozo.
Kaoran añadió cuatro.
—¿Qué significa? —preguntó Isolde.
—Que he preparado té.
—Eso no requiere una señal.
—Depende de la calidad del té.
Ella estuvo a punto de sonreír. Guardó el papel junto al decreto y comprobó que podía alcanzar el cuchillo desde la trampilla.
Kaoran recogió el travesaño de la silla rota. Isolde le pidió que lo dejara sobre el banco. Podría envolver la grieta con cuerda mientras él preparaba las provisiones; eligió la tarea porque era el daño que alcanzaba a reparar sentada.
—Mañana quiero probar el camino hasta el muro —dijo.
—Habrá que empezar antes. Los dos pasos entre el jergón y el banco, sin que yo sostenga tu peso.
Isolde miró aquel espacio. La lluvia golpeaba fuera y borraba el sendero que había intentado recorrer. Puso el bastón al alcance de la mano derecha.
Al amanecer empezaría allí.