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Isolde llevó la mano al esternón. Buscó el vínculo. Encontró una extensión fría, atravesada por pulsos que podían pertenecer a la distancia o a su propio corazón.
—Vive —dijo.
—Eso sentiste en el puente.
—Lo siento ahora.
La seguridad duró un instante. Después el vínculo volvió a cerrarse.
—Maelia —dijo Isolde.
—Ninguna noticia comprobada. Hablan de una mujer que huyó con soldados hacia el este. Nadie de los que escuché pudo darle un nombre.
Isolde buscó en el decreto alguna mención de Maelia. Varek la había mostrado dentro del núcleo, cautiva; el este del rumor quedaba lejos de las señales que conocían.
—Guarda quién lo cuenta. Tenemos que averiguar a quién vieron.
Kaoran señaló un nombre que había escrito en el borde del papel.
—Tengo que llegar a Caleryon.
—Has llegado hasta el establo y has abierto la herida.
—Aelyn está vigilada. Mi padre está en manos de Darian. Cada día que permanezco aquí les da tiempo.
—¿Tiempo para qué?
—Consolidar el Consejo. Cambiar la Guardia. Borrar a quienes estuvieron en Cendral. Preparar una coronación.
—Todo eso puede estar ocurriendo.
—Entonces entiendes la urgencia.
—Entiendo que llegar viva importa.
Isolde se puso de pie. Kaoran había dejado la silla al alcance. Ella la apartó y mantuvo el equilibrio con una mano sobre la mesa.
—Puedo viajar en un carro.
—Los soldados registran carros.
—Me oculto.
—Tienes fiebre baja al anochecer y necesitas que Enna retire los puntos. El camino hasta Caleryon requiere semanas en esta estación. Cada puesto lleva tu descripción.
Isolde volvió a la elección del Consejo. Las Casas habían jurado ante su padre; ahora respaldaban la regencia. La línea que declaraba a Ardan incapaz de ejercer la Corona la obligó a volver al sello.
—Tú puedes llevarme —dijo.
Kaoran sostuvo su mirada.
—Puedo cuidar de la herida y buscar una ruta. Necesitarás ayuda al llegar.
Isolde apartó el papel. Habían enumerado a las personas que amaba y todas quedaban fuera de su alcance.
Isolde lanzó la silla contra la pared.
El fuego apareció alrededor de su mano. La mesa recibió una onda de calor. La grasa de una lámpara empezó a hervir.
Kaoran apartó la lámpara del borde caliente. Después recogió el paño de la mesa y lo dejó junto a la mano encendida de Isolde.
—Tres —dijo.
—No cuentes.
—La casa es de piedra. El establo está lleno de paja.
—He dicho que pares.
—La decisión es tuya.
El resplandor alcanzó la muñeca. Isolde sintió cómo el Núcleo buscaba la herida, la rabia y la confluencia bajo el suelo. Podía dejarlo crecer. Podía convertir aquella casa en una señal visible desde Nydel.
Tomó aire.
Tres tiempos.
Uno.
Cinco.
El fuego disminuyó hasta desaparecer.
La pierna izquierda cedió de nuevo. Isolde alcanzó el banco junto al hogar y se sentó. La silla que había arrojado seguía de lado contra la pared; un travesaño se había partido.
—Odio que él esté sentado en mi lugar —dijo—. Que mi nombre le sirva.
Kaoran miró el decreto chamuscado.
—Tu muerte le sirve. Tu nombre todavía puede darte una ventaja si decides cuándo usarlo.
Isolde leyó otra vez la cláusula del luto. Cuarenta días. Darian había convertido su ausencia en una ceremonia con principio, final y sello. Después del duelo vendrían nuevos juramentos. La gente regresaría al trabajo. Los retratos llevarían crespones hasta que alguien ordenara retirarlos.
—Si aparezco ahora —dijo—, dirá que soy una impostora.
—O que el Hielo te ha corrompido. O que la herida te ha vuelto incapaz. Tiene el palacio, los pregoneros y la Guardia.
—También tengo testigos de Cendral.
—Si sobreviven y consigues encontrarlos.
—Rheskan puede demostrar quién soy.
—Cuando lo encuentres y cuando él decida presentarse ante una ciudad llena de piedra azul.
La posibilidad de llamar a Rheskan la dejó inmóvil. Isolde recordó su ala herida, el modo en que la red de Cendral tiraba de sus escamas y el grito que oyó antes de caer. Llamarlo hacia Caleryon podía entregarlo a la misma gente que retenía a Ydrael.
—No lo usaré —dijo.
Kaoran asintió.
Fuera, Bruma relinchó.
Kaoran apagó la lámpara con dos dedos. Isolde dobló el decreto y lo guardó dentro de la camisa. Ambos permanecieron quietos.
Un caballo avanzaba por el sendero.
Los cascos llegaron hasta la primera curva. Después se detuvieron. Una voz llamó desde el muro.
—¡Thennar!
Era el oficial del acueducto.
Kaoran retiró la caja de leña y apartó la mesa lo justo para dejar libre la trampilla. Isolde la había visto el primer día, cubierta por una alfombra. Bajaba a una cámara estrecha entre las raíces de la casa.
Ella negó con la cabeza.
—Si registran...
—La cámara descarga hacia el pozo. No aparece en el muro exterior.
—Puedo luchar.
Kaoran levantó el bastón manchado de barro.
Isolde apartó la alfombra.
La trampilla abrió un hueco oscuro. Bajó primero la pierna sana, apoyó el pie en una escala y sintió la herida tensarse. Kaoran sostuvo la puerta hasta que ella quedó dentro. Antes de cerrar, le entregó el cuchillo y un frasco de agua.
—Si oyes tres golpes, sales por el pozo —dijo.
—¿Y tú?
—Estaré ocupado explicando el tomillo.
La oscuridad se cerró.
Isolde oyó la puerta principal, botas sobre el suelo y muebles movidos. El oficial preguntó por una mujer herida. Kaoran respondió que había atendido a un carbonero en el bosque. Los soldados abrieron la alacena, subieron a la habitación y arrastraron la cama.
Una bota se detuvo encima de la trampilla.
El fuego despertó en la palma de Isolde.
Si la puerta se abría, tendría una oportunidad. El cuchillo podía alcanzar una garganta. La llama podía cegar al segundo hombre. Después tendría que subir la escala, cruzar la casa y llegar al bosque con una pierna que fallaba cada tres pasos.
Contó en silencio.
Tres.
Uno.
Cinco.
La bota se alejó.
—¿Qué hay bajo el suelo? —preguntó el oficial.
—Roca —dijo Kaoran—. Si queréis llevárosla, empezad por la esquina norte. Llevo años intentando nivelarla.
Alguien golpeó las tablas con la empuñadura de una espada. La trampilla resistió. Otro soldado llamó desde fuera: había encontrado huellas detrás del establo.
—Mías —dijo Kaoran—. La rodilla empeora con la lluvia.
—Una huella es pequeña.
—Mi dignidad también.
El oficial ordenó registrar el bosque. La puerta se cerró. Los caballos permanecieron cerca durante un tiempo que Isolde no pudo medir. La cámara olía a tierra y agua estancada. Una raíz gruesa cruzaba la pared. Al tocarla, sintió un pulso débil que avanzaba hacia la montaña.
Pensó en Ydrael. La raíz estaba tibia bajo los dedos, como las de Cendral, y el pulso llegaba a intervalos que no coincidían con el suyo. Se quedó esperando una imagen, una señal que pudiera distinguir del miedo.
—Estoy viva —susurró.
La vibración cambió y se perdió debajo del ruido de una bota. Isolde retiró la mano para ocultar el calor. Si aquello volvía, intentaría reconocer el intervalo antes de darle un significado.
Kaoran abrió la trampilla cuando el sol empezaba a bajar.
—Se han ido hacia el norte —dijo—. Volverán.
Ayudó a Isolde a salir. Ella aceptó su brazo hasta llegar al banco.
—Podemos abandonar la casa esta noche —dijo Kaoran—. Hay un refugio en las alturas. El frío será peor y Enna tardará más en llegar.
Isolde sacó el decreto. El papel estaba arrugado por el sudor.