3 #2
—Un teniente afirma que llevaba fuego en las manos. Otro asegura que Kaoran Thennar lo dejó colgado de un puente con los pantalones rotos.
—La caída de un hombre modifica sus detalles.
—También dicen que una criatura roja cruzó la montaña después del derrumbe.
Kaoran mantuvo quieto el rostro.
—¿Un dragón?
—El guardia que lo vio había bebido. Su compañero jura que las piedras azules se lo tragaron. Después llegó la orden de guardar silencio sobre bestias y confluencias. Cada taberna de Nydel habla de ello desde entonces.
Rheskan seguía cerca de Cendral al amanecer del rescate.
La respuesta que Isolde recibió en el puente confirmaba que podía alcanzar su vínculo, aunque la distancia o la piedra interrumpían el contacto.
El rumor añadía poco. También demostraba que los perseguidores conocían la supervivencia del dragón.
Fuera, el pregonero golpeó una vara contra las losas.
—Por orden del regente protector —anunció—, cada hogar declarará reservas, animales y personas en edad de servicio antes de la puesta de sol.
La plaza respondió con un silencio hostil.
Kaoran compró los clavos y la hebilla. Doven escondió un saco pequeño de harina entre dos rollos de cuero y se negó a cobrarlo. Antes de que Kaoran saliera, señaló la puerta trasera.
—Enna está en casa de Sira. El capitán fue a buscarla esta mañana.
—¿Por qué?
—Encontraron manchas en su delantal.
—Enna siempre lleva manchas.
—Esta vez alguien decidió contarlas.
Kaoran cruzó tres patios y entró en una calle paralela. La casa de Sira quedaba junto a la acequia, con un racimo de cebollas colgado de la ventana. Enna salió antes de que él llamara.
—Te han visto —dijo.
—También a ti.
—El capitán quería saber a quién atendí en la ladera. Le hablé de un carbonero con una pierna abierta.
—¿Existe?
—Ahora sí. He vendado a Teren para que cojee hasta mañana.
Kaoran le entregó la cinta roja.
—Deja las visitas.
—Aún tengo que retirar los puntos.
—Puedo hacerlo.
—Tú cosiste cinco y uno se abrió.
—Había una esquirla.
—También había prisa.
Enna abrió la puerta de Sira. Dentro, un hombre gemía con bastante entusiasmo para alguien cuya pierna estaba sana.
—Vendré dentro de tres noches —dijo ella—. Si dejas una cinta en el árbol, ocultaré el instrumental entre las raíces y volveré.
—La patrulla puede vigilarte.
—Que vigile. Tendrá que decidir si una vieja que sube con raíces merece doce soldados.
—Ya sabes la respuesta de esta gente.
—La sé. Por eso iré por el cauce.
Un toque de corneta sonó desde la plaza. Dos soldados entraron en la calle.
Kaoran se inclinó sobre el arriate de Sira y arrancó una rama de tomillo. Enna empezó a explicarle, con una voz lo bastante alta, cómo preparar una infusión para el dolor de rodilla.
—Kaoran Thennar —dijo uno de los soldados.
El hombre llevaba un vendaje alrededor de la frente. Kaoran lo reconoció como el oficial del acueducto. La caída había añadido un corte en la mejilla y una rigidez nueva al caminar.
—El tomillo sirve para muchas cosas —respondió Kaoran—. Ignoro si cura la mala educación.
El oficial puso la mano en la espada.
—Os buscamos por atacar a una patrulla del regente.
—Una patrulla me disparó mientras llevaba a una herida. Hubo barro. Todos aprendimos algo sobre las pendientes.
—¿Dónde está la mujer?
—Si la hubiese llevado a un lugar seguro, esta pregunta tendría poco valor.
El segundo soldado se colocó detrás. Kaoran calculó el ancho de la calle, la distancia hasta la acequia y el peso de la vara de Enna. Podía derribar al primero antes de que sacara la espada. El otro alcanzaría la corneta. Después llegarían los seis de la plaza y quienes registraban los graneros.
—El regente ofrece clemencia por cooperación —dijo el oficial.
—¿Clemencia por qué delito?
—Ocultar a una enemiga de la Corona.
—El pregonero acaba de anunciar que la heredera murió. Una muerta difícilmente amenaza a la Corona.
El oficial se acercó. Olía a ungüento y ropa mojada.
—No he dicho que fuera la heredera.
Kaoran señaló la hoja que el pregonero sostenía en la plaza.
—Lleváis todo el día diciendo quién murió. Quisiera entender a quién buscáis.
La mano del hombre se cerró sobre la empuñadura. Enna golpeó el suelo con su vara.
—Si vais a detenerlo, hacedlo lejos de mi puerta. Tengo un enfermo dentro y vuestra voz le está devolviendo la salud.
Teren dejó de gemir.
El segundo soldado soltó una risa. El oficial lo miró, y la tensión perdió un filo.
—Registraremos vuestra casa antes de anochecer —dijo a Kaoran.
—Llevad leña. La subida es fría.
Kaoran volvió a la plaza sin acelerar el paso. Compró sal, cambió un conejo por avena y montó a Bruma bajo la mirada de los guardias. Tomó el camino del norte, el que conducía lejos de su ladera. Sabía que lo seguirían.
Dos jinetes salieron de Nydel cuando él cruzaba el molino.
Kaoran avanzó durante una hora por el camino principal. En el vado de Vessa dejó que Bruma bebiera y observó el reflejo. Los hombres se habían detenido entre los árboles. Esperaban que él cometiera el error de mirar atrás.
Sacó del morral un hilo de cobre, lo ató al anillo de una vieja compuerta y abrió el cierre. El agua de la acequia inundó el carril inferior. Bruma cruzó por una senda de piedras que Kaoran había colocado años atrás. Las huellas desaparecieron bajo la corriente.
Al otro lado, tomó una ruta de cabras hacia el oeste. Los jinetes continuaron al norte. Aun así, tardó dos horas más en regresar. Dio una vuelta amplia, dejó a Bruma en el bosque y subió a pie.
La puerta de la casa estaba abierta.
El bastón de Isolde yacía en el barro.
Kaoran soltó el morral y corrió.
La encontró detrás del establo, junto a una piedra que marcaba el antiguo límite de la propiedad.
Había recorrido más de treinta pasos. Se apoyaba con ambas manos en el muro y tenía un pie dentro de un estribo bajo.
La montura descansaba sobre una valla. Bruma no estaba allí, pero Isolde había preparado otra brida con una cuerda.
—¿Qué haces?
Ella volvió la cabeza. La lluvia le había pegado el cabello a la cara.
—Te vi en el camino del norte.
—Me seguían.
—Pensé que te habían detenido.
Kaoran miró el estribo colgado de la valla.
—Tuve que alejarlos del sendero. Me retrasé en el vado.
—Vi que ibas hacia el norte.
—Tendría que haberte dicho qué haría si me seguían. Las rutas están marcadas, pero desde aquí parecían llevarme en otra dirección.
—No iba a esperar.
Isolde intentó sacar el pie del estribo. La pierna izquierda cedió. Kaoran llegó a tiempo de sujetarla por debajo de los brazos.
Ella lanzó un golpe con el codo.
—Suéltame.
Kaoran la apoyó contra el muro.
—Apóyate primero.
—Puedo llegar al bosque.
La sangre había atravesado la camisa bajo las costillas.
—Has abierto un punto.
Isolde miró el camino.
—¿Qué has sabido?
—Dentro.
—Dímelo.
—Los soldados registrarán la casa. Han salido de Nydel detrás de mí y creen que sigo al norte. Tenemos unas horas.
—Entonces prepara a Bruma.
—No puedes montar.
—Me atas.
—El movimiento terminará de abrir la sutura.
—No voy a quedarme cuando vengan.
Kaoran recogió el bastón. Isolde trató de avanzar hacia la casa. Alcanzó el primer poste. En el segundo paso, la rodilla tocó el barro. El cuerpo cayó después.
Kaoran se agachó, pero ella levantó una mano.
—Espera.
Isolde intentó ponerse en pie. Clavó el bastón, llevó el pie derecho delante y empujó. La pierna izquierda tembló sin elevarla. Probó otra vez. El dolor le cambió la respiración.
—Espera —repitió.
Kaoran esperó.
La lluvia cubrió el sonido que Isolde hizo cuando comprendió que el cuerpo no iba a obedecer. Permaneció de rodillas, con la frente inclinada y una mano hundida en barro negro.
—Ahora —dijo.
Kaoran la levantó.
Dentro de la casa, cambió la venda y aproximó el borde abierto con tiras de lino sujetas bajo un apósito. Isolde guardó silencio. La piel alrededor de la sutura seguía limpia. El esfuerzo le había costado sangre, pero la herida profunda permanecía estable.
Kaoran dejó el decreto sobre la mesa.
—Esto estaba en Nydel.
Isolde lo abrió.
Leyó el encabezado una vez. Sus ojos avanzaron más despacio por la narración de Cendral. Al llegar al nombre de Darian, la mano derecha se quedó quieta.
—Regente protector —dijo.
—Elegido por el Consejo de las Casas.
—Varek controla la defensa y las confluencias.
—También la reconstrucción.
—Mi padre está vivo.
—El decreto lo llama incapacitado. Nadie en Nydel sabe quién lo atiende ni quién puede verlo.
—¿Aelyn?
—El pregonero dijo que permanece en Caleryon bajo protección del palacio. Puede significar vigilancia.
—Lo significa.
* * *
Isolde buscó la firma y pasó el pulgar sobre la última curva. Darian separaba el apellido al cambiar de pluma; aquella mano había escrito también notas privadas en los márgenes de un mapa, donde solo ella iba a encontrarlas.
Acercó la hoja a la luz. Leyó la cláusula que pedía honrar su sacrificio y volvió a leerla, buscando una vacilación que el texto impreso era incapaz de devolverle. Habían elegido las palabras para que pudieran pronunciarlas en una plaza.
—¿Leyó esto un hombre de Darian?
—El pregonero. Había guardias de Varek junto a él.
—Lo habrá preparado su oficina.
Kaoran permaneció de pie al otro lado de la mesa.
Isolde conocía el camino de una orden hasta el sello; Darian se lo había explicado durante jornadas en que aún planeaban gobernar juntos.
Podía haber corregido aquella frase, obligado al escribano a dejarla abierta, enviado a los hombres a buscar entre las gargantas.
Él mismo había ordenado retirar la búsqueda cuando ella respiraba sobre la piedra.
—Ha firmado mi muerte —dijo.
El fuego prendió en una esquina del papel.
Isolde soltó la hoja. Kaoran la atrapó antes de que cayera sobre la mesa y apagó la llama entre dos paños. Una parte del sello quedó negra. La firma sobrevivió.
—Devuélvemelo.
Kaoran dejó el decreto frente a ella.
—¿Qué dijeron de Rheskan?
—Hay un rumor sobre un dragón rojo cerca de Cendral. Los oficiales han ordenado silencio. Nadie sabe si salió de la montaña.