3
El undécimo día, Kaoran encontró una cinta roja en el roble partido.
Había salido antes del alba para revisar los lazos del bosque.
Llevaba dos conejos en el morral y una rama de sauce bajo el brazo.
La cinta colgaba del nudo más bajo, protegida de la lluvia por una corteza levantada.
Enna había dado dos vueltas a la tela. El aviso significaba que los soldados preguntaban por él.
Kaoran observó el sendero.
La noche había dejado barro limpio entre los abedules. Vio las huellas de Enna, cortas y hundidas en el talón. Junto al muro aparecía la marca de una bota más ancha. El desconocido no había cruzado hacia la casa. Se quedó en el camino, quizá mientras ella fingía recoger ramas.
Kaoran cortó la cinta y la guardó en el bolsillo.
Regresó por la ladera alta. Desde allí podía vigilar el tejado, el establo y el tramo de bosque que descendía hacia Nydel. El humo salía recto de la chimenea. Bruma pastaba dentro del cercado. Ningún pájaro había abandonado las ramas próximas.
Entró por la puerta trasera.
Isolde estaba despierta. Se había recogido el cabello con una tira de venda y sostenía una cuchara en la mano izquierda. El pulgar y el índice mantenían el mango. Los otros dedos seguían rígidos. Frente a ella había un cuenco de gachas intacto.
—Once —dijo.
Kaoran dejó los conejos sobre la mesa.
—¿Once qué?
—Veces sin que se caiga.
La cuchara tembló. Isolde la apoyó en el borde antes de perderla.
—Doce cuando consigas llevarla a la boca.
—Podría usar la derecha.
—Podrías comer con la derecha y practicar después.
Isolde cambió de mano. Había recuperado color, aunque la piel seguía hundida bajo los pómulos. La fiebre cedió tres días atrás. La sutura ya no supuraba y Enna consideraba posible retirar los puntos al final de la semana. Cada mejora dejaba visible otra limitación.
—Has tardado —dijo Isolde.
—Había señales que leer.
Kaoran sacó la cinta del bolsillo y la dejó junto al cuenco antes de ir al banco exterior. Isolde apoyó la cuchara y extendió los dos dedos que podían agarrar el paño.
—Roja —dijo—. Preguntan por ti.
—Había una huella junto al aviso. Enna llegó al árbol con alguien cerca.
El banco crujió cuando Isolde intentó levantarse. Kaoran puso el bastón a su alcance.
—Tenemos que irnos.
Kaoran abrió el primer conejo con un corte limpio.
—¿Hasta dónde puedes caminar?
—No lo sé.
—Ayer llegaste desde la cama hasta la chimenea con mi brazo. Son nueve pasos.
—Hoy puedo hacer más.
—Entonces lo mediremos.
Isolde salió al umbral. Llevaba una camisa de Kaoran ajustada con un cinturón, pantalones doblados sobre los tobillos y una bota derecha. El pie izquierdo seguía hinchado, de modo que lo cubría con una envoltura de piel. La ropa aumentaba la impresión de fragilidad. La mirada hacía lo contrario.
—Quiero bajar a Nydel —dijo.
—No.
—Necesitamos saber qué buscan.
—Yo bajaré.
—Podrían detenerte.
—También podrían detenerte a ti. El segundo resultado les daría más motivos para celebrar.
Isolde apoyó la mano en el marco.
—Llévame hasta el establo.
—Después de comer.
—Ahora.
—La urgencia no alimenta músculos.
Ella entró, tomó el cuenco y comió de pie. La primera cucharada cayó sobre la mesa. La segunda llegó a su boca. Kaoran terminó de limpiar los conejos mientras ella vaciaba las gachas.
Quince minutos después, Isolde estaba frente al umbral otra vez.
—Lista.
Kaoran le ofreció un bastón corto.
—Quiero tu brazo.
—El bastón no se distrae mirando el bosque.
—Tu brazo tampoco debería.
—El bastón está más cerca del suelo.
Isolde lo tomó con la derecha. Colocó el pie sano fuera de la casa, apoyó la madera y arrastró el izquierdo. La herida tiró bajo la venda. Se detuvo hasta que pudo respirar sin encorvarse.
El segundo paso salió mejor.
El tercero hundió la envoltura de piel en el barro. La pierna izquierda se dobló. Kaoran la sostuvo por el codo antes de que cayera.
Isolde se apartó.
—Puedo continuar.
—Eso espero. La silla queda detrás.
—El establo está delante.
—También Nydel, Caleryon y el borde del continente. Hoy medimos el sendero.
Isolde dio cuatro pasos más. El sudor apareció alrededor del cabello. En el octavo, el bastón resbaló. Kaoran colocó el pie para bloquearlo.
Ella llegó al poste del cercado.
Bruma levantó la cabeza. La yegua se acercó despacio, olió la mano de Isolde y le dio un empujón en el hombro.
—Te ha aceptado —dijo Kaoran.
—Ha intentado tirarme.
—Así demuestra afecto.
Isolde se apoyó en el poste. Desde allí se veía la primera curva del camino. Quedaba a unos cincuenta pasos.
—Ponle la montura.
—Hoy no.
—Si la patrulla sube, vamos a necesitarla.
—Bruma puede llevarte. El galope abriría la herida antes del primer recodo.
—El paso será suficiente.
Kaoran miró las rodillas temblorosas de Isolde.
—Vuelve a la casa.
—Ponle la montura.
—He dicho que bajaré a Nydel. Si después seguimos aquí, practicaremos cómo subir y bajar sin romperte el costado.
Isolde apretó el bastón.
—No me dejes a oscuras.
Isolde mantuvo los dedos alrededor del poste. Kaoran había visto cómo buscaba la hebilla de la montura al pronunciarlo. Le dejó el bastón apoyado en la madera y esperó a que lo tomara.
—Traeré las noticias que pueda comprobar —dijo—. Te diré quién cuenta las demás.
—Quiero los nombres de quienes firman.
—Los buscaré.
Ella levantó la vista hacia el sendero.
—Aelyn, mi padre, Maelia, Rheskan. Lo que sepan de ellos.
Kaoran asintió. Isolde miró las riendas que él llevaba en la mano y tardó en terminar.
—Y si hablan de Darian, también.
Era la primera vez que pedía información sobre él sin intentar convertirla de inmediato en una orden de marcha. Kaoran se guardó la cinta roja junto al dinero de las compras.
El regreso a la casa necesitó más tiempo. Isolde se sentó junto al hogar con el rostro blanco y el bastón sobre las rodillas. Kaoran le dejó agua, pan y el cuchillo. Revisó las alforjas preparadas, montó a Bruma y tomó el sendero bajo.
Nydel había vuelto a cambiar desde su última visita.
Dos estandartes negros colgaban de la torre del molino. Una franja roja cruzaba cada uno de esquina a esquina. El símbolo de duelo pertenecía a Caleryon, pero las autoridades locales lo habían cosido con paño de saco. Bajo la lluvia, las llamas bordadas parecían heridas abiertas.
Había seis soldados en la plaza. Tres vestían el uniforme de frontera. Los demás llevaban casacas nuevas, azul oscuro, y un círculo de metal blanco prendido al cuello. Kaoran había visto ese distintivo en Cendral. Marcaba a los hombres de Varek.
Ató a Bruma frente a la herrería.
La conversación en la plaza bajó de volumen.
Un carretero dejó de contar sacos. Dos mujeres que vendían nabos guardaron las monedas.
Nydel conocía a Kaoran como el viejo de la ladera, el hombre que arreglaba huesos cuando Enna estaba lejos y que compraba sal dos veces al mes.
Su ausencia reciente podía llamar la atención.
La sangre seca de su capa habría llamado más, por eso llevaba otra.
El herrero, Doven Ardel, salió al umbral.
—Llegas a tiempo para pagar por respirar —dijo.
—¿Han puesto precio al aire?
—Impuesto de reconstrucción. El puente sigue entero, la mina sigue abierta y la taberna ha perdido una ventana. Caleryon necesita reconstruirse de nuestra buena suerte.
Doven tenía una quemadura antigua en el lado derecho del cuello. Su hermana Ancia trabajaba en las minas profundas de la Sierra. Kaoran había reparado con él el techo del establo dos inviernos atrás.
—¿Cuándo llegaron? —preguntó.
—Anoche. Traían al pregonero, cuarenta hojas selladas y hambre para una compañía.
—Veo seis.
—Los otros registran graneros.
Uno de los hombres de Varek miró hacia la herrería. Kaoran apoyó un codo en el poste.
—¿Buscan a alguien?
Doven escupió en el barro.
—A una herida que salió de Cendral, a un ladrón de caballos y a cualquiera que tenga comida sin declarar. El capitán dice que las tres cosas podrían ser una sola persona.
—Eso ahorra trabajo.
—También preguntaron por ti.
—¿Qué les dijiste?
—Que te vi hace un mes y que estabas demasiado viejo para robar un caballo.
Bruma mordió el borde de la manta del herrero.
Doven la apartó.
—Tu yegua debilita mi testimonio.
Kaoran desató una bolsa de la montura.
—Necesito clavos, una hebilla y harina.
—La harina está requisada.
—Entonces necesito dos cosas.
Doven lo hizo entrar. La fragua apagada dejaba el taller más frío que la calle. Sobre una mesa había una hoja con sello negro. El papel había sido doblado y abierto tantas veces que empezaba a romperse por los bordes.
—El pregonero leyó esto al amanecer —dijo el herrero—. La copia de la plaza tiene soldados alrededor.
Kaoran se acercó.
El encabezado ordenaba cuarenta días de luto por la muerte de Isolde Valarys, heredera de Caleryon.
La narración oficial describía una defensa heroica de Cendral, una retirada rota por fuerzas del Hielo y una caída accidental durante el colapso de las galerías.
Ninguna línea mencionaba la emboscada de Darian, los hombres ejecutados en el desfiladero o la orden de abandonar el cuerpo.
El decreto continuaba con la incapacidad temporal del rey Ardan para ejercer la Corona debido al dolor y a una dolencia agravada.
El Consejo de las Casas había elegido a Darian Rhyne como regente protector.
Varek conservaba un título más largo: primer consejero para la defensa, las confluencias y la reconstrucción del reino.
Las últimas cláusulas creaban el impuesto, ampliaban el reclutamiento y permitían requisar metal, carbón, grano y animales en rutas estratégicas.
La firma de Darian ocupaba la parte inferior.
—¿Puedo llevármela? —preguntó Kaoran.
—Es de mi sobrino. La arrancó de una pared antes de que llegaran los soldados.
—La devolveré.
Doven negó con la cabeza.
—Que la lea quien deba leerla.
El herrero sabía que Kaoran había ido a Cendral. Desconocía el resto, aunque sus palabras dejaban espacio para demasiadas posibilidades.
Kaoran dobló el papel y lo guardó bajo la camisa.
—¿Qué más han dicho de la mujer? —preguntó.