2 #4
La pieza habría caído si la mano derecha no la sujetara a tiempo. El tirón alcanzó la herida. Isolde se quedó inmóvil hasta que el dolor perdió filo. Después llenó el cuenco con ambas manos, usando la izquierda como apoyo.
El agua sabía a humo.
Kaoran regresó con un cubo y lo dejó junto a las alforjas que había preparado en el establo. Al subir encontró la jarra fuera de sitio y a Isolde sentada en el borde de la cama.
La pierna izquierda temblaba. El pie derecho tocaba el suelo. La mano sana se aferraba al colchón. El esfuerzo había vaciado el color de su rostro.
—Has esperado a que me fuera —dijo Kaoran.
—Quería sentarme.
—Podías pedir ayuda.
—Podía hacerlo sola.
—Ya tienes la respuesta.
Isolde miró la distancia hasta la ventana. Parecía corta desde la cama. En aquel momento contenía una jornada completa.
Kaoran dejó el cubo y acercó una silla, sin tocarla.
—Tu cuerpo ha pasado varios días peleando contra la infección. Los músculos han perdido fuerza. El pie izquierdo responde tarde. La mano necesita tiempo. Todo eso existe aunque decidas enfadarte.
—¿Cuándo caminaré?
—Primero te pondrás en pie.
—¿Cuándo?
—Cuando puedas sentarte diez respiraciones sin abrir la herida.
Isolde contó. En la sexta, una gota de sudor cayó desde su barbilla. En la octava se venció hacia un lado. Kaoran sujetó la silla y ella apoyó el antebrazo en el respaldo para descargar el costado.
—Ocho —dijo.
—Mañana serán más.
—Mañana serán diez.
Kaoran recogió el pan y lo dejó sobre la mesita.
—Come.
—Quiero preguntarte algo.
—Puedes preguntar.
—¿Conocías a mi padre?
Kaoran tardó en responder. La pausa contenía una elección.
—Conocí al rey Ardan antes de que llevara corona. Coincidimos en una campaña del norte.
—¿Por qué nunca te vi en la corte?
—Porque dejé de ir.
—¿Qué ocurrió?
—Esa respuesta necesita más de una tarde.
Isolde tomó un trozo de pan. Masticar exigía una atención absurda.
—¿Y mi nombre? —preguntó—. ¿Quién te lo dijo?
—Maelia habló de ti hace años. Después te vi en Cendral. Los guardias gritaban tu identidad mientras intentaban convertirla en una recompensa.
—Enna lo sabe.
—Enna sospecha.
—Es lo mismo cuando una persona tiene miedo.
—Ella ha elegido un riesgo. Tendrás que permitir que le pertenezca.
Isolde dejó el pan.
—No puedo confiar en alguien que acabo de conocer.
—No te lo he pedido.
—Tú esperas que confíe en ti.
—Espero que compruebes lo que hago.
La respuesta le recordó los fragmentos del colgante que Kaoran había guardado para ella, la puerta abierta y el cuenco que había llevado cuando lo llamó. Hechos pequeños. Isolde podía comprobarlos incluso allí, sentada con dificultad al borde de la cama.
—Fuera de esta casa soy Iria —dijo.
—De acuerdo.
—Enna no recibe ninguna otra información.
—De acuerdo.
—Si llegan guardias, me despiertas antes de decidir.
—Si hay tiempo.
Isolde frunció el ceño.
—Siempre hay tiempo.
Kaoran miró la ventana. Había dejado las alforjas sobre el banco del establo y desde allí solo se veía una de las hebillas.
—Si una patrulla cruza el muro mientras duermes, tendré que moverme deprisa. Puedo despertarte mientras preparo la salida.
Isolde calculó la distancia entre la cama y la escalera. Ella también había tenido que dar órdenes antes de que terminara una explicación. Lo insoportable era encontrarse ahora del lado de quienes esperaban.
—Empieza por despertarme —dijo.
—Lo haré —respondió Kaoran—. Enna puede dejar un aviso abajo. Te explicaré las señales antes de que vuelva.
Isolde miró los dedos inmóviles de la mano izquierda.
—Entonces prométeme que me enseñarás a no depender de esa espera.
Kaoran apoyó los antebrazos sobre las rodillas.
—Aprender exige tiempo.
—Tengo tiempo. Todo el reino cree que estoy muerta.
La frase salió sin temblor. Al oírla, comprendió que podía ser cierta de una forma más amplia de lo que había imaginado.
Darian habría llevado un relato a Caleryon.
Aelyn habría recibido un decreto. Su padre tal vez habría escuchado el anuncio desde una cama custodiada.
Maelia quizá seguiría cautiva, sin saber qué había ocurrido en Cendral.
Cada hora de silencio añadía peso a la mentira.
El fuego despertó bajo el esternón.
Isolde tomó aire durante tres tiempos.
Lo sostuvo uno.
Dejó salir cinco.
La llama permaneció dentro.
—¿Qué nombre uso aquí? —preguntó Kaoran.
Isolde tocó los dos fragmentos del halcón. El deseo de guardarlos la avergonzaba todavía. Aquel regalo llevaba años de su vida y le costaría decidir qué hacer con ellos; esa tarde podía dejarlos dentro de la tela.
—Isolde —dijo—. Aquí sigo siendo Isolde.
Kaoran dejó el caldo sobre el banco y retiró la silla que estorbaba junto a la cama. Ella probó a sostener el cuenco con ambas manos. El asa resbaló un poco entre los dedos dañados, hasta que encontró una forma de apoyarla sobre la palma.
Desde la ventana vio a Enna detenerse junto al roble partido. La mujer sacó una cinta del bolsillo y se la mostró a Kaoran antes de seguir cuesta abajo.
Isolde dejó el cuenco sobre sus rodillas.
—Explícame los colores.