Ceniza sin nombre (Legado de Fuego 2) 2 #3
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Enna lavó la herida hasta que el líquido salió claro. Los nuevos puntos tiraron de piel inflamada. Isolde perdió la cuenta después del tercero. Al terminar, la mujer colocó un drenaje fino junto al borde y cubrió todo con vendas limpias.

—La próxima noche decidirá —dijo.

—¿Qué decide?

—Si conseguimos que la fiebre baje y la herida deje de supurar.

Isolde buscó a Kaoran. Él estaba lavando la pinza; levantó la vista al oírla.

—Quiero que alguien esté aquí cuando despierte.

Enna acercó una silla a la cama y recogió sus instrumentos. Antes de cerrar la cesta, desenvolvió el colgante con dos dedos.

—He visto este halcón en los estandartes de Caleryon.

Kaoran permaneció junto a la ventana. Isolde apoyó la mano sobre el cuchillo.

—También los hacen los plateros —dijo.

—Los plateros de Nydel trabajan peor los bordes.

La mujer volvió a cubrir la pieza.

—El pregonero dice que la heredera cayó en Cendral. Mi hija estuvo allí cuando los guardias llevaron la orden. Asegura que el río devolvió cadáveres durante dos días.

—¿Qué le vas a contar?

—Que Kaoran me hizo subir una ladera para atender a una desconocida incapaz de guardar reposo.

—¿Por qué?

Enna ajustó el cierre de la cesta.

—Mi hija trabaja en la mina. Varek ha enviado hombres para tasar cada veta y cada saco de carbón. Las personas que mandan desde Caleryon cuentan nuestras vidas como si fueran piezas de una balanza. No pienso regalarles otra.

Isolde quiso preguntar cuántos hombres habían llegado, qué órdenes llevaban y quién firmaba los registros. El sueño de la adormidera le cerró la mandíbula.

Enna se inclinó sobre ella.

—Si despiertas mañana, beberás el caldo que te prepare este terco. Si despiertas pasado mañana, te sentarás un poco. La semana próxima podrás odiarnos con más fuerza.

—Ya tengo suficiente.

—Eso dices porque aún no has probado su caldo.

La risa de Kaoran llegó desde la ventana.

Isolde se durmió mientras Enna bajaba la escalera.

Durante dos días, el tiempo se redujo a cuencos, vendas y respiraciones.

Kaoran despertaba a Isolde para hacerla beber. Enna regresó al amanecer y al anochecer, siempre por un sendero distinto. La fiebre subía con la oscuridad y cedía unas horas después del alba. Cada vez que el fuego aparecía bajo sus uñas, Kaoran se sentaba fuera del círculo y contaba.

Isolde empezó a contar antes que él.

Tres al entrar.

Uno quieta.

Cinco al salir.

El tercer amanecer, la sábana estaba seca.

Enna retiró el drenaje. La inflamación había bajado alrededor de la sutura. El color de la piel seguía preocupándola, pero permitió que Kaoran abriera toda la ventana.

El aire de la sierra entró con olor a pino y nieve lejana.

Isolde giró la cabeza hacia la luz. Desde la cama veía una ladera cubierta de hierba oscura, el borde del establo y una línea de montañas. No había torres. Tampoco estandartes. Un sendero bajaba entre dos muros de piedra y desaparecía en un bosque de abedules.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Enna.

Kaoran dejó de cortar pan.

Isolde observó el camino. En Caleryon, su nombre abría puertas y hacía callar habitaciones. En Cendral, había servido para firmar una condena. Bajo el agua, careció de utilidad.

—Iria —dijo.

Enna sostuvo su mirada.

—Ese nombre servirá en Nydel.

—¿Y aquí?

—Aquí puedes usar el que te permita dormir.

La mujer se marchó antes del mediodía. Kaoran la acompañó hasta el primer recodo.

Desde la ventana, Isolde los vio detenerse junto al muro de piedra. Enna apoyó la cesta en el suelo. Dijo algo que el viento deshizo. Kaoran respondió con la cabeza. La mujer insistió y señaló hacia la casa.

Isolde separó la manta.

Podía alcanzar el cuchillo, bajar la escalera y escuchar detrás de la puerta. El plan contenía una dificultad: las piernas seguían debajo de ella como si pertenecieran a otra persona. Aun así, pasó el pie derecho fuera de la cama.

Las voces llegaron con una ráfaga.

—...si es quien creo —decía Enna—, el decreto va a traer hombres hasta aquí.

—El decreto ya los trae —respondió Kaoran.

—Tengo familia en Nydel.

—Por eso te dije que podías negarte.

Enna miró el camino por el que había subido. La vara proyectaba una sombra recta sobre la hierba.

—¿Qué espera hacer?

—Sobrevivir a hoy.

—Los jóvenes siempre creen que eso es poco.

—A veces llena una jornada.

Enna levantó la cesta.

—Mañana dejaré las hierbas en el roble partido. Si veo uniformes, habrá una cinta amarilla en la rama baja. Una roja si preguntan por ti.

—No vuelvas a subir hasta que retiremos la señal.

—Te conozco desde antes de que tuvieras todas esas canas, Kaoran. Ahórrate el tono de mando.

La mujer siguió cuesta abajo. Kaoran permaneció junto al muro hasta que desapareció entre los abedules. Después dio una vuelta completa alrededor de la casa. Revisó las piedras, se agachó junto al pozo y tensó un hilo casi invisible entre dos estacas. La preparación tenía la calma de una costumbre.

Isolde recordó las correas, las vetas de confluencia y la espada corta que él colgaba al alcance de la mano. Aquella casa llevaba años esperando un peligro.

Kaoran entró en el establo. Bruma asomó la cabeza por la puerta y resopló cuando él le puso la montura. A continuación sacó dos alforjas y empezó a llenarlas con mantas, comida y frascos.

El mensaje era claro. Si aparecía una cinta, abandonarían el lugar.

Isolde pensó en la habitación donde él había dejado objetos recogidos a lo largo de una vida: una caja tallada sobre el armario, una espada larga cubierta con tela, tres libros junto al hogar, un vaso de barro reparado con grapas.

Kaoran estaba dispuesto a perderlos por una mujer encontrada bajo una montaña.

La deuda le produjo una incomodidad cercana al miedo.

Buscó la jarra de agua. Para llegar hasta ella necesitaba inclinarse. Probó primero con la mano izquierda. El pulgar y el índice atraparon el asa. Los otros dedos quedaron abiertos. La jarra se ladeó y una línea de agua cayó sobre el suelo.

Isolde insistió.

El asa resbaló.