Ceniza sin nombre (Legado de Fuego 2) 2 #2
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La respuesta llegó sin ofensa. Eso irritó a Isolde durante un momento y después la dejó cansada.

—¿Cuántos saben que estoy aquí?

—Yo.

—Los guardias me vieron.

—Vieron a una mujer envuelta en una capa. El oficial pudo verte la cara. Su puesto recibirá refuerzos al amanecer.

—Entonces tenemos que irnos.

—Tú no llegarías al establo.

—Puedes cargarme.

—Y dejar una ruta de sangre hasta la sierra.

Isolde cerró la mano izquierda. El pulgar y el índice respondieron. Los dedos medio y anular apenas doblaron la primera articulación; el meñique tembló al intentar seguirlos. Se concentró hasta que el esfuerzo le hizo doler el antebrazo. El resultado siguió siendo pobre.

Kaoran lo observó.

—El río pudo comprimir un nervio —dijo—. También puede venir del hombro o del cuello. Habrá que esperar a que baje la inflamación.

—Dame una espada.

—Mañana puedes pedir una montaña. Esta noche intenta sostener el cuenco.

Isolde lanzó el cuenco.

Kaoran se apartó. La pieza golpeó la pared y cayó sobre la cama sin romperse. Quedaron unas gotas en el fondo.

—La derecha funciona —dijo él.

Ella quiso insultarlo. La tos llegó primero. El dolor le cerró la garganta. Kaoran se acercó cuando empezó a ahogarse y apoyó una mano entre sus omóplatos. Isolde intentó apartarlo. El cuerpo no tuvo fuerza para ninguna de las dos cosas.

Cuando la crisis pasó, encontró la frente contra el hombro de él.

Kaoran la sostuvo hasta que pudo respirar. Después la dejó otra vez sobre la almohada y recogió el cuenco.

—Te traeré otro.

—No quiero otro.

—Tendrás sed dentro de un rato.

—Entonces lo pediré.

—Bien.

La respuesta la sorprendió. Kaoran bajó con el cuenco y no regresó.

Isolde permaneció despierta, esperando que subiera con agua, órdenes o alguna forma de compasión. Oyó cómo extendía una manta frente al hogar. Al cabo de unos minutos, la casa quedó en silencio.

La sed llegó antes de medianoche.

Esperó hasta que la lengua se le pegó al paladar. La herida ardía más. Podía gritar y despertar al hombre que le había prometido esperar. La palabra se formó varias veces detrás de sus dientes.

—Kaoran.

Él apareció en la escalera con el cuenco lleno. Debía de haber dormido vestido.

Isolde lo tomó con la mano derecha. Bebió en cuatro veces y evitó derramarlo.

—Gracias —dijo, tan bajo que pudo fingir que el crujido del fuego había cubierto la palabra.

Kaoran se llevó el cuenco sin comentar nada.

La fiebre empeoró al amanecer.

Isolde despertó dentro de la montaña.

Tenía los pies sobre piedra húmeda y las manos cubiertas de escamas negras. Frente a ella se abría una cavidad inmensa. Cadenas de luz azul bajaban desde el techo y rodeaban un cuello que nunca alcanzaba a ver entero. Cada eslabón pulsaba con una voz humana.

Uno repetía el nombre de su padre.

Otro pronunciaba el de Maelia.

El tercero llevaba la voz de Darian.

Un ojo se abrió bajo la roca. En el sueño, Isolde reconoció a Ydrael con la certeza que había perdido al despertar de Cendral. Alargó la mano hacia el cuello encerrado. Las voces de las cadenas se mezclaban y había una orden que siempre llegaba con el timbre de Darian.

Quiso preguntarle al dragón qué estaba viendo. La escena cambió antes de recibir respuesta: el ojo quedó lejos, la cavidad se estrechó y los dedos de Isolde se hundieron en un vendaje mojado.

Isolde avanzó hacia él. Las cadenas tiraron de sus dedos. Cuando intentó tocarlas, la luz azul entró por la herida de su costado.

La casa de Kaoran ardió.

Despertó sentada en la cama, con la manta en llamas y el aire deformado por el calor. Las contraventanas golpeaban contra la pared. El círculo de ceniza había desaparecido bajo una línea roja que corría hacia el suelo.

Kaoran estaba a su lado. Llevaba una camisa húmeda sobre la boca y sostenía ambos antebrazos de Isolde, lejos de la herida.

—Mírame.

Ella vio el techo negro de humo.

—Mírame, Isolde.

El uso de su nombre abrió una grieta en el delirio.

—Las cadenas.

—Estás en mi casa.

—Lo están vaciando.

—¿A Ydrael?

Isolde sintió la pregunta como una intromisión. El fuego creció alrededor de la cama.

Kaoran soltó su brazo derecho. Le mostró la piedra junto a la cama y deslizó hacia ella una tabla para que pudiera apoyar la mano sin inclinar el cuerpo.

—El suelo recibe calor. Ayer lo hiciste con la tierra húmeda.

Isolde miró el hueco entre la tabla y las losas. Había una veta roja, apenas visible a través del humo. Consiguió seguirla con la vista.

—La camisa —pidió.

Kaoran tomó la tela mojada. Isolde cerró el puño.

La llama se reunió en la palma. Kaoran envolvió la mano con la camisa mojada y la llevó despacio hacia la piedra del suelo. El calor descendió por las vetas rojas. La casa crujió. Una teja cayó fuera.

—Tres al entrar —dijo él—. Uno quieta. Cinco al salir.

Respiraron juntos.

El fuego tardó mucho en obedecer. Cuando la última llama murió en la manta, Isolde sintió un vacío helado bajo las costillas. Se desplomó hacia delante. Kaoran la recibió con el hombro y la tendió de lado.

La venda estaba oscura.

El quinto punto había cedido.

Kaoran apartó el paño y tocó la piel alrededor. Su expresión cambió.

—¿Qué ocurre?

—La infección ha avanzado.

—Ciérrala otra vez.

—Necesito limpiar dentro.

—Hazlo.

—Necesito a alguien que tenga mejor pulso que yo después de una noche sin dormir.

Isolde agarró su muñeca.

—Dijiste que nadie sabía que estaba aquí.

—Todavía.

—Se queda así.

—Si se queda así, no verás la próxima noche.

—No puedes llevar a nadie.

Kaoran miró la mano que lo sujetaba. Dos dedos colgaban sin fuerza.

—Conozco a una persona en Nydel. Sabe cerrar heridas y guardar silencio. Puedo traerla antes de que anochezca.

—¿Y si me reconoce?

—Decidirá qué hacer con lo que vea. No puedo ofrecerte control sobre su voluntad.

—Entonces no.

Kaoran puso el paño limpio sobre la venda y señaló la mancha que seguía creciendo.

—Enna sabe buscar una esquirla junto al hueso. Necesito sus manos.

Isolde miró el cuchillo de la silla. La puerta quedaba detrás de Kaoran. Si llegaba otra persona, tendría que permitir que cruzara aquel marco y se acercara mientras ella estaba indefensa.

—¿Qué le dirás de mí?

—Que encontré a una herida en Cendral.

—Conoce el decreto.

—Lo habrá oído. Puede sospechar cuando te vea.

Isolde tiró de su muñeca. El dolor le llenó la boca de saliva; tardó en poder hablar de nuevo.

—Si intenta marcharse, podrías cerrar la puerta.

Kaoran dejó de preparar los paños.

—Tiene familia en Nydel. Tendrá que decidir si sube y cuándo regresa.

Isolde apretó los dedos alrededor del colchón. Había pedido que la soltaran hacía unas horas. Ahora calculaba una cerradura para una desconocida cuya habilidad necesitaba. Miró la escalera hasta que el impulso perdió fuerza.

—Dile que tendrá que explicarme lo que vaya a hacer.

—Se lo diré.

—Y quiero verla antes de beber cualquier cosa que traiga.

Kaoran acercó el agua a la mano sana. Acordaron que volvería por el muro del establo y daría dos golpes en la puerta antes de entrar.

—Ve —dijo Isolde.

Kaoran tardó menos de lo prometido.

Regresó a media tarde con una mujer baja, de hombros anchos y cabello gris recogido bajo un pañuelo. Llevaba una cesta de mimbre en una mano y una vara en la otra. El barro de sus botas mostraba que había subido sin caballo.

—Enna Vael —dijo Kaoran desde la puerta—. Esta es la paciente.

—Ya veo que respira —respondió Enna—. Eso permite trabajar.

La mujer dejó la vara junto a la cama y apartó la manta quemada. Sus ojos eran oscuros, atentos y poco inclinados a pedir permiso con palabras. Isolde levantó el cuchillo antes de que tocara la venda.

Enna se detuvo.

—Quiero saber qué vas a hacer.

—Abrir dos puntos. Sacar la suciedad. Buscar metal con una pinza. Lavar con vino hervido y corteza. Volver a cerrar si la carne lo permite.

—¿Cuánto dolerá?

—Mucho.

—¿Qué puedes darme?

—Adormidera. Con esa fiebre, una dosis alta puede hacer que dejes de respirar. Puedo darte una pequeña y esperar a que haga efecto.

—¿Cuánto control conservaré?

Enna la miró con más cuidado. Sus ojos pasaron del cuchillo al colgante envuelto y regresaron al rostro de Isolde.

—Sabrás dónde estás. Quizá veas cosas que no están en la habitación.

—Ya las veo.

—Entonces reconocerás el camino.

Isolde bajó el arma.

—Hazlo.

Enna calentó agua, ordenó a Kaoran que limpiara la mesa y revisó las manos de Isolde mientras la infusión reposaba.

—Estos dos dedos reciben poco —dijo, apretando junto a la muñeca—. ¿Sientes esto?

—Presión.

—¿Dolor?

—Poco.

—El nervio está enfadado. Dale tiempo antes de declararlo muerto.

—Necesito usar una espada.

—Necesitas llegar viva a la semana próxima.

Kaoran ocultó algo parecido a una sonrisa mientras disponía los instrumentos.

—Si os entendéis tan bien, puedo bajar —dijo.

—Te quedas —respondieron ambas.

Enna le dio la infusión. Sabía a barro dulce y dejó la lengua dormida. Cuando abrió los puntos, Isolde sintió la primera incisión con precisión. La segunda llegó desde lejos. Kaoran apoyó una tabla junto a su mano derecha para que pudiera apretarla.

La pinza entró.

Isolde volvió al río.

El agua llenaba la habitación y hacía flotar el cabello de Enna. Kaoran tenía el rostro de su padre. La lámpara se convirtió en el ojo de Ydrael. Las voces de las cadenas repetían cifras, nombres de aldeas y cantidades de piedra azul.

—Aquí hay algo —dijo Enna desde una distancia imposible.

La pinza raspó una costilla.

Isolde mordió la tabla. El fuego salió de su mano y dejó una marca oscura en la madera.

Enna extrajo una pieza triangular del tamaño de una uña. La dejó caer en un cuenco. Sonó a metal.

—Punta de hoja —dijo Kaoran.

Isolde reconoció el brillo negro de la hoja de Varek. Él había hundido la daga bajo sus costillas; después Darian había apretado una venda contra aquella misma herida y le había atado las muñecas. El alivio y la sujeción volvían juntos cuando Enna movía el paño.

—Guárdala.

—Está cubierta de pus —dijo Enna.

—Límpiala y guárdala.

Kaoran asintió.