Ceniza sin nombre (Legado de Fuego 2) 2
4%

2

La aguja entró bajo la piel y la casa desapareció.

Isolde volvió al patio de Caleryon. Darian sostenía una espada de madera y fingía que la derrota le importaba menos que el barro en las botas. Ella tenía trece años. Aelyn se reía desde la escalinata; había gritado una advertencia que Isolde recordaba tarde, cuando el sol sobre las torres se apagó.

La mano del muchacho desapareció. Varek estaba delante, con la daga hundida bajo sus costillas. Isolde intentó apartarse y encontró los dedos de Darian cerrados en su muñeca. El borde del patio cedió hacia el río.

—Respira —dijo una voz áspera.

Isolde abrió los ojos. Vio vigas oscuras y una lámpara colgada de un gancho. Olió alcohol, raíz amarga y hierro caliente. El dolor llegó entero, con una claridad que le arrancó el aire.

Kaoran trabajaba a su izquierda. Había lavado la sangre del rostro y se había quitado la capa, pero llevaba barro seco hasta las rodillas. Sujetaba la aguja con una pinza corta. La herida permanecía abierta bajo sus manos.

—Has dicho que ibas a cerrarla.

—Estoy cumpliendo.

—Llevas una vida.

—Una parte breve de la mía. La tuya parece más larga desde este lado de la mesa.

Isolde quiso incorporarse. Una correa ancha cruzaba sus caderas. Otra mantenía firme el hombro derecho. La rabia prendió antes que el fuego.

—Suéltame.

Kaoran dejó la aguja sobre un paño limpio.

Kaoran dejó libres las dos hebillas. Isolde apartó la correa del hombro con el antebrazo derecho; la otra se le quedó bajo la cadera y tuvo que pedirle que tirara del extremo. Esperó hasta tener ambas a la vista, sobre el suelo.

—Te movías mientras estabas dormida —dijo él—. La aguja seguía dentro. Tendría que habértelo explicado al despertar.

Isolde miró la tira más ancha. Las marcas de la muñeca comenzaban a amarillear. Podía sentir todavía los dedos que le habían impedido alcanzar el tramo firme.

—Si vuelvo a moverme, paras.

—Pararé la aguja. Necesitaré mantener presión si sangras.

Ella buscó un lugar donde fijar la mirada y eligió la grieta de la lámpara.

—¿Cuántos faltan?

—Cuatro. Puede que el borde inferior necesite otro.

—Avísame antes del último.

La aguja regresó.

Isolde fijó la mirada en la lámpara. El cristal tenía una grieta que dividía la luz en dos. Contó los movimientos de Kaoran. Entrada. Presión. Tirón. Nudo. Cada punto arrastraba fuego a través de las costillas. Cuando llegó el cuarto, el borde inferior soltó una línea oscura.

Kaoran preparó otra hebra.

—Me dijiste cuatro —murmuró Isolde.

Kaoran le mostró la hebra nueva sin acercarla aún.

—El borde sigue sangrando. Este será el quinto.

Ella contó las ramificaciones de la grieta del cristal. La habitación tardó en quedarse quieta.

—Ahora —dijo.

El último nudo quedó cerca de la espalda. Kaoran limpió la herida y extendió una pasta fría alrededor de los bordes. Después cubrió el costado con una venda que daba dos vueltas por debajo del pecho.

—Hay una esquirla junto a la costilla —dijo—. Puede pertenecer al cuchillo o a la plataforma. No he podido sacarla sin abrir más.

—Sácala.

—Cuando baje la inflamación, si el cuerpo no la expulsa.

—Ahora.

—Ahora perderías más sangre.

Isolde giró la cabeza. Sobre una silla, a menos de un brazo de distancia, Kaoran había dejado el cuchillo de mango oscuro. La vaina estaba al lado. También había colocado el colgante roto sobre la mesa, limpio y envuelto en un cuadrado de tela.

La puerta de la habitación permanecía abierta.

Una escalera estrecha bajaba hacia una estancia con chimenea. Más allá, la puerta de la casa estaba entornada y dejaba entrar una franja de luz.

Kaoran siguió su mirada.

—Puedes irte cuando consigas mantenerte en pie.

—Puedo hacerlo.

—Entonces no tendrás que discutir conmigo.

Isolde apoyó el codo derecho. La habitación dio una vuelta. El estómago se contrajo y la piel de la frente se cubrió de sudor. Kaoran acercó una palangana, aunque evitó tocarla.

Ella vomitó agua y bilis.

Cuando terminó, la almohada parecía flotar bajo su cabeza.

Kaoran sostuvo la palangana hasta que cesaron las arcadas. Isolde alargó la mano hacia el paño y él se lo dejó en los dedos.

—Ahora quiero estar sola —dijo.

Él miró la puerta antes de recoger los instrumentos.

—Estaré abajo. Desde el hogar oigo la cama si intentas levantarte.

Kaoran recogió los paños manchados. Antes de bajar, llenó un cuenco con agua y lo dejó junto al cuchillo.

—Bebe poco cada vez. Si el temblor aumenta, llama.

—¿Y si no llamo?

—Subiré de todos modos.

La escalera crujió bajo sus pasos. Isolde escuchó cómo encendía el hogar, movía un banco y abría una alacena. Sonidos corrientes. La casa contenía una mesa, leña seca, una cama y un hombre que se ocupaba de tareas pequeñas mientras el reino la creía bajo el río.

Buscó el cordón del colgante. Kaoran había puesto dentro de la tela la pieza que llevaba en el cuello y otro fragmento, recogido entre las raíces. Isolde acercó los dos bordes: el ala del halcón se completó bajo su pulgar. Al aflojar la presión volvió a separarse.

Darian se lo había regalado a los diecisiete años, después de una discusión que terminó con ambos sentados en el suelo de la biblioteca.

Isolde recordaba el libro atravesado sobre sus rodillas y la mala excusa que él había dado para quedarse.

La familiaridad de aquel gesto la hizo esperar un ruido al otro lado de la cama.

La escalera permanecía vacía.

Había despertado junto a él muchas veces después, ya adulta.

Conocía su forma de tomar aire antes de hablar, la tibieza de la mano que buscaba la suya sin abrir los ojos.

El cuerpo esperaba esa proximidad y se tensaba al mismo tiempo.

Isolde apoyó el halcón sobre la tela porque empezaba a dolerle sostenerlo.

La mesa se inclinó. Darian apareció junto al muro de Cendral con sangre en la boca. Extendía la mano, exigiendo la daga. Isolde trató de llevarse la muñeca al pecho.

Al volver a ver la escalera, agarró el cuchillo.

La casa regresó. La hoja apuntaba hacia la escalera. El brazo derecho temblaba tanto que la punta dibujaba círculos.

Kaoran apareció abajo. Miró el arma y dejó sobre la mesa de la cocina el manojo de hierbas que llevaba.

—La puerta sigue abierta —dijo.

—Había alguien.

—He revisado el perímetro.

—Estaba aquí.

Kaoran subió dos peldaños. Se detuvo antes del tercero.

—¿Darian?

El nombre hizo que Isolde apretara el mango.

—No vuelvas a decirlo.

—De acuerdo.

—¿Quién te habló de él?

—Los hombres del barranco repetían su decreto. Tú dijiste su nombre cuando cambiamos la venda.

Isolde intentó reconstruir el camino desde la montaña. Encontró agua, raíces, el lomo de una yegua y una voz que pedía una cosa cada vez. Las imágenes carecían de bordes. Podían haber ocurrido o podían pertenecer a otra noche.

—¿Cuánto tiempo ha pasado?

—Llegamos después del mediodía. Falta una hora para que anochezca.

—¿Dónde estamos?

—En mi casa.

—Eso ya lo sé.

—Al oeste de Nydel. La ladera pertenece a las estribaciones de la Sierra de Obsidiana. El camino principal queda a medio día a pie para una persona sana.

—¿Hay guardias?

—Dos puestos entre nosotros y Cendral. Uno en la ruta de la mina y otro junto al puente de Nydel. He cerrado el paso del acueducto.

Isolde recordó la cuerda en llamas sobre el vacío. También recordó que Kaoran le había pedido un límite y ella lo había respetado.

Bajó el cuchillo.

—¿Por qué me ayudas?

—Porque te encontré viva.

—Eso no responde.

—Es la respuesta que tengo hoy.

Kaoran volvió a bajar. Poco después, el olor de las hierbas hirviendo llenó la habitación. Isolde bebió dos sorbos de agua. El tercero regresó a su boca con un sabor ácido. Respiró hasta que pudo tragarlo.

La noche llegó con frío.

Kaoran encendió un brasero junto a la cama y dejó la ventana abierta un dedo. La fiebre subió a pesar del aire. Las sábanas se pegaron a la piel. La herida latía al ritmo del corazón y el latido parecía empujar la esquirla más adentro.

—Necesito que bajes el fuego —dijo Kaoran.

Isolde vio entonces el resplandor rojo entre sus dedos.

La llama recorría la costura de la manta. El tejido se había tostado, aunque todavía no ardía. Kaoran sostenía una varilla de hierro sobre el brasero. Había trazado un círculo de ceniza alrededor de la cama.

—No lo estoy haciendo.

—Tu Núcleo sí.

—Apágalo tú.

—Puedo cortar el aire de la habitación. La fiebre empeoraría y respirarías humo. Quiero que lo cierres desde dentro.

Isolde buscó el lugar donde solía sentir el fuego. Durante años había sido una presión bajo el esternón, próxima y obediente. Ahora el calor se extendía por el costado herido, los hombros y la lengua. Cada parte de su cuerpo parecía contener una brasa distinta.

—No lo encuentro.

—Encuentra el aire.

—Sé respirar.

—En este momento lo haces como si estuvieras huyendo.

Kaoran se sentó en el suelo, fuera del círculo de ceniza. Apoyó ambas manos sobre las rodillas.

—Toma aire mientras cuento tres. Lo retienes uno. Lo dejas salir en cinco.

Isolde obedeció porque la manta empezaba a humear.

El primer intento acabó en tos. El segundo le clavó la venda en las costillas. En el tercero, consiguió vaciar los pulmones durante los cinco tiempos. La llama de los dedos perdió altura.

—Otra vez —dijo Kaoran.

Repitieron hasta que el resplandor quedó reducido a una línea bajo las uñas.

—¿Qué has hecho? —preguntó ella.

—Contar.

—Con mi fuego.

—Nada. Las piedras de esta casa descargan una parte hacia el suelo. El resto te pertenece.

Isolde miró la pared. Entre los bloques oscuros había vetas rojizas, semejantes a raíces detenidas. Reconoció roca de confluencia, aunque nunca la había visto usada en una vivienda.

—¿Construiste aquí por eso?

—La casa ya estaba cuando llegué. Añadí el círculo y aprendí dónde se agrieta.

—¿Cuántas personas has encerrado dentro?

Kaoran levantó la vista.

—A ninguna.

—Tienes correas preparadas.

—He sido soldado. También he cosido a mineros, cazadores y tres muchachos que creyeron buena idea beber antes de pelear con un jabalí. Las correas sirven para impedir que una aguja atraviese un órgano.