1 #4
—Entonces procura que un día pueda añadir el tuyo a la lista de vivos.
—Ya lo ha hecho.
La fiebre ganó terreno. Isolde empezó a hablar con personas ausentes. Pidió a Rheskan que mantuviera altura. Dio una orden a Morna sobre un puente. Repitió el nombre de Aelyn tres veces. Después discutió con Darian.
—Abre la puerta —dijo.
Kaoran humedeció un paño y se lo puso en la nuca.
—Ábrela tú —insistió Isolde.
—La puerta de mi casa abre hacia dentro. Tendrás que esperar.
Ella soltó una risa débil que terminó en tos.
Al mediodía llegaron a un paso desde el que se veía Nydel. El pueblo ocupaba una hondonada protegida; desde aquella altura distinguían una docena de tejados de piedra y el humo gris de las chimeneas. Más arriba, medio escondida por el bosque, se encontraba la vieja casa de guardianes.
Una columna blanca subía desde el camino oriental.
Guardia de Estabilidad.
Kaoran detuvo a Bruma detrás de una roca. Contó once jinetes y un carro. Los hombres llevaban hojas clavadas en postes. El viento acercó el pregón.
—Por decreto del Consejo de Emergencia —gritaba el heraldo—, la princesa Isolde Valarys ha muerto en defensa del reino. Darian Rhyne asume la regencia hasta el restablecimiento del rey Ardan y la elección de una sucesión estable.
Isolde abrió los ojos.
La fiebre desapareció de su mirada durante un instante.
—Darian es regente.
Kaoran sostuvo su cuerpo antes de que intentara bajar.
—Son once hombres —dijo—. Tendrías que acercarte a ellos sobre Bruma, con la herida abierta.
—Nydel debe saber la verdad.
—Nydel necesita llegar vivo al deshielo.
El heraldo continuó. Habló de orden, sacrificio y vigilancia.
Anunció un impuesto sobre el grano para reparar Cendral.
Cada familia entregaría una décima parte de la cosecha.
Los caminos quedarían sometidos a permisos nuevos.
Cualquier información sobre sobrevivientes, desertores o dragones debía comunicarse a la Guardia.
La mano de Isolde empezó a arder.
Kaoran cubrió los dedos con el paño húmedo.
—Mírame.
Ella mantuvo los ojos en el camino.
—Isolde.
El uso del nombre consiguió que se volviera.
—Ellos creen que he muerto.
—Sí.
—Aelyn estará sola.
—Estará haciendo algo que nos sorprendería a ambos.
—La conoces poco.
—He oído hablar de una mujer que abrió almacenes mientras los consejeros protegían llaves. Puedo calcular el resto.
La Guardia entró en Nydel. Algunas personas salieron a escuchar. Otras cerraron las puertas. El heraldo clavó una copia del decreto junto al pozo.
Kaoran esperó hasta que la columna siguió hacia el norte.
—Vamos a mi casa —dijo.
—Después iré a Caleryon.
—Después decidirás cuánto puedes caminar.
Isolde apretó los labios. La discusión terminó cuando perdió el conocimiento.
Kaoran llevó a Bruma por una ruta estrecha entre los árboles. La casa apareció al final de un claro: muros de piedra, techo de pizarra, un cobertizo bajo y una huerta castigada por el viento. En la puerta quedaba tallado el símbolo de los antiguos guardianes, un círculo abierto por tres líneas.
La Guardia podía reconocerlo.
Kaoran bajó de la yegua, sacó aceite del cobertizo y lo vertió sobre la madera tallada. Encendió una astilla.
El símbolo ardió.
Había conservado aquella marca desde que convirtió la casa en refugio.
Sus antiguos compañeros la buscaban al cruzar el claro: debajo del círculo siempre podían pedir agua, una cama o una noche de silencio.
Kaoran acercó la astilla al último trazo.
El humo le irritó los ojos y tuvo que apartarse para respirar.
Al acabar, movió tres piedras del muro junto al sendero. Quien conociera el lugar aún encontraría una entrada. Los hombres de Varek verían madera quemada y una reparación pendiente.
Cuando la madera quedó negra, abrió la puerta y llevó a Isolde al interior.
La habitación principal olía a hierbas secas, lana y ceniza fría. Kaoran encendió el hogar. Calentó agua. Puso sobre la mesa aguja, hilo, alcohol de grano y todas las vendas que tenía.
Isolde despertó al sentir el calor.
—¿Dónde estoy?
—En mi casa, sobre Nydel. Te llevaré arriba en cuanto prepare el agua.
Isolde miró la aguja.
—¿Vas a coserme?
—Tengo que revisar la herida. Sangra cada vez que te movemos.
La taza de agua con sal y miel quedó junto a su mano derecha. Kaoran se arrodilló para apartar las mantas húmedas de sus pies. Cuando alzó la vista, ella sostenía la taza contra el pecho sin beber.
—Darian mandará buscarme.
—He cerrado dos pasos. Nos han dado tiempo.
—¿Cuánto?
Kaoran miró la luz en el marco. Tendría que borrar las huellas de Bruma, vigilar la vereda y atender aquella herida con el hombro dolorido. Dejó la aguja sobre el paño.
—Esta tarde puedo estar aquí contigo.
Isolde tomó un sorbo. Después dejó la taza y acercó la mano al vendaje. El movimiento se detuvo antes de tocarlo.
—Dime lo que hagas antes de hacerlo.
Kaoran asintió y esperó a que ella apartara la camisa. Afuera se alejaba el pregón de la regencia. Isolde mantenía los ojos abiertos cuando él tomó la primera venda.
La sangre había atravesado también aquel paño.