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Kaoran condujo a Bruma hacia una grieta cubierta por helechos. El puente aparecía detrás: dos cuerdas gruesas tendidas sobre un corte de veinte metros, tablones separados y una tercera línea a la altura del pecho. El torrente del fondo bajaba blanco y golpeaba los pilares.
La reparación de la Hermandad parecía reciente. También parecía realizada por personas con una confianza excesiva en los nudos.
Kaoran probó la primera tabla.
—Bruma cruzará sola.
—¿Y yo?
—Conmigo.
Isolde miró el vacío.
—Prefiero el caballo.
—Bruma también prefiere ir sin ti. Por una vez existe acuerdo.
La bajó y volvió a sujetarla con la cuerda a su espalda. Después cubrió los ojos de la yegua con una tira de tela y pasó las riendas por un lazo holgado en la cuerda lateral.
—Camina —le dijo.
Bruma puso una pezuña sobre el primer tablón. La estructura se balanceó. El animal retrocedió y casi arrojó a Kaoran al borde.
—Ha decidido quedarse —dijo Isolde contra su hombro.
—Respeto muchas elecciones. Esta admite discusión.
Kaoran volvió a guiar a la yegua. Esta vez Bruma avanzó con pasos cortos. El puente crujió bajo su peso. Kaoran esperó a que hubiera superado el centro antes de entrar.
La cuerda se hundió.
El río quedó bajo ellos, rápido y lleno de ramas. Isolde respiraba junto al cuello de Kaoran. Cada balanceo apretaba la herida.
—Mira la pared —dijo él.
—Estoy mirando los nudos.
—Peor elección.
—El tercero está deshilachado.
Kaoran avanzó hasta quedar a unas tablas de la grupa de Bruma y siguió la dirección de la mirada de Isolde. Una unión de la cuerda lateral había perdido varias vueltas. Con la yegua cerca del extremo opuesto, el nudo soportaba una tensión creciente.
—Cuando llegue a la roca, tira de la rienda —dijo.
—La mano izquierda falla.
—Usa la derecha.
Kaoran liberó la mano de Isolde de la cuerda que la sujetaba y colocó los dedos sobre la rienda. Ella apretó. Bruma alcanzó la plataforma, pero la venda sobre los ojos se enganchó en un saliente. La yegua sacudió la cabeza.
El nudo lateral empezó a abrirse.
—Tira ahora.
Isolde obedeció. Bruma dio el último paso y salió del puente. La tela quedó atrás.
Kaoran avanzó.
Los exploradores aparecieron entre los helechos de la otra orilla.
Eran tres. El primero llevaba arco. El segundo levantaba una piedra azul. El tercero observó a Isolde sobre la espalda de Kaoran y gritó hacia el bosque.
—¡Está viva!
La flecha salió.
Isolde la vio antes que Kaoran.
Tiró de su hombro. Él giró y la punta cortó la manga en lugar de entrar por la espalda. El movimiento hizo oscilar el puente. Una tabla se soltó y desapareció en el torrente.
—Sigue —dijo ella.
Kaoran avanzó hacia las últimas tablas. La piedra azul emitió una línea sobre la cuerda principal. El frío cubrió las fibras y empezó a endurecerlas.
El soldado quería conservar el puente hasta cruzar. Kaoran conocía aquella decisión: perseguir primero, cerrar después.
—La unión junto a tu mano —dijo a Isolde—. ¿Puedes calentarla?
Ella vio la cuerda que sujetaba la estructura a la plataforma occidental.
—Caerá.
—Cuando nosotros salgamos.
—Ellos siguen encima.
—Aún permanecen en la orilla.
Kaoran dio dos pasos. El puente se inclinó. Isolde extendió la mano derecha. Una brasa apareció en la palma y tocó la cuerda sin prenderla. El calor entró despacio en las fibras.
—Más cerca del anclaje —indicó Kaoran.
—Lo veo.
Él saltó la última tabla y cayó de rodillas sobre la plataforma. La herida de Isolde golpeó contra su hombro. Ella perdió la concentración y la brasa se abrió en una llama.
La cuerda ardió.
El primer explorador pisó el puente. Kaoran liberó a Isolde, la dejó junto a Bruma y sacó el cuchillo.
—¡Atrás! —gritó al hombre.
El soldado continuó.
Kaoran cortó las últimas fibras.
La estructura se desprendió del anclaje occidental y giró hacia la pared contraria. El explorador se lanzó hacia su orilla y logró aferrarse a una raíz. Los tablones chocaron contra la roca. Ningún hombre cayó al río.
La ruta quedó cerrada.
Isolde miró la llama que todavía consumía el extremo de la cuerda.
—Podrías haberlo matado.
—También podía dejarlo colgado para que sus compañeros tuvieran trabajo.
—Has perdido el puente.
—La Hermandad me cobrará una cuerda.
—Y el camino de vuelta.
Kaoran apagó el fuego con tierra.
—Los caminos admiten direcciones nuevas.
Isolde observó a los soldados que ayudaban al explorador. Había obligado a cortar una ruta sin convertir al perseguidor en cadáver. La elección parecía desconcertarla.
—En Caleryon habrían defendido el puente —dijo.
—En Caleryon sobran hombres que opinan sobre puentes desde habitaciones secas.
Bruma se dejó montar después de una protesta. Kaoran aseguró a Isolde delante y retomó la marcha.
El esfuerzo de la llama había elevado la fiebre. Ella tiritaba pese a las mantas. Un rato después apoyó la cabeza contra el pecho de Kaoran.
—He visto a Rheskan —murmuró.
—¿Dónde?
—Dentro.
Isolde describió roca roja, un cielo estrecho y una garra apartando una piedra.
Se detuvo entre cada imagen para tomar aire.
Kaoran buscó movimiento sobre las cumbres; desde el camino solo veía ramas.
Ella insistió en que reconocía la impaciencia de Rheskan, aunque carecía de una dirección que seguir.
—Quiere buscarme —dijo.
—También sabe esconderse.
—Jamás ha sabido.
—Aprenderá si la alternativa implica ballestas azules.
Isolde guardó silencio. Su mano derecha trazó un movimiento pequeño, como si acariciara unas escamas ausentes.
—No vendrá —dijo.
Kaoran esperó.
—Le pedí que viviera con una elección que odiaba. Lo hará.
La respuesta contenía dolor y respeto. Kaoran recordó a Thalyon inclinando el cuello antes del último vuelo. Apartó aquel recuerdo antes de que decidiera el presente por él.
—Entonces ambos tenéis trabajo —dijo.
El bosque empezó a descender. Detrás quedaban el puente roto, tres perseguidores vivos y una ruta menos hacia Cendral. Delante, Nydel esperaba junto al humo de sus chimeneas.
El sendero ascendía hacia el oeste entre pinos y columnas de piedra. Kaoran evitó las rutas usadas por comerciantes. A cada cambio de terreno revisaba el vendaje. La sangre disminuyó, aunque el calor del cuerpo seguía subiendo.
Isolde permaneció despierta durante la primera hora. Observaba las marcas de los árboles, los perfiles de las montañas y cualquier humo en la distancia. Evaluaba los caminos mientras temblaba dentro de las mantas.
—¿Serviste a mi madre? —preguntó.
—La ayudé una vez.
—¿Dónde está?
—Al oeste de la Cicatriz, según el eco que vi en Cendral.
—Está viva.
—Eso parece.
—Darian dijo que...
Isolde se detuvo. Kaoran esperó la frase. Ella eligió guardarla.
—Aelyn contará los nombres —dijo al cabo.