1 #2
El primer silbido llegó desde abajo.
Kaoran se agachó. Una flecha chocó contra la roca y se partió. Dos guardias subían por la ruta del remanso; un tercero bordeaba el cauce con una piedra azul encendida.
—Thennar —gritó el oficial—. Entregad a la mujer.
Kaoran continuó hacia un grupo de pinos.
—Habéis atacado a soldados del regente.
—Entonces ya sabéis que las voces altas me impresionan poco.
Otra flecha pasó entre las ramas. Isolde se movió a su espalda.
—Bájame.
—Caminarás cuando el suelo deje de duplicarse ante tus ojos.
—Puedo luchar.
—Puedes sangrar con mucha determinación. Ya lo he comprobado.
La patrulla se acercaba. Kaoran buscó la piedra blanca que había dejado en el claro. La lluvia había corrido parte de la ceniza, pero la línea señalaba todavía una bajada lateral. Allí crecían arbustos bajos sobre una placa inclinada de basalto.
Parecía una pendiente estable.
Kaoran conocía la bolsa de agua que ocultaba.
Descendió tres pasos, se sujetó a un tronco y pateó una cuña de piedra. La placa cedió bajo los primeros guardias. Barro, ramas y agua almacenada bajaron de golpe por la ladera. Los hombres cayeron sin que ninguna roca grande los alcanzara.
El oficial de la piedra azul se mantuvo en pie. Alzó el artefacto y trazó una línea hacia Kaoran.
La marca ardió en el aire.
Isolde levantó la mano por encima del hombro de Kaoran.
Una llama roja tocó la línea azul.
Ambas fuerzas chocaron. El aire olió a metal y tormenta. Isolde soltó un grito. La fiebre convirtió el fuego en una llamarada abierta que prendió las ramas secas alrededor.
Kaoran giró para interponer su cuerpo y bajó la mano de ella.
—Respira.
—Tiene una piedra.
—La piedra espera que la alimentes.
El oficial avanzó. La luz azul creció con el fuego de Isolde.
Kaoran dejó a la joven detrás de un tronco y sacó la espada corta. El hombre sonrió al verlo acercarse con la hoja baja.
—El regente pagará por ella más de lo que ganaréis en toda vuestra vida.
—Llevo una vida bastante barata.
El guardia lanzó la línea azul. Kaoran dio un paso hacia el lado ciego, golpeó la muñeca y giró por debajo del brazo. La economía del movimiento había salvado su rodilla durante veinte años. El oficial perdió la piedra. Kaoran la atrapó con un trozo de capa antes de que tocara el suelo.
La envolvió y la arrojó a la bolsa de agua.
El artefacto estalló bajo el barro. Una luz azul recorrió la pendiente y se apagó.
Los dos guardias caídos intentaban ponerse en pie. Kaoran golpeó al oficial detrás de la oreja y recuperó a Isolde.
Ella seguía consciente. Miraba las llamas que se extendían entre los arbustos.
—He abierto el fuego —dijo.
Kaoran miró los arbustos. La llama alcanzaba ya una rama baja del pino y los dos guardias caídos habían logrado sentarse.
—¿Puedes llevarlo a la tierra mojada?
—La mano sigue ardiendo.
Le acercó un puñado de barro; Isolde volvió la palma hacia él. Lo dejó caer entre sus dedos y sostuvo la muñeca por debajo, con el fuego a pocos centímetros de su manga.
—Prueba con esta llama. La que tienes junto al pulgar.
Ella la miró. El aire le entraba corto y los hombros subían antes de que acabara de soltarlo.
—Aire hasta donde permita el costado —dijo Kaoran—. Luego suelta despacio. Yo vigilo a los hombres.
—Nos alcanzarán.
—El bosque arderá antes.
Isolde cerró los ojos. Inspiró. La llama más cercana inclinó la punta hacia ellos. Durante la pausa, vaciló. Al soltar el aire, el fuego bajó hasta la base de las ramas.
—Otra vez.
La segunda respiración recogió varias llamas en una franja estrecha. La tercera las llevó hacia la tierra mojada. Quedaron humo y puntos rojos bajo los arbustos.
Isolde cayó contra Kaoran.
—Eso ha sido magia —murmuró.
—También ha sido respiración.
—Siempre respondes así.
—Nos conocemos desde hace menos de una hora.
—Ha parecido más.
Kaoran la cargó. Los guardias tardarían poco en recuperarse y traer refuerzos. Cruzó el pinar hacia Bruma.
La yegua estaba donde la había dejado, con la cuerda mordida por la mitad y una expresión que acusaba al mundo de incompetencia. Olfateó a Isolde y echó las orejas hacia atrás.
—Compórtate —le dijo Kaoran.
Bruma intentó morderle la manga.
—Veo el parecido —susurró Isolde.
Kaoran preparó la silla para sostenerla delante de él. Ató una manta alrededor del cuerpo y colocó otra sobre las piernas descalzas. Solo quedaba una bota. La piel del otro pie tenía cortes, moratones y dos uñas levantadas.
—¿Dónde vamos? —preguntó ella.
—A una casa donde el techo gotea en dos sitios y las preguntas pueden esperar.
—¿Quién sabe que existe?
—Demasiada gente para llamarla secreta. Poca para que un regente la encuentre antes del desayuno.
—Darian conoce los mapas.
La certeza con que dijo el nombre reveló una herida más profunda que la de la daga.
—Mi casa quedó fuera de los mapas cuando Vayren cambió los caminos —dijo Kaoran—. Los recaudadores la visitan cada tres inviernos y siempre se pierden al volver.
—Quiero ir a Caleryon.
—Lo sé.
—Aelyn está allí.
—Lo sé.
—Mi padre...
La voz se rompió.
Kaoran sujetó las riendas.
—Llegarás más lejos si sobrevives a esta mañana.
Bruma empezó a caminar.
El sendero seguía una antigua conducción de agua. Los caballos dejaban poca huella sobre sus losas, pero la crecida había cubierto varios tramos de barro.
A media mañana encontró la primera marca de persecución: tres cortes recientes en un pino y una hebra de tela blanca enganchada en la corteza. La Guardia había enviado exploradores por delante del heraldo.
Kaoran desmontó y escuchó.
El bosque devolvió el golpe de un pico contra piedra, el agua y un cuervo. Más lejos, un caballo resopló.
—Tenemos compañía —dijo.
Isolde levantó la cabeza. La fiebre le había cerrado parte de la mirada, pero buscó enseguida las alturas.
—¿Cuántos?
—Al menos dos. Uno lleva un animal cansado.
—Eso no ayuda.
—Ayuda al caballo.
Kaoran condujo a Bruma bajo un saliente. Allí había una hornacina de guardianes cerrada con piedras pequeñas. Retiró tres y sacó un paquete de avena, una botella de agua y una tablilla encerada.
Isolde observó la tablilla.
—¿Un mapa?
—Un registro de pasos. Los mapas sobreviven a los caminos y después culpan al viajero.
Varias líneas cruzaban la cera. Algunas terminaban en una equis. Otras llevaban marcas de día, agua y refugio. Kaoran añadió un corte sobre la ruta del río.
—La garganta queda cerrada hasta la próxima luna —dijo.
—Ydrael mantiene corredores abiertos.
—Mientras quede gente dentro.
—Podríamos volver por él.
Kaoran guardó la tablilla.
—Tú apenas puedes permanecer sentada.
—He sobrevivido a la caída.
—Ese hecho carece de valor como plan de rescate.
Isolde tiró de la manta y buscó el suelo con el pie calzado. Bruma se movió, ofendida. Kaoran sujetó a la joven antes de que resbalara de la silla.
—Suéltame.
—Cuando recuperes el equilibrio.
Ella hizo fuerza con la pierna izquierda. El músculo tembló desde la cadera hasta la rodilla. La bota apoyó un instante. Después el cuerpo se dobló hacia el costado herido.
Kaoran la llevó hasta el saliente y la sentó contra la piedra.
—Eso es lo que tenemos —dijo.
Isolde miró la pierna como si perteneciera a otra persona.
—El frío la ha dormido.
—El río, la caída y la sangre han participado. Averiguaremos cuánto cuando deje de arderte la frente.
—Puedo esperar aquí. Regresa tú.
—La Guardia también regresará. Te encontrará sentada junto a una reserva mía y concluirá que soy un hombre generoso.
—Ellos buscan un cuerpo.
—Varek busca una llave. Darian quiere cerrar un informe. Ambos mandarán gente capaz de reconocer que respiras.
El nombre de Darian volvió rígido el rostro de Isolde.
—Él me amaba.
Kaoran aflojó el tapón de la botella. Podía oír a los exploradores en la ruta baja y necesitaba que ella bebiera antes de volver a moverla.
Isolde lo miró, esperando una respuesta que Kaoran carecía de medios para darle.
—Me pidió que regresara con él —dijo—. Yo quería hacerlo.
El agua tembló en el cuello de la botella. Kaoran la apoyó sobre su rodilla y la dejó al alcance de Isolde.
—Oí a sus hombres cerrar la búsqueda —respondió—. Vi lo que pasó en el barranco. Sobre lo que sentía tendrás que hablar cuando quieras y con quien elijas.
—No me digas que tenía motivos.
Kaoran negó. Ella sostuvo la botella con ambas manos; tuvo que detenerse para respirar antes del primer sorbo.
—Si me duermo, sigue hacia tu casa.
—Eso haré.
Isolde bebió. Una parte cayó por su barbilla. Se limpió con el dorso de la mano y miró la tablilla antes de que Kaoran la guardara.
—Hay un puente al norte.
—Lo hubo.
—La línea continúa.
—La cuerda principal se pudrió el verano pasado.
—Has marcado agua al otro lado hace seis días.
Kaoran miró la marca que ella había señalado.
—La Hermandad reparó una cuerda —admitió—. La otra sigue gastada. Habrá que repartir el peso.
Bruma golpeó el suelo con una pezuña.
—Ella parece tener una opinión —dijo Isolde.
—Le molestan las categorías imprecisas.
Un silbido breve llegó desde el bosque. Otro respondió más cerca del río.
Kaoran volvió a cargar a Isolde sobre la silla.
—Iremos al puente.
—¿Ydrael?
—Los corredores siguen abiertos. Cuando podamos volver necesitaremos manos para sacar a quienes encuentre allí.
Isolde sostuvo su mirada. Kaoran esperaba la protesta; ella preguntó dónde guardaba la Hermandad sus cuerdas de repuesto. Él señaló una marca en la tablilla antes de cerrarla.
Isolde apoyó la mano sobre la raíz que salía del saliente.
—Aguanta —susurró.
La raíz devolvió un calor tenue. Ydrael había oído o la montaña conservaba la temperatura. Isolde aceptó la ambigüedad y soltó la madera.
Avanzaron deprisa por la conducción. Kaoran iba a pie y guiaba a Bruma por las zonas limpias de piedra. Los exploradores encontraron el saliente varios minutos después. Sus voces se propagaron por el canal.
—¡Han estado aquí!
—¡La ruta sube!