Ceniza sin nombre (Legado de Fuego 2) 1
1%
Ceniza sin nombre (Legado de Fuego 2)

Ceniza sin nombre (Legado de Fuego 2)

Por Mark S. James

© inepub.com

1

Kaoran había dado siete pasos con Isolde en brazos cuando la montaña decidió cerrar el camino.

La cuña que había dejado bajo la raíz crujió detrás de él.

El agua le golpeaba las botas por encima de los tobillos.

Quedaban unos pasos hasta el recodo, donde podría apoyar a Isolde sin perderla entre la corriente.

Kaoran avanzó de lado para proteger el vendaje entre ambos cuerpos.

La cuña se partió antes de que alcanzara la piedra seca.

Una roca cayó dentro del túnel. El golpe levantó barro hasta el techo.

Kaoran apretó a la joven contra el pecho y giró el cuerpo para cubrirle la cabeza. Otra piedra rebotó en su hombro. El dolor bajó por el brazo izquierdo y se quedó en el codo.

—Tendrás que esperar —dijo hacia la montaña.

La montaña respondió con un temblor que le hizo perder pie.

Isolde abrió los ojos. La fiebre había vuelto su mirada turbia, aunque una parte de ella comprendió que estaban cayendo. Cerró la mano sobre la capa de Kaoran. El resplandor rojo de sus dedos recorrió la tela y encontró las raíces del techo.

Las raíces se tensaron.

La piedra dejó de moverse durante un latido.

Kaoran aprovechó aquel tiempo. Pasó bajo el arco, encontró la cuerda que había dejado sujeta y bajó hacia el cauce estrecho.

El agua le alcanzó las rodillas. Isolde pesaba poco para su altura; la sangre perdida explicaba parte de esa ligereza.

El resto pertenecía a días de hambre, frío y esfuerzo que ningún cuerpo debía haber soportado.

Ella intentó hablar.

—Guarda el aire —dijo Kaoran.

—Rheskan.

La palabra apenas tuvo voz.

—Vive.

Los dedos de Isolde aflojaron la capa. El fuego disminuyó y las raíces volvieron a quejarse.

Kaoran había visto al dragón joven sobre el barranco, herido y furioso, buscando en el agua.

También había visto cómo las piedras azules tiraban de él hacia una galería lateral.

Conocía la diferencia entre vivir y estar a salvo.

La respuesta que había dado cabía dentro de la verdad, y en aquel túnel eso bastaba.

Llegó a la primera bifurcación. La ruta de la derecha llevaba hacia el remanso donde había encontrado la bota. El agua habría cubierto ya la repisa inferior. La izquierda subía por una chimenea de raíces y desembocaba cerca del claro, pero el paso exigía trepar con ambas manos.

Kaoran dejó a Isolde sobre una zona alta de piedra. La envolvió con la capa y apoyó dos dedos en su cuello.

El pulso seguía débil. Cada golpe llegaba con un retraso distinto.

—Voy a atarte a mí —explicó—. El nudo quedará detrás de tu hombro. Si despiertas y decides golpearme, usa la mano derecha. La izquierda apenas cierra.

Los párpados de ella temblaron.

—¿Quién eres?

—Kaoran Thennar.

El nombre provocó una reacción pequeña. Una arruga entre las cejas. Quizá Maelia lo había mencionado. Quizá la fiebre había convertido aquellas sílabas en otra cosa.

—Viejo guerrero —murmuró Isolde.

Kaoran pasó la cuerda por debajo de sus brazos.

—Viejo, seguro. Lo demás cambia según quien cuente la historia.

El nudo quedó firme y permitió cargarla sobre la espalda. Isolde soltó un gemido cuando la herida rozó su hombro. Kaoran modificó la tensión, colocó una venda doblada entre el cuerpo y la cuerda y probó el peso con un movimiento corto. Cada ajuste quitaba presión de las costillas.

La chimenea medía poco más de veinte pasos verticales. Había subido por allí antes y conocía tres apoyos seguros. El derrumbe había cambiado uno.

Clavó la bota en una grieta, buscó la raíz más gruesa y se alzó. La rodilla izquierda protestó. El cuerpo quiso descargar el peso hacia el lado sano. Kaoran corrigió el movimiento antes de que la cuerda tirara de Isolde.

—Una cosa —dijo ella contra su espalda.

—Eso es.

—Haz una cosa.

Kaoran reconoció las palabras que había encontrado escritas en el rastro de sus decisiones. Respirar. Encender una brasa. Llegar a la raíz siguiente. La joven había construido una disciplina propia mientras el río intentaba llevársela.

—Ahora subimos —dijo—. Después discutiremos con el agua.

Avanzó apoyo a apoyo.

La primera raíz aguantó. La segunda soltó tierra. En la tercera, la montaña volvió a rugir y un calor profundo atravesó la pared. Isolde se tensó sobre su espalda. La luz roja apareció bajo su mano derecha.

Kaoran sintió otro pulso detrás de la piedra.

Era demasiado grande para pertenecer a Rheskan.

Ydrael seguía dentro de Cendral.

El dragón antiguo cargaba con una parte de la montaña.

Cada golpe que mantenía abierto un corredor le costaba algo que ningún humano presente podía medir.

Kaoran había oído historias sobre él cuando todavía vestía uniforme.

Las Casas lo describían como guardián, arma, herencia o amenaza, según la utilidad de la jornada.

Ninguna palabra alcanzaba a explicar aquella voluntad encerrada en la roca.

Isolde apoyó la frente entre los hombros de Kaoran.

—Suéltala —susurró.

La mano de Isolde se calentó contra la cuerda. Kaoran reconocía aquella presión profunda desde la entrada en la garganta, pero ignoraba qué parte llegaba hasta ella. Desde Cendral había señales que se apagaban antes de mostrar su origen.

—¿A quién hablas?

—A Ydrael. Le pido que suelte la montaña.

Una piedra golpeó el fondo de la chimenea. Kaoran hundió la bota hasta encontrar un apoyo firme.

—Quedan personas abajo. Las hemos oído.

Isolde dejó escapar el aire junto a su nuca.

—Él también puede morir.

Kaoran ajustó la cuerda que le sujetaba el peso. Entendía el esfuerzo que había en aquellas palabras: pedir a alguien que huyera mientras otros seguían encerrados. Le había costado años soportar una pregunta semejante.

—¿Has recibido respuesta?

—La tenía antes de la ruptura. Ahora hay calor. A veces creo que vuelve.

—Describe eso cuando puedas. Yo siento temblar la pared.

Isolde abrió los dedos sobre su hombro. Durante un instante las raíces se tensaron; desde abajo llegó una voz que llamaba a otra entre el agua.

Kaoran siguió subiendo. Podía aprovechar aquel corredor abierto, y mientras lo cruzaban eligió confiar en que el dragón conservara la fuerza para sostenerlo.

—Sigue vivo —murmuró ella.

Kaoran alcanzó el borde de la chimenea y pasó una rodilla sobre la repisa. El esfuerzo le arrancó aire. Se arrastró hasta una superficie firme y soltó la cuerda alrededor de Isolde.

Ella permaneció inmóvil.

El pulso del cuello seguía allí. La piel ardía. La venda bajo las costillas estaba empapada otra vez.

Kaoran abrió la camisa con el cuchillo. La tela se había pegado a la herida. Vertió unas gotas de agua tibia y esperó a que cediera. Isolde despertó cuando levantó el borde.

Su mano encontró el cuchillo.

El movimiento fue rápido en intención y torpe en resultado. Dos dedos de la izquierda se cerraron alrededor del filo sin fuerza. Kaoran inmovilizó la muñeca antes de que se cortara.

—Eso queda para después —dijo.

—No me toques.

La voz salió más clara. También más asustada.

Kaoran soltó la muñeca y dejó el cuchillo sobre la piedra, al alcance de la mano derecha.

—Tengo que cambiar la venda. Puedes hacerlo tú si mantienes los ojos abiertos.

Isolde miró la sangre. Durante unos segundos pareció comprender dónde estaba. Vio las raíces, el agua entrando por el túnel y la cuerda. Después miró a Kaoran.

—¿Me has sacado del río?

—Tú saliste del río. Yo seguí el rastro.

—Darian...

Kaoran dejó el paño donde ella pudiera verlo. Había pronunciado aquel nombre en la cámara, con los ojos cerrados y los dedos alrededor de los suyos. Ahora miraba el cuchillo.

—Él cortó la plataforma —dijo Isolde—. Me cerró el paso.

—Vi la caída desde el oeste.

Ella volvió la cara hacia la pared.

—Yo le había dado la mano.

Kaoran esperó. Una gota caía desde el techo sobre la guarda del cuchillo. Apartó la hoja unos centímetros para que quedara seca; Isolde siguió el movimiento con los ojos.

—Confiaba en que me sujetara —añadió—. Había estado esperándolo.

El vendaje cedió por el borde. Kaoran acercó el paño limpio y se detuvo antes de rozarle el hombro.

—¿Puedes sostener esto?

Isolde lo tomó. Los dedos temblaban y el doblez se le deshacía, pero consiguió apoyarlo sobre la sangre. Kaoran le mostró dónde necesitaba introducir la mano para levantarla.

—Avísame —dijo ella.

—Ahora.

La joven dejó que colocara la palma detrás de su hombro.

Kaoran trabajó despacio. La herida penetraba bajo las costillas y presentaba bordes irregulares.

La hoja había entrado hacia arriba. El río limpió tierra y sangre a cambio de enfriar el cuerpo hasta un límite peligroso.

La inflamación alrededor del corte empezaba a endurecerse.

—Hay infección —dijo.

—¿Cuánto?

—Suficiente para matarte si te quedas aquí.

—Entonces muévete.

Kaoran apretó el vendaje.

Isolde cerró los dientes. Una lágrima le cruzó la sien y se perdió en el cabello mojado. Ella fingió ignorarla. Kaoran también.

—Aún tienes que salir de la garganta —dijo—. Afuera quedan tres puestos de guardia, un río crecido y mi yegua, que tolera mal a los desconocidos.

—Los dragones suelen hacerlo.

—Bruma carece de alas. Compensa esa carencia con mal carácter.

Una sombra de sonrisa pasó por la boca de Isolde. Duró poco. La fiebre volvió a arrastrarla.

Kaoran recogió el cuchillo y la cuerda. El cordón del colgante se había enredado en la mano derecha de Isolde. Ella apretó el metal cuando él acercó la manta.

—Déjalo —pidió.

Kaoran retiró los dedos. Palpó sobre su propia ropa el fragmento que había guardado dentro de un paño en la cámara: el borde del halcón que encajaría en aquella fractura.

Se lo devolvería cuando pudiera abrir la mano.

Por el momento, cubrió los hombros de la joven y dejó el cordón fuera de la manta.

La salida superior quedaba detrás de una cortina de agua tibia. Al cruzarla, el aire frío del barranco golpeó la piel mojada. Kaoran volvió a cargar a Isolde y avanzó entre rocas cubiertas de ceniza. El cielo empezaba a clarear.

Habían pasado varias horas desde que entró en la garganta.

Las patrullas habrían encontrado a los hombres que dejó atados.