Ceniza
La pistola de Elena pesaba más que la suya.
Lo supo por la mano, antes de pensarlo. Casi un kilo de metal negro, mate, con la culata sobada por manos que no eran las de ninguna de las dos.
El pulgar encontró la palanca del seguro sin buscarla: estaba quitado.
Debajo del índice, un gatillo con el recorrido que dejan los años.
Una bala en la recámara, porque nadie que lleva una pistola así a un sitio así la lleva vacía.
Tenía el brazo derecho doblado bajo el abrigo, la pistola pegada al vientre de Elena, y con la izquierda apretaba la espalda de la chica, donde la sudadera se había vuelto una cosa caliente y mojada.
Lo hacía por oficio y no por ternura: la palma abierta, el peso del cuerpo encima, como se enseña en un aula de la academia con un muñeco de goma.
Elena respiraba con un ruido corto y húmedo.
Se había desmayado al soltar el arma. Valeria lo agradeció, y se avergonzó de agradecerlo, y dejó las dos cosas para más tarde.
Detrás de ella se iban los motores.
Un coche, otro, la grava, la puerta peatonal cerrándose sobre su muelle y la corriente fría que dejó de golpe de entrar.
Después, los fluorescentes. Uno de ellos hacía un tic cada pocos segundos, una pausa de luz que ya había anotado.
Y el goteo de un grifo, en alguna parte del fondo.
Con tres sonidos se construye una sala cuando ya no queda nadie en ella.
Quedaba uno.
—Ya se han ido —dijo Ramiro, a unos pasos, sin prisa—. Tranquila.
Valeria no se volvió. Lo vio de todos modos, por lo que le faltaba al ruido: ni un crujido de plástico, ni un zapato. Estaba quieto. Hacía lo que hacía siempre que había algo que decidir: se quedaba de pie y dejaba que el asunto se acercase solo.
Tenía dos pistolas. La suya, la de comisario, en la mano derecha, con el cañón hacia el suelo; la había disparado dos minutos antes y a Valeria se le había quedado el olor en el pelo.
Y la de ella, la que no servía, en el bolsillo de la chaqueta.
Hizo la cuenta como se la habría hecho a un compañero: tres metros, dos pasos para él, un giro entero para ella.
De rodillas, de espaldas, con una pistola ajena que no había disparado nunca, bajo un abrigo, contra un hombre que tiraba mejor que ella.
La cuenta salía mal por un segundo. Con un segundo se pierde una pistola y se pierde también lo demás.
Con el pulgar recorrió el costado de la corredera, bajo el abrigo, y notó los números grabados, hondos, sin limar.
La pistola no era tan ajena. La había descrito la señora en voz alta, un cuarto de hora antes, sin saber que hablaba de lo que ahora tenía en la mano: una pistola con número de serie, de la empresa, de esas que luego aparecen en un informe de balística.
Valeria no dejó que el pensamiento llegase más lejos.
Lo guardó, igual que había guardado el nombre de Amparo.
—Valeria.
—No.
—No te lo estoy pidiendo por ella. —Ahora sí oyó un paso, pequeño—. Es lo que tiene que pasar. Lo sabes tan bien como yo. Esta noche no hay otra forma de salir de esta nave.
—Está viva.
—Ya lo sé.
—Hay un hospital en Pinto. A seis minutos.
—Y mañana, tres policías de Pinto preguntando por qué el comisario jefe de Madrid llega a urgencias a las once de la noche con una chica con un tiro en la espalda, desde un polígono. —Lo dijo con paciencia, como se explica una cosa a un alumno—. No me hagas hablar como si fuéramos desconocidos.
Valeria apretó la mano izquierda. Debajo, algo se movió. Elena emitió un gemido ronco, seco, que no despertaba a nadie.
Levantó los ojos. Por encima de la rodilla veía el plástico azul y, más allá, el fondo de la nave: el ventanal de la oficina, la mesa de despacho con una lámpara de pie encendida.
Y sobre la mesa, donde Duque había tenido la tableta, una caja blanca del tamaño de un libro, con una antena corta y una luz verde fija.
No la había visto al entrar. Había contado a las personas, las armas, las puertas. No había contado los aparatos.
Una caja con antena y una luz verde en una nave de chapa donde el prepago no marcaba ni una raya y el móvil de siempre dormía apagado en un bolsillo ajeno. Servía para que la tableta de Duque recibiera imágenes. Y podía servir para otra cosa.
Con la lengua tocó la cara interior del labio.
En la oreja izquierda llevaba cuatro gramos de oro y de otra cosa.
Se acordó de la báscula de la cocina, del plato que bajaba, y de Nacho en la ermita con su detector de diecinueve euros: se activan por llamada, duermen hasta que alguien marca.
Había escrito en el cuaderno, esa tarde: No decir nada que no pueda oír él.
Había escrito él sin saber quién. Ahora le parecía pura suerte.
Las cámaras estaban apagadas, había dicho Duque. De lo demás no había dicho nada.
Dejó que la cara no cambiara. Lo había aprendido en las salas de interrogatorios, mirando a otros hacerlo mal: la cara se sostiene desde dentro, como una lámpara en una mano.
Si había alguien en línea, ya había oído su voz pronunciar un nombre y una frase sobre un hospital.
Lo que se oyó, oído estaba. Lo que viniera ahora lo diría para dos públicos, y uno de ellos no sabía que hubiera otro.
—Voy a empezar —dijo Ramiro.
* * *
Nave 6, 22:24.
Ramiro se quitó la chaqueta.
La dobló en tres, con las solapas hacia dentro, como la doblaba los domingos de excursión, y la dejó en el respaldo de una de las sillas de bar.
Del bolsillo interior asomó la culata de la pistola de Valeria.
Del de arriba, el bulto de dos móviles. Se arremangó la camisa dos vueltas, con precisión, hasta el codo.
Al sacar las llaves del coche para dejarlas sobre la silla, entre ellas brilló una varilla de acero fina, de dos dedos de largo, que no era ninguna llave.
Valeria la vio y no quiso mirarla más. Se pasó la pistola suya a la espalda, entre la camisa y el pantalón, al alcance de una mano.
Después fue hasta la pared y cogió una garrafa.
Valeria lo vio hacer. Una garrafa de veinticinco litros, y la llevaba al hombro como si fuera de agua. Le dio vueltas al tapón con la otra mano, y el olor llegó antes que el ruido: dulce, espeso, un olor que se pegaba a la garganta y llenaba los ojos.
—Hace veinte años —dijo él, caminando—. Una cochera de Villaverde. Fue la primera vez que oí hablar de la señora, y ni me la presentaron. Me dieron un sobre y un número y me dijeron que, cuando llamasen, contestara. Contesté.
—No me lo habías contado.
—No te he contado casi nada. Era lo que tocaba.
—¿Cómo se llama? La señora.
—Nunca lo he dicho en voz alta. En veinte años. No voy a empezar esta noche. —Torció la garrafa sobre el zócalo—. Lo de Manolo lo arregla Amparo fuera. Manolo no vuelve a Valencia, si es lo que preguntas por debajo.
No lo preguntaba. Lo anotó.
Vertió la gasolina en una línea ancha, desde el muelle de carga, pegada al zócalo. La raya se oscurecía en el cemento y brillaba bajo los fluorescentes. Ramiro no miraba el suelo. Miraba a su mujer.
—Hay una norma en la casa. Nadie de dentro tiene a nadie de fuera. Para que el día que haga falta no haya nada que presionar. Yo te he tenido fuera veinte años, Valeria. En un piso con portero y una radio. Y cuando alguien preguntó, dije que tú eras otra cosa.
—¿Qué cosa?
—Mi mujer. Que ya es mucho.
Valeria bajó la vista a Elena. La cara contra el plástico, la mejilla izquierda blanca, el pelo pegado a la sien. Le puso dos dedos en el cuello. Latía. Latía despacio y mal, con un salto cada pocos latidos.
—Y esta noche has entrado.
—Esta noche has entrado tú. Yo te he traído, que es otra cosa.
—Se agachó, dejó la garrafa vacía junto al zócalo y fue a por la siguiente—.
La señora no es eterna. Necesita a alguien en Madrid que no sea yo.
Alguien a quien no registren en una puerta.
¿Sabes lo que vale eso? ¿Una mujer a la que nadie le pide el DNI en ninguna puerta de esta ciudad?
El tic del fluorescente la ayudó. Contó hasta que volvió.
—Un trabajo a tiempo completo.
—Una vida entera, si lo haces bien.
—Yo ya tengo una.
—Tienes una que se te cae a trozos desde junio. —Lo dijo sin crueldad, con la cabeza ladeada—. Te di la baja para que descansaras y te has pasado el verano mirando el techo.
Ni el grifo del fondo se oyó, por un instante.
La mancha del techo, con su forma de pie. Rivas no podía haberla visto desde el portal. Lo sabía él, que dormía debajo, y nunca lo había dicho.
—Y no decías nada.
—Esperaba a que lo dijeras tú. —Ya iba hacia la tercera—. Y te dejé salir. Quité al del periódico de la puerta y dejé la azotea sin vigilar. Quería ver a quién ibas a ver.
—¿Y lo has visto?
—Mañana.
Lo dijo con ligereza. A Valeria se le erizó el pelo de la nuca, y no por la corriente.
Mañana. Nacho, con su pasaporte retirado y su madre que le hacía lentejas.
Bravo, con sus gafas rojas y la carpeta de gomas.
Dos personas que a esa hora dormían o fingían dormir, y a las que un hombre con su despacho y su teléfono podía ir a visitar por la mañana, de una en una.
Un atestado para él. Un traslado para ella.
No lo había dicho. Estaba en cada sílaba.
Y a las dos y cinco de esa tarde, en un jardín, con una lata de galletas en el murete, alguien había marcado un número y no había oído más que un autobús.
—A las dos y cinco te llamé al pendiente —dijo Ramiro, como si le leyera el pensamiento—. Lo sabes, ¿verdad? Se oía un autobús. No me importó. Solo quería ver si estaba despierto.
—¿Estás seguro de que solo lo oías tú?
Se lo preguntó antes de pensarlo. Fue la única frase de la noche que no escogió. Él sonrió, a medias.
—El aparato lo montó Duque, con lupa. Duque ve las cosas antes que yo. Algún día eso va a preocuparme. —Miró a Elena—. Esta chica le ha costado a la casa una semana entera, un sótano y mi cara delante de la señora. No se perdona. Y tú la has llamado por su nombre.
Valeria no se movió.