Espalda #2
Elena no estaba quieta. Estaba midiendo.
Desde el borde del techo hasta el suelo había dos metros.
Desde el suelo hasta Valeria, cuatro pasos.
Entre ella y Ramiro no había nada, y entre ella y Quique, tampoco.
En la riñonera, a diez centímetros de la mano, tenía una pistola con el seguro quitado que no había disparado ni una vez.
Podía sacarla. A seis metros, con una sola mano buena, sobre una chapa que se movía.
Si fallaba, el tiro le daba a Ramiro en el hombro o a Valeria en la cabeza.
Si acertaba, Ramiro se caía, pero el dedo se le cerraba antes.
Y entonces Quique le metería un tiro en el pecho, y el Cojo otro, y Valeria se quedaría sin arma en medio de seis armas y un marido muerto.
Cuatro pasos. Dos de ellos eran de aire.
Valeria seguía sin mirarla. Pero la mano izquierda, junto al muslo, se había abierto otra vez con la palma hacia el suelo. Dos veces. Elena la entendió, y por primera vez desde las diez menos dos decidió no hacerle caso.
—Chica. —Era Amparo, con una voz muy tranquila, de las que se usan para pedirle a un niño que baje de la silla—. Baja de ahí. Y tira lo que lleves.
Elena se puso de pie sobre la cámara. Se llevó la mano derecha al costado.
Y saltó.
* * *
Nave 6, 22:15.
Cayó mal. Cayó con una bota en el borde del plástico, que se hundió, y con la rodilla en el suelo, y rodó hacia delante sobre el hombro derecho y se levantó a medias con la pistola en la mano, que no recordaba haber sacado.
La izquierda le latía a ciegas. Había polvo blanco en el aire: un saco de cal que su pierna había tirado.
—¡Quieta! —gritó alguien.
Todo iba más despacio de lo que debía. Una bota ajena rozó el plástico a su derecha. Manolo dijo «Dios» muy bajo. Quique levantó la pistola y no disparó: esperaba una palabra de Amparo que no llegaba. Elena se acordó de que había dejado la mochila arriba. Qué tontería.
Quedaban tres metros hasta Valeria.
Ramiro seguía con el brazo estirado y no se volvió. Elena lo vio por el rabillo: la cara de un hombre que lleva la decisión tomada desde mucho antes de que los demás sepan que hay una decisión. Lo que iba a hacer lo iba a hacer ahora.
Valeria la estaba mirando. Tenía los labios secos, los ojos abiertos y la mano izquierda otra vez abierta junto al muslo, para nadie, para ella.
—Quieta —dijo Elena—. Tú, quieta.
Dio dos pasos y se tiró.
Fue un placaje de mala manera: el hombro derecho contra el esternón de Valeria, los brazos alrededor del abrigo, la cadera torciéndose en el aire para quedar de espaldas a la pistola.
Valeria no gritó. Soltó todo el aire de golpe, con un ruido de fuelle.
Los dos cuerpos cayeron sobre el plástico con un crujido de plástico y de hueso.
Elena quedó encima, con la cara contra el cuello de la inspectora y el pelo de Valeria en la boca. Olía a jabón de tocador y a miedo.
Pasó un segundo. Uno entero, que no acababa.
Elena oyó el disparo después de sentirlo.
Un golpe seco, a la altura del riñón derecho, como si le hubieran dado con un martillo envuelto en una toalla. No dolió. Todavía no. Notó que algo se le abría por dentro y se le llenaba de frío. El tiro sonó por encima de ella, enorme, y le zumbó la oreja izquierda, y se apagó entre las vigas.
—Mierda —dijo alguien, no supo quién—. Joder, Ramiro.
No pudo moverse. Los brazos seguían alrededor de Valeria, que respiraba debajo de ella a golpes. Manolo se había tirado de espaldas y se arrastraba por el plástico con las manos en alto, mirando la pistola de Elena con la cara de quien vuelve a ver una cosa suya.
Entonces vino el dolor. Se había retrasado por el camino y corría para recuperar el tiempo: subió desde la espalda por las costillas y se le metió en el pecho. Elena abrió la boca y no le salió nada.
—Elena. —Valeria, en su oído, con una voz que no era de academia ni de comisaría—. Mírame.
Elena la miró. Tenía la cara de Valeria a un palmo, con sangre en la mejilla, de las dos o de una, y un pendiente grande de metal en la oreja izquierda que le rozaba a ella la sien. Demasiado grande para una oreja tan seria.
—No grites —dijo Elena—. Que te oyen.
—Yo no grito.
—Ya lo vi.
Intentó sonreír. No salió.
* * *
Suelo de la nave, 22:17.
Después ya no vio la nave. Vio un trozo de suelo, con el plástico azul pegado a la mejilla izquierda, y un ladrillo, y la suela de una bota que se movía de un lado a otro.
Oyó cosas. Las oyó en desorden, unas encima de otras, como cuando se sube el volumen de una radio que alguien ha dejado en otra habitación.
—Basta —dijo la señora de Valencia, y se hizo el silencio—. Ya está, Ramiro. Termine usted.
—Señora, la chica…
—La chica ha entrado por su propio pie, y su mujer ha venido por el suyo. Las dos son suyas. —Una pausa—. Aquí no ha pasado nada. Aquí no ha estado nadie. Duque.
—La de atrás está apagada, señora. Desde hace un rato.
—Amparo.
—Las garrafas están en su sitio —dijo Amparo, y Elena le oyó, por primera vez, cansancio en la voz—. Cuando acabes, Ramiro, ya sabes.
—Sí, señora.
—Quique, tú primero. Al coche. Y al chico, que baje del tejado. Manolo, levántate. —El crujido del plástico, una rodilla, una respiración—. Tú y yo hablamos fuera.
Pasos pesados se alejaron hacia la puerta. La muleta de Quique, con su golpe de goma. El bastón del Cojo. Un motor lejano, y luego otro, diésel y gasolina. Una puerta de coche. Desde la hierba, el chaval decía algo que no se entendía y alguien le contestaba que se callara.
—Ramiro. —Era la señora otra vez, más lejos—. Que no quede ni el plástico.
Un silencio. Después, la puerta peatonal, y la corriente fría que entró y se fue. Después, nada.
Elena tenía la boca llena de un sabor a cobre.
Ya no le dolía la espalda: le dolía el aire.
Pensó en Nelly, que le había cerrado la palma con tiras y le había dicho que no se la mojara, y calculó la cara que pondría cuando le contara esto.
Se lo contaría, si había manera. Intentó mover la mano derecha y no la encontró.
La pistola seguía en ella, apretada entre su costado y el plástico.
Pensó que debería hacer algo con eso. No se acordó de qué.
Alguien la había girado, media vuelta, sin tocar el hueco de la bala.
Ahora estaba de lado, con la cabeza sobre el muslo de Valeria, que se había arrodillado y se doblaba sobre ella, de espaldas al resto de la nave, con el abrigo azul abierto como un techo.
Por encima de su rodilla Elena veía un trozo de plástico y, al fondo, el bajo de unos pantalones oscuros.
—Valeria. —La voz de Ramiro, a unos pasos, grave y suave—. Apártate de ahí.
—No.
—Apártate, anda. A ti no. A ella.
Elena pensó que ese hombre acababa de disparar al pecho de su mujer a un metro, y que ahora decía que a ella no. Las dos cosas no cabían en el mismo hombre. Quizá sí.
—Entonces no lo hagas.
—Valeria.
—Aguanta —dijo Valeria muy bajito, y no estaba hablando con él—. Aguanta un poco. Por favor.
Era la voz del teléfono. La de la cocina con la radio puesta. «Cuídate la mano». Elena pensó que la mano ya no era el problema.
Los pasos de Ramiro se acercaron. Dos. Tres. Se pararon detrás de Valeria, y Elena vio sus zapatos: negros, de piel, limpios, con una raya de cal en la punta del izquierdo. Zapatos caros para morir con ellos.
—Cariño. —Sin enfado—. Tienes que apartarte.
Elena cerró los ojos. Notó cómo Valeria, delante de ella, respiraba hondo una vez y contenía el aire.
Notó una mano sobre la suya, que había llegado desde debajo del abrigo. Cálida, seca, sin temblor. Le abrió los dedos de la derecha uno a uno, sin brusquedad, y le quitó la pistola.