Espalda
Los pasos en la hierba no corrían. Eso fue lo primero que pensó Elena. Lo segundo, que un chaval al que mandan a mirar un tejado y no corre es un chaval que sabe que no hay prisa.
En el poste del fondo, la cámara giratoria hizo un ruidito de motor y viró otra vez hacia los tejados.
Elena se deslizó por la chapa hasta que la sombra de la viga le cubrió la cabeza.
El piloto rojo se paró, esperó, y volvió a girar hacia la carretera.
Quien la mirara en una pantalla vería un bulto con capucha, y un bulto con capucha no es nadie hasta que alguien decide que lo es.
Elena apretó la mejilla contra la chapa. El hilo de luz se coló por segunda vez por encima de su cabeza, recorrió las ondas del tejado, rozó la cornisa, se paró en el remache de una viga que no tenía nada que ver con ella, y se fue.
Dentro hablaban. Llegaban pedazos, sin forma, filtrados por la chapa y por el zumbido de los fluorescentes.
Una voz de mujer, tranquila, que decía «mucho de usted».
Otra, que Elena conocía de una cocina con la radio puesta, contestando algo corto.
Luego una frase entera, casi clara: «Dicen que no grita».
Y la risa sin ruido de alguien que se ríe con la boca cerrada.
Elena hizo la cuenta de lo que veía, porque era lo único que se podía hacer.
Dos sillas de bar, y en las sillas, de espaldas a ella, la cabeza de Ramiro y la de Valeria.
Delante, de pie, la señora. A los lados, los demás, que se iban y venían por la tira.
Ninguno miraba arriba. Una sola vez, la cabeza de Valeria se movió unos grados hacia el techo y volvió a su sitio.
A Elena se le paró algo debajo de la lengua.
«Esta noche te quedas quieta».
Pues allí estaba, quieta. Más quieta que nadie.
Tendida en un tejado de Pinto con un tornillo en la cara, mirando cómo se sentaba una mujer a la que solo conocía por la voz del teléfono, mientras Fermín, en la gasolinera, miraba el reloj por quinta vez y pensaba en cuánto cobraba un taxista por esperar a alguien que no iba a volver.
Podía haberse ido. Lo había pensado a las diez menos dos, con la mano en la cornisa. Seguía pudiendo, en cuanto el chaval se cansara de mirar.
No se fue.
* * *
Tejado de la nave 5, 22:09.
Valeria se levantó de la silla.
Por la ranura, Elena vio cómo cruzaba la tira de luz: seis pasos, despacio, con el abrigo azul abierto desde el último botón.
Antes que ella, el hombre de la cabeza afeitada, el del esparadrapo en la nuca, que esa misma tarde se había llevado un bastonazo de Elena, había ido hasta el plástico y se había arrodillado sin que nadie le pusiera una mano encima.
Elena había visto arrodillarse a gente por la fuerza. Esto era otra cosa. Manolo se arrodillaba igual que el que se sienta en un autobús del que conoce el recorrido.
Valeria se paró delante de él. Se abrió el abrigo del todo y sacó una pistola de la cadera derecha con una mano que no era la de quien lo hace por primera vez. La levantó. La apoyó en el aire, a un metro de la frente de Manolo, que no se movió.
No hacía falta oír lo que decían. La señora lo tenía puesto en la cara: un hombre de rodillas, una mujer con la pistola, un marido detrás.
Era un examen. Y Elena sabía, con la certeza fría de quien ha estudiado para otra cosa, que Valeria iba a aprobar.
No por maldad. Valeria había contado los armados que había en la nave, le salían seis, y ninguna otra cuenta le salía mejor.
Elena desabrochó la riñonera. No supo por qué.
No iba a servirle de nada, desde allí: entre ella y el plástico había una chapa, ocho metros y una ranura donde no cabía el cañón.
Hizo el ejercicio de todos modos, el de calcular dónde caería cada cosa si lo intentaba, y todas las cuentas acababan igual, con Valeria en el suelo.
Se mordió el labio de abajo hasta notar el sabor.
La poli apretó.
Clic.
Fue un ruido pequeño. Elena lo oyó entero desde el tejado. Un clic sin nada detrás. Manolo cerró los ojos y los abrió.
Valeria apretó otra vez.
Clic.
Se quedó con el brazo estirado y la cara blanca bajo el pelo, y Elena entendió dos cosas a la vez.
La primera, que a aquella pistola le faltaba la única pieza que importaba, y que alguien se la había dado a la mujer sabiéndolo.
La segunda, que Valeria había apretado, y que la segunda vez había apretado con más ganas.
El marido se acercó a ella y le tendió la mano abierta. Valeria le puso la pistola en la palma. Él la cogió por el cañón, con delicadeza, la miró sin interés y se la guardó en el bolsillo de la chaqueta. Valeria se quedó con la cartuchera vacía y la vista al frente.
Valeria no había mirado al techo ni una vez desde que se levantó. Ni cuando la linterna del chaval cruzó la ranura. Elena lo pensó con las uñas clavadas en la chapa: nadie aguanta tanto sin mirar arriba si no sabe lo que hay.
Y entonces, cuando bajó los brazos, Valeria abrió la mano izquierda junto al muslo, con la palma hacia el suelo, y la apretó contra el aire dos veces. Despacio. Como se le dice a un perro que se tumbe.
Quieta.
Elena se quedó mirando esa mano un rato más.
* * *
Tejado de la nave 5, 22:13.
Abajo, a su izquierda, un golpe de goma en el palé. Y otro. Y un resoplido de alguien que sube con una pierna que no le funciona del todo.
Elena no se volvió. Siguió mirando la tira, donde Duque había dejado la tableta de cara sobre la mesa y la enseñaba a la señora con un dedo.
Aunque no veía la pantalla, vio cómo la señora la miraba: con atención de contable.
Debía de estar viendo el tejado de la 5 desde atrás.
Un bulto con capucha, en blanco y negro, que no se movía.
Duque levantó los ojos hacia la cara de Valeria y dijo algo con la boca pegada a la oreja de la señora.
Se había acabado el tiempo.
—¡Aquí hay uno! —La voz del chaval, joven, rota, llegó a su espalda—. ¡Aquí arriba!
Se giró de rodillas. Las botas rasparon la chapa y la chapa contestó con un bum seco que cruzó la nave de punta a punta y volvió desde las vigas. Por la ranura le llegó el eco de todas las cabezas levantándose.
El chaval estaba a diez metros, con medio cuerpo sobre la cornisa y una mano en el palé.
La linterna le dio a Elena en la cara. Lo vio abrir la boca.
Un crío: dieciocho, diecinueve, con la capucha caída y una pernera del chándal con la tela tiesa de un vendaje en el muslo.
Era el que se había llevado el tiro de Manolo en el autolavado, y Elena tenía en la riñonera la pistola que se lo había dado.
Se miraron un segundo. Ella no tenía nada que decirle. Él, sí:
—Tú no deberías estar aquí.
—Eso iba a decirte yo. —Se sacó el bastón del cinturón y lo abrió de un golpe de muñeca—. Baja. Que te vas a hacer daño.
Él no bajó. Se terminó de subir al tejado con un gruñido, buscó algo en la cintura y lo sacó: una pistola pequeña, cromada, de las que se llevan para que se vean.
La levantó con las dos manos y le temblaban las dos.
Elena dio un paso atrás, uno solo, que la dejó otra vez pegada a la pared de la seis, con las botas en el canalón y la ranura a la altura de la cara.
Miró por ella.
La tira había cambiado. Había menos gente en ella y la que había estaba quieta. En el centro, Valeria. A un paso, Ramiro, con la mano derecha fuera del costado. Y en la mano, una pistola, subiendo hasta la altura del pecho de Valeria. Sin prisa.
Elena dejó de pensar. No fue una decisión. Fue lo que quedaba cuando se acababan las demás.
Se quitó la mochila y la dejó caer sobre la chapa.
Sacó la pistola de la riñonera y quitó el seguro con el pulgar.
Se la guardó otra vez, con la mano encima.
Cogió con la derecha el borde de la persiana y tiró de las lamas hasta que cedieron con un chirrido largo.
Cayó una lluvia de polvo y de plástico seco, y detrás quedó un hueco de sesenta por cuarenta por el que salía olor a lejía.
—¡Eh! —gritó el chaval a su espalda—. ¡Eh, para!
Se subió al canalón y se colgó del marco con los codos. La izquierda gritó. No la soltó. Metió las piernas, luego la cintura. El chaval llegó a la pared y la agarró del tobillo. Elena le pisó los dedos con el talón de la otra bota y él la soltó con un aullido.
Elena se dejó caer.
* * *
Techo de la cámara frigorífica, 22:14.
Cayó dos metros sobre algo que sonó a tambor.
Eran paneles de chapa blanca, el techo del cajón de la cámara, que llegaba casi hasta la pared. Las rodillas le subieron hasta la garganta. La izquierda le dio una puñalada de arriba abajo. Se quedó de rodillas, con la mano buena abierta sobre la chapa, que seguía vibrando.
Toda la nave la estaba mirando.
Era algo que no le había pasado nunca, entrar en una sala y que cada cara se volviera a la vez.
Quique, con la muleta caída y la pistola fuera.
El Cojo, a la derecha de Valeria, boquiabierto sobre su bastón.
El gigante de la gabardina, con las manos a la espalda.
Duque, con la tableta en el pecho y media sonrisa.
Amparo, que se había quitado las gafas de la cadena y las tenía en el puño.
La señora de Valencia, quieta, sin sorpresa.
Su chófer, que se movió por primera vez en toda la noche para ponerse entre ella y el techo.
Manolo, de rodillas en el plástico, se quedó con la boca abierta.
Y Valeria, delante del plástico, con el abrigo azul abierto y las manos vacías. No levantó la cabeza. Miró a Elena de reojo, un segundo.
Ramiro no miró. Ramiro tenía el brazo estirado y la boca de la pistola a un metro del pecho de su mujer.
—Quieta —dijo Quique, con la voz aguda de quien no se cree que le toque—. Estate quieta, que te meto un tiro.