Ceniza (Elena Malasangre 5) Nave 6 #2
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Nave 6 #2

Manolo se levantó. Se quitó el cabestrillo con una mueca y lo dejó en la silla. Caminó él solo hasta el centro del plástico y se arrodilló. Nadie lo empujó. Llevaba una cazadora que le venía grande y la camiseta de debajo estaba sudada a pesar del frío.

Valeria no se había dado cuenta de que se estaba poniendo de pie hasta que notó el borde de la silla contra el muslo.

* * *

Sobre el plástico, 22:09.

De la silla al plástico había seis pasos.

Los hizo despacio, con el abrigo abierto desde el último botón, y a su espalda sonó el golpe de goma de la muleta de Quique cuando se movió para colocarse a su izquierda.

A la derecha, a un metro, el Cojo había dejado la puerta y se había quedado de pie, con el bastón entre las piernas.

Los dos llevaban la pistola en la cintura, a la vista. El de la gabardina la tendría debajo.

Contó. Quique, a la izquierda. El Cojo, a la derecha.

Duque, junto a la mesa, con la tableta y sin arma visible.

El de la gabardina, en el muelle. El chófer de la señora, que no se había movido.

Ramiro, detrás de ella, con la suya en el costado.

Seis hombres, una mujer con un bolso grande, otra con un maletín, y una policía con una cartuchera bajo el abrigo y el cargador lleno.

Cuando terminó de contar ya estaba delante de Manolo.

Se desabrochó el último botón y sacó la pistola.

Le pesó lo de siempre: la culata en la palma, el metal frío del guardamonte.

Quitó el seguro con el pulgar. Había una bala en la recámara, porque ella misma la había puesto esa tarde con un golpe seco de corredera, en el dormitorio, antes de que Ramiro llamara al timbre.

Manolo levantó la cara y la miró. Tenía los ojos de alguien que lleva muchas horas sin dormir y ha decidido no suplicar.

—Señora —dijo, muy bajo—. Yo no le dije nada a nadie. Lo que sabía, que había un jefe, y poco más. Se lo juro por mi madre.

—Cállate —dijo Amparo.

—Por mi madre, que está…

—Manolo.

Se calló.

«Una niña con una mano mal». Un callejón. Una pistola de la empresa. A Valeria le subió por la espalda un frío que no tenía que ver con la corriente.

Elena.

No podía ser otra. Tenía que ser Elena la que había dejado a ese hombre sin pistola, y estaba en el tejado de al lado, a menos de veinte metros, mirando por alguna rendija exactamente lo que ella veía: una policía con un arma en la mano delante de un hombre de rodillas.

Y Valeria no podía levantar la cabeza hacia ella.

Si miraba al techo, el Cojo, Quique y Duque mirarían con ella.

—Valeria —dijo Ramiro a su espalda.

Levantó el brazo. La pistola encontró el pecho de Manolo sin esfuerzo, a la distancia a la que nadie falla.

Le llegaba el olor a sudor del hombre, a lejía del plástico, a menta de Amparo, y el goteo del grifo marcaba un compás que se le metió en la cabeza y no quiso salir.

Le sonó la voz de Ramiro de hacía un mes, comentando un caso en la cocina: «Si tienes que hacerlo, que no se note que lo pensaste».

Había decidido algo mientras contaba, y era muy sencillo: no había ninguna cuenta que saliera bien.

Con tantas armas en la nave y una sola pistola suya, lo que hiciera primero tenía que ser lo que le pedían.

Lo demás, lo que viniera después, ya se vería.

No estaba orgullosa de ese razonamiento. Tampoco tenía otro.

Apretó.

Clic.

Fue un ruido pequeño, metálico, sin importancia, el de la puerta de un armario. Nada salió del cañón. No hubo humo ni retroceso, ni la sacudida en el hombro que el cuerpo recuerda años después. Manolo cerró los ojos y los volvió a abrir.

Apretó otra vez.

Clic.

Se quedó con el brazo extendido, la pistola apuntando a una frente que seguía en su sitio, y comprendió con una limpieza helada lo que había pasado esa mañana.

La caja de acero. «Que se note poco». La palmada en la cadera, la que se da a un caballo.

Una pistola limpia, aceitada, cargada y sin percutor.

El único ruido que haría esa pistola desde por la mañana era el del gatillo.

Sintió que le subían a la cara el calor, la vergüenza y la rabia, por ese orden, y las dejó subir. Eran suyas. No las había traído nadie.

Después hizo el cálculo que habría hecho cualquier compañero suyo en una calle: una pistola que no dispara pesa lo mismo que una que sí, y sirve para golpear.

El prepago no tenía cobertura, el móvil de siempre estaba apagado en el bolsillo de Ramiro, y el bolso se había quedado en la cómoda del recibidor.

Tenía una placa, un cuaderno de tapas duras, un pendiente que no era suyo y cuatro garrafas de gasolina a veinte pasos.

No eran muchas cosas, y ninguna servía para salir de allí.

Nadie se movió en la nave. Eso fue lo que más le sorprendió. Los fluorescentes zumbaban, el plástico crujía bajo las rodillas de Manolo y en alguna parte del fondo goteaba un grifo.

—Dos veces —dijo Amparo.

—Dos veces —confirmó Quique, con una risita.

—Ha apuntado y ha apretado —dijo la señora de Valencia—. A un hombre desconocido, en una nave, delante de ocho personas, sin ensayarlo. —Se volvió hacia Ramiro—. ¿Lo sabía ella?

—No —dijo Ramiro.

—Entonces ha querido hacerlo.

—Sí, señora.

—Eso está bien. —Hizo una pausa—. Y lo que usted ha hecho con la pistola, Ramiro, no está tan bien. Pero no me lo explique a mí.

—Se lo explico a ella.

Valeria bajó el brazo. Le sorprendió que no le temblara. Se giró hacia él con la pistola colgando junto al muslo y el dedo fuera del guardamonte.

—Ramiro.

—Cariño. —Se le había acercado sin ruido y estaba a un paso—. Dame eso, anda.

—¿La has desarmado tú?

—Esta mañana. —No lo negó, y esa fue otra forma de insulto—. No me fío de las cosas que no se pueden devolver. Quería saber qué ibas a hacer. Y quería que, hicieras lo que hicieras, no tuvieras que cargarte a nadie para saberlo.

—Qué considerado.

—Siempre lo he sido contigo.

—Me has dado una pistola de juguete delante de ocho personas.

—Te he dado la única que podía darte esta noche. —Lo dijo bajito, para ella—. Dámela, Valeria.

Le tendió la mano abierta. Los dedos eran largos, cuidados; el anillo de boda reflejaba el fluorescente.

Valeria sabía que si apretaba la culata podía pegarle con ella en la cara, y que a continuación Quique la dejaría de rodillas junto a Manolo.

Le puso la pistola en la palma. Ramiro la cogió por el cañón, con delicadeza, la miró sin interés y se la guardó en el bolsillo de la chaqueta.

En la cadera le quedó la cartuchera vacía, que en adelante sería lo único que llevara encima de arma.

* * *

Nave 6, 22:14.

—Señora —dijo Duque.

Lo dijo desde la mesa, sin levantar la voz. Había dejado la tableta de cara sobre la madera, de modo que solo él y la señora la veían. Con un dedo amplió algo, lo giró y volvió a mirarlo.

—La cámara de atrás. Una mujer joven, en el tejado de la cinco desde hace media hora. Se lo había dicho a Amparo. Ahora la veo mejor. —Hizo una pausa, y subió los ojos, no hacia la señora, sino hacia la cara de Valeria—. Tiene la mano izquierda vendada.

Nadie se volvió a mirarla. Fue peor que si lo hubieran hecho.

—Gracias —dijo la señora de Valencia.

Había dejado el maletín en el suelo, entre las botas, y tenía las manos libres, y no hizo ningún gesto con ellas. Los ojos claros pasaron de Duque a Ramiro, y de Ramiro a la mujer del abrigo azul que seguía en medio del plástico.

—Ramiro. Hoy hay una chica que lleva una semana detrás de mi gente, que le quita la pistola a un cobrador y que esta noche sube a un tejado a vernos la cara. Y viene su mujer. Una mujer con placa, a la que usted no ha dejado en casa. Dígame que no se conocen.

—No se conocen.

—Dígame que es casualidad.

Fue la primera vez que Ramiro tardó en contestar.

—No lo es, señora.

—Entonces —dijo ella con suavidad— no hay mucho que discutir. Lo que pase con la chica lo decide Amparo. Lo de su mujer lo decide usted. Y lo decide ahora, delante de mí, porque he venido hasta Pinto para verlo.

Fuera, en la hierba, volvieron a oírse las zapatillas del chico, más rápidas esta vez. Una voz joven gritó algo que Valeria no entendió, y desde arriba, en el techo, contestó un ruido de chapa, seco, de cuando se pisa donde no se debe.

Todos miraron hacia arriba, menos Ramiro.

Él se había quedado mirando a Valeria. Tenía la cara que ella le conocía bien, la misma con que le abrochaba los botones del abrigo: atenta, sin prisa.

Sacó con la derecha la pistola que llevaba en el costado y la subió a la altura del pecho con tanta naturalidad como quien se mete la mano en el bolsillo para sacar las llaves.

—Lo siento, Valeria —dijo—. Esta noche te iba a explicar todo.

Valeria no se movió. Se le enfriaba la oreja izquierda, justo donde pesaba el pendiente. Notó el plástico bajo las suelas de las botas. Detrás de ella, en algún sitio, un ladrillo rascó el suelo.

Y en lo más alto de la pared, la persiana rota del ventanuco se descolgó con un chirrido, y cayó polvo en el cono de luz de los fluorescentes.

—No mires arriba —dijo Ramiro—. Mírame a mí.