Ceniza (Elena Malasangre 5) Nave 6
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Nave 6

Dentro hacía más frío que fuera. Valeria lo notó en la cara antes de ver nada: un frío de local cerrado, con una corriente que salía de algún sitio del fondo. Olía a lejía y a cartón húmedo, y debajo de eso a algo dulce y viejo que prefirió no nombrar.

Era una nave larga, de techo alto y vigas vistas, con la mitad de los fluorescentes apagados.

Los que funcionaban zumbaban sobre un trozo de suelo cubierto con un plástico azul de unos dos metros, sujeto en las esquinas con ladrillos, como lo extiende un pintor que no quiere manchar el parqué.

Junto al plástico había dos sacos de cal con la boca abierta y una pala con la etiqueta de la ferretería todavía pegada al mango.

Contra la pared, cuatro garrafas rojas. Eran de gasolina, por el tapón y por el olor que ahora distinguía.

Las contó dos veces, y las dos veces fueron cuatro.

Al fondo había una oficina con un ventanal de cristal y una mesa de despacho; a la derecha, un muelle de carga con la persiana bajada; a la izquierda, una puerta de hierro abierta de par en par que daba a una cámara frigorífica a oscuras. De ahí venía la corriente.

Y había gente. Los fue recogiendo de izquierda a derecha, sin detener la mirada en ninguno, que era lo que le habían enseñado a hacer en una sala de interrogatorios y lo que menos le apetecía hacer en esa.

Una mujer de sesenta años, pelo color caoba, americana de punto y un bolso grande sujeto con las dos manos delante del vientre.

De la nariz le colgaban unas gafas con cadena de oro, aunque no las llevaba puestas.

Ramiro la había saludado con un «Amparo» al cruzar la puerta, y Valeria guardó el nombre.

Un hombre de cuarenta y tantos, sentado en una silla de oficina junto a la mesa, con la cabeza afeitada a trasquilones, un esparadrapo en la nuca, un brazo en cabestrillo y un morado reciente sobre una cicatriz del labio.

Tenía marcas rojas en las dos muñecas. Nadie lo presentó y nadie lo miraba, que en una sala es la manera más clara de señalar a alguien.

Uno que cojeaba y se apoyaba en un bastón de aluminio con cinta aislante en el puño, de pie junto a la puerta: el que había levantado la mano desde el coche. A su lado, un chico con la capucha de la sudadera puesta, flaco, que cambiaba el peso de un pie a otro.

Un joven rapado de peluquería, con una muleta bajo el sobaco y una rodillera de neopreno encima del pantalón, que se había puesto de pie al entrar ellos. Sonreía con unos dientes pequeños y tenía los ojos quietos. Ramiro le había dicho «Quique» sin mirarlo.

Duque. A Duque sí lo conocía: camisa blanca de manga corta, en noviembre, y una tableta en la mano.

El viernes anterior, en el pasillo de la comisaría, le había dicho que se cuidara mucho, que estaba de baja.

Ahora tenía la cabeza un poco ladeada, como si escuchara algo con una sola oreja, y a Valeria se le puso caliente la oreja izquierda.

Un hombre enorme con gabardina, junto al muelle, con las manos a la espalda.

Y en el centro, la que importaba. Pelo corto, plateado.

Abrigo camel, pañuelo de seda al cuello, anudado con la pulcritud de quien lo hace sin espejo.

Un maletín de aluminio en la mano. Tras ella, a un paso, un chófer con una cicatriz que le cortaba una ceja.

No era alta ni joven, y era la persona más quieta de la nave.

Cuando Ramiro la llevó del codo hacia ella, Valeria entendió que todo lo demás giraba a su alrededor sin hacer ruido.

La señora de Valencia la miró. Valeria la miró a ella. Nadie dijo nada durante un rato que no se podía medir, porque en la nave no había ningún reloj y el de su muñeca no se atrevió a mirarlo.

Fue Duque el que rompió el silencio. Levantó los ojos hacia el techo y dijo algo bajo al aparato que sostenía, o a nadie.

Valeria no lo oyó. Amparo sí. Se giró despacio, con las manos todavía cruzadas sobre el bolso, y alzó la cara hacia un punto de la pared alta donde la chapa tenía una ranura.

Sonreía de una manera que no terminaba de ser una sonrisa.

—Chico —dijo, sin levantar la voz—. El tejado de al lado.

El chico de la capucha miró al Cojo. El Cojo le hizo una seña con la barbilla. El chico salió por la puerta peatonal, que dejó entornada, y por el hueco entró un aire todavía más frío y el ruido de unas zapatillas sobre la hierba seca.

Valeria no movió la cabeza. Conservó en la cara lo que había traído puesto desde casa, la expresión de una mujer a la que han llevado a cenar a un sitio feo.

Pero por dentro algo se le había encogido.

Alguien en un tejado. Alguien que, a juzgar por lo poco que habían cambiado las manos de Ramiro, no estaba en su plan.

—No pasa nada —dijo él, muy cerca de su oído—. Será un gato.

—Qué gato más grande —dijo Amparo, sin volverse.

Ramiro sonrió y le soltó el codo.

* * *

Nave 6, 22:03.

—Señora —dijo Ramiro—. Esta es Valeria.

—Ya lo veo.

La señora de Valencia le tendió la mano. Era una mano fría, seca, con un anillo de camafeo viejo. Apretó una vez, ni fuerte ni flojo, y la soltó. Tenía los ojos claros y sin prisa, y le miró primero los pendientes, después la boca, después las manos, que no temblaban.

—Me han hablado mucho de usted. Dicen que no grita.

—No he tenido motivo.

—Todavía —dijo la señora, con una amabilidad exacta—. Siéntese, que esto va a durar un rato. Y usted también, Ramiro, que lo veo de pie desde que ha llegado.

Quique desplegó dos sillas plegables de las de bar con un solo movimiento, sin soltar la muleta, y las dejó frente a la mujer.

Ramiro se sentó. Valeria también, con el abrigo abrochado y las dos manos sobre las rodillas, de modo que la derecha quedaba a diez centímetros de la cadera.

Nadie le había pedido que se quitara el abrigo.

Eso lo anotó. Tampoco le ofrecieron nada de beber.

Amparo abrió el bolso, sacó un tubo de pastillas de menta y se lo tendió, con la misma cara con que habría ofrecido un caramelo en un autobús.

—No, gracias.

—Haga lo que quiera —dijo Amparo, y se metió una en la boca, y la chupó con ruido hasta que la señora empezó a hablar.

Por la ranura de la pared alta pasó entonces un hilo de luz, delgado, de linterna. Recorrió una viga, dos, se detuvo en algo que ella no vio, y se fue. Dentro nadie levantó los ojos. Eso también lo anotó.

—Su marido y yo llevamos veinte años haciéndonos favores —dijo la señora—. Es un hombre al que se le puede encargar una cosa y olvidarse. No tengo muchos así. Cuando me dijo que su mujer era distinta, que no haría ruido, que lo entendería, le dije que quería verla. Es lo que se hace.

—Aquí me tiene.

—Aquí la tengo. ¿Usted sabe qué es esto, Valeria?

Valeria se tomó un instante. No para pensar la respuesta, que ya la tenía desde la ducha, sino para que se notara que la pensaba.

—Una nave de Pinto con un plástico en el suelo —dijo—. Y una cena que no se parece a ninguna a la que me hayan invitado.

Quique soltó una risa corta por la nariz. La señora ni se inmutó.

—Es una casa. Lleva treinta años en pie y no es por las paredes.

Es porque nadie de dentro se ha puesto nunca de lado.

Su marido es de dentro desde antes de que usted lo conociera.

—Dejó que eso se asentara—. Hasta hoy la ha tenido a usted fuera.

Es una forma de querer, aunque a mí me parezca cara. Esta noche la ha traído para que entre.

Valeria se acordó de que en el banquete de boda Ramiro había pedido que le cambiaran el sitio, para no darle la espalda a la puerta. Ella lo tomó por una timidez simpática y se lo contó a su madre.

—Eso me ha dicho.

—Y usted ha venido.

—He venido porque mi marido me pide algo con diez horas de aviso —dijo Valeria—. No lo hace casi nunca.

Ramiro volvió la cara hacia ella y le dedicó la sonrisa de cuando eran jóvenes. Eso fue lo peor de la noche hasta ese momento.

—Valeria. Tienes derecho a enfadarte. Quiero que lo sepas. Aquí todos lo entenderían.

—Estoy esperando a saber por qué.

—Eso es lo que me gusta de ti.

—A mí me gustaría —dijo la señora, y la voz le cambió sin subir— que empezáramos. Es tarde.

Dio un paso a un lado y, con el maletín todavía en la mano, señaló con la barbilla al hombre de la cabeza afeitada.

—Este señor se llama Manolo. Trabajaba para un amigo mío en Madrid, y hace unas horas tuvo la ocurrencia de dejar que una niña le quitara la pistola en un callejón. Una niña con una mano mal. Una pistola con número de serie, de la empresa, de esas que luego aparecen en un informe de balística.

Manolo no levantó la cabeza. Miraba el plástico. Debajo del cabestrillo, los dedos de la mano buena se abrían y se cerraban sobre el muslo.

—En mi negocio eso se paga con la vida. No es crueldad, es aritmética.

Hoy es una niña con una mano mal y mañana una de uniforme.

Lo que me interesa es quién lo paga. Hay quien dice que lo pague alguien de fuera, y quien dice que alguien de dentro, para que se vea.

Su marido me ha dicho que lo pagará usted.

El zumbido de los fluorescentes se hizo muy fuerte.

—¿Yo? —dijo Valeria.

—Con su pistola. La que le ha devuelto él esta mañana. Ramiro dice que la lleva puesta. —Los ojos claros bajaron a la cadera derecha y volvieron a subir—. He creído a su marido muchas veces. Quiero creerle esta.

Valeria miró a Ramiro. Ramiro le sostuvo la mirada con una tranquilidad que habría sido insultante si no hubiera sido tan sincera.

—Es sencillo —dijo él—. Lo has hecho antes.

—Dos veces en veinte años. Las dos con un juez detrás.

—Esta vez tienes a la señora.

Pensó en el prepago cosido a la manga, que ahora mismo pesaba lo que pesan veinte gramos de plástico. Pensó en la tila sin enviar y en Rivas, en el portal, diciendo «Hasta mañana». Lo pensó en el tiempo que tarda una persona en levantarse de una silla plegable.

—Manolo —dijo Amparo, en el tono con que se llama a un niño a la mesa.