Ceniza (Elena Malasangre 5) Palé #2
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Palé #2

Eran las 21:54.

* * *

Tejado de la nave vecina, 21:55.

Primero fue un ruido, un zumbido fino de motor pequeño, que no encajaba con nada. Elena levantó la cabeza.

En lo alto del poste, la luz roja se estaba moviendo. Giraba despacio, un grado tras otro, con una sacudida corta en cada uno, y el cuerpo negro de la cámara pasaba de apuntar a la carretera a apuntar al aire, a las naves, a la hilera de tejados. Al suyo.

La cámara se detuvo. Elena se quedó mirándola. Veinte metros de aire entre los dos, y ella tumbada en chapa, con una capucha, haciéndose la muerta.

Por la ranura vio cómo, en el monitor de la oficina, uno de los cuadros de imagen granulada en blanco y negro se movía. Un tejado visto desde arriba. Una forma tendida encima, con capucha.

No se movió nadie. Duque seguía mirando la pantalla y no dijo nada, ni a Amparo ni a nadie. Se rascó la ceja con el canto de la tableta. Y Elena entendió que lo estaba dejando para después, como quien tiene un conejo en la jaula y no tiene prisa por cocinarlo.

Por la carretera se acercaba un coche con los faros bajos. Las 21:55. El Volvo S90 negro de la semana anterior, con el marco de LEVANTE MOTOR, VALENCIA.

No oyó que el portón corredero se abría, porque el portón estaba al otro lado de la nave, pero vio cómo una raya de luz se corría por el hormigón y cómo el Volvo entraba despacio por el hueco. Se detuvo junto al plástico azul. El muchacho de la sudadera cerró el portón.

El chófer bajó primero: grande, chaqueta de cuero, la cicatriz en la ceja. Abrió la puerta de atrás con una mano y tenía la otra a la espalda, en la cintura. La señora de Valencia puso un zapato en el suelo y salió.

Era como la semana anterior. El pelo corto y plateado, el abrigo camel, el pañuelo de seda anudado al cuello, el maletín rígido de color aluminio en la mano derecha.

Sesenta y tantos años, bien llevados, de esas mujeres que parece que nacieron con el bolso colgado del brazo.

No miró el plástico. No miró a Manolo, que se había puesto en pie. No miró las garrafas.

Miró al techo.

Con calma, sin prisa, miró las vigas, las claraboyas, la ranura de la persiana que quedaba a seis metros del suelo y ocho de ella.

Se quedó así un momento. La semana anterior también había mirado al cielo al salir, y no había visto a Elena.

Esta noche tampoco necesitaba verla. Sonrió a medias, con la boca sola, y se volvió hacia Amparo, que se acercaba con las manos juntas.

—Buenas noches, señora.

—Amparo. —Una voz agradable, tranquila, de escuela de monjas—. ¿Ha venido?

—Está en camino. Viene con ella.

—¿Y la chica del móvil?

—Duque la tiene a la vista.

La señora de Valencia no preguntó dónde. Se quitó los guantes, uno a uno, los dobló dentro del maletín. Con un gesto breve señaló los ladrillos en las esquinas del plástico, y el chófer los apartó con el pie. Eran las 21:57.

* * *

Tejado de la nave vecina, 21:58.

Elena ya no oía su propio cuerpo. Oía el motor lejano de un coche que bajaba por la carretera sin prisa, un motor limpio y caro, de los que no hacen ruido hasta que se paran. La luz de los faros pasó por la fachada, por el Audi, por el Mercedes. Se detuvo.

Desde donde estaba no se veía la puerta, y tuvo que arrastrarse hasta el borde de la cornisa, con el codo, con la mejilla pegada al canalón, para asomar un ojo. Un coche gris oscuro, de los que no llaman la atención. Dentro, dos siluetas.

Primero salió él.

Alto, bien afeitado, abrigo oscuro. Al pasar bajo la farola, el anillo de boda hizo un destello pequeño.

Ramiro Salas. Elena lo había visto salir de un restaurante de manteles blancos a las doce y cuarto de una noche, con la mano enguantada de otro tendiéndole algo plano.

Lo había visto de lejos, con tres fotos borrosas.

Ahora lo tenía a cuarenta metros y la única diferencia era que sonreía.

Del hueco entre el Audi y el Mercedes salió una figura que cojeaba y levantó una mano: el Cojo, que había salido a recibirlos. Ramiro dio la vuelta al coche por delante. Abrió la puerta del copiloto.

Salió una mujer con un abrigo azul.

No necesitó verle la cara. No tuvo tiempo de pensar que no la necesitaba.

Era la manera de bajar: primero el pie, luego la mano en el marco, luego el cuerpo entero sin apoyarse en nadie, como se baja de un tren en una estación que no se conoce.

Era el pelo recogido, con hilos blancos.

Era la espalda derecha de quien cuenta los pasos.

Se detuvo bajo la luz y miró la nave, la fachada, las dos puertas, el poste de la cámara, y Elena vio cómo se le iban los ojos a cada una de esas cosas por orden.

Más delgada que en la foto de la fundación. Más seria.

«Cuídate la mano».

Elena se encontró con la izquierda apretada contra el pecho, aunque la izquierda no podía apretar.

A las nueve y treinta y ocho de la mañana, desde una cocina con la radio puesta, esa mujer le había dicho que se quedara quieta.

«Esta noche te quedas quieta, porque hoy es viernes».

Elena no había prometido nada. Y la mujer tampoco se había quedado quieta, claro que no.

Se la habían traído. Del brazo de su marido, con un abrigo azul que le sentaba bien, a una nave con un plástico en el suelo.

Podía irse. Era la mejor idea que tenía.

Bajar por el palé, cruzar el campo, salir por el agujero de la valla y llegar al taxi de Fermín antes de las diez y cuarto, con el bastón y la pistola y las dos manos en el mismo estado en que las había traído.

Nadie la vería marcharse. Nadie la echaría de menos.

Y mañana, en alguna parte, la mujer del abrigo azul sabría que por una vez le había hecho caso.

Se quedó donde estaba.

Valeria no sabía que estaba allí. Eso lo sabía Elena como se saben las cosas que duelen: por cómo Valeria miraba la nave, buscando una cámara, una salida, un hombre armado. No el tejado de al lado. No a ella.

Ramiro le ofreció el brazo. Valeria lo tomó sin mirarlo. El Cojo les abrió la puerta peatonal, se apartó para dejarlos pasar y entró el último.

La puerta se cerró. Quedó una raya de luz bajo la persiana.

Elena se arrastró hacia atrás hasta recuperar el ángulo de la ranura. Metió la mano en la riñonera, encontró la culata, que ya no estaba tibia, y buscó con el pulgar el seguro. Estaba puesto. Lo comprobó otra vez.

Pegó el ojo.

Dentro estaban todos. Amparo con las manos juntas.

El Cojo, a la puerta, apoyado en su bastón.

Manolo, con la mano buena en el borde de la mesa.

El chico de la capucha. Quique, que se había puesto de pie con la muleta.

Duque, con la tableta. El chófer a la espalda de la señora de Valencia, que esperaba en medio de la nave, junto al plástico, con el maletín en la mano.

Ramiro llevaba a su mujer del codo hacia el centro.

Valeria miró a la señora de Valencia. La señora la miró a ella. Nadie dijo nada durante un momento largo.

Entonces Duque levantó la cabeza y miró al techo. Dijo algo bajo, con la mano en la tableta. No hizo falta oírlo. Amparo se volvió, despacio, con las gafas colgando de la cadena de oro, y levantó la cara hacia la ranura. Hacia ella. Con una sonrisa que no llegaba a serlo.

—Chico —dijo Amparo, sin levantar la voz—. El tejado de al lado.

Abajo, en la hierba, empezaron a oírse pasos.