Ceniza (Elena Malasangre 5) Palé
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Palé

La valla tenía el agujero donde lo había dejado la semana anterior, a la altura de una rodilla, con las puntas del alambre dobladas hacia fuera por alguien que no quería que se colara un perro y se había colado medio barrio.

Elena pasó de lado, con la cabeza gacha.

Un alambre se le enganchó en la capucha.

Lo soltó con la mano buena, sin tirar, con cuidado de que no sonara.

La rodeó pegada a las paredes, contando los bajantes de lluvia para no pasarse. La cámara no se movió. La semana anterior no estaba. O estaba y ella no la había visto, que era peor.

Enganchó el pomo del bastón al borde de la chapa y tiró para comprobar que aguantaba.

Aguantó. Se agarró con la derecha, apoyó las botas en la pared, se aupó, consiguió meter un codo, luego el otro, y se quedó un rato de barriga contra el tejado, con las piernas colgando y la respiración sonando como un fuelle.

La izquierda le gritaba por dentro de la venda.

Llevaba dos semanas gritando, y era la primera vez que Elena le contestaba.

—Ya, ya —susurró—. Ya sé.

Recogió el bastón y se arrastró hasta que cupieron las rodillas. Se quedó tumbada en el tejado de la nave, con la mejilla pegada a la chapa ondulada, que estaba húmeda y olía a óxido.

Eran las 21:46.

* * *

Tejado de la nave vecina, 21:48.

Fue reptando hasta el fondo, hasta donde su tejado topaba con la pared lateral de la nave 6, que era más alta.

A esa altura, justo por encima de la chapa, a un palmo de su cabeza, se abría el ventanuco: una ranura larga con un cristal sucio y una persiana de lamas de plástico que alguien había partido por la mitad.

La semana anterior había visto por esa rendija una oficina pequeña.

Esa noche la luz que salía era otra, más blanca y más grande.

La otra vez había subido con un termo de café y las dos manos sanas. Ahora tenía frío, un bastón, una pistola prestada y la sensación de haber vuelto a un bar donde antes la trataban mejor. Se limpió el sudor de la frente con la manga y pegó el ojo.

La oficina seguía a la derecha, con su fluorescente y su mesa metálica.

A la izquierda, el resto de la nave, mucho más grande de lo que recordaba: suelo de hormigón manchado, un muelle de carga cerrado, y al fondo la puerta de hierro de los tres cerrojos, que esta vez estaba abierta y enseñaba una cámara frigorífica con la luz apagada.

En mitad del hormigón habían extendido un plástico azul de obra de dos metros, con ladrillos en las esquinas.

Al lado, dos sacos blancos de veinticinco kilos con la boca cosida, una pala nueva con la etiqueta todavía colgando y, contra la pared, en fila, cuatro garrafas rojas de plástico, de las de gasolina.

Elena se quedó un rato mirando la fila de garrafas. Se le había secado la boca.

El plástico, la cal, la pala. Los había visto esa tarde en la Berlingo, junto a Manolo atado y a una caja de bridas. Eran los mismos. Alguien había abierto la furgoneta, sin llaves, y se había llevado todo, hasta la pala con la etiqueta puesta. A Elena le pareció una falta de respeto.

Y alguien había sacado también a Manolo.

Estaba sentado en la silla de la oficina, de lado, con una compresa de hielo en la nuca y el brazo izquierdo en cabestrillo.

Se había quitado la gorra y debajo tenía la cabeza rapada, con un esparadrapo grande y un morado que le bajaba por la mejilla hasta la cicatriz del labio.

Le habían cortado las ataduras con algo afilado, porque llevaba en las dos muñecas una raya roja.

Tres horas, había calculado ella. Había salido en una.

Se le doblaron las rodillas por dentro, tumbada, como si hubiera bajado un escalón que no estaba.

Manolo hablaba despacio, con la voz estropeada, hacia alguien que quedaba fuera de su ángulo.

—…me dio por detrás. Con una cosa de metal, en la nuca, y con la bota en la cara. Era una chica, joven. Una mano mala, esta —se señaló la izquierda—. Dijo que me tomaba la pistola prestada.

—Prestada —repitió Amparo.

Entró en el encuadre. Pelo caoba, americana de punto, el bolso grande colgado del antebrazo, las gafas con cadena de oro. Nada había cambiado desde Valencia: seguía mirándolo todo como quien comprueba un recibo. Sacó un pañuelo de papel y se lo tendió a Manolo sin mirarlo.

—Prestada. Y la bolsa de la semana. Y el arma de la empresa.

Con ese dinero, pensó Elena, se había comprado un bocadillo de lomo con queso y una linterna. No se arrepentía de ninguno de los dos.

Del otro lado entró un hombre ancho de espaldas, con cazadora de cuero, que arrastraba una pierna más corta que la otra y se apoyaba en un bastón de aluminio con cinta aislante en la empuñadura.

El Cojo. Detrás, el chico de la capucha, al que una bala de Manolo había abierto el muslo en el autolavado y al que un gato negro le había quitado el sueño.

Cojeaba también, de la otra pierna. Si había que correr, aquello era una carrera de relevos de cojos, y ella llevaba la peor mano.

—No ha contestado más —dijo el Cojo, con su voz de fuelle—. La tarjeta ya no da señal.

—Entonces ha apagado el móvil —dijo Amparo—. O lo ha tirado.

—O está en la puerta.

—Está en la puerta. «Voy ya». En minúscula y sin punto. —Amparo sonrió sin enseñar los dientes—. Aprende deprisa.

Elena cerró el ojo. Cuando lo volvió a abrir, Amparo estaba mirando la persiana. No la ranura: la persiana entera, con la cabeza un poco inclinada. Elena no respiró. Amparo apartó la vista, cogió el bolso y salió del encuadre.

Eran las 21:50.

* * *

Tejado de la nave vecina, 21:51.

Oyó el coche antes de verlo: un motor diésel, pequeño, con una luz ámbar girando en el techo.

La patrulla pasaba a las 21:50, pero en Pinto el reloj lo ponía el guarda.

Se tumbó plana, con la cara de lado, y vio por el borde de la cornisa cómo un Dacia blanco con el rótulo «VIGILANCIA» se paraba delante de la seis, justo bajo la farola amarilla.

Bajó la ventanilla. Del portón salió un muchacho de sudadera con la capucha puesta, a paso lento, con las manos en el bolsillo del canguro.

Le dio algo al guarda. El guarda lo sopesó y lo guardó. La ventanilla subió.

El Dacia dio la vuelta en la rotonda del fondo y se fue por donde había venido.

Muy bien, pensó Elena, mirando las luces rojas. Aquí no viene nadie.

Se quedó pensando en la frase de Amparo en el móvil de Manolo, la de las 17:41.

«Viene el jefe y trae a alguien. Quiere que la vea todo el mundo».

Alguien. Llevaba toda la tarde dándole vueltas, y las vueltas no daban nada.

Una de las seis mujeres, a la que traían para dar ejemplo.

Un chivato. Un rival del Cojo. Una persona a la que se enseña la nave antes de enterrarla en ella, para que vea lo que pasa con los que preguntan.

Había una posibilidad que no se le ocurrió, y no se le ocurrió hasta las 21:58.

No le dio tiempo a sentirse sola. Por la carretera de servicio se acercaba otro coche, más grande, y en el silencio se oyó cómo cambiaba de marcha.

Un Mercedes negro con los cristales oscuros y la matrícula tapada con una bolsa de plástico atada con bridas.

Elena lo conocía: el del lunes en Los Naranjos.

El coche del jefe, el que entró por detrás de la casa sin dejarse ver y se fue a las 12:15. El de «viene, las ve y se va».

Se detuvo junto al Audi del Cojo. Bajó primero el conductor: grande, gabardina, cara de no querer estar allí. Rodeó el capó y abrió la puerta de atrás.

Salió un hombre con muleta. Rapado, con una rodillera de neopreno encima del pantalón y una cicatriz blanca en la nuca.

Quique. Se apoyó para ponerse en pie, escupió en el suelo y miró alrededor como si no fuera su fiesta pero hubiera traído la botella.

Elena apretó los dientes. Nueve días atrás le había roto esa rodilla de una patada, y seguían sin arreglársela. Sintió una alegría pequeña y fea.

Por la otra puerta salió otro, con una cazadora fina encima de una camisa blanca de manga corta. De manga corta, en noviembre. Lo conocía de una azotea de Tetuán: era el que recorría los tejados con la mirada y escribía algo en la palma de la mano. No sabía cómo se llamaba. Sabía que contaba pisos.

Y sabía otra cosa, que se guardó por si servía. La gente del comisario viajaba en el coche del jefe de Zeta. O el comisario y el jefe de Zeta se prestaban el coche, como dos vecinos con una escalera.

Duque se quedó parado junto al Mercedes. Sacó una tableta del interior de la cazadora y la miró. Luego levantó la cabeza.

Elena se quedó muy quieta.

La cabeza giró despacio, de izquierda a derecha. Pasó por la fachada de la seis, por la cámara del poste, por el cielo. Siguió por el tejado de la nave vecina y no se detuvo. Llegó hasta el final de la hilera, volvió, y esta vez sí se detuvo.

—Ahí —dijo Duque. No hablaba con ella.

La puerta peatonal se había abierto y había salido el chico de la capucha con una linterna en la mano. Duque le habló al oído. El chico asintió, la encendió, y un haz delgado y blanco empezó a recorrer el borde del tejado.

Elena apoyó la frente en la chapa. La luz pasó por encima de su cabeza. Pasó por el canalón. Pasó por una esquina de la cornisa, a un palmo de su bota derecha, y se quedó ahí, quieta, un tiempo que le pareció un mes. Elena contó los latidos de la sien. Cuatro. Cinco.

El haz se apartó. Recorrió el hueco entre las dos naves y se apagó. El chico dijo algo que ella no oyó. Duque contestó, más largo, y Quique soltó una risa corta. Después todos entraron por la puerta peatonal con un golpe de luz blanca que se cerró a su espalda.

Elena soltó el aire por la nariz, muy despacio, hasta quedarse sin él.

Cuando volvió a poner el ojo en la ranura, la nave tenía otra cara: Quique estirando la pierna en una silla, Duque enchufando la tableta a un monitor viejo de la oficina, el Cojo apoyado en la pared, Manolo de pie con los hielos en la mano. Todos de espaldas al tejado, mirando hacia el portón.