El abrigo azul #2
Metió el cargador de un golpe con la palma de la mano y corrió la corredera sin pensarlo, porque era lo más rápido.
Solo cuando ya tenía una bala en la recámara se dio cuenta de que acababa de gastar la prueba.
La metió en la cartuchera, cerró la presilla, bajó el borde de la blusa.
Abrió el armario, sacó el abrigo azul de la funda de la tintorería y se lo echó sobre el brazo.
Le dio tiempo a llegar a la cómoda del dormitorio.
A abrir el cajón. A coger la caja de terciopelo verde.
A cerrar el cajón con la rodilla. Y a quedarse sin tiempo para nada más, porque ya se oía el ascensor.
* * *
Entrada, 20:41.
Ramiro abrió con su propia llave, sin llamar, y dejó las llaves en el cuenco de la mesita como cada noche.
Venía vestido con un traje azul marino que ella no le había visto, camisa blanca y corbata gris perla.
Se había afeitado hacía poco. Traía el olor a vainilla de la loción, que le llegó a Valeria antes que él.
—Ya estás lista. —La miró de arriba abajo, despacio—. Estás muy guapa.
—Me has pillado sin abrigo.
—Así mejor. —Sonrió. Tenía una sonrisa grande y limpia, la de los que se han lavado los dientes tres veces—. ¿Has descansado?
—Como un tronco. Rivas te habrá contado.
—Me ha contado. —Se quitó la chaqueta, la dobló por la mitad, la dejó en el respaldo de la silla—. Dos pastillas con la tila, ¿no?
—Dos y media.
—Qué bruta.
—Me dolía.
—Ya lo sé. —Le puso una mano en la nuca, caliente, con el pulgar detrás de la oreja—. Por eso te quise cuidar. Abrigo. Pendientes. ¿Dónde los tienes?
—Aquí.
Levantó la caja de terciopelo verde y la abrió. Ramiro asintió con la cabeza, igual que asentía con cada informe.
—Los tenías en la mesilla, ¿verdad? Donde los dejas siempre.
—En el cajón de la cómoda. Desde junio.
—Claro. —Seguía sonriendo—. Ven.
La llevó al espejo de la entrada, el de marco dorado que habían heredado de la madre de él, con una grieta en una esquina que ella nunca había conseguido que arreglaran.
Se puso delante, y Ramiro detrás, una cabeza por encima, con las manos en sus hombros.
En el espejo eran un matrimonio de cuarenta y tantos que sale a cenar.
Se puso el derecho ella sola. Costó un poco; hacía mucho que no se lo ponía, y el agujero se había cerrado a medias. Metió el aro, y el granate le quedó pegado a la mandíbula, frío.
—Déjame el otro.
Era una orden con voz de amable. Ella le tendió el pendiente izquierdo, el de cuatro gramos. Ramiro lo cogió con dos dedos, le apartó el pelo de la oreja con el dorso de la otra mano, y se lo puso él. Valeria oyó, o creyó oír, un clic mínimo, la pieza que cierra. El lóbulo le tiró hacia abajo.
—Así —dijo él—. Ahora sí.
Se miraron en el espejo. Ella vio sus propios ojos, los de su padre, con ojeras bien maquilladas. Vio los de él, tranquilos, apoyados en el granate izquierdo. Qué amable eres, quiso decir. Dijo:
—Me pesa un poco.
—Es el oro. —Le besó la sien—. Acostúmbrate.
La ayudó con el abrigo azul. Lo hizo bien, sin estirar de la tela: le sujetó el cuello con las dos manos, esperó a que ella metiera los brazos, le alisó los hombros.
Al meter el izquierdo, Valeria notó el prepago deslizarse un centímetro dentro del forro, y rezó, como no rezaba desde la primera comunión, para que el pespunte aguantara. Aguantó.
Ramiro le dio la vuelta. La abrochó él, botón a botón, mirándola a la cara. Al llegar al último, la palma de la mano le pasó por la cadera derecha, por encima del abrigo, y se detuvo un segundo en la cartuchera.
—¿La llevas?
—Donde me dijiste.
—Muy bien. —La palmada fue suave, de las que se dan a un caballo—. Que se note poco. Lo contrario no es elegante.
—Qué cosas dices.
—Y el móvil. ¿Lo traes?
Se lo había pensado desde la ducha. Sacó del bolso el de siempre y se lo tendió sin dudar. Ramiro lo miró, lo apagó con el pulgar, y lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta que acababa de volver a ponerse.
—En Pinto no hay cobertura, y es una cena de las importantes. Que nadie te interrumpa. —Le tocó la barbilla con un dedo—. Esta noche estás solo conmigo.
—Qué honor.
—Es verdad que lo es.
Valeria dejó el bolso sobre la cómoda de la entrada.
La placa iba en el bolsillo interior del abrigo, el cuaderno en el otro y el prepago en la manga, contra la muñeca.
Cerró la puerta del piso con la llave de siempre.
En la rendija, junto al suelo, ya no había ningún hilo, porque lo había quitado ella misma al llegar y nadie más sabía que había estado.
Ramiro bajó delante, un escalón por delante, y no se le ocurrió mirar atrás.
* * *
Calle, 20:58.
Rivas estaba en el portal con el termo en la mano, de pie, sin chaqueta.
Les abrió la puerta de la calle. Ramiro le dio las buenas noches con un golpecito en el hombro.
A Valeria la miró de abajo arriba, desde el abrigo azul hasta los pendientes, y de los pendientes a los ojos, y los apartó enseguida.
—Señora.
—Hasta mañana, Rivas.
—Hasta mañana.
No dijo «Que vaya bien». Dijo «hasta mañana», y era otra cosa. Valeria se subió al coche con esa palabra en la cabeza, que le sonaba a promesa o a aviso.
El coche era el de los fines de semana, gris oscuro, limpio por dentro como una consulta de dentista.
Ramiro lo conducía con las manos a las diez y diez, sin prisa, respetando hasta el último semáforo.
Cruzaron Madrid por Santa Engracia y Atocha, por la M-30 y después por la A-4, entre camiones, centros comerciales con los rótulos encendidos y vallas publicitarias donde ya había alguien sonriendo con la corbata aflojada y un lema de dos palabras.
Faltaban dos horas para que empezara la campaña y todos pudieran pedir lo que quisieran.
Frente a Atocha, un grupo de gente con cacerolas y pancartas ocupaba un carril, y dos furgonetas de antidisturbios los miraban sin bajar. Ramiro redujo y esperó a que el policía de tráfico le hiciera un gesto.
—Ahora todo el mundo tiene algo que decir —comentó.
—Algunos lo tienen.
—En tres meses no se acordarán de qué era.
El policía los dejó pasar. Valeria miró a una mujer mayor con una olla en cada mano, que no gritaba, que solo estaba plantada ahí como un mueble de su casa que alguien hubiera puesto en la calle, y la perdió de vista en el espejo.
—Mañana ya te lo explico todo —dijo él, de repente.
—¿Y hoy qué?
—Hoy te voy a presentar a una señora de Valencia. Quiero que seas amable con ella.
—Soy amable.
—Eres correcta. Es distinto.
Se rió un poco, para que ella se riera. Ella se rió, casi a tiempo.
—¿Quién es?
—Alguien con quien llevo tiempo queriendo que hables. Y que te conozca. Con eso me conformo.
—¿Del Ministerio?
—De la casa. —Puso el intermitente—. De nuestra casa, Valeria.
Ella miró por la ventanilla. Una gasolinera pasó, una cuesta, un puente con una pintada, «ES MI CASA».
Le pesaba el pendiente izquierdo, y de pronto le pesaba más.
Pensó que a lo mejor estaba templado, o que se lo imaginaba.
Cuatro gramos son una moneda. Pero una moneda de cuatro gramos con una tarjeta dentro y un micrófono que había soldado alguien con una lupa, y que ahora mismo, quizá, tenía una oreja pegada del otro lado.
Si había alguien escuchando, que oyera a una mujer cansada hablando de nada.
—Podías haberme avisado antes. Con diez horas no se prepara una cena.
—Con diez horas se prepara una mujer.
—No sabía que me estuviera preparando.
—Todas nos preparamos para algo, Valeria. Yo, por ejemplo, para esta noche.
No contestó. Tampoco él esperaba que contestara.
Ramiro le puso la mano en la rodilla. Tenía la mano caliente, seca, tranquila, con el anillo de boda que no se quitaba para nada, y la dejó ahí hasta el desvío de Pinto.
Valeria miró el reloj del salpicadero. 21:46.
La mano se levantó para accionar el intermitente y volvió a su rodilla, y esta vez pesaba más.
—Se te ha puesto la oreja roja —dijo él.
—Es el metal, que me roza.
—Es el metal. —Sonrió al parabrisas—. Casi llegamos.
* * *
Polígono de Pinto, 21:56.
Pasaron una rotonda con una gasolinera encendida y un taxi aparcado delante de la tienda con la luz de libre apagada.
Pasaron una carretera de servicio sin acera.
Naves a oscuras, con rótulos de empresas muertas: neumáticos, muebles de cocina, un «Se alquila» tan viejo que se había puesto gris.
La farola de la mitad del camino estaba encendida y amarilla, y se dejó la siguiente sin luz.
En lo alto de una nave, muy pequeña, titilaba una luz roja.
Entró a poca velocidad. Olía a goma quemada y a tierra mojada, y por la ventanilla entreabierta llegó un ladrido lejano, de perro encerrado.
Ramiro contaba las naves en voz muy baja, sin darse cuenta, y rodó despacio hasta la tercera de las ocho.
Chapa gris, puerta peatonal, portón corredero, el hueco de un rótulo de neumáticos arrancado hacía mucho.
Delante, apoyado en la pared, había un Audi negro con un golpe en la aleta, y al lado un Mercedes oscuro con una bolsa de plástico sobre la matrícula.
Alguien salió de entre ellos, con una cojera lenta, y levantó una mano.
Ramiro apagó el motor.
—Antes de bajar. —Se giró hacia ella y le colocó el cuello del abrigo con las dos manos, igual que en casa—. Pase lo que pase ahí dentro, tú no te asustes. Y no grites.
Estuvo a punto de preguntarle por qué esa frase y no otra. Se acordó de la ermita, de la cúpula de Goya y de los tres minutos con Bravo. «Yo no grito». «Pues aprende».
—Yo no grito —dijo.
—Lo sé. Por eso te quiero.
Ramiro se bajó, dio la vuelta al coche por delante, y por primera vez que ella recordara le abrió él la puerta.
El reloj del salpicadero marcaba las 21:58. Tres horas y dos minutos para la tila.