El abrigo azul
La vecina de las sábanas había recogido la colada.
Quedaban las cuerdas vacías y una pinza verde que se balanceaba sola con el viento.
Valeria cruzó el murete bajo con el abrigo marrón pegado a las piernas y la lata azul apretada contra la barriga, y se sintió un rato como esas mujeres que llevan la fiambrera a un marido que trabaja en una obra.
Tardó tres cuartos de hora en volver, con el metro, el autobús y un trozo de camino a pie por si acaso, y no la siguió nadie. Lo comprobó tres veces.
Abrió la puerta de la azotea de su edificio con el pie, empujando la chapa por abajo para que no chirriara, y bajó los últimos escalones agarrada a la barandilla. En el rellano de servicio olía a caldo. En alguna cocina de la escalera se oía un televisor con el volumen de quien está solo en casa.
Antes de meter la llave miró al suelo. A la altura del tobillo, en la rendija de la puerta, había dejado esa mañana un hilo de coser blanco enganchado con un poco de saliva a la madera y al marco. Seguía allí, entero. Lo despegó con la uña, se lo guardó en el bolsillo y entró.
El piso era el mismo, que era lo raro. La radio de la cocina, con otra tertulia, otros gritos, el mismo señor explicándole a alguien por qué el país se acababa.
Las persianas bajadas. La mancha del techo del dormitorio, con su forma de pie.
Fue directamente al cajón de la plancha, el de abajo de la cómoda del pasillo: el paño de cuadros, la pistola dentro, el cargador al lado.
Nada se había movido. Una pistola que no se mueve de un cajón es una pistola que nadie ha echado de menos, pensó, y la añadió a la lista de las cosas que no sabía.
Se quitó la boina y el abrigo, que olían a metro y a cera de iglesia, y los colgó en el armario del fondo, junto a los de verano.
Se sentó en el borde de la cama con la lata en el regazo y abrió la tapa.
Los hilos, los carretes, las dos bolas de aluminio.
Desenvolvió las dos y las dejó en la palma de la mano.
Los granates parecían dos gotas de aceite oscuro.
Si alguien volvía a llamar a ese pendiente, tenía que oír lo que había oído siempre.
Lo había pensado en el autobús. Sacó del fondo del armario la radio pequeña de pilas que había sido de su madre, la puso encima de la mesilla de noche, bajita, sintonizada con la misma emisora de la cocina.
Metió los pendientes en la caja de terciopelo verde, en su sitio, y la caja en el cajón de la cómoda, donde estaba desde junio.
Cerró. La tertulia siguió hablando a media voz detrás de la puerta cerrada.
Así, quien marcara ese número escucharía una radio en una habitación, y a lo mejor cuatro horas de silencio.
Tenía hambre desde las doce y no lo había notado. Se comió un yogur de pie junto a la nevera, con la cuchara de postre, y media barra de pan con aceite. Se lavó la cuchara. Se secó las manos y se las miró. Estaban quietas.
* * *
Dormitorio, 16:10.
No se durmió. Se tumbó con los zapatos puestos, encima de la colcha, mirando la mancha, y repasó la lista como se repasa una lista de la compra: Bravo tenía los tres folios.
Nacho tenía la lengua guardada y el detector en el bolsillo del pantalón.
El prepago estaba en el bolso. La placa, en el bolso.
Los pendientes, en la caja. La pistola, en el cajón.
Faltaba el sitio donde meter todo eso, y ese sitio era ella.
Se levantó. Fue al cuarto de costura, que era un armario con ventana, y sacó del cestillo las tijeras pequeñas de las uñas y un carrete de hilo gris.
El abrigo azul colgaba en el armario de la entrada, con la funda de la tintorería todavía puesta.
Ramiro se lo había comprado hacía dos inviernos en una tienda de la calle Serrano, sin avisarla, y se lo regaló en una caja con papel de seda.
Era un abrigo bonito. Tenía un corte que a ella le quedaba bien, y lo sabía, y la única razón por la que casi no se lo había puesto era que se lo había regalado él.
Descosió con la punta de las tijeras unos cinco centímetros del forro de la manga izquierda, por dentro, junto al puño.
Metió el prepago por esa abertura hasta el dobladillo.
Lo notó contra la muñeca al mover el brazo, pero no se veía.
Cosió la abertura con un pespunte irregular.
El hilo era gris y el forro era beige, y quien lo fuera a mirar de cerca, ya había perdido la partida.
Después se sentó en el cuarto de baño con la tapa del váter bajada, otra vez, y anotó en el cuaderno, con el bolígrafo que le había quitado a un abogado en la Audiencia hacía diez años, lo único que le faltaba:
Pendiente izq. = micro. No decir nada que no pueda oír él.
Lo leyó. Arrancó la hoja, la rompió en cuatro y la tiró al váter. Tiró de la cadena, y el agua tardó en llevársela, y ella se quedó mirando cómo daba vueltas.
* * *
Salón, 17:20.
Se sentó en el sillón de él, el de las gafas de leer en el brazo y el periódico doblado por la sección de política, que ella no había tocado en años.
La casa estaba ordenada como siempre, por alguien que sabía exactamente dónde estaba cada cosa y se enfadaba, sin levantar la voz, cuando una cambiaba de sitio.
Aquella tarde le habría gustado mover todo.
Cambió de sitio el cenicero de cristal, que no se usaba desde que él dejó de fumar, y lo dejó donde no iba. Se quedó mirándolo.
En la radio de la cocina hablaban de la medianoche.
Un señor explicaba que a partir de las doce los partidos podrían pedir el voto y que él, personalmente, ya estaba cansado.
Una señora le contestó que el cansancio era un lujo.
Eran los mismos de por la mañana, con las mismas voces, y a Valeria le dio por pensar que se pasaban la vida cobrando por estar de acuerdo en no estar de acuerdo.
El edificio sonaba a viernes. Arriba, unos tacones; abajo, una olla a presión; en la escalera, alguien con la bolsa de la compra que subía un tramo, descansaba y volvía a subir.
Valeria escuchó cómo se paraba en su rellano.
Se quedó sin respirar. Los pasos continuaron hacia el piso de arriba, y una puerta, y una voz de mujer gritando «¡Que ya voy! » a un niño. Soltó el aire.
Recordó el cuaderno de la mañana. ¿Por qué avisa con diez horas? Una pregunta sin respuesta que ahora tenía cuatro: porque quería verla preparada, porque quería verla asustada, porque quería que fuera sola, o porque le daba igual lo que supiera. La cuarta era la peor y la que más cuadraba con él.
* * *
Cocina, 18:03.
El fijo sonó con el tono viejo, el de timbre de bar. Contestó al segundo.
—Señora, son las seis y pico. —Rivas hablaba bajo—. Dijo que a las seis.
—Gracias, Rivas. Estoy despierta.
—El comisario ha llamado dos veces. A las tres menos veinte y a las cinco. Le dije que dormía.
—¿Y qué dijo?
—Que no la despertara. Y que a las nueve y cuarto sin falta, en el portal. —Una pausa breve—. La segunda vez preguntó si usted había bajado a por algo. Le dije que no.
—Bien.
—No es mentira, señora. No ha bajado.
Valeria cerró los ojos un momento. No ha bajado. Rivas había dicho una verdad completa y la había dejado ahí, a la vista, por si hacía falta.
—Rivas.
—Dígame.
—Ha sido un día largo.
—Los viernes lo son, señora.
Colgó. Rivas era un hombre mayor que ella a quien le gustaban los termos y no le gustaba que le preguntaran lo que pensaba. Era el único de los escoltas que habían pasado por su portal al que había visto la cara cuando decía la verdad, y aun así no sabía qué pensaba por dentro.
Puso la mesa de la cocina para uno. Se hizo una tortilla de dos huevos en la sartén chica, con la grasa justa, y se la comió sin sentarse.
Dejó el plato en el fregadero con agua. A las siete de la tarde puso la radio fuerte y se duchó con la puerta del baño abierta, para que quien escuchara lo que había oído siempre lo oyera.
A mitad de la ducha se dio cuenta de que había estado tarareando una canción, una de las de su madre, que hablaba de una casa junto a un río.
No supo cuándo había empezado, y lo dejó.
* * *
Pasillo y dormitorio, 20:12.
Se vistió despacio, por capas, con una ropa que no hacía ruido: la blusa de seda gris, el pantalón negro de pinzas, las botas bajas de tacón cuadrado en las que se podía correr si hacía falta.
El cinturón ancho de cuero que se ponía para los actos, con la cartuchera interior que le había regalado un compañero al jubilarse.
Se lo ajustó sobre la cadera derecha. Quedaba bien cerrado.
Cogió el paño de cuadros del cajón de la plancha.
El peso fue el de siempre. Se quedó parada en mitad del pasillo con la pistola desnuda en la mano, mirándola, y lo que se le ocurrió fue lo que ya se le había ocurrido por la mañana: correr la corredera en vacío y apretar el gatillo, y oír cómo sonaba.
Un solo clic sirve para saber que el mecanismo funciona.
Ahora podía hacerlo: el pendiente estaba en la caja, la caja en el cajón del dormitorio y la radio al lado, y con el grifo del baño abierto un clic no se oiría ni al otro lado de la puerta.
Todavía no había cargado el arma. Iba hacia el baño con la pistola en una mano y el cargador en la otra cuando sonó el fijo.
—Señora. —Rivas hablaba muy deprisa y en voz más baja de lo normal—. El jefe está en el portal. Dice que sube.
—Son las ocho y treinta y ocho.
—Dice que se aburría en la oficina.