Ceniza (Elena Malasangre 5) Cercanías #2
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Cercanías #2

El tren de Aranjuez entró en la vía. Subió al último coche, el más vacío.

Un chico con auriculares grandes, una pareja de mayores con una bolsa de naranjas, una mujer con una niña dormida en el regazo.

Se sentó junto a la ventanilla, con la riñonera bajo el abrigo, y el tren arrancó, y las luces de Madrid empezaron a pasar a la altura de los ojos.

La niña dormida se despertó al cruzar el puente del Manzanares. Tendría cuatro años, una trenza deshecha y un conejo de trapo al que le faltaba una oreja. Se quedó mirando a Elena sin pestañear, como miran los niños y los gatos, y luego miró la mano.

—¿Te has hecho pupa?

—Sí.

—¿Mucha?

—Mucha. Pero ya casi no me duele.

—Mi conejo no tiene oreja —dijo la niña, como quien aporta un dato médico.

—¿Se la quitaste tú?

—Se la comió el perro.

—Entonces tu perro es de los que sí se atreven.

La madre pidió perdón con los ojos, sin soltar la bolsa, y Elena negó con la cabeza. La niña se acomodó otra vez en el regazo y se volvió a dormir al minuto, con la boca abierta, como si hubiera cumplido con el trabajo del día.

Cerró los ojos.

La carabina de Iván. La caseta de la Casa de Campo, con las bombillas de colores y la música de los altavoces.

Los patos de plástico dando vueltas. Iván con el brazo por encima del hombro, la mano en la nuca, y esa voz dulce: «Anda, ven, que no pasa nada».

Ella apuntó y falló los cuatro tiros. Él los acertó todos y dijo que ella le había dado suerte.

Esa noche le dio el peluche, un oso de un azul que no existe, y a las dos de la mañana, en el portal, le partió el labio por mirar a otro.

Elena abrió los ojos antes de llegar a esa parte. Siempre los abría antes.

—Billetes, por favor.

El revisor tenía el chaleco y la maquinita, y la cara de quien lleva veinte años pidiendo billetes a gente con prisa. Elena sacó el suyo con la derecha, el que había comprado en la máquina con un billete de veinte, y se lo tendió. Él lo picó. Se quedó mirándole la mano izquierda.

—¿Eso es sangre?

—Mermelada de fresa.

—Qué mala suerte con la mermelada.

—Se me cayó el bocadillo.

Él hizo un gesto con la cabeza, de los que quieren decir «no me creo nada, pero no me pagan por eso», y siguió por el pasillo. Elena esperó a que llegara al otro vagón antes de soltar el aire. En la riñonera, el cañón se le había clavado en la cadera. Cambió de postura.

Fue repasando lo que sabía, que era poco y estaba ordenado.

La nave 6 era la tercera de las ocho, con chapa gris, una puerta peatonal, un portón corredero y el rótulo de unos neumáticos que ya no se vendían allí.

A su izquierda, la nave 5 tenía un palé de cajas vacías arrimado a la pared del fondo, a la altura justa para subir de un salto a su tejado, y desde el tejado un ventanuco con la persiana rota daba al interior de la seis.

Lo había mirado una semana antes, de día, haciéndose la perdida con un mapa de papel.

Amparo le había dicho a Manolo las diez.

Ella pensaba estar arriba a las diez menos veinte, con el frío metido en los huesos y la cabeza fuera del ventanuco lo justo para ver sin ser vista.

No había un plan más allá de ese. Ver quién entraba. Ver quién salía. Y si la cosa se torcía, la riñonera le pesaba en la cadera.

El tren pasó por Villaverde Alto, por Getafe, por una hilera interminable de bloques con las ventanas encendidas. En una, un señor con la tele puesta cenaba solo. En otra, una cocina entera, con tres niños y una abuela. Elena miró las dos por igual.

A las 21:02 una voz grabada dijo «Próxima estación: Pinto», y ella se puso de pie.

* * *

Estación de Pinto, 21:04.

Hacía más frío que en Madrid. El andén olía a humo de leña y a gasolina.

Bajó con la mujer de la niña dormida y con la pareja de las naranjas, y fue la única que cruzó el puente hacia el lado del polígono, con la capucha puesta sobre el gorro y las gafas de sol de farmacia, que a esa hora de la noche eran una excentricidad más.

Conocía el camino. Una carretera de servicio sin acera.

Naves a oscuras con rótulos de empresas que ya no existían: una de neumáticos, otra de muebles de cocina, una con un cartel de «Se alquila» tan viejo que se había vuelto gris.

Un perro ladraba detrás de una valla sin dueño a la vista.

Una farola sí y otra no. Dos coches pasaron sin aminorar.

Detrás de un contenedor de escombros, agachada, se sintió idiota. Al siguiente coche volvió a agacharse.

A mitad de camino, detrás de una marquesina sin bus, sacó la pistola.

Montarla con una sola mano era un problema de carpintería.

Había visto cómo lo hacían en las películas, con las dos manos y un gesto seco, y no había visto nunca cómo se hacía con una.

Lo intentó con el pulgar de la derecha y no tuvo fuerza.

Probó con el muslo, apoyando la corredera, y resbaló.

Al tercer intento encontró el borde de hormigón del zócalo de la marquesina, metió el punto de mira por el canto, empujó con el peso del cuerpo y la corredera corrió hacia atrás con un chasquido que le sonó a disparo de feria.

Se quedó quieta, con el corazón golpeándole en los dientes.

El perro de la valla dejó de ladrar y el silencio duró lo suficiente para ser sospechoso. Luego el perro siguió, y ella respiró.

Ya estaba. Bala en la recámara y el pulgar sobre el seguro, que era la única parte del arma que entendía de verdad. La guardó en la riñonera sin quitar la mano del cañón por si acaso, y notó en la cadera un peso distinto al de antes, el de las cosas que ya no se pueden devolver.

Veintiséis minutos después de salir de la estación, con las rodillas ya menos blandas, vio las luces de la rotonda.

* * *

Gasolinera de la rotonda, Pinto, 21:31.

El taxi estaba aparcado delante de la tienda, con el cartel de libre apagado y las luces de posición encendidas.

Dentro, un hombre de cincuenta y tantos, con un bigote entrecano, leía el periódico deportivo con una linterna en la boca.

Elena dio con el nudillo en el cristal. El hombre bajó la ventanilla con la mano libre.

—Otra vez tú —dijo, quitándose la linterna de los dientes.

—Otra vez yo.

—Los cien de la semana pasada me los gasté en un jamón.

—Bien gastados.

—Muy bien gastados. —Dobló el periódico—. ¿Vamos a repetir?

—A las diez y cuarto, aquí mismo. Si a las once no he vuelto, te vas. —Sacó el billete y se lo puso en el salpicadero—. Cien ahora. Y cien más si sigues aquí a esa hora.

—Fermín —dijo el hombre, por si no lo recordaba—. Treinta y un años de taxi, y nunca me han pagado por esperar a que alguien no vuelva.

—Es un servicio nuevo.

—Pues te sale caro.

Se quedó un momento mirándola, con el codo en la ventanilla, y bajó la voz.

—Te voy a decir una cosa, porque me caes bien y porque los cien euros no me dan para callarme.

Hace dos horas largas han venido por aquí dos tipos en un Audi negro con un golpe en la aleta.

Uno cojeaba. El otro era un crío con la capucha puesta.

Han preguntado en la tienda y han preguntado aquí.

Una chica con una mano vendada. La izquierda.

Elena miró el cartel de la gasolinera. 1,48 el diésel.

—¿Y tú qué has dicho?

—Que no he visto a nadie. Que aquí solo vienen matrimonios con perro. —Encendió la linterna y la apagó—. No me gusta que me pregunten. Y me gusta menos que me paguen por no decir.

—¿Te han pagado?

—Han dejado cincuenta euros en el mostrador de la tienda. Los he cogido, por no ser maleducado.

—Gracias, Fermín.

—No me des las gracias. Hazme el favor de volver.

Se alejó hasta el borde de la sombra de los surtidores.

La patrulla de seguridad privada pasaba a las 21:50.

Faltaban diecinueve minutos. Sacó el móvil de Manolo del abrigo y lo sostuvo en la palma.

Lo encendió. Esperó a que la pantalla, con la niña de la playa, le dijera cuántos mensajes se había perdido.

Cinco. Y tres llamadas.

«¿Dónde estás?» 20:31. «Contesta.» 20:44. «Manolo.» 20:58.

21:02: «Manolo no pone tilde en el sí.»

21:19: «Te esperamos.»

Los leyó tres veces. No decía «te esperamos aquí» ni «ven». Decía «te esperamos», sin firma, y no hacía falta firma.

Así que habían visto la tilde. Eso les confirmaba lo que ya sospechaban: que quien contestaba no era Manolo.

Lo sospechaban desde antes, porque dos hombres en un Audi negro habían estado preguntando por ella en una gasolinera de Pinto a las siete y media, cuando el «Sí.

» con acento llevaba casi dos horas en el móvil de Amparo.

Quien pregunta a las siete y media vuelve a las diez.

Y a las diez iba a estar ella también.

Sacó la tarjeta del móvil con la uña del pulgar derecho. La partió con los dientes y tiró las dos mitades por la alcantarilla. El móvil, a la papelera de la gasolinera, entre un vaso de café y una bolsa de pipas.

Miró hacia el polígono. Ocho naves a lo lejos, a oscuras, con una sola farola amarilla a medio camino y una luz roja pequeña en lo alto de una, que se encendía y se apagaba.

—Diez y cuarto —dijo, sin volverse.

—Aquí estaré —dijo Fermín.

Elena se subió la capucha y echó a andar.