Cercanías
Elena se quedó en el portal hasta que se le pasó el temblor de la rodilla. Era la derecha, la buena. La izquierda seguía como llevaba dos semanas: la mano medio cerrada, con la venda marrón de sangre vieja, sirviendo de percha para nada.
Tenía dos mil y pico euros en billetes de veinte y de cincuenta, el móvil de Manolo y la pistola de Manolo. Con el dinero y el móvil sabía qué hacer. La pistola era otra cosa.
La sacó de la mochila. Negra, mate, con la culata sobada y todavía tibia, húmeda de una mano ajena.
Se limpió la palma en la sudadera. Toda su formación de tiradora era una carabina de feria y un peluche que Iván le dejó ganar una noche en la Casa de Campo, porque necesitaba un testigo de que él puntuaba mejor.
Sacó el cargador, lo miró a contraluz de la claraboya de la escalera, lo volvió a meter con la palma de la mano.
Clac. Ya está, pensó. Ya sabes todo lo que hay que saber.
La dejó sin montar. En el portal, no. Si se le disparaba en la mochila iba a ser su pie, y de pies ya andaba justa.
Pensó en Manolo. Seguía en la Berlingo, con el esparadrapo en las muñecas y los tobillos y la boca tapada, dando golpes con la cabeza contra la chapa.
Le calculó dos horas, tres como mucho, hasta que alguien se cansara de llamarle y fuera a buscarle.
No lo había matado. En su balance personal del día eso entraba en el lado bueno, y no tenía muchas cosas en ese lado.
El móvil de Manolo vibró contra el muslo.
Lo sacó con dos dedos. En el fondo de pantalla había una niña de seis años en una playa, con un cubo y la nariz pelada del sol.
Lo apagó. Lo encendió. Un móvil apagado a las seis de la tarde, en el bolsillo de un hombre que cobra por contestar, hace preguntas.
Lo dejó encendido, sin sonido, en el bolsillo interior del abrigo.
A las 9:38 de la mañana, en el locutorio, Valeria le había dicho por teléfono que se estuviera quieta. «Cuídate la mano», le había dicho también. Elena no había prometido nada. Quien le dice «cuídate la mano» a alguien con una mano como la suya, o no la ha visto, o la ha visto muy bien.
Salió a la calle. Hacía frío y olía a fritanga de bar con el extractor a todo gas.
Tres críos jugaban a la pelota contra una persiana metálica, y cada pelotazo sonaba como un portazo en el cráneo de alguien que ha dormido tres horas.
Uno la miró la mano. Ella la metió en el bolsillo.
El crío volvió a la pelota, que era lo que tenía que hacer.
En la esquina, un hombre cambiaba la rueda a una furgoneta con la radio puesta.
«A partir de la medianoche arranca oficialmente la campaña…
». Elena pasó de largo antes de oír el resto.
* * *
Avenida de la Albufera, Puente de Vallecas, 18:34.
El bazar cerraba a las diez y tenía de todo, desde fregonas hasta pilas, y más gatos de la suerte moviendo la mano en el escaparate que clientes en la tienda. Detrás del mostrador, una chica con un auricular y el móvil en la palma ni levantó la vista cuando Elena entró.
Hizo la lista sin pensar, porque era la lista de lo que le faltaba.
Una riñonera negra de seis euros con la cremallera atascada, que se puso por delante, como un guiri.
Unos guantes de punto. Una linterna de bolsillo con dos pilas.
Una botella de agua. Un rollo de esparadrapo, porque el de antes se había quedado en las muñecas de Manolo.
Y una camiseta negra de manga larga, la única de su talla, que era la talla de quien no tiene talla.
Amparo había pedido «camisa limpia» para Manolo. Elena, ya puestos, también la quería.
Pagó con un billete de veinte al que le había quitado la goma de oficina en el portal. Las gomas las había tirado a tres contenedores distintos, con un cuidado exagerado. Entre un millón de billetes, una goma de oficina es lo único que te distingue de los demás.
—¿Bolsa? —dijo la chica sin mirarla.
—No. Gracias.
—Que tenga un buen viernes.
—Trece —dijo Elena.
—¿Eh?
—Nada.
El bar de al lado tenía cuatro mesas, una barra de zinc y una tele colgada de un brazo, con el volumen alto. Pidió un bocadillo de lomo con queso y agua con gas. El camarero era un viejo con el mandil por encima de la barriga, que le puso el bocadillo delante sin preguntar si lo quería partido.
—Cuidado, que quema.
—Es lo único que le pido a un bocadillo.
—Y a los hombres, imagino.
—A los hombres no les pido nada, para no llevarme sorpresas.
—Sabia. Yo llevo cuarenta años casado y todavía me sorprende la mía.
Se comió la mitad con la derecha, despacio, mirando la tele.
Una concentración en una plaza, un cordón de furgonetas azules detrás, una señora de unos setenta años con un cacharro de cocina en cada mano.
«Mi casa no se vende», decía el cartón. El presentador hablaba de que a partir de la medianoche los partidos podrían pedir el voto, y de los carteles, que ya estaban pegados en las marquesinas, cada uno con una cara sonriente y un lema de dos palabras.
Una marquesina de autobús con una cara sonriente era lo más parecido a una promesa que había visto en meses.
Elena se acordó de que no tenía casa que defender y se comió el resto del bocadillo.
En el servicio del bar se cambió la camiseta.
Se lavó la cara con agua fría y se miró en el espejo, sin gafas.
Ojeras de alguien que ha dormido tres horas en dos semanas, un morado amarillo bajo la mandíbula que ya no dolía, una cicatriz en la ceja que no estaba el mes pasado.
Se sacó del calcetín derecho la media pastilla.
Catorce días sin tomarla. La puso en la palma de la mano buena, la miró un rato largo, la volvió a guardar. Todavía no.
Cuando salió, el camarero había dejado un chupito en la barra.
—Invita la casa. Tienes cara de necesitarlo.
—Tengo cara de que me lo quitas de la mano y te lo bebes tú.
—Eso también.
No se lo bebió. Dejó diez euros debajo del vaso.
* * *
Metro de Vallecas, 19:31.
En el andén de la línea 1 había un acordeonista con una gorra en el suelo, tocando una cosa que sonaba a pasodoble y a despedida.
En la pared de enfrente, un cartel de campaña recién pegado con una cara sonriente a la que alguien ya había dibujado un bigote con rotulador.
Elena sonrió con la mitad de la boca, la de la cicatriz.
Dejó un euro en la gorra, el único en muchos días que dio sin ningún motivo.
El tren llegó con un chirrido. Dentro, una pareja de novios discutía en voz baja por el color de unas cortinas.
Un chaval con una bolsa de deporte dormía de pie.
Una mujer leía un libro de tapa blanda con la cubierta doblada hacia atrás, y a Elena le dieron ganas de preguntarle de qué iba.
Se lo preguntó, al final, al sentarse a su lado.
—¿Es bueno?
—Se muere el perro.
—Entonces no me lo cuente.
—Es en la página doscientos. Yo voy por la ciento noventa. —La mujer la miró por encima de las gafas—. Llevo tres días sin atreverme.
Elena se cambió de asiento al otro lado del pasillo, por no estar cerca cuando pasara la hoja.
Se sentó frente a una ventanilla negra donde se reflejaba ella, con la capucha puesta y la mano izquierda en el regazo, tapada por la derecha.
Una mujer más, volviendo a casa un viernes por la noche.
Dos estaciones después, la lectora pasó la hoja, apretó los labios, y Elena apartó la vista por respeto.
* * *
Estación de Atocha, 20:09.
Subió a la estación por las escaleras mecánicas, que no funcionaban.
En la explanada de fuera había gente con cacerolas, una pancarta tendida entre dos postes y dos furgonetas de antidisturbios que se limitaban a mirar.
Un chico con un chaleco amarillo le dio a Elena un papel doblado sin mirarla.
Elena lo cogió. «¿Quién vive en tu casa?
¿Quién la paga? ¿Quién te la va a quitar?
» Lo guardó en el bolsillo del abrigo. Tendría que preguntárselo a alguien un día de estos.
Dentro, el tren de Aranjuez salía a las 20:22.
Le sobraba un cuarto de hora y lo gastó en el jardín tropical de la estación, entre palmeras y helechos, una selva de mentira con calefacción de verdad.
Había un estanque con tortugas. Se sentó en el borde.
Una, grande, con el caparazón verde oscuro, salió del agua y se quedó quieta con el cuello estirado, mirándola.
Un señor mayor con un bastón le dijo que no les diera de comer, que no era bueno.
Elena le dijo que no tenía nada que dar.
Él se rio como si hubiera dicho un chiste.
—Esta se llama Concha —dijo, señalando con el bastón—. Mi mujer le puso el nombre. Las tiró un vecino al estanque cuando le salieron grandes. Que eran de mentira, decía, de las pequeñas. Pues mira.
—Pues mira —repitió Elena.
—Treinta años lleva aquí. Más que el que las tiró. —Se despidió con un toque en la visera—. Que no te dé el aire, hija, que estás pálida.
Le estaba dando de todo, pero el aire no era lo peor.
Sacó el móvil de Manolo del abrigo. Dos mensajes nuevos de A.
«¿Has terminado con el Cojo?» 19:12.
«Ven ya a la nave.» 19:40.
Escribió: «Voy.»
Y se quedó mirando la palabra. Subió por la conversación con el pulgar: seis meses de mensajes.
«ok», «ya voy», «voy», «si», «cobrao». Todo en minúscula, sin un punto, sin una tilde en ningún sí.
Y entre ellos, en medio de la pantalla, sus dos únicas respuestas: «Sí.
Cobrado.» y «Sí.», con mayúscula, con punto y con tilde. Parecían las respuestas de un banco.
—Hija de puta —murmuró, y no quedó claro a quién.
La tortuga la miró. Elena borró el mensaje y escribió «voy ya» en minúscula y sin punto. Lo envió. Esperó a ver la rayita de enviado, puso el móvil en modo avión y lo guardó. Si Amparo había visto la tilde, no había nada que arreglar. Si no la había visto, convenía que siguiera sin ver nada.