Bravo #2
—Pendientes. Me los regaló mi marido. Esta mañana me ha mandado un mensaje para que me los ponga esta noche. El izquierdo pesa un gramo más que el derecho.
—Pues ya no hace falta que los pese nadie. —Nacho se pasó la lengua por los labios—. Eso es un micro. De los de llamar: lleva dentro una tarjeta de móvil, tú marcas el número y se descuelga solo. Mientras nadie llame, duerme. Por eso pita flojito. Si estuviera hablando, pitaría como un pollo.
—Y no lo ha montado un aficionado —añadió Nacho—. Esto ni se compra hecho ni se hace en una tarde. Hay que soldar con lupa. Conozco a uno en la sexta planta que lo hace en sus ratos libres.
—No lo digas.
—No lo he dicho.
—O sea que ahora mismo no nos oye nadie.
—Ahora mismo, no. Pero a mí no me hace gracia tenerlo a tres metros.
—Sácalo fuera —dijo Bravo sin darse la vuelta—. Y que haga ruido.
Nacho salió con la lata bajo la chaqueta de punto. Bravo esperó a que se perdieran sus pasos por la puerta.
—Tres minutos —dijo, sin volverse—. Pregunta de fiscal. ¿Lo sabías?
—¿El qué?
—Lo de Alameda. Lo de las mujeres.
—No sé cuándo empecé a saberlo. Hay cosas que se saben antes de saberlas. Un cajón que no se abre. Una cena que acaba a las diez.
—Eso no es una respuesta.
—Es la que tengo. En un juicio diré que no lo sabía, y será verdad la mitad del tiempo.
Bravo asintió despacio. Le dio una vuelta a la cadena de las gafas con un dedo.
—Yo tengo un marido que cree que llevo asuntos civiles y un hijo en Valencia que me llama los domingos.
Si esto sale mal, saldré en los periódicos como la fiscal que se fue a una ermita con una policía de baja.
—Se quedó mirando a los pintados de la barandilla—.
Te lo digo para que sepas que no lo hago por un sobre.
—Lo sé.
—Pues que conste.
Nacho volvió en tres minutos justos, sin la lata.
—En el murete del jardincillo, de cara al paseo, con el detector encima, encendido, por si despierta. Pasa un autobús cada cuatro minutos. Que escuche lo que quiera.
Valeria abrió el cuaderno de tapas duras. No lo necesitaba, pero le gustaba tener algo en las manos.
—Esta mañana, a las 10:52, Ramiro me ha mandado un SMS. Cena de compromiso de la Delegación en Pinto, en unas naves de unos clientes. Me recoge en el portal a las 21:15. Quiere presentarme a alguien.
—Naves de unos clientes —dijo Nacho—. La 4, la 5 y la 6, a nombre de una sociedad de Valencia. Te lo escribí a las diez.
—Ya.
—¿Hay alguien más metido en esto que yo deba saber? —preguntó Bravo.
—No.
Bravo la miró por encima de las gafas.
—Me mientes con mucho estilo.
—Es lo único que he aprendido en esta casa.
Era viernes trece, y Elena no era de quedarse quieta. A las 9:38 le había pedido que se estuviera quieta, y Elena no había dicho que sí. Valeria dejó de pensar en eso. Pensar en eso era pensar en una nave de Pinto a las diez de la noche.
—Dime que no vas a ir —dijo Bravo.
—Voy a ir.
—Dime que tienes una razón mejor que que él te lo pida.
—Tengo tres. Si no voy, sabe que sé. Si voy, veo dónde, con quién y qué cara pone cada uno cuando entro. Y la mujer del comisario jefe es la única persona de Madrid a la que nadie va a registrar en la puerta.
—También es la única a la que le puede pasar algo sin que nadie sepa explicarlo.
—O sea, el sitio donde no te van a registrar es donde más te quieren —dijo Nacho.
—Gracias, Nacho. Lo había entendido.
—Perdón. Es que me pongo nervioso y resumo.
Bravo se quitó las gafas y se limpió los ojos con los dedos.
—A ver, lo que tengo yo. Una orden de diligencias informativas contra ti que me ha pasado el fiscal jefe esta mañana para que la tramite yo, porque si no la tramitaba yo la tramitaba otro.
Cero denuncias con nombre y apellidos contra Ramiro, y sin eso no entro en ningún sitio.
Un juez de guardia que firma a las once de la noche si le dices «riesgo para la vida» y un testigo que lo repita.
Y un 091 que entra sin mandamiento si alguien grita.
—¿Si alguien grita?
—Si una mujer grita dentro de una nave y hay un testigo fuera que lo oye, es riesgo inminente. Un mensaje no sirve. Un grito, sí.
—Yo no grito.
—Pues aprende.
Valeria bajó la mirada al cuaderno. Entre las hojas había tres folios arrancados con la regla, doblados en cuatro. Los había escrito el miércoles por la noche en la tapa del váter, con el grifo abierto y Ramiro roncando al otro lado de la pared. Se los tendió a Bravo.
Bravo los desdobló sin decir nada. Fechas y horas, matrículas, el 2.
º B de Bretón de los Herreros con sus jueves, el garaje con la cámara de luz verde, las ocho fincas de Alameda 7 y el apoderado que cobraba seis mil al mes.
Letra pequeña y derecha, de comisaría, sin una tachadura.
Abajo, la firma, el DNI y una línea: «Cónyuge del denunciado».
Bravo leyó esa línea dos veces.
—Con esto soy una fiscal sin excusa.
—Eso esperaba.
—Si lo registro hoy, Ramiro lo sabe antes de las cuatro.
Come con el fiscal jefe los martes y los viernes.
—Dobló los folios con cuidado y los metió en la carpeta de gomas, en el fondo—.
No lo registro. Lo llevo encima. Si a la una de la madrugada no hay nada que me diga que estás bien, lo registro y llamo al 091 desde la puerta de mi casa.
—Algo que te diga que estoy bien. —Valeria pensó—. Una palabra. Se la mando a Nacho al prepago. «Tila.»
—¿Tila? —preguntó Nacho.
—Es la palabra más aburrida de mi casa. Nadie busca nada ahí.
—Vale. «Tila». Si a la una no hay «tila» en mi móvil, llamo a Bravo.
—Y si hay «tila», no llamas a nadie. Tú te quedas en Hortaleza con tu madre y con el móvil encendido.
—Yo puedo ir en el Corsa de mi madre. Tiene un rosario colgado del retrovisor y una pegatina de la Virgen del Rocío. No se fija nadie.
—No.
—Pero si me quedo a un kilómetro…
—Tienes el pasaporte retirado y un juez que te espera el lunes. A un kilómetro, a diez o en Pinto, es lo mismo para él. Te quedas con tu madre.
Nacho se encogió de hombros, derrotado, y estiró las piernas bajo el banco. Se quedó mirando a los de la cúpula.
—Qué mal rollo —dijo—. Todos mirando hacia abajo.
—Es un milagro —dijo Bravo.
—Pues vaya milagro.
—El santo resucita a un muerto para que diga quién lo mató —dijo Valeria—. Y sueltan a un inocente.
—Eso nos vendría bien —dijo Nacho—. El muerto, digo. Que hable.
—A mí me valdría con una persona viva que hablase —dijo Bravo, y se ajustó las gafas.
Se quedaron un rato callados. La vigilante, en la entrada, soltó un ronquido corto y se despertó sola. Nacho miró a Valeria de reojo.
—¿Estás bien?
—Tengo jaqueca.
—Eso es lo que dices tú cuando algo duele más arriba.
—Nacho —dijo Bravo—. Cállate un poco.
* * *
Jardincillo de la ermita, 14:05.
Salieron por separado. Bravo la primera, con la carpeta pegada al costado; luego Nacho, que cruzó el paseo hasta la parada con la mochila a la espalda sin despedirse. Valeria esperó cinco minutos más, hasta que se le acabó el frío de los bancos, y cruzó el jardincillo hacia el murete.
La lata seguía donde la habían dejado, entre una hoja seca y una colilla, tan poco valiosa que nadie la había tocado. Encima tenía el detector de Nacho. Chillaba. Un pitido seco y continuo, y las tres luces, verde, naranja y roja, encendidas a la vez.
En la parada de enfrente, Nacho no se había ido. Estaba con el cuello subido, esperando su autobús y a que ella recogiera la lata para recoger él su aparato de diecinueve euros. Al verla agachada junto al murete, dejó de aparentar que esperaba y cruzó corriendo entre dos coches.
—Antes una luz —dijo, sin aliento—. Ahora, tres.
—¿Qué significa?
—Que alguien ha llamado. Está en línea.
Valeria levantó la tapa de la lata muy despacio. Allí estaban los hilos, los carretes de colores y las dos bolas de papel de aluminio. No se movía nada. No se oía nada.
Un autobús paró en la acera de enfrente, abrió las puertas con un resoplido y las cerró.
Entonces el pitido se cortó.
—Han colgado —dijo Nacho.
Valeria miró alrededor: la verja, el paseo, la parada, los coches. Un hombre paseaba a un perro con abrigo y una mujer empujaba un carrito. Nadie miraba el murete. No le gustó que la llamada llegara justo cuando ella llegaba.
Volvió a poner la tapa y la apretó con las dos manos, igual que se cierra una puerta cuando hay alguien durmiendo dentro. Guardó la lata en el bolso. Nacho recogió su detector con dos dedos.
—¿Qué habrá oído? —preguntó.
—Un autobús —dijo Valeria—. Y a lo mejor a una señora a la que le faltaba un euro para el billete. Lo suficiente para saber que los pendientes ya no están en casa.
—¿Te los vas a poner?
—A las 21:15, delante del espejo, con él mirando.
—Estás como una cabra.
—Estoy casada.
Miró el reloj. Las 14:07. Siete horas y ocho minutos para el portal.