Ceniza (Elena Malasangre 5) Bravo
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Bravo

Valeria marcó con el pulgar el número de la tarjeta, que se sabía de memoria desde el miércoles, y se encerró en el baño con el grifo abierto.

En la cocina seguía la radio con la tertulia de la mañana: un señor le explicaba a otro, a gritos, por qué cada decreto era peor que el anterior.

Si alguien subía a escuchar a la puerta, oiría eso.

—Te dije que no me llamaras.

—Me dijiste que si me pasaba algo.

—¿Te ha pasado?

—Todavía no. A la una, en la ermita de San Antonio de la Florida. La de Goya, la de la cúpula.

—¿Una ermita? —Se oyó una taza dejarse en un platillo—. Valeria, soy fiscal, no tu confesora.

—Tiene dos puertas, no tiene cámaras en la nave y toda la gente que hay dentro está pintada. Ninguna cuenta nada.

—Vengo de un recurso y voy a otro recurso. Si llego tarde, empieza sin mí.

—No voy a empezar sin ti. Ven.

Bravo resopló por la nariz.

—A la una. Sola.

—Con uno más. Ya sabes cuál.

—No me lo digas. —Y colgó.

Valeria cerró el grifo. En la radio, el señor de los gritos había pasado a los alquileres.

Abrió el cajón de abajo de la cómoda del pasillo, el de la plancha, sacó el prepago y le escribió a Nacho al número nuevo: Ermita de San Antonio de la Florida, 13:00.

Sin tu móvil de siempre, solo este. Trae lo que uses para buscar bichos.

Contestó en menos de un minuto: ¿Eso es en Madrid?

Voy. Mi madre cree que me duele la espalda.

Después marcó el móvil de Rivas desde el fijo del pasillo, y él contestó antes del segundo tono.

—Soy yo. Me tomo la tila, me tomo las pastillas y me tumbo hasta las seis. Que no suba nadie, tampoco usted, que me despierto de mala uva y le tiro un zapato.

—Descanse, señora. Yo estoy aquí abajo. Si llama el comisario…

—Que estoy durmiendo.

—Eso le digo.

Colgó. Rivas lo apuntaría tal cual en alguna parte: «11:24, dice que duerme». Le contaba lo que veía, y hoy iba a ver un portal, un coche gris y unas persianas bajadas.

La tila que él le había subido seguía en la mesa de la cocina, fría, con la bolsita flotando.

La tiró por el fregadero. Del cajón de la cómoda del dormitorio, de una caja de cartón forrada de terciopelo verde que no abría desde junio, sacó los pendientes: dos aros pequeños de oro con un granate cada uno, el regalo de aniversario de hace dos años.

Se los había puesto una sola vez, a una cena de la Delegación, y Ramiro ni lo notó.

Dos años sin fijarse en una joya suya, y esta mañana le mandaba un mensaje para decirle cuáles.

Ella había contestado con un «Te quiero» que le salió de los dedos sin pasar por la cabeza, y todavía lo notaba en las yemas.

Los puso en la báscula de la cocina, la de pesar la harina, que marcaba de gramo en gramo. El derecho, tres. El izquierdo, cuatro. Los cambió de plato y volvió a pesarlos, por si era la báscula. No era la báscula.

Desmontarlos en casa era gastarse la única pregunta que tenía para Nacho.

Los envolvió en papel de aluminio, uno aparte del otro, y los metió en la lata de galletas de mantequilla de su abuela, la azul, donde la señora guardaba los hilos desde hacía cuarenta años.

Los carretes de colores quedaron encima, sin ningún orden.

Volvió al cajón de la plancha. Allí estaba el paño de cuadros con la pistola dentro y el cargador al lado, lleno. Miró el bulto un momento. Una pistola en una ermita, a un metro de una fiscal. Ni de coña. Se quedó con el cuaderno, la placa y el prepago, y cerró el cajón con la cadera.

Se puso el abrigo marrón de lana, el de hace tres inviernos, el que Ramiro llamaba «el de la portera», y una boina negra.

Ni el anorak azul marino, ni el gorro gris, ni nada verde: la gente que sigue a una mujer se acuerda del color.

El móvil de siempre lo dejó boca abajo en la mesilla, con el volumen puesto.

La radio de la cocina, encendida. Las persianas, como estaban.

Se quedó un momento en el pasillo, escuchando la casa.

El frigorífico se arrancó con un golpe sordo.

Arriba alguien arrastraba una silla. Desde las 3:30 de la madrugada llevaba sin dormir, con la mancha del techo con forma de pie mirándola, y aun así todo lo que oía le parecía demasiado normal.

Ramiro había dicho «te quiero bien» y le había dado un beso en la frente.

Ella había contado hasta tres antes de respirar.

A las 11:41 cogió la llave de la azotea del cuenco de la entrada.

* * *

Azotea del edificio, 11:43.

La puerta chirriaba desde 1985, y Valeria la abrió solo lo que cabía su cuerpo.

Fuera hacía un frío de los que se meten por la nuca.

Había antenas, un depósito de uralita, dos macetas de geranios muertos que alguien no se atrevía a tirar, y el murete bajo que daba a la azotea de al lado.

Pasó una pierna, luego la otra, y se agarró al borde mientras cruzaba.

Abajo, a cuatro pisos, un camión de reparto tocaba el claxon contra una furgoneta mal aparcada.

Los jueves aquella azotea estaba libre. Los viernes no. Entre dos antenas colgaban sábanas de rayas, y bajo ellas había una mujer en bata, con zapatillas de felpa y una pinza entre los dientes.

—¿Y usted de dónde sale? —dijo sin soltar la pinza.

—De la comunidad. Estoy mirando lo de las humedades.

—Pues mire la mía. Tengo en el techo una mancha con la forma de Portugal.

—Apunto el piso y el viernes que viene vienen.

—El viernes que viene será tarde. Hoy es viernes trece, hija.

Valeria casi sonrió.

—Por eso mismo. Con cuidado, señora.

La puerta de esa azotea se abría con el hombro.

La escalera olía a coles, igual que la semana anterior; había un carrito de la compra sin ruedas apoyado en el segundo y un cochecito de bebé en el primero.

Salió por un portal a la calle de las panaderías, y todo olió a pan de golpe, a pan de verdad, caliente.

Se paró un segundo a respirarlo. Luego tiró hacia el metro sin mirar atrás más de una vez, y esa vez fue para ver un reflejo en un escaparate, no una cara.

Iba pensando en lo que había anotado en la cabeza en el descansillo, con Rivas delante y el pan en la mano.

Quiere que salga. O quiere que nadie vea por dónde.

Un hombre que retira al vigilante de la puerta de su mujer no lo hace por descuido.

En los dos casos le dejaba una puerta abierta, y a una puerta que te abren no se entra con prisa.

Autobús, cuatro paradas, lleno de jubilados con carritos y una niña con un patinete plegado.

En la boca del metro, un vendedor de la ONCE con el chaleco amarillo cantaba «para hoy, para hoy» sin que nadie le hiciera caso, y ella le compró un cupón que no pensaba mirar, por no pasar de largo.

Metro, y otro metro. En el segundo cambio dejó pasar dos trenes sin subir y se sentó en un banco a mirar quién esperaba con ella: una chica con una maleta que perdía una rueda, dos albañiles con el casco en la mano y un señor mayor que leía el periódico del revés.

Nadie la miraba. Eso no quería decir nada, así que esperó seis minutos más.

Cuando subió, el vagón iba casi vacío y olía a bocadillo de tortilla.

Salió en Príncipe Pío, subió por el paseo con las manos en los bolsillos y llegó a la ermita a las 12:52.

* * *

Ermita de San Antonio de la Florida, 12:52.

Dentro olía a cera fría y a abrigo mojado. En la entrada, una vigilante con chaleco dormitaba sentada con las manos sobre el bolso, y Valeria pasó a su lado sin que abriera los ojos. Fue a sentarse en uno de los bancos del fondo, bajo la cúpula.

Goya había pintado arriba a cuarenta personas asomadas a una barandilla, mirando hacia abajo un milagro que la nave no veía.

Había un chico con la camisa abierta, una mujer con mantilla, un viejo que se rascaba la cabeza.

El milagro lo sabía Valeria de memoria, porque su abuela se lo contaba cada junio: San Antonio había resucitado a un muerto para que dijera quién lo había matado y así soltaran a un inocente.

Cuarenta personas, y ninguna miraba donde no debía.

La abuela le tenía una vela a San Antonio para encontrar lo perdido: las llaves, el novio, el gato.

Valeria había perdido de todo en la vida, y la vela no había funcionado nunca.

Bravo entró a las 13:03. Las gafas rojas con la cadena le bailaban en el pecho, llevaba un jersey gris con un agujero en el codo y una carpeta de gomas debajo del brazo. Se sentó en el banco de delante, medio cuerpo vuelto, sin mirarla de frente.

—Me he enterado a las nueve —dijo muy bajo—. El fiscal jefe me ha dicho que eres un riesgo para ti misma. Debe de ser verdad. Aquí estás.

—Quiero que se la proteja de sí misma. Eso dijo Ramiro, ¿verdad?

—Tal cual. Con comillas.

—Es muy de él.

Se oyeron pasos en la puerta. Nacho entró a las 13:12, con la cara más fina que en el Rastro, una mochila y una chaqueta de punto que no era suya.

—Mi madre cree que voy a fisio —susurró al sentarse—.

Con la espalda que tengo, cuela. Y ha puesto lentejas, así que si no estoy en casa a las tres, que movilicen al Ejército.

—Miró a Bravo, luego a la cúpula, luego a Valeria—.

Primera vez que me reúno a la vez con una fiscal, una policía de baja y una iglesia.

Solo me falta un notario y hago una fiesta.

—Esto no es una iglesia —dijo Bravo—. Es un museo con dueños.

—Pues peor.

—Calla y enséñale lo que has traído —dijo Valeria.

Nacho sacó de la mochila una cajita negra con una antena de goma y tres luces, del tamaño de un mando de garaje.

—Detector de cámaras y micros. Diecinueve euros, de un chino. Llegó en doce días y funciona en nueve.

Valeria abrió el bolso, sacó la lata azul y se la pasó por debajo del banco. Nacho la sostuvo en la rodilla, pasó el detector por encima de la tapa muy despacio y lo dejó quieto. Pitó una vez, flojito, y se le encendió una sola luz, la verde.

—¿Qué hay dentro? —preguntó.