Prestada #2
Elena empezó a contar. Era lo que hacía cuando tenía miedo: contaba como si cada número fuera un clavo para agarrarse.
A los doscientos las costillas rotas se le habían puesto a hablar en cada respiración.
A los trescientos, la mano izquierda, bajo la manga, había pasado del frío a un cosquilleo que no le gustó nada.
Y a los trescientos ochenta y siete, de pronto, sin que nada la llamara, volvió a oír la voz de Ramiro Salas Olmedo detrás de una puerta de montacargas.
No. A la fuerza no. Que esperen fuera. La voz de un hombre que quiere que todo sea civilizado.
De un hombre que no se ensucia las manos porque tiene a otro para ensuciarlas.
Se le puso la piel de gallina. Se enderezó.
A los cuatrocientos cuarenta se abrió la puerta de chapa.
* * *
Calle de servicio, 17:17.
Salió primero la bolsa, que colgaba ahora del hombro derecho de Manolo con el peso de lo que lleva dentro, y luego él, de lado, con la cabeza girada hacia el interior.
—Dile al Cojo que me debe un brazo —dijo.
—Díselo tú —contestó la voz grave desde dentro—. Que está en la barra.
—Que se joda.
La puerta se cerró. Manolo se quedó solo con la calle, la mirada en el suelo, y empezó a caminar hacia la Berlingo con el paso tieso del que se sabe vigilado desde una ventana.
Con la mano derecha, la que tenía libre, se palpó el bolsillo de la cazadora.
Las llaves. No las encontró a la primera, y soltó un taco en valenciano que Elena entendió sin conocer la traducción.
Para buscar mejor, dejó la bolsa en el suelo, entre los pies, y se agachó un poco.
Elena ya estaba de pie.
Fueron nueve pasos. Los contó. Llevaba el bastón abierto de un golpe de muñeca dentro de la manga, sin ruido, porque lo había ensayado, y los calcetines nuevos hacían la bota blanda sobre la gravilla.
A los cuatro pasos, él dejó de buscar. A los seis, se quedó quieto.
A los siete, giró la cabeza, y bajo la visera se le quedó la boca abierta. Tuvo tiempo de decir:
—Tú. La de…
La mano derecha de Manolo se fue a la cadera.
Elena bajó el bastón con todo el brazo. El golpe cayó en el antebrazo, justo encima de la muñeca, con un chasquido que le subió por el hueso hasta el hombro.
Él gritó, y no fue un grito sino un ladrido hacia dentro, de hombre que no quiere llamar a nadie.
Elena volvió a levantar el bastón y le dio en el cuello, en el hueco detrás de la oreja, donde había aprendido que no hace falta fuerza si sabes dónde.
Él se dobló sobre las rodillas y le cogió un tobillo con la mano que le quedaba buena.
Tiró. Elena cayó de lado contra la rueda de la Berlingo y las costillas se le encendieron.
Le pegó con la bota en la cara. Una vez. Dos. Algo crujió, y no fue su pie. La mano le soltó el tobillo.
Se quedaron los dos en el suelo, a un metro, respirando como animales. Lo de ella era un silbido. Lo de él, un gorgoteo.
Elena se arrastró hasta él, le abrió la cazadora y encontró en la cadera derecha, en una funda de cuero gastado, lo que buscaba.
La sacó. Una pistola negra, mate, pesada, con la culata sobada de tanto sobarla y un cargador puesto.
Era más grande de lo que había pensado. La reconoció, o creyó reconocerla, por el estampido seco con que había sonado en el autolavado, más grave que los otros: un disparo con voz de ronco.
Esa le había abierto el muslo al chico de la capucha.
Tenía un número en el costado, limpio, sin limar, y por un momento Elena se quedó mirándolo como se mira un nombre en una lápida.
—Esa… no es mía —dijo Manolo desde el suelo, con la lengua pastosa. Sangraba por la nariz y por el labio de la cicatriz, que se le había abierto otra vez—. Es de la empresa. Me la prestan. Si la pierdo…
Elena se levantó con un esfuerzo que le costó tres insultos. Respiró hasta el fondo de lo poco que le quedaba de pulmón.
—Entonces yo también la tomo prestada —dijo.
* * *
Berlingo, 17:24.
Lo más difícil de golpear a un hombre es lo que viene después.
Lo había aprendido hacía una semana y lo volvía a aprender ahora, con la espalda en llamas, de rodillas junto a la puerta trasera de la Berlingo, con una mano que no cerraba y otra que temblaba, mirando a Manolo, que pesaba, calculó, noventa kilos de hombre y diez de mala suerte.
No podía dejarlo en la calle de servicio.
A los cinco minutos saldría alguien por la puerta de chapa a ver por qué tardaba, o el gato volvería a hacer de las suyas, o el chico de la capucha tendría ganas de mear.
Tampoco podía llevárselo lejos. Abrió las puertas traseras con la llave, que al final había encontrado en el bolsillo de la cazadora, entre las pelusas, y miró dentro.
Olía a cartón y a humedad. Una manta de mudanzas, doblada.
Una pala de punta cuadrada, nueva, con la etiqueta del precio todavía pegada al mango.
Dos sacos de cal de veinticinco kilos, apilados, y encima, enrollado, un plástico grueso de obra, de los azules, de dos metros de ancho.
Un par de guantes de goma amarillos. Una garrafa de lejía. Y una caja de bridas, abierta.
Se quedó un segundo mirando aquello. No lo tocó. Pensó en lo que huele a lejía, y a café, y en un piso donde habían quitado hasta los felpudos, y sintió algo que no era miedo todavía, sino su antesala.
Para qué hace falta cal un viernes, pensó, y dejó de pensarlo.
Lo metió dentro tirando de él por el cinturón, de espaldas, empujando con la rodilla, a tirones, un palmo cada vez, como se sube un sofá a un cuarto piso.
Le llevó casi cuatro minutos, y las costillas se le rompieron otra vez, o eso sintió.
Cuando estuvo dentro, le puso la manta de mudanzas debajo de la cabeza, un gesto que no habría sabido explicar, y le ató las muñecas con esparadrapo por delante, a una anilla de amarre del suelo, dando vueltas hasta que se acabó media tira del rollo.
Después los tobillos. Después, tras un segundo de duda, la boca.
Manolo abrió los ojos mientras le pegaba la última tira. Eran pequeños y asustados.
—Respira por la nariz —le dijo—. Y no te duermas con eso puesto.
Le quitó el móvil de la cazadora, sin mirarlo, y la cartera, que no abrió.
Se metió la pistola por dentro del pantalón, a la espalda, donde le tiraba del cinturón y la hacía andar como una chula.
Cerró las puertas traseras. Dio la vuelta, recogió del suelo la bolsa de deporte y se la colgó al hombro.
Pesaba. Pesaba lo que pesan unos cuantos miles de euros en billetes de veinte y de cincuenta.
Quizá pensaran en el Cojo. Un ladrón que se lleva la bolsa y la pistola de un cobrador es un ladrón, no una mujer con un bastón. Una hora de confusión ya era una hora.
Tiró las llaves por la alcantarilla de la esquina, entre dos barrotes, y oyó el plaf lejano.
Dentro de la Berlingo, tapados por la chapa, empezaron a sonar golpes. Tres, secos, de nudillos o de muñecas atadas. Toc, toc, toc.
Elena se paró.
Se acordó del hueco del montacargas, y de lo que tarda en venir alguien cuando uno golpea una pared.
No se dio la vuelta. Siguió andando, con la bolsa al hombro y el bastón plegado en la manga, hacia el fondo del callejón, donde la tapia con alambre tenía un agujero que había visto desde la caja de cerveza y por el que cabía una persona delgada y con prisa.
* * *
Calle Peña Prieta, 17:41.
Se quitó las gafas en un portal que olía a coles. Se sentó en el suelo, con la espalda contra los buzones y la bolsa entre los pies, y tardó en recuperar el aire. Tenía arañada la mejilla y la rodilla del vaquero abierta. En la mano buena, la palma estaba negra del polvo de la rueda.
Abrió la bolsa. Billetes en fajos de veinte y de cincuenta, sujetos con gomas de oficina, rojas, amarillas, de las que venden por kilos. Contó a ojo: dos mil quinientos, quizá tres mil. Metió la pistola entre los fajos, y cerró la cremallera.
El móvil de Manolo vibró en el bolsillo de la sudadera.
Lo sacó. Pantalla bloqueada, foto de una niña de unos seis años en una playa, con las manos llenas de arena. Debajo de la niña, una notificación: A.: 3 mensajes nuevos.
Elena miró hacia la puerta del portal. Nadie. La vista previa le dejaba leer los tres enteros, y los leyó sin respirar.
A.: ¿Has cobrado? Contesta.
A.: Esta noche a las 22:00, nave 6. Viene el jefe y trae a alguien. Quiere que la vea todo el mundo.
A.: Camisa limpia. Y el hierro puesto, aunque no se vea.
Se quedó con la cabeza apoyada en los buzones.
Fuera, en la calle, un camión descargaba cajas de cerveza y pasó una mujer con un carro de la compra.
Si ella no contestaba, doña Amparo, que era mujer de cifras, llamaría a otro número dentro de diez minutos, y a las seis habría dos hombres buscando una Berlingo.
Un móvil se apaga en un segundo, pero también se encuentra en uno.
Escribió con el pulgar derecho, corto, como escribe un hombre al que le duele el brazo: Sí. Cobrado.
La respuesta tardó once segundos.
A.: Bien. ¿Llevas lo de la furgoneta?
Elena miró la pantalla. Le pareció oír, a dos calles, el golpe de unos nudillos contra una chapa. No era posible.
Sí.
A.: Que no se manche nada.
Apagó la pantalla con el pulgar. Tenía en la bolsa el hierro de un hombre, el dinero de otro y cuatro horas y veinte por delante. Cal, plástico, una pala nueva, y un jefe que trae a alguien para que la vea todo el mundo. No sabía quién era esa persona. Se le encogió el estómago de todos modos.
Se levantó. Anduvo hacia la avenida con la bolsa al hombro, sin correr, con la cabeza gacha de las que vuelven del turno, y en la esquina del bazar se cruzó con la chica de las uñas verdes, que la miró un segundo de más. Elena no la miró.
Eran las seis menos diez de un viernes 13, y todavía no había pasado lo peor del día.