Ceniza (Elena Malasangre 5) Prestada
25%

Prestada

La pensión era un primero sin ascensor encima de una tienda de móviles, y la dueña, una mujer menuda con las gafas colgadas de una cadena y un chándal rosa, cobraba por adelantado y no pedía el carné porque, según ella, los carnés se los queda la policía y de la policía ya tenía bastante con la tele.

—Veinte la noche. Si te vas antes, no devuelvo.

—Me voy antes.

—Pues veinte igual. Habitación cuatro. El agua caliente dura seis minutos y los cuenta mi marido desde el bar.

Elena pagó con un billete arrugado que olía a bazar.

La habitación tenía una cama de noventa, una silla, un lavabo con un grifo que goteaba a ritmo de bolero y una ventana a un patio de luces donde alguien había tendido una sábana con el escudo de un equipo de fútbol.

Atrancó la silla bajo el pomo. Lo hizo sin pensar, y eso le dio rabia, porque con veintiocho años ya tenía una rutina para entrar en los sitios.

Se duchó con una bolsa de plástico en la mano izquierda, atada a la muñeca con un cordón, y con un jabón de hotel del tamaño de una ficha de dominó.

Los seis minutos se le fueron en quitarse de encima la azotea, el garaje, el búho y el locutorio, por ese orden.

Se frotó el pelo hasta que le dolió el cuero cabelludo.

Cuando salió, el espejo del lavabo, un trozo de azogue con las esquinas picadas, le devolvió una cara de haber dormido tres noches en un sitio que no era una cama.

Se comió el bocadillo de calamares que había subido del bar sentada en el borde del colchón, con la espalda recta por las costillas, y se tumbó vestida. Pensó que iba a darle vueltas a Ramiro Salas Olmedo, a la raya al lado y a la pared azul, y se durmió antes de la segunda vuelta.

Despertó a las tres y veinte, con la mejilla marcada por la costura de la almohada y el bastón extensible clavado en la espalda, donde lo había metido por costumbre.

Fuera, el hombre de la sábana había recogido la sábana.

Elena se sentó, desplegó la manta y fue poniendo el inventario en fila sobre el cobertor, como hacía su madre con los cubiertos antes de una comida.

El bastón del bajito, con la contera abollada.

La cuchilla de cartonero, que sacó de la bota derecha.

El rollo de esparadrapo, entero. Las gafas de sol malas.

Un ticket de súper con dos teléfonos por detrás.

Tres hojas de libreta, dobladas en cuatro, con tanta letra ajena que ya no las leía: se las sabía.

Y, en el fondo del calcetín derecho, la media pastilla, sin tocar.

Era lo único de la lista que le daba un poco de orgullo, y lo único de lo que no hablaba con nadie.

Lo miró todo un rato. Un bastón es una cosa.

Contra tres hombres y una nave con portón corredero era un paraguas.

En su vida había tenido una pistola en la mano, salvo una carabina de feria que disparaba corchos, con la que Iván se empeñó en ganarle un perro de peluche que ella no quería.

Falló nueve de diez. El peluche se lo dio el chico de la caseta, por pena, y ella lo guardó dos años en el armario con un lazo, porque le daba corte tirarlo.

No se trataba de disparar. Lo había visto la víspera, en el garaje: una placa en alto hizo más que cualquier bastón.

Un arma casi nunca sirve para usarla, sirve para que te miren distinto.

Para que el hombre que iba a hablarte despacio te hable deprisa.

Y lo que a ella le faltaba lo tenía un tío que a las cinco de la tarde, miércoles y viernes, entraba en un bar de la avenida a cobrar con una bolsa de deporte vacía.

Se acordaba de la línea, en la letra redonda de Amparo, en las fotos del cuaderno de pedidos.

Las fotos las tenía en un móvil apagado desde hacía tres días, con la batería fuera, en el fondo de la mochila, y no hacía falta encenderlo.

Faroles. Mié. y vie., 17:00. Y debajo, más pequeño, con la misma letra de contable: Pinto, vie. , 22:00.

Se puso las botas. Se ató el cordón nuevo con los dientes. Dejó la llave sobre la almohada, aunque la dueña habría preferido que se la bajara. No pensaba volver.

* * *

Avenida de la Albufera, 16:41.

Los Faroles tenía la fachada de azulejos verdes y dos mesas de aluminio en la acera con un cenicero de publicidad de cerveza.

Elena lo miró desde la parada del autobús de enfrente, detrás de un periódico que no leía y de las gafas de sol, que le quedaban peor que las de farmacia.

En la puerta, sentado en una silla de plástico que no era del bar, un chico con una capucha gris fumaba con la pierna derecha estirada y un bastón de aluminio sobre las rodillas.

Era el de la capucha del Cojo, el que había salido del autolavado con un agujero en el muslo.

Aparcado en el bordillo, mal, con el morro sobre un paso de peatones, estaba el Audi negro con el golpe en el lateral.

El Cojo estaba dentro. No lo veía, pero con ese coche en la puerta y un chico fumando de guardia, el Cojo estaba dentro como el queso está dentro del bocadillo.

Paró un autobús, la gente subió, y ella se quedó sentada. El conductor la miró con la cara que se pone al que te hace perder tres segundos y cerró las puertas. Las gafas le resbalaban por la nariz.

Pensó en cómo había sido, tres semanas antes.

El Cojo en la barra, con el bastón colgado de un taburete, y el cobrador de Zeta entrando por la puerta principal con la bolsa vacía al hombro y la gorra calada, como quien entra en su casa, y yéndose con ella llena y sin mirar a nadie.

Hoy no iba a entrar por ahí. Entre el Audi y el chico de la silla, quien cruzara esa puerta con el nombre de Zeta en la frente salía con los pies por delante.

Un tío que cobra para otro aprende pronto cuándo una puerta se ha convertido en una apuesta.

Cruzó la avenida detrás de una mujer con un carro, torció por el primer callejón y rodeó la manzana.

La trasera de Los Faroles daba a una calle de servicio sin salida, de las que solo usan los camiones de reparto y los que no quieren que los vean.

Un contenedor verde, tres bombonas de butano encadenadas a una reja, una Kangoo sin una rueda, un grafiti de un gato con corona y un portal de chapa por el que se entraba a la cocina.

Se coló entre el contenedor y la furgoneta sin rueda, en un hueco de metro y medio que olía a fritanga y a gato, y se sentó en una caja de cervezas vacía.

Desde allí veía la puerta, el único sitio por donde tenía que entrar un coche y el fondo del callejón, que moría en una tapia con alambre.

Eran las cinco menos veinte. A los cuatro minutos se sabía de memoria el sitio de cada colilla.

A las cinco menos doce se abrió la puerta de chapa y salió el chico de la capucha, con el bastón de aluminio en una mano y la otra ya en la bragueta.

Elena dejó de respirar. El chico dio tres pasos hacia el contenedor, a un metro de su cabeza, con la mirada perdida en la tapia y el aburrimiento de los que han venido a hacer guardia y no saben contra qué.

Entonces salió el gato. Un gato negro, flaco, de ojos amarillos, que bajó de la tapa del contenedor de un salto y le pasó al chico entre las piernas. El chico gritó una palabra, perdió el bastón, se agarró a la reja y estuvo a punto de abrirse el muslo otra vez.

—¡Gato de mierda!

El gato se sentó a dos metros, lamió una pata y lo miró con el desprecio de quien ha pasado de todo. Elena, detrás del contenedor, se mordió la lengua para que no se le escapara la risa, que le habría costado un diente. Viernes 13, pensó. Y encima negro.

El chico recogió el bastón, miró un instante hacia la furgoneta sin rueda sin ver nada, y volvió a entrar con la bragueta a medio subir. La puerta se cerró.

El gato seguía lamiéndose. Elena tenía los dos pies dormidos y en la cabeza la voz de la churrera: que no se me ponga nadie en el camino de un gato negro. Pues se había puesto, y no había pasado nada. Todavía.

* * *

Calle de servicio, 17:09.

La Berlingo blanca entró en la calle de servicio marcha atrás, despacio, con el piloto de retroceso pitando, y se paró con el morro hacia la salida a un par de metros del portal de chapa. Matrícula 4427 KDL. Elena la había visto con sangre seca en el tirador, aparcada en un callejón de Valencia.

No salió nadie. El motor se paró. Pasaron cuarenta segundos en los que lo único que se movía en la cabina era la luz del cuentakilómetros, y Elena imaginó a un hombre mirando los retrovisores uno por uno, con paciencia, de un lado y de otro, para asegurarse de que el suelo no se iba a abrir.

Luego se abrió la puerta del conductor.

Era como lo recordaba: bajo, ancho, cuarenta y pico, la gorra lisa calada hasta las cejas, la cicatriz fina en el labio de arriba.

Llevaba el brazo izquierdo pegado al costado, rígido, sin cabestrillo, con la manga de la cazadora cayéndole más corta de lo normal, y en la mano derecha la bolsa de deporte vacía, doblada en dos.

El esparadrapo de la ceja ya no estaba, y en su sitio quedaba una línea rosa.

Se paró al lado del coche, giró la cabeza, y su mirada pasó por el contenedor, por la furgoneta sin rueda y por el hueco donde Elena se había hecho del tamaño de una caja de zapatos, sin pararse.

La puerta de chapa se abrió antes de que llamara. Alguien lo esperaba desde dentro. No se vio quién: una mano gorda, un delantal, una voz grave.

—Pasa, Manolo. Que se enfría.

—Está tu amigo en la puerta.

—Está en la puerta y se queda en la puerta. Pasa.

Manolo entró. La puerta se cerró detrás de él con un golpe sordo.