Ceniza (Elena Malasangre 5) La caja de seguridad #2
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La caja de seguridad #2

Valeria cerró y echó la cadena, y se quedó con la espalda contra la puerta, el pan caliente todavía en el brazo.

Dos coches en su calle desde hacía una semana, y de golpe uno.

A un comisario jefe no le faltan coches.

Si retira uno, es porque le estorba o porque le conviene, y nadie iba a decirle cuál de las dos cosas.

Quiere que salga. O quiere que nadie vea por dónde.

Dejó el pan sobre la mesa de la cocina y la tila en la alacena, sin abrir. El ibuprofeno sí lo abrió, por si acaso, y puso el bote junto al fregadero, con el tapón de plástico en la mano un rato, dándole vueltas.

* * *

Cocina, 9:21.

A las nueve en punto, según le había dicho Bravo, una funcionaria de Policía Judicial, dos agentes y un cerrajero tenían que abrir la puerta del 2.

º B de Bretón de los Herreros, y lo que allí hubiera, estaba, o no estaba.

Desde que se fue Rivas, Valeria llevaba haciendo como que ordenaba la despensa.

Había cambiado cinco veces de sitio el mismo bote de lentejas.

El prepago, que había sacado del cajón a las nueve para no tener que ir a buscarlo, vibró sobre la encimera a las nueve y veintiuno. Lo cogió al primer zumbido.

—Dígame.

—Soy yo. —Bravo hablaba con la voz que usaba para las cosas importantes, una voz sin una sola vuelta de más—. ¿Puede hablar?

—Cuatro minutos.

—Será menos. Hemos entrado. —Hizo una pausa de la que Valeria dedujo lo que venía—.

Vacío. Limpio de verdad. Olía a lejía y a café, y había una radio puesta en la cocina, en una emisora de tertulias, con el volumen justo para que se oyera desde la escalera.

Ni un papel, ni una cuchara. Habían quitado hasta los felpudos.

Los vecinos dicen que el inquilino es un señor educado, que saluda, que paga en efectivo y que viene los jueves.

Nadie le conoce el nombre. La del segundo A cree que la última vez que lo vio fue esta mañana a las siete, bajando por la escalera de servicio con una bolsa de deporte.

Valeria miró la radio de su propia cocina. Seguía hablando de la inflación, con la misma voz con catarro.

—¿Antes de la orden?

—Antes de la orden. —Bravo carraspeó—. Se lo cuento porque tiene que saberlo, no porque tenga ganas de decírselo. Alguien se enteró.

Valeria cerró los ojos. Por el hueco de la cocina entraba el olor de la tostada fría.

—¿Y lo demás?

—Las tres mujeres están bien. La de la horquilla ha desayunado dos veces, que ya es un récord.

La joven ha dado el nombre de una amiga que lleva ocho meses sin aparecer y está escribiendo una lista de nombres en una servilleta, con letra de colegio.

La pequeña sigue sin hablar. El chico detenido ha pedido abogado de oficio y sigue diciendo que se cayó. —Otra pausa—. Y hay una cosa más.

—Dígala.

—Esta mañana, a las ocho y cuarenta, su marido ha llamado al fiscal jefe.

En persona, desde su despacho, sin que se lo pidiera nadie.

Le ha dicho que la inspectora Cortés, que hasta hace una semana estaba de baja, intervino ayer por su cuenta en una operación, fuera de servicio, sin cobertura ni autorización, y que él, como marido y como jefe, está profundamente preocupado por su estado de salud.

Textualmente: «Quiero que se la proteja de sí misma».

Valeria se sentó en una silla de la cocina.

—Ha pedido una revisión —continuó Bravo—. Informal, de momento. Diligencias informativas, las llaman. Quiere que alguien revise lo que hizo usted ayer, y si estaba en condiciones de hacerlo. Y lo ha pedido con todos los permisos de un hombre que quiere a su mujer.

—Es que me quiere —dijo Valeria—. Me quiere bien.

No lo dijo con ironía. Le salió así. Bravo guardó un silencio más largo que los demás.

—Yo la creí ayer cuando me dijo que estaba tranquila. Ahora le digo que ya no lo estoy. Si le pasa algo, y lo digo en serio, Valeria, quiero que me llame. A cualquier hora. No me importa que sea por una tontería.

—No me asusta.

—Entonces es usted la primera —dijo Bravo, y colgó.

* * *

Cocina, 9:38.

El prepago volvió a vibrar diecisiete minutos después, con un número fijo que no conocía. Valeria dejó que sonara cuatro veces, cogió el bote de ibuprofeno para tener algo en las manos y, a mitad del quinto tono, contestó con la boca pegada a un trapo de cocina.

—Diga.

—La del cristal.

Reconoció la voz de golpe. La había oído dos veces en dieciocho horas: a media luz, en una jaula de reja, y detrás de una puerta que se cerraba.

En el garaje era baja y ronca. Ahora, por teléfono, era una voz de gente que ha dormido mal y ha aprendido a fingir lo contrario.

El tapón del bote se le escapó de los dedos y rodó por las baldosas hasta chocar con el pie de la nevera.

Le dijo que no hablara. Le preguntó si estaba sola, si llamaba desde un teléfono que no era el suyo.

Le dijo que tenía cuatro minutos y que había uno abajo, en el portal.

Con el auricular pegado a la oreja oía, de fondo, el golpeteo de un teclado y a alguien que pedía una cabina libre.

Le preguntó si estaba herida. Le dijo que se la hiciera ver.

Tu marido es R.

Se apoyó en la encimera. Dijo que sí.

Lo que vino después le salió casi sin pensar, porque llevaba toda la noche ensayándolo, para un juez, para Bravo, para el espejo, y nunca para aquella mujer.

Que lo había sabido a las cuatro menos siete, por el telefonillo.

Que antes lo sabía a trozos. Que anoche cenó en esa casa y que él la había ayudado a secar los platos.

Mientras hablaba, abrió y cerró con cuidado el cajón de los cubiertos, por tener algo que hacer con la otra mano.

Dijo porque abriste , y fue lo único que dijo en toda la llamada que le salió entero y verdadero.

La otra contestó tú también , y a Valeria se le atragantó algo entre la risa y otra cosa.

Dijo que acababan de entrar en el 2.º B y estaba vacío, ni una cuchara.

Dijo que no la llamara más a ese número ni a Marisa.

Dijo que esta noche se quedara quieta, donde estuviera.

—¿Por qué esta noche?

—Porque hoy es viernes.

—Es viernes 13. Me lo ha dicho ya mucha gente.

Valeria tuvo que girar la cara hacia la pared para que no se le notara en la voz. Hacía tres semanas que nadie le hacía gracia. Tosió, por no reírse.

—Cuídate la mano —dijo, y colgó.

Se quedó de pie en medio de la cocina mirando el tapón del ibuprofeno junto a la nevera, con la sensación de que acababa de hacer algo irreparable y de que lo repetiría. La mujer del garaje sabía quién era su marido. Lo sabía desde hacía media hora, y había llamado. Había elegido llamarla a ella.

Se agachó, recogió el tapón y se tomó dos pastillas sin agua.

* * *

Salón, 10:52.

A las diez, Nacho había escrito al prepago desde un número nuevo.

No traía saludo. Zeta tiene tres naves en Pinto, en una hilera de ocho: la 4, la 5 y la 6.

Alquiladas a nombre de una sociedad de Valencia.

No sé qué hay dentro. No vayas sola. Valeria lo leyó dos veces, lo borró y se quedó un rato mirando la pantalla apagada.

Pinto. Un polígono más, de los que parecen todos el mismo, con una gasolinera y una rotonda.

Hizo tres cosas seguidas, sin pensar. Se lavó el pelo.

Se puso el jersey azul de cuello caído, el de Reyes.

Y puso la plancha encendida sobre la tabla, con una camisa de él, para que a Rivas, si miraba por la ventana del descansillo, le pareciera una mujer ocupándose de sus cosas un viernes por la mañana.

Estaba pasando la plancha por el mismo puño por tercera vez cuando vibró el móvil de siempre, el que tenía boca abajo sobre el brazo del sofá, y vio en la pantalla que escribía él.

Mi vida. Cambio de planes. Esta noche cenamos fuera. Es un compromiso de la Delegación, en Pinto, en unas naves de unos clientes. Una cosa informal, pero quiero que vengas. Quiero presentarte a alguien. Te recojo a las 21:15 en el portal. Ponte el abrigo azul y los pendientes que te regalé. R.

Dejó la plancha en vertical y se sentó en el brazo del sofá.

Volvió a leer, despacio, con el dedo debajo de cada frase.

No había un solo adjetivo de más. «Quiero presentarte a alguien.

» «Unas naves.» «Pinto.» El mismo hombre que a las siete y cuarto le había devuelto la pistola con la ternura con que se devuelve un juguete a una niña acababa de decirle dónde y a qué hora.

No hacía falta ser inspectora. Bastaba con poner una al lado de la otra dos frases: Sí, mi mujer. El viernes, en Pinto. Y Mi vida. Pinto.

Escribió: Claro, cariño. ¿A qué hora dices?

Lo borró.

Escribió: Me encantará. ¿Qué me pongo?

Lo borró también, porque la mujer que contestaba eso era la de hacía dos semanas, y esa ya no existía, y los maridos son lo bastante listos para notarlo. Escribió, por fin, lo que habría escrito la de hacía dos semanas si hubiera tenido jaqueca:

Qué sorpresa. Aún estoy medio muerta, pero allí estaré. 21:15 en el portal. Te quiero.

Lo envió. Se quedó mirando cómo pasaban las dos rayitas a azul. Treinta segundos. Un minuto. Escribiendo… y desapareció. Y después, en una sola línea: Así me gusta. Hasta la noche. Cuídate.

Valeria apagó la plancha. Fue al pasillo, abrió el cajón de abajo de la cómoda, sacó el cuaderno de tapas duras y lo abrió por una hoja en blanco. Escribió con el boli que usaba para las listas de la compra, sin florituras, con la letra de siempre:

21:15. Pinto. Me lleva él.

Dejó el boli. Pasaron cuarenta segundos, y debajo, más pequeño, añadió:

¿Por qué avisa con diez horas?

Se quedó mirando esa última línea. Después recorrió con los ojos el cajón, la placa, el prepago, la pistola envuelta en el paño de cuadros, y volvió a notar, sin saber todavía por qué, que alguien le había movido un mueble de sitio en la cabeza.