La caja de seguridad
Valeria llevaba despierta desde las tres y media, con los ojos cerrados y las manos quietas sobre el edredón, que era la manera que había aprendido de parecer dormida.
Al otro lado de la cama, Ramiro respiraba hondo y despacio.
Era una respiración de hombre sin remordimientos, y a ella le había parecido siempre una de sus mejores cualidades.
A las seis y media sonó el despertador de él, un pitido de móvil que apagó con el pulgar antes del segundo.
Ramiro se quedó un momento sentado en el borde de la cama, de espaldas a ella.
Los hombros, la nuca, el pelo corto con una cresta de almohada.
Valeria lo miró por debajo de las pestañas.
Tantas mañanas le había visto hacer eso mismo, quedarse allí sentado, recogiéndose, que casi había llegado a creer que era un hombre cansado.
—¿Estás despierta? —preguntó él, sin volverse.
—Ahora sí.
—¿Y esa jaqueca?
—Ahí sigue. Como un vecino.
Se rio por la nariz. Se levantó, se puso la bata y salió al pasillo, y ella oyó el agua de la ducha. Se quedó mirando la mancha del techo, la que tenía forma de pie. Hacía dos años que quería pintarla y nunca había encontrado el día.
Sí, mi mujer.
Se levantó ella también.
* * *
Cocina, 7:04.
La cocina olía a café italiano y a tomate rallado.
Ramiro había puesto la mesa para dos: tostadas con aceite, la mantequilla que a ella no le gustaba, mermelada de higos, dos tazas.
En el escurridor estaban los platos de anoche, secos y colocados por tamaño, los grandes detrás y los pequeños delante, como los dejaba él.
A Valeria le dio un escalofrío. Había sido un gesto amable, y esa era la parte difícil.
—Siéntate —dijo él—. Que ya voy.
Estaba de pie junto a la encimera, con la camisa blanca sin corbata y las mangas dobladas dos veces, de espaldas, atento a la cafetera.
En la radio, una tertulia hablaba de que la campaña empezaba tarde y de que, por una vez, no se veía un solo cartel torcido en toda Madrid.
La misma emisora de ayer. La misma voz de hombre, con un poco de catarro, repartiendo opiniones.
Valeria fue a apagarla y se arrepintió a medio camino. Un gesto así es el que un marido nota.
—Déjala —dijo él, sin girarse—. Me gusta tenerla de fondo. Así no se oye lo que no hay que oír.
Se lo quedó mirando un segundo con la mano en el mando.
—¿Y qué es lo que no hay que oír?
—El silencio. —Sirvió el café—. Que a esta hora es el peor.
Ella se sentó y cogió una tostada que no iba a comerse. Ramiro se sentó enfrente, partió la suya en cuatro pedazos iguales y la miró.
—Tienes mala cara.
—Gracias.
—No es una crítica. Es un diagnóstico. —Le sonrió con los ojos—. Anoche te oí andar por el pasillo a las dos.
—Fui a por agua.
—Dos veces.
—Una a por agua y otra a ver si la jaqueca se había ido.
—¿Y se fue?
—Se quedó en el pasillo. Con su hermano.
Esa vez él se rio de verdad, con la cabeza echada hacia atrás, y a Valeria le pareció increíble que alguien pudiera reírse así y haber dicho por teléfono lo que había dicho. Comprendió que nunca había habido dos hombres. El que reía y el que daba órdenes tenían la misma cara.
—Hoy no bajes al Archivo —dijo él—. Ya he hablado con Ibáñez. Te quedas en casa, descansas. Rivas se queda abajo, por si necesitas algo del súper, y no hace falta que le des las gracias; le pagan.
—Vale.
—Y esta noche voy a llegar tarde.
—Ya me lo dijiste.
—Pues te lo repito, que no quiero que te asustes. —Dejó la taza—. Y otra cosa. Espera un momento.
Se levantó. Valeria oyó sus pasos por el pasillo, el chasquido del armario del dormitorio, que tenía un pestillo que siempre se atascaba, y el ruido seco, metálico, de una cajita de acero al abrirse.
Contuvo el aliento con la tostada en la mano.
Era el sonido de una puerta que llevaba cerrada desde el día en que le dieron la baja.
Volvió con algo envuelto en un paño de cocina de cuadros y lo dejó sobre el mantel, entre la mermelada y la mantequilla.
—Ábrelo.
Ya sabía lo que era por el peso con que el paño se había asentado sobre la mesa. Lo abrió igual. La pistola reglamentaria, con su funda, y el cargador aparte, lleno, con las balas en fila.
—¿A qué viene esto?
—A que estás mejor. —Se sentó de nuevo y le cogió la mano izquierda por encima de la muñeca, justo donde empezaba la serpiente que no se veía bajo la manga—.
Y a que esto va a ser un manicomio. Empieza la campaña, hay mucha gente nerviosa por la calle, y anoche, cuando te oí decir que habías pasado el día sola en casa, pensé: «Y si alguien llama a la puerta».
Me quedé inquieto. Cuando te dieron la baja, la dejé en la caja.
Me pareció lo prudente. Ahora me parece que lo prudente es lo contrario.
Valeria cogió la pistola. Pesaba lo de siempre. La conocía por la curva de la culata y por la muesca en el guardamanos que se hizo una tarde de agosto, hacía seis años, contra un portal de Usera. Seguía siendo la suya, y por un momento no supo si agradecérselo o tirársela a la cara.
—Gracias —dijo.
—No hay de qué. —Le apretó la mano—. Llévala encima estos días. Aunque estés en casa. Sobre todo si estás en casa.
—Ramiro…
—Dime.
—¿Hay algo que deba saber?
Se quedó callado lo que dura un parpadeo, y Valeria vio cómo la mirada de él entraba en la suya y volvía a salir sin hacer ruido, igual que una llave.
—Que te quiero bien —dijo—. Y que esta semana me ha dado más miedo de lo que quiero reconocer.
Se levantó, se lavó las manos en el fregadero, cogió la chaqueta del respaldo y se la puso.
Antes de irse la besó en la frente, y ella, que había llegado a querer ese beso, lo notó por primera vez como lo que era: un trámite.
Dos vueltas de llave desde fuera, las suyas, y después, por la escalera, el eco de unos zapatos buenos bajando sin prisa.
Valeria se quedó sola con una taza que se enfriaba y la pistola envuelta en un paño de cuadros.
* * *
Baño, 7:44.
Esperó a oír el Audi arrancar desde el hueco del patio.
Después se acercó a la ventana del salón y levantó dos dedos de persiana: abajo, delante del portal, el Seat León gris con Rivas dentro, el termo en el salpicadero, y el coche negro que giraba por el cruce con el intermitente puesto, aunque no venía nadie.
Se fue al baño, cerró el pestillo y dejó el grifo del lavabo corriendo a un hilo.
Nunca había hecho eso en su propia casa, y le dio vergüenza.
Sentada en el borde de la bañera, sacó la pistola de la funda y miró el cargador a la luz del plafón: contó las balas con la uña, hasta quince, todas limpias, con la misma capa fina de grasa de cuando ella misma lo dejó en la caja.
Encajó el cargador. Hizo correr la corredera con las dos manos, despacio, para que no sonara, y vio subir la bala a la recámara.
El muelle, el extractor, la ventana de expulsión. Todo en su sitio.
Se quedó con el dedo fuera del gatillo, sobre el guardamonte, y pensó en lo que habría hecho con cualquier otra arma que le devolvieran después de unas semanas: descargarla y apretar en vacío, una vez, para oír el clic.
Era una costumbre de la academia. No lo hizo.
En un piso de paredes finas, con el vecino de abajo que hacía gimnasia a las ocho y un compañero en la calle pendiente de cada ventana, un clic seco se oye hasta en el portal.
Tenía la pistola en la mano y, por lo demás, nada que objetar.
Salvo una idea sin dueño, de esas que se quedan en la punta de la lengua como un nombre que se olvida.
Que él se la devolviera así, envuelta en un paño, con el cargador lleno y sin una sola pregunta, le parecía raro. Hasta hacía una hora esa pistola estaba en una caja de acero con llave, y la llave estaba en el bolsillo de un hombre que le había hecho prometer que no vería a Nacho.
La volvió a envolver y la metió en el cajón de la plancha, el de abajo de la cómoda del pasillo, debajo del cuaderno, junto a la placa y al prepago, y cerró. Se miró en el espejo. Había una mujer con ojeras y canas en el moño que le devolvía la mirada sin apartarla.
—No te va a salir bien —le dijo, bajito.
La mujer del espejo no contestó. Valeria se lavó la cara.
* * *
Descansillo, 8:36.
Llamaron al timbre dos veces, corto y largo, que era la manera que tenía Rivas de avisar de que no era nadie más. Valeria miró por la mirilla antes de quitar la cadena: el anorak azul marino, la nuca ancha, una barra de pan en una mano y una bolsa de farmacia en la otra.
—Me ha dicho el comisario que le suba esto, inspectora.
—No he pedido nada.
—Ya. Pero me ha escrito a las ocho. Ibuprofeno de seiscientos y una caja de tila. —Levantó la bolsa con cara de no haber elegido él ni la marca—. Y el pan lo he cogido yo por mi cuenta, que ahí abajo es lo único que huele a algo.
Valeria cogió las dos cosas. Rivas se quedó en el felpudo, sin intención de entrar, y se sacó del bolsillo un caramelo de café con leche que desenvolvió con dos dedos mientras miraba el pasillo por encima del hombro de ella, con la dejadez de quien cuenta puertas sin querer.
—¿Quiere uno?
—No, gracias.
—Hace bien. Se me pegan a la muela. —Se lo metió en la boca—. Una cosa, para que no se asuste si mira por la ventana. Hoy no está el Renault.
—¿Qué Renault?
Rivas sonrió con la mitad de la cara.
—Inspectora. Yo le cuento lo que veo, no lo que pienso. Lo que veo es que el compañero del periódico no ha venido esta mañana. Órdenes de arriba. Estamos el termo y yo.
—¿Y eso a qué viene?
—A que tiene usted la calle más tranquila de Madrid. —Se encogió de hombros—. Lo que pienso no se lo cuento.
—Nadie se lo ha preguntado.
—Por eso. —Se tocó la sien con dos dedos, como hacía por las noches desde el León—. Cualquier cosa, el fijo.