La voz #2
El navegador tardó un minuto largo en arrancar.
Escribió con dos dedos, tropezando con la eñe: comisario jefe Madrid rueda de prensa .
Salieron cuarenta resultados y, entre ellos, uno con una miniatura que conocía: un hombre de unos cincuenta, traje gris, pelo corto y bien peinado con la raya al lado, con una pared azul detrás y tres micrófonos delante.
Era el de la rueda de prensa de la semana anterior, la del parque.
Ella no la había visto entera. Pasó de largo los tres primeros minutos, se puso los cascos, se tapó con la mano la oreja del lado que sonaba mal y le dio al play, con el volumen casi a cero.
—Buenos días. Antes de nada, quiero agradecer a los compañeros…
Elena paró el vídeo.
Lo volvió a poner desde el principio y cerró los ojos.
Eran la misma voz y el mismo ritmo: la voz tranquila de alguien que se toma su tiempo para decir lo importante, y que hace una pausa antes de las palabras que quiere que se oigan.
«Despacio», dijo en un momento dado, con el micrófono casi pegado a la boca, y tardó en soltarla el doble de lo que una sílaba merece.
En el hueco del montacargas, a treinta pasos de la raya amarilla, había dicho lo mismo con otras palabras: Que esperen fuera.
Se quedó mirando la pantalla con el dedo encima del ratón, como si la imagen pudiera pestañear. Debajo del vídeo ponía el nombre en una barra azul. Ramiro Salas Olmedo, comisario jefe de Madrid.
R. de la libreta. R. de «ya sabe que alguien sabe».
Tenía nombre, traje gris y una raya al lado.
Desde hacía semanas le había puesto un Audi negro, un taxista apaleado y un sobre de seis mil euros a final de mes, pero no una cara, y la cara resultó ser aquella, con una pared azul detrás, dando las gracias a los compañeros.
Lo digirió en silencio. La rabia, si venía, vendría después.
Lo que no se le iba de la cabeza era otra cosa, de la víspera.
El telefonillo de la pared del garaje, el zumbido largo y feo, y Valeria que lo descolgaba antes del tercero.
Abre a los de fuera. Llevan cinco minutos tocando.
La cara de Valeria no se había movido. Ni la mandíbula, ni los párpados.
Colgó el auricular en su gancho como se cuelga un abrigo y se quedó quieta, y Elena, que sabía lo que era quedarse quieta, lo apuntó en la cabeza sin entender qué apuntaba.
Escribió, despacio, con el bichito de la eñe en medio: Ramiro Salas esposa .
La primera imagen era de hacía dos años.
Un salón de hotel, lámparas de cristal, una pancarta con el escudo de una fundación de huérfanos de policías, y un hombre en esmoquin con una copa en la mano izquierda.
A su lado, una mujer con un vestido oscuro de manga larga y el pelo castaño a la altura de los hombros, sin una cana.
Sonreía con la boca cerrada. Tenía la mano derecha apoyada, con la palma plana, en el antebrazo de él, de esa manera con que se toca a un perro que no es tuyo.
Los ojos eran los mismos. No sonreían: recorrían el salón por orden, de una esquina a otra, y volvían a contar. Valeria Cortés , ponía el pie de foto. La inspectora Valeria Cortés, esposa del comisario jefe.
Elena apartó la mano del ratón y la dejó caer sobre las rodillas.
Fuera, el dependiente ponía música a un volumen que no molestaba a nadie, una radio de las de la mañana. En la cabina de al lado, alguien que acababa de entrar hablaba en voz baja en inglés con una niña, o una hermana, o una madre. Elena oía todo con una claridad desagradable.
Pensó en tres cosas, una detrás de otra, sin orden.
La primera: que la mujer que había bajado a un garaje con una linterna y una placa y se había llevado a tres mujeres delante de cuatro policías era la mujer del hombre cuyo nombre había en la libreta.
La segunda: que lo sabía. Lo había sabido a las cuatro menos algo, al descolgar el telefonillo.
No había abierto la boca. Se había guardado el apellido y había salido a la calle con la cara descubierta, delante de la gente de él.
Y la tercera: que anoche, a esa hora, esa mujer estaba durmiendo en la misma casa que él.
Se le erizó la piel de los brazos.
Una voz que no sea la mía. Había tachado a todos los policías de su lista, y se le había colado una por la puerta de atrás, con cara de ser lo único limpio de un edificio sucio. Ahora tenía que decidir si eso era una suerte o una trampa.
Trampa no parecía. Lo decían los ojos de la foto, y Elena nunca había sabido explicar cómo se fiaba de unos ojos.
* * *
Locutorio Ciber Vallecas, 9:38.
Esperó a que dieran las nueve y media. A esa hora un hombre como el del vídeo ya estaría en su despacho y la casa, con un poco de suerte, sería solo de ella.
Pasó el rato mirando por la cortina de cuentas a los que entraban: una señora con un carro de la compra, dos chicos con prisa, un hombre que pidió una cabina para llamar fuera de España y no quiso decir a quién.
Después cogió el teléfono de la cabina y marcó el número de abajo, el segundo del ticket, y apoyó la espalda contra el cartón con la cortina de cuentas rozándole el cuello.
Cuatro tonos. A mitad del quinto, descolgaron.
—Diga. —Baja, seca, de quien tiene la boca pegada a un trapo de cocina.
—La del cristal.
Silencio. Elena contó dos segundos y oyó, al otro lado, algo de plástico que caía y rodaba sobre un suelo.
—No hables —dijo Valeria—. Dime solo sí o no. ¿Estás sola?
—Sí.
—¿Desde un teléfono que no es el tuyo?
—Sí.
—Bien. Tengo cuatro minutos. Hay uno abajo, en el portal. Estoy en la cocina, con la radio puesta. —Se oía, en efecto, una tertulia de voces cruzadas—. ¿Estás herida?
—La mano. Igual que ayer.
—Te dije que te la vieran.
—Y tú dejaste que te hicieran una foto.
—Dos. La de la acera y la de la cámara del garaje. —Había un punto de cansancio aplastado bajo la voz, pero seguía sin moverse—. ¿Para qué has llamado?
Elena se mordió el carrillo por dentro.
—Tu marido es R.
No oyó nada. Ni la tertulia, ni la respiración. Se imaginó un cuchillo en el aire a punto de caer.
—Sí —dijo Valeria.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Desde ayer. A las cuatro menos siete. —Una pausa en la que alguien, en alguna parte del piso, cerró un cajón con cuidado—. Le oí por el telefonillo. Antes lo sabía a trozos. Una mujer que se hace la tonta tiene muchos trozos.
—Anoche dormiste en esa casa.
—Anoche cené en esa casa. —La voz no cambió ni una sílaba—. Me ayudó a secar los platos.
Elena cerró los ojos. Tuvo la sensación de que llevaba mucho tiempo mirando por un agujero y acababa de darse cuenta de la altura.
—¿Él sabe que lo sabes?
—Sabe que estuve. No sabe lo que sé. Me conviene que siga así, y a ti también.
—¿Por qué no me dijiste que eras la mujer del comisario?
—Porque no era una información que te sirviera para sacar a tres mujeres. —Una pausa corta—. Y porque habrías hecho lo que has hecho ahora. Llamar al primer sitio donde te dolía.
Elena no contestó. Era verdad, y le fastidió.
—¿Por qué no me delataste en el garaje? —preguntó, y notó que la pregunta era distinta de la que había querido hacer. La que tenía de verdad, y que ni a ella le gustaba oírse, era: ¿por qué no te apartaste cuando pudiste?
—Porque abriste —dijo Valeria.
—Tú también.
—Me acaban de decir que han entrado en el 2.
º B. Vacío. Ni una cuchara. —Hablaba ya más deprisa, y bajo—.
Escúchame bien. No me llames a este número.
No me escribas, no le escribas a Marisa, no te acerques a ellas, no pises ese barrio.
Si necesito hablar contigo, te llamo yo.
Y esta noche te quedas quieta, donde estés. ¿Me oyes? Quieta.
—¿Por qué esta noche?
—Porque hoy es viernes.
—Es viernes 13 —dijo Elena—. Me lo ha dicho ya mucha gente.
Del otro lado llegó un ruido que podía haber sido una risa o la tos de alguien que ha tragado mal.
—Cuídate la mano —dijo Valeria, y colgó.
Elena se quedó un rato con el auricular pegado a la oreja, escuchando el pitido, hasta que el dependiente asomó la cabeza por la cortina y le preguntó si pensaba pagar la segunda media hora o la había alquilado por la noche.
—Ya me voy.
—Qué humor tenéis todos hoy —murmuró el chico, volviendo a su móvil.
Pagó. En la calle había salido el sol bajo de noviembre, de ese que ilumina sin calentar.
Dos albañiles con casco discutían sobre un carro de mezcla, un niño arrastraba una mochila con ruedas delante de su madre y, en la farola de enfrente, un hombre sonriente con la cabeza ladeada la miraba con la boca cerrada.
Esta noche te quedas quieta.
La mano izquierda le dolía donde la pequeña se la había apretado. Elena la abrió y la cerró, o lo intentó, dos veces. Después sacó el ticket, lo estiró contra el muslo con el canto de la palma y miró la lista.
4. A quién recoge Z.
Zeta recogía los viernes a las diez en la nave 6 de Pinto.
Lo ponía en la hoja de julio y lo había visto ella misma desde el techo de un palé.
R. cobraba el último viernes de cada mes, y ese no era hoy, pero cada viernes pasaba algo en Pinto, y esta noche, con el 2.
º B vacío y tres mujeres menos en un garaje, alguien tenía que ir a contar los daños.
Y el que los contara iba a ser el hombre de la raya al lado.
Y la mujer de ese hombre, la única persona de Madrid que le había dado la razón sin pedirle nada a cambio, le había pedido que se quedara quieta.
Elena guardó el ticket doblado en el calcetín izquierdo, con las tres hojas de sitios, y echó a andar hacia la boca del metro con la mochila al hombro. Iba despacio, por primera vez en una semana. Todavía faltaban doce horas, y no tenía ninguna intención de hacer caso.