Ceniza (Elena Malasangre 5) La voz
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Ceniza (Elena Malasangre 5)

Ceniza (Elena Malasangre 5)

Por E Reyes

© inepub.com

La voz

El búho que subía a Vallecas llevaba tres paradas sin que subiera nadie, y Elena aprovechó para sacar el pie izquierdo de la bota por debajo del asiento y comprobar el nudo.

El cable de los auriculares del chico aguantaba.

Tres vueltas y un nudo doble, hechos con una mano y media, a oscuras, en el hueco de un montacargas.

Visto con la luz del autobús daba hasta risa: un cable negro con el enchufe todavía colgando, como la coleta de un chaval que ha perdido una apuesta. Se calzó otra vez.

Llevaba despierta desde la mañana del jueves, salvo diez minutos que se había quedado frita contra el cristal en la vuelta anterior y que le habían sentado como una multa.

Aquella era su tercera vuelta del búho. Costaba un euro cincuenta, tenía calefacción y te dejaba dormir sentada, mal pero sentada, y el conductor, un hombre enorme con un termo entre las rodillas, no preguntaba nada a la gente que subía a las tres de la madrugada con la capucha puesta.

Seguramente había aprendido hace años que ninguna respuesta iba a gustarle.

Había bajado de la azotea del edificio de al lado por la escalera de otra finca, con la mochila delante del pecho y la cabeza gacha, como quien vuelve del turno.

Después había andado. Oyó sirenas, unas cuantas, y no las contó.

Anduvo hasta que Madrid se le acabó de hacer de noche y luego se metió en el primer autobús que llevaba el cartel de «Nocturno», sin mirar a dónde iba.

En la mano izquierda notaba dos cosas. Una era la de siempre: no cerraba, y el dolor le subía desde la palma hasta el codo con una puntualidad de reloj de pared.

La otra era nueva. Le dolía justo en el sitio donde la pequeña se la había apretado, a las cuatro menos algo, en una habitación sin ventana.

Elena se lo tomó como buena señal. Si te duele donde te han agarrado, es que ahí todavía hay mano.

Sacó del bolsillo de la sudadera el ticket del súper. Estaba más blando que ayer, con los dobleces gastados, y la lista a lápiz seguía ahí, con la letra apretada de cuando tenía mono y todavía no sabía si iba a vivir una semana.

1. Sin policía.

2. Sacarlas de ahí antes de que las muevan.

3. Una voz que no sea la mía.

4. A quién recoge Z.

La segunda la había hecho, o eso creía. Había visto tres mujeres cruzar un garaje detrás de un moño con canas.

Había visto un brazo en alto con una placa y un montón de uniformados que se paraban.

No había visto la ambulancia ni sabía adónde las llevaban, y no se fiaba de tachar nada que no hubiera visto acabar. Dejó el lápiz en el bolsillo.

La primera estaba rota, y se había roto sola. Había salido de ese garaje con una policía al lado y no se había sentido peor que otras veces. Eso le daba más miedo que el cuchillo en el cuello de la otra.

Apoyó la frente en el cristal frío. Fuera pasaban las persianas bajadas de Atocha, un camión de la basura con dos hombres colgados atrás y una furgoneta blanca con la puerta abierta, de la que dos tíos con chaleco reflectante sacaban rollos de carteles.

A medianoche había empezado la campaña, y a las seis ya estaban pegando caras en las farolas.

Caras sonrientes, de buena familia, a un metro y medio del suelo. Elena no leyó ni un nombre.

Lo que sí repasaba, y llevaba haciéndolo toda la noche, era una frase.

No. A la fuerza no. Que esperen fuera. Yo no bajo.

La había oído colgada de un pate de hierro, con la raya amarilla de la puerta del 2.

º B cruzándole la cara. Una voz de hombre de mediana edad, sin prisa, con el tono de quien reparte órdenes sin molestarse en levantar la voz.

Y la había oído antes. No en persona. En alguna parte, por un altavoz, a través de una pared o de un cable, y se le quedaba a medio camino como un nombre en la punta de la lengua, de esos que no vienen aunque los llames.

El autobús dio la vuelta en la última parada, junto a un descampado con una valla. Eran las seis y veinte. Elena bajó la primera.

* * *

Avenida de la Albufera, 7:41.

Después de una hora larga de frío, andando por Vallecas sin rumbo, la churrería de la esquina fue lo mejor que le había pasado en cuarenta y ocho horas, lo cual decía poco de las cuarenta y ocho horas y bastante de la churrería.

Era un local de dos mesas y una barra, con el aceite a punto desde las cinco y un olor a masa frita que se le metió dentro de la ropa y de la cabeza, y le dieron ganas de llorar, o de comerse el mostrador.

La dueña, una mujer de unos sesenta con un delantal de flores y el pelo recién teñido de caoba, despachaba churros en cucuruchos de papel sin mirar siquiera el reloj de pared, que ya iba cinco minutos tarde.

—¿Te los pongo sueltos o en bolsa, cariño?

—Sueltos. Y un café con leche, pero de los que se enfrían pronto.

—Vienes del frío.

—Vengo de la calle.

—Es lo mismo.

Se sentó en la mesa del fondo, de espaldas a la pared, con la mochila entre las botas y la mano izquierda debajo de la mesa.

Comió con la derecha. El primer churro lo mojó en el café sin ceremonia y se lo metió entero, y fue cuando comprendió que la última comida caliente de verdad había sido un cuenco de lentejas en Móstoles, cinco noches atrás.

Se acordó de la colcha de ganchillo de Doña Remedios, del pastor alemán que roncaba al otro lado de la pared, y masticó más despacio.

Hay comidas que no deberían terminarse de un tirón.

En la tele del fondo, sin sonido, alguien con corbata explicaba algo ante un cartel de colores.

Un cliente de la barra, albañil por las manos, dijo en voz alta que menudo día para empezar una campaña, un viernes 13.

La dueña le contestó que ella no tenía tiempo de creer en nada, que tenía que freír.

—Ojo con el día que es hoy —le dijo a Elena, de pasada, y le dejó otro churro de más en el papel—. Que no se me ponga nadie en el camino de un gato negro.

—Mi semana ya ha gastado la mala suerte de todo el mes —dijo Elena—. Me tienen que devolver el cambio.

La dueña soltó una carcajada y siguió a lo suyo. Elena pagó con una moneda de dos euros, dejó el cambio en el plato y salió con el sabor del aceite en los dientes y el estómago, por primera vez en días, de acuerdo con ella.

En el bazar de la esquina, con la persiana a medio subir y un cartel de «Todo a un euro, o casi», compró tres pares de calcetines gruesos por cuatro euros, un paquete de cordones negros, un rollo de esparadrapo, un cepillo de dientes y unas gafas de sol que le quedaban peor que las de farmacia.

La cajera, una chica con las uñas pintadas de verde y unos auriculares colgados del cuello, le dijo que hoy no cogiera ascensores.

Elena le contestó que ya había hecho cupo.

Se sentó en un banco, al sol flaco de las ocho, y por fin se quitó la bota izquierda.

Cortó el cable con la cuchilla, desenredó los restos del enchufe y metió los cordones nuevos en los ojales con la mano buena y los dientes.

Le llevó cuatro minutos. Cuando acabó, los dedos de los pies, con calcetín limpio, le dieron las gracias con un escalofrío.

Se levantó. Tenía el café en el cuerpo y una cosa en la cabeza que seguía sin salir.

* * *

Locutorio Ciber Vallecas, 9:03.

El locutorio abría a las nueve en punto.

Elena era la primera clienta, y el dependiente, un chico con una sudadera de un equipo de fútbol y el pelo aplastado de dormir apoyado, le cobró un euro por media hora y le dijo que la cabina tres tenía el teclado con la eñe medio borrada.

«Si te sale una n con un bichito, es la eñe», añadió, y volvió a su móvil.

La cabina era una caja de cartón piedra con una cortina de cuentas, un monitor con la pantalla un poco torcida, un teléfono fijo con la espiral enredada y unos cascos con un auricular que sonaba y el otro no.

Olía a ambientador de manzana. Elena corrió la cortina, se sentó de cara a la entrada, puso la mochila en el regazo y respiró.

Lo primero era un teléfono. Del ticket sacó la vuelta: por detrás, a lápiz, dos números de nueve cifras.

El de arriba era el de Marisa. El de abajo, el que Marisa le había leído por teléfono una semana antes con la voz de quien confiesa un secreto: el de la policía de la que, según ella misma, no tenía que fiarse.

Elena marcó el de arriba, el fijo de la cabina haciendo un ruido de cremallera.

—¿Sí? —Voz baja, cortada, con un televisor de fondo.

—La de los sobres.

—Ay, Virgen santa. —Se oyó una puerta y los pasos de una mujer en zapatillas—. ¿Estás bien, hija? ¿Dónde estás? Mi hermana no hace más que mirar por la mirilla. Aquí no ha venido nadie, te lo juro, el del chándal no ha vuelto.

—Estoy bien. Marisa, una cosa. La policía que vino. ¿Cómo se llamaba?

—Valeria. —Lo dijo enseguida—. Me enseñó una placa, pero fue tan rápido que no me dio tiempo ni de ver si ponía algo.

Me dijo «Valeria» y nada más. Yo la tengo en el móvil como «Valeria poli».

—Hizo una pausa—. Ayer por la tarde me escribió, a las siete.

Una sola palabra: «¿Ha llamado?». Le puse que no. ¿Hice mal?

—Hiciste bien. No le escribas más.

—Pero ella parecía buena persona…

—Seguro que lo es —dijo Elena—. Por eso no.

Colgó antes de que Marisa le preguntara por Paco o por si se iba a quedar en Madrid. Se frotó los ojos con la palma de la mano buena. Años de barra le habían enseñado a mentir con la sonrisa puesta. Con Marisa le salía mal, y por eso colgaba rápido.