Ceniza #2
—Elena. Con una voz que hacía meses que no oía en mi mujer.
Fue la frase más cruel que le había dicho jamás, y la dijo con ternura. Valeria tragó.
—Hemos hablado. Por teléfono. Poca cosa.
—Ya —dijo él. No se lo creyó, y lo dejó ahí, como una fotografía sobre una mesa—. No importa.
Dejó la tercera garrafa, se miró las manos y vio que las tenía mojadas de gasolina hasta la muñeca. Fue a buscar un trapo a la oficina.
Valeria vio su espalda.
Seis metros de espalda de camisa blanca, con la pistola entre el pantalón y la tela, alejándose de cara al ventanal, al pasillo del despacho, a la caja blanca con su luz verde.
La puerta peatonal quedaba a su derecha.
Ramiro, que en su boda había pedido cambiar de silla para no dar la espalda a la puerta, le estaba dando la espalda a la única persona de la nave a la que no había aprendido a temer.
Lo pensó con una claridad enorme. Y pensó también el resto: ella de rodillas, un abrigo por medio, una espalda que se alejaba. Para levantarse hacía falta un ruido. Para el ruido, un motivo.
* * *
Nave 6, 22:31.
—Dame un minuto con ella.
Lo oyó salir de su boca con un tono que no era el suyo, de mujer que cede, y lo oyó como lo oiría quien estuviera escuchando. Un minuto con ella. Cualquiera lo entiende: una despedida, un último gesto con la chica que se ha tirado delante de su balazo.
Ramiro se volvió despacio, con el trapo en la mano.
—Un minuto.
—Y te vas a la oficina. No quiero que me mires.
—Valeria.
—Un minuto, Ramiro. Me lo debes.
La miró de arriba abajo. Valeria vio, sin mirarlo, lo que él veía: una mujer arrodillada sobre un plástico con el abrigo abierto y la sangre de otra hasta el codo, el pelo sobre la cara, los hombros encogidos. La mujer más derrotada de Pinto.
—Lo que te debo lo pago con intereses.
Dejó caer el trapo. Fue hasta la oficina, rodeó la mesa, pasó la mano cerca de la caja blanca sin tocarla y se sentó en el borde del escritorio, de perfil, mirando la pared. Un hombre educado, que mira a otro lado mientras su mujer llora.
Quedaba una garrafa roja sin abrir. Las otras tres, vacías o a medias, estaban alineadas junto al zócalo, y la raya de gasolina cruzaba el suelo hasta el pie del escritorio.
El olor era tan fuerte que a Valeria le costaba ordenar las ideas.
Un chispazo cualquiera de aquella nave —un cable, un cigarrillo, un tiro— y arderían la raya, la nave y los tres.
Se dijo que no iba a hacerlo. Lo pensó con honradez.
No iba a hacerlo porque Ramiro era su marido, porque Elena estaba viva, porque le quedaban dos horas y media para pensar.
Después puso las cosas en fila, como en una pizarra: una chica con un tiro en el riñón que Ramiro iba a rematar.
Dos personas, Nacho y Bravo, a las que Ramiro iba a visitar por la mañana.
Una palabra de cuatro letras que todavía no había enviado, y a la una de la madrugada una mujer de gafas rojas llamando al 091 desde la puerta de su casa.
Y una oferta: una vida entera, si lo haces bien.
La oferta fue lo último que añadió a la pizarra. Fue lo que decidió.
Con la mano izquierda aún sobre la espalda de Elena, se inclinó. Pegó los labios al pelo de la chica, junto a la oreja, y habló muy bajo, a la boca de nadie:
—Perdóname.
Era la voz que se le había quedado desde la cocina. La del teléfono. Una voz que había intentado ser prudente y se había escapado por una rendija. Cuídate la mano. Elena no podía oírla. O tal vez sí: en el cuello, el pulso dio un salto corto, como un pez.
Y se incorporó.
Fue una sola pieza, sin ruido: de pie, el abrigo abierto, el brazo derecho aún dentro de la tela con el cañón apoyado contra el forro de seda. Giró sobre el talón izquierdo, como le habían enseñado en un gimnasio con un compañero que murió de un infarto en el 2019.
Ramiro, en el borde de la mesa, levantó la vista.
No hubo sorpresa en su cara. Eso lo recordaría después: no hubo sorpresa.
Un movimiento corto de las cejas, una atención, como cuando en la cena alguien dice algo inteligente.
Su mano derecha fue hacia atrás, a la cintura, y Valeria vio cómo encontraba la culata.
Vio, sobre su hombro, la lámpara de pie de la oficina.
Vio la luz verde de la caja. Y vio los ojos de Ramiro posarse en el abrigo azul, el que él le había comprado en la calle Serrano hacía dos inviernos, y detenerse en un punto del forro donde la tela se tensaba hacia fuera.
Se lo vio entender.
Disparó dos veces a través del abrigo.
El ruido llenó la nave de una vez, enorme, de chapa y cemento, y una llama corta, naranja, le dio en el costado y le quemó la seda. El olor a pólvora se mezcló con el de la gasolina. La nave contuvo la respiración. La gasolina no prendió.
Ramiro seguía sentado en el borde de la mesa.
Se miró la camisa. Había dos puntos oscuros en la tela, a la izquierda de los botones, a un palmo uno del otro, que se abrían despacio.
Levantó la cabeza. Su mano seguía en la cintura, con los dedos cerrados sobre algo que ya no era de él. Tenía los labios entreabiertos.
—Con la de Manolo —dijo.
No era una pregunta. Lo dijo con una sorpresa pequeña, la de quien encuentra en un cajón la pieza que le faltaba. Y después, con el esfuerzo de no molestar a nadie:
—Siempre fuiste la lista de los dos.
Se dobló hacia delante muy despacio. Se apoyó en las rodillas, luego en el suelo, y acabó de lado sobre el cemento, junto al pie del escritorio. Los zapatos negros, de piel, limpios, con la raya de cal en la punta del izquierdo. Uno de ellos se movió dos veces y se quedó quieto.
Valeria no se acercó.
* * *
Nave 6, 22:36.
Contó hasta cien. Se quedó de pie sobre el plástico, con el brazo derecho todavía dentro del abrigo y los dos brazos separados del cuerpo, como si no fueran suyos, y oyó los dos tiros repetirse en las vigas, cada vez más lejos. Después oyó el grifo. Después el tic del fluorescente.
Hizo el inventario, que era lo que sabía hacer.
Un hombre muerto, el suyo. Una chica con un tiro en el riñón, que respiraba.
Tres pistolas: la de Elena en su mano, la de Ramiro en su cintura, la inútil de ella en una chaqueta doblada.
Una garrafa llena y tres a medias, y una raya de gasolina de ocho metros.
Una caja con una luz verde. Un pendiente.
Dos horas y veinticuatro minutos hasta la una.
Y en toda la nave nadie que fuera a contar a nadie lo que había pasado, porque la señora había dicho que no había pasado nada.
Fue hasta él. Caminó por fuera de la raya de gasolina, cuidando dónde ponía las botas.
Se agachó, le sacó la pistola de la cintura con dos dedos y la dejó lejos, sobre el cemento seco.
Le puso los dedos en el cuello, como había hecho con Elena.
Esperó lo que enseña el manual, y un poco más.
Nada. Tenía los ojos abiertos y la mirada de quien está a punto de decir una cosa más.
Le cerró los párpados con el pulgar, y se sorprendió de que le saliera tan bien.
Y entonces, un sonido pequeño, muy cerca.
Un zumbido. Lo reconoció antes de entenderlo: la vibración de un móvil sobre una superficie dura. Venía de la silla de bar donde estaba doblada la chaqueta. Del bolsillo de arriba, el que guardaba dos móviles.
Se acercó. Los pies la llevaron solos, con la lentitud de quien camina por el fondo de una piscina. Metió dos dedos, con cuidado de no rozar la culata de su pistola, y sacó el aparato del trabajo de Ramiro. Pantalla negra, rota en una esquina. Bajo el cristal, una línea de luz:
Duque.
Dejó que sonara hasta el final. Seis timbres. Luego un segundo de silencio, y la pantalla se iluminó otra vez con un mensaje que no necesitaba abrir:
¿Dos? Uno bastaba.
Valeria lo leyó una vez. Lo sostuvo como se sostiene una cosa caliente. Dos tiros, decía. Dos tiros, y le había mandado un mensaje a un muerto.
Uno bastaba.
No podía saber de qué hablaba. De la chica, tal vez, y de un marido que obedece.
Podía ser una pregunta de contable. O podía ser la pregunta de un hombre que ha oído en directo, a través de una pieza de oro con un chip del tamaño de una uña, la voz de una mujer decir perdóname , y después un chasquido, y después el silencio de una nave.
Con la mano izquierda, muy despacio, Valeria se tocó el pendiente.
Estaba caliente. Más que la oreja.