Cenicienta perdió un zapato y yo las bragas CAPÍTULO 56
98%

CAPÍTULO 56

Al caer la tarde, Nora entró en la habitación con su sonrisa habitual, esa que no podía evitar cada vez que estaba junto al presidente.

Quiang se encontraba sentado en un butacón, mirando por la ventana y perdido en sus pensamientos.

Se acercó a él con sumo cuidado para no alterarlo, y le tocó el hombro a la vez que le entregaba un pequeño envoltorio.

—He hecho que te lo traigan, sé que te gustan los dulces de vainilla.

—Hace mucho tiempo que no me gustan —dijo con pesadez sin moverse.

—¡Oh! Pensé que seguían gustándote. —Retiró el regalo, un poco confundida y desilusionada—.  Parece que no sé mucho de ti.

—Y yo tampoco sé tanto de ti como creía.

—Vale, hoy no estás de humor, así que vendré más tarde. Te dejaré el espacio que necesites.

Nora dio un paso atrás, dispuesta a marcharse, cuando una mano la atrapó por el brazo con una fuerza inesperada. El tirón no fue brusco, pero con el suficiente ímpetu que apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de verse sentada sobre sus rodillas.

—Quiang, tu herida… no puedes hacer esos movimientos .

Él levantó la vista despacio, como si le costara romper la oscuridad en la que estaba sumido. Cuando sus ojos se encontraron, Nora sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Había algo distinto en su mirada, algo que no había visto nunca, y que no sabía si quería comprender.

«Realmente ese hombre estaba llorando». Sus ojos resplandecían con un brillo que amenazaban el nacimiento de unas lágrimas.

—Quiang, ¿qué sucede? ¿Quién te ha perjudicado?

Él tardó un segundo en responder, como si la palabra le pesara.

—Tú. —Nora parpadeó desconcertada.

—¿Yo? No te entiendo.

—Antepuse mi vida por ti. ¿Sabes cuánto me asusté al pensar podía perderte? No concebía un solo día sin tenerte cerca. No lo entendí, no de verdad, hasta que recibí esa maldita nota.

—Pe… Pero… —Nora pretendió hablar, no obstante, él continuó.

—Creí que mi destino había cambiado. Que por fin podía dejar de preocuparme por quienes se aprovechaban de mí, por quienes me pisoteaban o me engañaban.

Pensé que, por una vez, alguien estaba a mi lado sin pedirme nada a cambio.

—Su voz tembló, pero no apartó la mirada—. Nora… ¿tienes algo que decirme?

Ella no alcanzaba a comprender qué intentaba decirle, hasta que una de las manos de él se desplazó de forma premeditada por su cintura y se posó en su vientre. El aire casi se congela a su alrededor, un nudo en su garganta le impidió contestar esa pregunta.

«¡Lo sabe! Él lo sabe». Su mente se cerró y no pronunció ninguna palabra más, como si con ello se protegiera de la situación, la muy traidora.

—Yo… no lo busqué. No pensé que… —la voz se le quebró en la boca, como si las palabras se negaran a salir—.

El día que lo supe ya era demasiado tarde.

Bueno… no tarde, pero yo nunca haría daño a mi hijo.

Nunca. —Tragó saliva, temblorosa—. No te preocupes, no voy a pedirte nada a cambio, ni quise pisotearte ni engañarte. Solo…, solo intentaba protegerme.

Ella trató de apartarse de él, si bien, una mano firme la rodeó por la cintura. No iba a permitirle huir tan fácilmente.

—¿Protegerte… de mí?

—Sí —respondió, y las lágrimas por fin afloraron brillando en sus pestañas—. No sabía más de ti que los pequeños lapsos en los que trabajábamos juntos. A veces parecías humano, cercano…; otras eras un muro frío impenetrable. Y yo… temía que…

Él inclinó un poco la cabeza.

—¿Y ahora?

Nora ambicionó de nuevo evadirse, pero él no apartó la mano de su cintura. Al contrario, la afianzó con una suavidad que contrastaba con la fuerza con la que la había retenido antes. Su respiración estaba cerca; demasiado cerca, y por primera vez lo vio derrotado.

—Nora… —Su voz apenas se quebró—. No debiste temerme nunca.

Ella bajó la mirada, incapaz de sostener la intensidad de sus ojos.

—No me diste razones para sentirme segura —susurró.

Él, cerró los ojos un instante, ya que esas palabras le atravesaron el pecho. Cuando volvió a abrirlos, había en ellos una mezcla de arrepentimiento y algo más profundo.

—Lo sé. —Su frente rozó la de ella, apenas un movimiento, pero suficiente para que el mundo se redujera a ese punto de contacto—. Y me odio por eso. Por no haber sido lo que necesitabas; por no haberte cuidado como merecías.

Nora sintió su corazón acelerarse. Él nunca había hablado así, nunca se había permitido mostrarse roto.

—Quiang, me sentí perdida. Te engañé, y tú no soportas las sorpresas ni los engaños.

Sé lo que te pasó con esa mujer y no quería que pensaras que yo soy igual.

Tenía miedo de que rechazaras el nacimiento de este niño al considerarlo una amenaza, o de que quisieras quedarte con él porque lleva tu sangre y me relevaras de ser su madre, porque no estoy a la altura ni pertenezco a la alta sociedad.

Sí, te engañé, y no voy a decir que no lo haría de nuevo; toda madre que sea digna de ese nombre haría de todo por su hijo.

—Su expresión  reflejaba el peso de todas aquellas palabras, y eso hizo que el corazón de Quiang se estremeciera al comprender que no lo había visto antes.

—Jamás pensaría algo así, me has demostrado con creces que nunca te aprovecharías de mí. No voy a negar que me costó verlo, pero derribaste el muro que levanté aquel día, y lo hiciste tan despacio, tan sutilmente, que ni siquiera me di cuenta.

—¿No estás enfadado porque te lo he ocultado?

—No, solo siento que te he fallado —murmuró en voz baja, era casi un ruego—.

Nora… —Tiró de ella hasta que sus labios casi rozaron los suyos—.

¿Aún no has comprendido que no puedo vivir sin ti?

Protegías a tu hijo, te protegías a ti. El que se ha equivocado he sido yo, por no darte la confianza suficiente. —Agachó la cabeza, dolorido.

Sus dedos temblaron ligeramente al acariciar su cintura, como si temiera que ella se desvaneciera si la tocaba demasiado fuerte.

—No quiero que vuelvas a tener miedo de mí —continuó—. No quiero ser una sombra en tu vida. Quiero… —tragó saliva, buscando valor—. Quiero ser alguien que te dé paz, que te dé seguridad, que te dé lo que no supe darte antes .

Nora levantó la mirada, sorprendida por la sinceridad que emanaba de él.

—No es temor genuino lo que siento, nunca lo he hecho. Solo era inseguridad ante la incertidumbre de cómo ibas a actuar —dijo al fin, y esta vez su voz no tembló.

Él apoyó su frente contra la de ella, cerrando los ojos, un alivio que llevaba demasiado tiempo esperando.

—Gracias —susurró—. No sabes cuánto necesitaba oír eso.

Al percibir su dolor, ocasionó que Nora lo sintiera como suyo.

—No puedo verte así. Yo…—Se pasó las manos por la nariz para evitar que las velillas de los mocos siguieran su curso.

—Tranquila, no debes alterarte, no es bueno para ti ni para el niño.

—Pero es que…

—Ven aquí —murmuró él con una ternura que pocas veces dejaba ver.

Quiang la abrazó y hundió su cabeza en el hueco de su cuello—.

Dedicaré mi vida a que estéis bien, cuidaré de ti y de nuestros hijos, porque Nicole también será mía.

Déjame que me redima de los meses que has pasado sola, permíteme formar una familia contigo.

Nora, sintió cómo el abrazo la envolvía por completo, cómo el calor de él le deshacía los miedos uno a uno. Lo rodeó con sus brazos apoyando la mejilla en su hombro, dejando que su propio corazón hablara.

—Yo también cuidaré de ti —susurró, con una convicción que le nacía del alma—. Esto sí es una promesa.

El beso que vino después fue el sello que cerró aquel episodio de sus vidas. El final de dos almas que habían caminado en soledad demasiado tiempo y que, por fin, encontraban a alguien con quien compartir su mundo .

—Deja de llorar, Nora, todo está bien. Todo estará bien —murmuró Quiang, secando con sus manos las lágrimas que resbalaban por sus mejillas.

—Pues deja de llorar tú también —le espetó ella, intentando sonar firme.

—Yo no estoy llorando. Los hombres no lloran.

—Ah, ¿no? ¿Y esa agua que sale de tus ojos qué es?

—Mujer, tus lágrimas empañan tu vista. No ataques mi hombría o padecerás las consecuencias.

—¿Qué consecuencias? —preguntó ella, con los ojos brillando de picardía.

—Ah, vas a acabar conmigo. Ten en cuenta que aún estoy herido y necesito muchos mimos, y eso me recuerda que has traído algo para mí.

—Creí que no te gustaba el sabor de vainilla —dijo, limpiándose las mejillas húmedas.

—Mi madre me hacía pasteles de vainilla y la nostalgia de aquellos momentos, esa fragancia me hacía daño, por eso los rechazaba.

Pero ahora… —le regaló una pequeña sonrisa mientras enmarcaba su rostro con la mano—.

Ahora lo veo desde otra perspectiva. Es el momento de sanar las heridas y crear algo nuevo, porque desde el día en que creíste que había perdido la empresa, y me dejaste uno en la mesa para hacerme el día más fácil, no he podido dejar de pensar en ti. Tú eres mi hogar.

En la puerta dos figuras sonreían. Del se dejaba abrazar por Ming, esta a pesar de que había estado los últimos días acompañando a Nora en su convalecencia, no había querido entrar a ver a Quiang.

Todavía no se acostumbraba a que el gran presidente, el CEO que muchas codiciarían y su jefe, fuera el amor de su amiga .

Se alegraba por ella y, además, Ming siempre la había acompañado en esos días. Su relación era cada vez más estrecha e íntima.

El futuro era halagüeño para ambas y prometía una verdadera historia de amor.