CAPÍTULO 55
Varios días después, Ming observaba como ambos estaban enfrascados en una discusión en pleno pasillo.
—Ve a descansar Nora, tienes que cuidarte —le exigía Quiang.
—Vete tú, no puedes levantarte tan temprano, tienes que estar tendido. Por Dios, ¡que tienes un disparo en el cuerpo!
—Yo estoy bien, has cuidado de mí durante estas semanas. Ahora me toca a mí, así que vamos a tu habitación y te acuestas.
—No pienso…
—¡Basta! —gritó Ming, que se había acercado a ellos junto a Del, que en cuanto se enteró de lo sucedido no dudó en coger un avión para acompañarla.
Al igual que Ming, pasaba parte de su tiempo dentro del hospital, expectante a las nuevas noticias.
Ese día miraban atónitos como los dos convalecientes estaban enfrascados en una discusión ridícula sin reparar en su presencia.
—¿Por qué no probáis a meteros en la misma cama y descansáis abrazaditos los dos?
Nora abrió los ojos desmesuradamente al traducir aquellas palabras y miró a su amiga que, simplemente se encogió de hombros.
No le dio tiempo a replicar cuando Quiang la agarró de la mano y tiró de ella.
Al tiempo que la arrastraba, giró la cabeza y sin emitir ningún sonido vocalizó un «gracias», provocando un suspiro en su secretario .
En la habitación la recostó y enseguida se unió a ella.
—Ahora no hables, solo quédate aquí conmigo, estoy muy agotado por el esfuerzo de levantarme. —Usar la lástima era impropio de él, pero si de esa manera la retenía entre sus brazos, iba a utilizar todas sus armas.
Como había estado cuidándolo durante esos días, y además estaba bajo los efectos de los antibióticos, no tardó en quedarse dormida acurrucada a su lado.
La tenía refugiada contra su pecho, respirando con la serenidad de quien por fin ha encontrado un refugio.
Él apenas se atrevía a moverse para no despertarla, su corazón latía con tanta fuerza que temía que ella pudiera sentirlo.
En cambio, antes de unirse a ese descanso, el médico entró en la habitación. No se sorprendió al verlos de esa forma, solo asintió y sonrió.
—Venía a verla a ella, pero puedo esperar a que se despierte. —musitó para no desvelarla.
—¿Cómo van sus heridas? —preguntó Quiang expectante imitando el tono de voz.
—Solo necesita reposo y tiempo, pasar por esa situación no es fácil. Los coágulos de la cara se disiparán con la medicación, las rasgaduras de las manos están sanando debidamente y el feto sigue su curso.
El mundo pareció detenerse, incapaz de pronunciar sonido alguno. Durante un segundo no escuchó nada más que el eco de esa información: «El feto sigue su curso».
Sintió cómo algo cálido le subía por la garganta, una mezcla de alivio, incredulidad y… sorpresa.
—¿Se encuentra bien? —El doctor se afianzó las gafas que le caían por la nariz, estudiando su reacción .
—¿El niño…, está a salvo? —Se aferró a esa pregunta, como si necesitara convencerse de que lo había entendido bien. No obstante, no dejó entrever su confusión evitando levantar la sospecha del facultativo sobre su desconocimiento.
El doctor, al verlo tan descompuesto, pensó que era preocupación por el estado de Nora y no dudó en tranquilizarlo.
—Sí, las pruebas indican que, a pesar de lo ocurrido, dentro de seis meses lo tendrá entre sus brazos. Enhorabuena.
—Graaaciasss —agradeció arrastrando las palabras—. Todo lo que ella necesite, doctor…
—No se preocupe, su abuela lo tiene todo controlado. Usted solo procure descansar para cuando llegue la hora.
—Mi abuela… —hizo una pausa—. Por supuesto.
El médico salió en silencio, dejándolos envueltos en la penumbra tranquila de la habitación.
Él bajó la mirada hacia Nora. Dormía profundamente, ajena a todo, con un mechón rebelde rozándole la mejilla.
La acarició con la yema de los dedos, con una delicadeza casi reverencial. Ahora entendía tantas cosas…
La pregunta que ella le había hecho en los últimos días, pregunta a la que no le había prestado la debida atención.
Una vez a solas, se abrió paso en su memoria y rememoró cada una de esas veces en que ella había vacilado.
«¿Lo sabes?».
En aquel momento no había entendido a qué se refería. Pensó que hablaba de otra cosa; de cualquier cosa. Pero ahora…, ahora todo encajaba. Ella había intentado decírselo, había buscado la manera, y él, torpe, distraído, no había sabido verlo.
«Se refería a esto». A la vida que crecía dentro de ella. A ese pequeño milagro que, sin saberlo, ya los unía más de lo que jamás habían imaginado.
La apretó un poco más contra su pecho, como si pudiera protegerlos a ambos con solo ese gesto, y por primera vez en mucho tiempo, se permitió cerrar los ojos y ser feliz.
Al día siguiente, Nora se despidió, alegando que tenía que tomarse la medicación y hacerse las últimas pruebas. Él no le dijo nada, simplemente la vio salir de la habitación.
Poco después llegaba Ming, como era su costumbre a primera hora de la mañana, acto que realizaba desde que estaba ingresado.
—Buenos días, hoy le veo más… Más… —Ojeó a su jefe, no era la expresión que creía encontrar tras pasar la noche junto a Nora—. Está tenso.
—Nora está embarazada —expresó al aire—. ¿Cómo ha podido ocurrir?
—Pues si usted no lo sabe…, yo no pienso explicárselo —objetó Ming, dirigiendo su mirada hacia la ventana, y al no obtener respuesta la posó de nuevo en Quiang. Este, con cara de pocos amigos le tiró un bote de crema, el primer objeto que encontró en la mesita auxiliar.
—¡Idiota! ¡¿Por qué no tomó precauciones?! ¿Y por qué no me lo ha dicho? —exclamó, visiblemente alterado.
—Me alegra que no se plantee que no es suyo —dijo Ming más serio de lo normal. Es un primer paso.
—¿Y por qué iba a pensar eso?
—Porque es conocido que han intentado embaucarlo varias veces con embarazos ficticios, que el dinero es muy goloso.
—¿Insinúas que no me lo ha dicho porque es de otro?
—Insinúo que no se lo ha dicho porque no va buscando su dinero. En realidad, ella misma quiere hacerse cargo de él .
—¿Sin contar conmigo? —Levantó un poco su torso de la cama, compungido y un tanto herido en su ego.
—Sin contar con un hombre que aprecia más la puntualidad y el poder, que a la familia. Creo que eso es lo que le impidió confiar en usted al principio. Ahora, puede que haya cambiado de opinión, pero es probable que tenga miedo a la misma reacción que estoy viendo yo.
Quiang calló asimilando sus palabras.
—¿Tú también lo sabías?
Ming bajó los hombros derrotado, Quiang se merecía la verdad.
—Sí.
—¿Mi abuela te lo dijo?
—No tengo tanta confianza con ella. Me enteré de casualidad, un día que me escondía en la habitación de Del.
Nora llegó y lo comentó. Por respeto a la promesa que le hice a Del y a la intimidad de Nora, que era quien tenía la última palabra, callé.
Me consumía por dentro pensar que podía haberle pasado algo el día que la secuestraron; sin embargo, no podía decírselo, y tampoco creí prudente que lo supiera en ese momento; bastante carga era ya saber que podía perderla.
—¿Lo sabías cuando la secuestraron? ¡Todos lo sabíais! —Quiang intentó levantarse demasiado apresurado y una mueca de dolor le enmarcó el rostro.
—No era la forma de que se enterara. En el otro sobre que dejaron en el hotel, aparte de la nota de Tai, estaban las pruebas del embarazo junto a una ecografía. Naya quería decírselo y…
—¿Y…? —lo azuzó Quiang a continuar. Al mismo tiempo, comprendió la reticencia y el nerviosismo de Ming al abrir el primer sobre. Si creía que le había pasado inadvertido, se equivocaba.
—Ese sobre tenía el sello de Wolf, su amigo el hacker . —Quiang cerró los ojos .
—De modo que todo el mundo sabía que ella estaba embarazada de mi hijo, tú y el hacker trabajáis para mi abuela…, y yo he sido un idiota todo este tiempo.
—Yo diría que trabajamos para los dos. Su abuela nos tiene cogidos por los huevos, es una mujer que sabe apretar cuando quiere algo.
—El chantaje es ilegal.
—Pues como no quiera meterla en la cárcel, creo que esa mujer no va a parar.