Cenicienta perdió un zapato y yo las bragas CAPÍTULO 54
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CAPÍTULO 54

Nora exhibía un pijama de rayas azul y blanco característico del hospital.

Sentada en un butacón, presionaba un paño húmedo de forma constante y metódica sobre el rostro de Quiang.

Llevaba horas así. La enfermera ya le había llamado la atención varias veces, aunque gracias a la medicación y a los calmantes, el dolor había remitido; aun así, tenía que mantener reposo por el bien de su hijo y de ella misma.

No obstante, se encontraba bien. Con seguridad, eran órdenes de Naya que la sobreprotegía en exceso, pero no podía quedarse tendida en su cama, aunque fuera en la habitación contigua, sabiendo que Quiang se hallaba tan cerca y a la vez tan lejos.

A pesar de la escena grotesca que había presenciado días atrás, y del estado de shock en que la sumió ver tanta sangre, aquellas palabras seguían resonando en su mente.

Un hombre alto y corpulento se agachó con rapidez para socorrer a Quiang, le rasgó la ropa sin esfuerzo y examinó la herida con mirada experta.

—Le ha atravesado el costado…, la bala no sigue dentro — dijo con firmeza—.  No parece que le haya dado en ningún órgano interno, por lo que aún tiene una oportunidad. No pienso permitir que muera. ¡Que alguien llame a una ambulancia, ahora mismo!

Y allí estaba ella, junto al hombre que había interpuesto su cuerpo por salvarla desafiando sin dudar las consecuencias.

Su piel, ya de por sí pálida, había adquirido un tono casi translúcido como si la vida se le escapara a cada segundo.

Sus labios, antes rosados y llenos de palabras ingeniosas, se hallaban inmersos en un silencio apagado.

Y sus ojos, aquellos ojos inquietos, vivaces, siempre encendidos como si guardaran todos los secretos del mundo, permanecían cerrados en esos días, inmóviles; demasiado quietos para no sentir miedo.

«Me está mirando». Su conciencia al mismo tiempo que su corazón, empezaron a dar saltitos de alegría.

—¡Quiang, estás despierto!

—Estoy en el cielo —dijo suavizando su rostro.

—¿En el cielo, capullo? ¡¿crees que en el cielo estaría con estos colores en la piel?! —gritó, mientras se señalaba con un dedo la cara. El hombre se sintió feliz porque empezaba a enojarla y acababa de despertar.

—Estoy aquí por tu culpa —proclamó Quiang, dejándola sin palabras.

—Lo siento —se excusó en primera instancia, en cambio, segundos después cambió de razonamiento—. Pero no estaría en esa situación de no ser por ti, era a ti a quien quería hacer daño.

—Cierto —confirmó más pausado—, y siento lo sucedido. Por ello creo que estoy en deuda contigo y deberíamos casarnos.

Nora se quedó quieta, observándolo e intentando descifrar sus palabras.

—¿Lo sabes? —susurró.

—¿Qué debo saber? —imitó su mismo tono de voz.

—¡Ja! ¿quieres casarte conmigo para pagar una deuda? —  preguntó haciéndose la despistada.

—Dicho de ese modo, suena patético .

—Sí.

—Lo haré mejor la próxima vez que te lo pida.

Aquel comentario le sacudió a Nora la sangre como un latigazo. Sobre todo, al recordar la palabra que ardía en su memoria: «mi amor». Él la había llamado así al rescatarla, arrancándola de la oscuridad en la que se había refugiado para no sentir.

—Debes cuidarte, estar en cama —le dijo con calma—. Has tenido suerte de que la bala no alcanzase ningún órgano vital y solo rozase el costado saliendo por el otro lado.

—¿Me rozó? —dijo incrédulo—. Dolía mucho.

Nora sonrió.

—Entiendo, dolía tanto que te desmayaste.

—No te burles de mí. Te diré que en las películas en que al protagonista le dan varios tiros y sigue corriendo, es mentira.

—Nunca lo haría —dijo Nora, poniendo todos sus sentimientos en esas palabras. Tenía frente a sí al hombre que paró una bala por ella.

En ese instante la conversación se volvió más seria.

—¿Él está…? —Cerró los ojos, costándole pronunciar su nombre.

—Tai está muerto, Ming le disparó. Ya no está en tu vida, Quiang.

—¿Y Naya…?

—Ella, no lo ha pasado bien y necesitará un tiempo para sanar. Aunque no lo diga abiertamente, supongo que se reprocha el no haber intervenido antes de que Tai se convirtiera en el hombre que conocíamos. Dale tiempo.

—Quizás si yo …

—No —dijo Nora, tocando con un dedo sus labios—. Jamás te sientas culpable, no puedes controlarlo todo.

Quiang tragó saliva, sabía que aquellas palabras estaban llenas de verdad. Aun así, no podía quitarse ese peso de encima. Una suave melodía lo devolvió a la realidad. La voz de Nora siempre lo apaciguaba.

—Ahora tienes que pensar en ti y en recuperarte. Los analgésicos te dejan aturdido y por eso duermes tanto, el sueño es reparador.

—Dormir es una pérdida de tiempo. —Pretendió incorporarse, a lo que Nora con un solo dedo y cara de pocos amigos, se lo impidió.

—Si intentas levantarte, te amarro a la cama. Obedece.

Por primera vez en su vida, desde aquellos recuerdos de su madre que había enterrado en lo más profundo de su memoria, una mujer le daba órdenes. Y lo más desconcertante no era escucharlas, sino descubrir que una parte de él quería obedecerlas sin resistencia.

—Sí, como mandes.

Una leve sonrisa se dejó entrever en el rostro de Nora.

Mientras tanto, Naya, oculta tras la puerta de la habitación exhibía un gesto radiante y sus ojos chispearon de felicidad.

Un pequeño lapso de descanso para su corazón compungido por los acontecimientos.

Esos ojos se posaron con afecto en Mario que estaba a su lado, haciéndole partícipe de su apoyo incondicional.

—Me alegro de que estéis recuperándoos —dijo al fin, saliendo de su escondite y esbozando una sonrisa forzada.

—Naya… —Los ojos de Quiang delataban lo que deseaba saber.

—Estoy bien —confesó ella antes de que terminara la frase—. Lo pasado, pasado está. Ahora tenemos un nuevo futuro, hagamos que funcione.

—Lo haremos. —Un breve contacto y la promesa estaba hecha .

Tras esos segundos en pausa, la abuela volvió a ser ella misma y elevando las manos al aire, dijo:

—Querido nieto, nos has tenido muchos días en vilo, pero el doctor nos informó ayer de que es cuestión de tiempo y de que, tomando la medicación adecuada, te mejores para que puedan darte el alta. Por lo que veo, ya tienes quien se encargue de eso.

—Si él me lo permite, estaré encantada. No dejaré que se salte ninguna toma—concluyó Nora.

Ahora todas las miradas se dirigieron a Quiang, que se dio por aludido.

—Yo te lo permito —proclamó sonriendo y cerrando los ojos —. No puedo con vosotras y, de todas formas, no creo que me dejéis tranquilo.

—Claro que no, soy tu abuela, tengo que estar siempre presente.

—Querida, no siempre —objetó Mario con una mueca irónica.

—Calla —simuló estar ofendida.

—Y eso me recuerda —intervino Nora—, que alguien me regaló una pulsera con GPS. ¿Algo que decir?

Ahora los tres miraban a la abuela con expectación.

—Gracias a él te localizamos, eso debe redimirme un poco, ¿no? —expresó fingiendo tristeza.

—Sí, un poco. No estoy molesta, Naya, sino agradecida.

Porque gracias a ello sigo con vida, y… —se paró en seco, no debía decir más de lo necesario y mencionar a su hijo nonato.

Aún no se sentía preparada para decírselo.

Con todo, cada vez le era más difícil, pues el miedo a que Quiang se sintiera engañado aumentaba por momentos—.

Pero ¿no crees que hubiera sido mejor pedirme mi consentimiento? No me hubiera negado .

—Querida, si no te ha molestado, ¿para qué seguir con esta conversación? —se defendió la abuela; «luchar hasta el final» era su lema.

—Nora tiene razón, mi pequeña orquídea —intervino Mario dando a colación también su mote cariñoso, ya que sabía que no le iba a gustar lo que pretendía a decir—. Tus métodos, aunque lo hagas con la mejor voluntad del mundo, son demasiado invasivos. Deberías controlarte un poco.

—¡¿Invasivos?!

—Sí —afirmó Mario, sabiendo que le traería consecuencias.

—¿Vosotros creéis también que soy muy invasiva? —Quiang y Nora asintieron a la vez, gesto que hizo que Naya arrugara los labios—. Vale, pues me voy, por el momento no quiero ser muy invasiva. Y tú, Mario, puedes quedarte si quieres, por si acaso te invado.

La abuela elevó el mentón y salió por la puerta dejando a su compañero atrás. Nora pensó que más tarde, aquello acabaría en una discusión, y que Mario, por su culpa, terminaría metido en problemas.

—Lo siento, Mario, no debí comentar lo de la pulsera.

—No es tu culpa, niña. A veces ella no se da cuenta de lo que hace.

Mientras que sepáis que su única razón es porque os quiere, todo estará bien.

Además… —sonrió—, quitarle el enfado es un reto que me encanta y, os aseguro de que no le durará mucho.

Las reconciliaciones son… —calló, y con un guiño en el ojo se marchó tras ella.

Sumergidos en el silencio, tanto Quiang como Nora se miraron y no pudieron dejar de soltar una carcajada.